|
El palacio abre sus portones, la
bandera flamea en el frontis. Una turba avanza por la avenida. El viento
me levanta la falda. Me abro paso con el micrófono. El camarógrafo me
sigue.
–Debo cuidar la cámara, pueden pasar
muchas cosas –me susurra por encima del hombro. Presiona una perilla.
–¡El día se viste de otros colores!
–digo con voz entrecortada.
Se me viene a la mente el recuerdo de
mi última protesta. Mis pies tropiezan con una mochila. Me detengo. Un
aliento me roza la nuca. Giro la cabeza. Mis ojos chocan con unos café muy
movedizos.
–¡Abajo el proyecto! –grita un
muchacho. Los demás repiten. En cada sílaba rememoro las frases de aquel
año. Miro hacia un lado.
Una pelirroja aprieta una pancarta, una rubia se la quita.
–¡Es como el bacalao! –manifiesta una
de bucles castaños. Los otros reiteran. Contemplo a la gritona: El
operador la compara con una cantante de “metal pesado”.
–Conozco las ideas de esa –comenta un
rubio de jopo apuntándome con el lápiz. Me aparto. El asistente me indica
un ángulo mejor. Un moreno larguirucho se acerca.
–¿Qué te parece la ley? –le pregunto
con suave entonación.
–La “gordita” se equivoca –responde
mascando chicle. El ayudante pulsa un obturador. Respiro tranquila.
Alguien me empuja. Me sujeto de un poste. El griterío se torna
ensordecedor.
–¡Que renuncie la ministra!
–vociferan. Golpes de palmas avivan la arenga.
–¡Permiso! Vengo del programa “Mundo
actual” –interpelo a un grandote con
piercing.
Me tocan una cadera. Me vuelvo.
–¿Qué opinas? –interrogo a una flaca
despeinada.
–No ve las diferencias –contesta con
tono firme.
–¡Los chiquillos de hoy se atreven!
–exclamo atropellando las palabras. Mi compañero se adelanta. En la
pantalla se ven rostros crispados. Los microbuses amarillos se van por
otra ruta. Locales cierran sus puertas. Un blindado aparece en una
esquina.
–¡Pacos vendidos! –profieren entre
carreras y empujones. El aire se enrarece con el gas. La nariz se
congestiona, la garganta escuece, las retinas arden, lágrimas se deslizan.
Me froto con los nudillos. Unos encapuchados atraviesan corriendo. Un
“pelusa” lanza algo. El proyectil golpea la espalda de un chascón
esmirriado. “¡Conche su madre!”, expresa entre quejidos. Nos alejamos.
–¡Estaba en medio de un remolino de
piedras! –declaro en un enfoque de cuerpo entero. Un melenudo cae a la
vereda, es socorrido por los demás. La herida gotea. Un pañuelo sirve como
venda. Un carro irrumpe con su chorro inmundo. Quedamos empapados. Un
vehículo verde nos enfrenta. Los hombres de casco bajan con luma, se
protegen con escudo. Uno consigue atrapar a un chico crespo, otro tira de
las mechas a una regordeta. A un fotógrafo le arrebatan la máquina, es
apaleado, reclama a gritos. Uñas se hunden en los brazos. El “micro”
aguarda. Son llevados a la rastra, se lamentan. Abajo prosiguen con la
lucha. El “zorrillo” se abalanza. Huyen al sector donde nos encontramos;
arrancan soportes, destruyen teléfonos, quiebran vitrinas. Una mano me
toma por la cintura. La furgoneta nos espera.
–¿Qué desean lograr? –inquiero a uno
alto de dientes desparejos.
–Necesitamos llegar a un diálogo –me
replica con el ceño fruncido. En la acera contraria, uno de capucha negra
arroja un bulto. Atrás ha quedado la muchedumbre. La llamarada ilumina un
gabinete. Me trae a la memoria tiempos difíciles. Aprisionan al rebelde.
Los transeúntes se retiran. Un viejo le pisa la cola a un “quiltro”. El
ladrido me sobresalta. Se asoman a las ventanas. Un trigueño pecoso me
observa. Doy media vuelta. Mi acompañante oprime un botón.
–¡Chueca! –me vocea un calvo.
Reconozco sus facciones. Los demás me abofetean con la mirada. Bajo la
frente, me niego a recordar aquella tarde de proclama, ya no soy
partidaria de esa ideología. Subo a prisa. Se aproxima otro “guanaco”.
PARTICIPA DE NUESTROS TALLERES DE
ESCRITURA A DISTANCIA
Volver a la página del
Concurso "Cuentos sobre periodistas"
|