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Carmen tomando un descanso, dejó
en tierra sus maletas y miró hacia el horizonte. Allí abajo se veía la
aldea y sintiendo en su sangre la presencia de Miguel dejó deslizar una lágrima
por su mejilla. Con ella era como si cada uno de los momentos que allí
vivió se quisieran ir poco a poco, como con cuentagotas. Comenzó a
recordar...
Parecía ayer cuando recién egresada de arqueología, hubiera llegado a
aquella aldea de Andalucía con su ropa de aventurera de principios de
siglo y sus útiles y herramientas para sus excavaciones. ¡Qué calor hacía
ese día! Toda la gente estaba sumida en un plácido sopor pero al verla
aparecer a ella, como sacada de un libro de aventuras, todo el pueblo
despertó. Unos niños la siguieron hasta que llegó a un edificio blanco
cuyo letrero decía: “Hostal La Florida”. Dio una exclamación de
alivio. Estaba cargada por todas partes y a unos metros de la que sería
su habitación había un óbice que parecía infranqueable. En el umbral
de la puerta un moreno estaba extasiado tocando su guitarra. – Permiso,
ejem... ¿me permite?. El joven miró de reojo unas piernas femeninas
delante de él y alzó la mirada. Dejó de tocar y con semblante adusto,
se retiró del camino, sin siquiera hacer un ademán por ayudar a Carmen.
Ella indignada deseó que todos los pueblerinos no fueran tan poco atentos
como ese hombre.
Se dirigió a la recepción y una amable señora la atendió, llamó con
voz chillona a un tal Miguel. Luego de un rato apareció el mismo moreno,
un poco de mala gana. Tomó las maletas de la recién llegada y las llevó
a su habitación. Ella se sintió un poco incómoda y le dijo: – Me
llamo Carmen, soy arqueóloga... – Ah! Soy Miguel. Tenga Ud. un buen día.
Y cerró la puerta. Carmen se quedó paralizada con la frialdad del
hombre; pero estaba tan cansada por el viaje que apenas se echó en la
cama se quedó dormida.
Esa noche salió a pasear por el pueblo, y sintió toda la pasión
Andaluza con las fiestas de verano. Todos estaban extasiados con la música,
hombres y mujeres cantando, danzando y, tocando la guitarra se encontraba
Miguel, por primera vez sonriendo. Carmen prefirió mantenerse al margen
de la celebración y lo había logrado hasta que un ebrio comenzó a
cortejarla de una manera nada sutil. Como presintiendo el hecho, Miguel
levantó la mirada y divisó a la advenediza en problemas. Pidió
disculpas y se dirigió hacia Carmen. Cuando el tipo puso sus manos en la
cintura de ella Miguel llegó y dijo: - ¡Luis, hombre!, veo que ya
conociste a mi prima – y se la arrebató abrazándola. Carmen sintió
aquellos fuertes brazos rodeándola tiernamente, desde ese momento nada
fue igual.- ¿Sabes? Tu hermana Lucía te anda buscando, parece que es
importante. Luis confundido y dejando tranquila a la “prima” del
hombre más popular del pueblo se marchó dejando solos a Carmen y Miguel.
-
No deberías andar sola a estas alturas de la noche,
así que te recomiendo que o vengas conmigo o regreses a casa.
-
Estoy un poco cansada para fiestas, prefiero volver al
hostal
-
Entonces regreso contigo. La noche no está tan
animada y probablemente se marcharán temprano. Espérame aquí, voy a
buscar mi guitarra y enseguida vuelvo.- Mientras que Miguel se alejaba
Luis le guiñaba el ojo a Carmen, sonrió con asco y corrió hacia Miguel.
A él le causó gracia verla tan indefensa... tan distinta a la impetuosa
mujer de la mañana.
En la recepción no estaba la tía de Miguel así que él mismo le entregó
la llave y le dio las instrucciones sobre que hacer bajo cualquier
eventualidad. No era muy difícil: Cualquier cosa avísame a mí. Se
dieron las buenas noches y Carmen se dirigió a su habitación. Se tendió
en la cama pero todavía sentía la piel fresca de Miguel. Le costó
conciliar el sueño. Más aún que alguien estaba tocando la guitarra en
el salón, y podía apostar quien era. Con esos apasionados acordes perdió
la conciencia.
A la mañana siguiente Carmen tomó su equipo y apuntes y luego de una
caminata se asentó al pie de una colina. Perfecto –pensó- aquí
comenzaré mi trabajo de investigación. Emocionada sacó sus materiales
de su bolso y comenzó a excavar, ignorante de que al pide de la colina
había alguien observándola. Repitió esto durante días hasta que por
fin encontró un pequeño hueso. La alegría fue tan inmensa que lo único
que quería era compartirlo con alguien. Se puso en pie y comenzó a
saltar como una loca. Se detuvo cuando en frente de ella se paró un
jinete que saltó de su caballo.
-
Ea! ¿Qué te pasa mujer? Cualquiera diría que se te
apareció un santo.
-
¡Ah! ¡Sí miguel, san Antonio, que me hizo encontrar
esto!
-
Tanto escándalo por ese hueso que puede ser de
cordero
-
No es de cordero Miguel. Es una vértebra humana, muy
antigua a simple vista ¿Ves el desgaste?- Miguel se acercó a Carmen, a
ella se le cayó el hueso- Lo siento. Miguel miró indiferente.- Esto
significa mucho para mí; es la primera prueba tangible que tengo para
afirmar mi tesis. Verás... Carmen se emocionó y le resumió los porques
se encontraba en Andalucía haciendo excavaciones. Miguel sin inmutarse se
dirigió a su caballo y sacó su guitarra. Se sentó en el suelo y comenzó
a tocar. Carmen lo miró extrañada:
-
Tú duermes con la guitarra ¿Verdad?. Miguel siguió
tocando y sonrió- Bueno... es incómodo- y miró a Carmen. Los dos
estuvieron un buen rato riendo.
Carmen volvió en sí; pensar que esos fueron los comienzos en la aldea,
las primeras palabras que le sacó a Miguel, el joven más apuesto del
pueblo. Siguió evocando esos tiempos...
Diariamente Carmen tomaba notas de sus hallazgos y de vez en cuando
Miguel cantaba a su lado. Luego de un tiempo junto a ese andaluz, su
presencia se hizo necesaria.
Él solía sentarse cerca de ella, la miraba durante largo rato y le
preguntaba:
-
¿Cuál es la gracia de estar horas excavando, llenándose
de polvo y tratar a huesos con pinceles como si fueran diamantes?
-
Es mi trabajo Miguel.
-
Sí lo sé, pero porque lo haces.
-
Un día encontraré algo grande.
-
¿Algo grande como qué y a qué precio?
Carmen lo miraba pero nunca supo contestarle. Aunque siempre llenaba la
cabeza del gitano con extravagantes historias, como Napoleón en Egipto, o
el niño que soñó encontrar Troya... y Miguel poco acostumbrado a esas
historias soñaba innumerables lugares guiado por la voz de Carmen.
En el pueblo las envidias despertaron, Miguel era el más deseado entre
las mujeres y que esa advenediza a la cual le encantaba jugar con tierra
se lo estuviera arrebatando era un castigo. Sin embargo Miguel nunca dio
una muestra de amor, era como si fuera de hierro, como un macho sin
sentimientos; sin embargo, vulnerable bajo un hechizo, el de su guitarra.
Prácticamente había nacido con el conocimiento musical, y en un pueblo
tan monótono no se dedicaba más que a componer canciones y a solucionar
problemas caseros.
Ya había pasado mucho tiempo, en aquel flirteo, y en la aldea corrían
rumores que ponían en peligro la integridad de ambos.
Pero una noche...
-
(Toc, toc) Adelante. Entra Miguel a la habitación.
-
Buenas noches Carmen... sabes que hoy es la noche de
San Juan ¿verdad?
-
¡Ah sí! Algo me dijeron- contestó Carmen dejando
sus apuntes por el momento.
-
Bueno, pues va a haber una fiesta en la plaza y me
gustaría que me acompañaras, bueno, que fueras mi pareja. Además hoy
tocaré una pieza que compuse para...
Segundos eternos para Carmen, dilo, dilo... Miguel, imploraba para
sí- para... la ceremonia de hoy. ¿Aceptas?
-
¿Qué?
-
Ir conmigo, claro.
-
¡Ah! Por supuesto.
-
Bien, te dejo un rato para que te vistas.
-
Está bien.
Luego de un rato Carmen apareció radiante y hermosa con un vestido rojo
y el cabello recogido, con unas joyas que adornaban sutilmente su cuello.
Miguel nunca la había visto así, y qué hablar de él. Ya no era el
joven desordenado. Estaba bien peinado, pantalones negros de cuero y una
blusa blanca que dejaba entrever su fuerte torso. Sin duda eran la pareja
más bonita de toda la velada, y las comadres ya vaticinaban boda. No se
separaron en toda la noche, excepto en el momento en el cual Miguel fue a
tocar como solista. Se sentó en una silla, lo único que estaba alumbrado
por la luz y todo el mundo posó sus ojos sobre el mejor guitarrista de
Andalucía. Posó la guitarra en la pierna y cerró sus ojos, entonces
comenzó a sonar la melodía. Era con tal fuerza y pasión, pero sus dedos
apenas tocaban las cuerdas, las rozaban tímidamente. Y Carmen sintió un
escalofrío recorrer su cuerpo, su pulso se aceleró y respiraba con
dificultad, la música la envolvía y sentía que las piernas le
flaqueaban, se sentía desvanecer. Miguel mientras tanto seguía tocando
extasiado cada vez con más ímpetu y energía, sudaba y las gotas caían
encima del instrumento. Su cabello desordenado hacía que se viera
irresistible; muchas mujeres desearon ser la guitarra de Miguel esa noche,
pero lo cierto es que la melodía había sido compuesta pensando en Carmen
y ella misma se estaba apoderando del alma de Miguel, y del vacío de la
guitarra. Todos esa noche se impregnaron de cálidos y sensuales acordes
que la guitarra emitió. Miguel casi desfallecido se acercó a Carmen y le
dijo finalmente:
-Compuse esta pieza pensando en ti. Llevados por sus instintos se besaron
como nunca y con sus labios vírgenes, el amor se gozó como nunca. Desde
ese momento, protagonizaron la más bella historia de amor... – pero
todo no dura para siempre, murmuró Carmen, mirando hacia la aldea
descubrió la respuesta a la pregunta de Miguel: ¿Bajo qué precio
Carmen? Bajo el precio de dejar por su trabajo al hombre que más ha
amado. Presa del dolor cayó al suelo haciendo una mar de lágrimas. Sintió
como nunca dentro de sí la melodía que Miguel le dedicó sin saberlo en
la noche de San Juan, y sentía morirse en cada nota, en cada gota de
sudor que Miguel dejaba caer sobre la suave madera... – ¡Dios mío
Miguel! Si vinieras conmigo, ya no soy nada sin ti. Miguel, te amo con
todas mis fuerzas. En ese momento alguien posó sus manos sobre el hombro
de Carmen y la abrazó, Carmen recordó de inmediato ese aroma, ese roce.
En esta ladea está mi vida, pero una joven extranjera me la arrebató,
no me importa ir al fin del mundo por ti mi amada, porque mi amor es más
fuerte que todo. No te irás sin mí, mi guitarra española.
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Concurso "Música y Literatura"
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