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"Maldita literatura": El cuento ganador

 

PAJAROS APLASTADOS EN LA RUTA

por Rodolfo García Quiroga, de General Madariaga, Provincia de Buenos Aires

 

El amor es como un vaso de Seven Up que se deja estar: el tiempo le va sacando las burbujas. Hace unos cuantos días atrás me acosté por última vez con Moira Ceballos, pero no piensen que me siento ni muy triste ni muy mal por eso. Dejamos de vivir juntos cuando andábamos por los veinte y estuvimos muchísimo tiempo sin vernos. Voy a cumplir cuarenta y tres en dos meses. No sé si me entienden, lo que les quiero decir es que no me cocino en el primer hervor. Aparte tengo estas rutas de peajes caros y pocos autos para recorrer, mientras saco cuentas y atiendo el celular a los gritos. Ya estoy acostumbrado a los pensamientos simples. Todavía me queda algo del gusto por las palabras pero ya estoy acostumbrado. En fin, soy lo que se dice —no sé bien por qué— un tipo sano.

Maldita literatura era el título en relieve del libro que ella estaba leyendo en la mesa del bar. Era una de esas ediciones españolas en formato de bolsillo de best sellers norteamericanos. Esos libros que uno compra para distraerse un rato y después se tiran a la basura o se prestan a cualquiera. Se había sentado junto a la vidriera. Muy cerca, la playa de la estación de servicio se ajetreaba con autos empapados y sedientos de nafta o gasoil.

Cuando entré al bar, enseguida me llamó la atención esa mujer de ropa impecable y elegante. Después de un segundo la reconocí. Pelo lacio, ahora más corto. Boca de labios finos pero sugerentes e interminables, debajo de una nariz tan imperfecta como firme. Pechos llenos pero delicados debajo del suéter de hilo, un campamento de monjas levantado en medio de la nieve. Leía como siempre, nerviosa, rápida, decidida, mientras los ojos gris verdosos saltaban de un punto a otro de la página. Los dedos de las manos eran tan alargados como yo me acordaba y acariciaban el papel como si fuera el teclado de una computadora portátil.

Me paré al lado de su silla para averiguar que ya no seguía usando el mismo perfume, sino uno más sofisticado y seguramente más caro. Cuando notó mi presencia, su sonrisa adquirió el brillo del sol del mediodía sobre el rifle de un cazador en medio de la sábana africana. Siempre sus saludos tenían ese efecto: parecía que lo había estado esperando a uno desde el principio del mundo y que se hallaba feliz de haberlo encontrado al fin. Hasta cuando estaba apurada o muy distraída saludaba así.

Me invitó a sentarme y a través de la mesa y de sus preguntas pedí una Coca Cola con limón a la camarera morocha de delantal rojo y camisa blanca que esperaba un poco impaciente. Le dije que ahora trabajaba como viajante de productos para el hogar de una fábrica de Avellaneda y que tenía una furgoneta ahí afuera llena de calefactores, mechas hidrófugas, calentadores y accesorios para estufas. Le conté que hacía eso desde hacía siete años y que me gustaba andar por la ruta. La estación de servicio estaba en mi recorrido habitual, y casi siempre paraba a comer algo y a distraerme un poco. Iba por la 2 hasta Dolores y de ahí empalmaba con la 56. En Conesa me desviaba para tomar la 11. Empezaba las ventas en San Clemente y hacía toda la costa hasta Gesell.

No me preguntó si yo había terminado Letras porque me imagino que de todas formas no importaba. Ella se había recibido de licenciada en Economía en el 83 y, gracias a las recomendaciones de un tío influyente, ingresó enseguida en un banco internacional como ejecutiva. Cuando terminó su maestría en Finanzas, la mandaron a perfeccionarse a Inglaterra. Había pasado diez años en Londres. Seguro que al volver a Buenos Aires ganaba diez veces más que al irse. Había un solo Mercedes Benz en el estacionamiento, un Cabriolet plateado que yo había notado con cierta envidia al llegar, y no tuve que preguntarle para saber de quién era. Ahora iba a pasar un fin de semana a Pinamar y, de paso, ver una casa que quería alquilar en Cariló para el verano.

—¿Todavía seguís escribiendo cuentos, Luis?

—Sí, a veces. No hizo falta agregar nada más para saber que ningún editor de Buenos Aires se había interesado jamás en publicarlos. Miré otra vez el título del libro, y creo que no pude evitar hacer una mueca. Maldita literatura.

Ella sonrió. Siempre sonreía así, como si el mundo fuera una fiesta de cumpleaños y acabaran de invitarla a cortar la torta por ser la nena más linda de la fiesta. La luz crepuscular y lluviosa del campo que se colaba por el vidrio le daba a su pelo el rubio pálido de un tigre siberiano.

—¿Por qué no te vas a España? Dicen que allá hay más oportunidades para escritores.

—Sí, tendría que ir, a ver qué pasa...

Y los dos nos quedamos en silencio, porque ya sabíamos perfectamente que yo nunca me iría del país. Lo sabíamos desde que los dos éramos estudiantes y hacíamos planes distintos para el futuro tirados en una misma alfombra llena de libros e ilusiones. Iba a agregar algo sobre el dulce de leche, un comentario que antes me parecía gracioso, pero de repente decidí que no era gracioso en absoluto y me callé la boca. La tarde seguía cayendo a tientas pero la lluvia fría de junio ya había parado hacía rato y los autos chapoteaban afuera entrando y saliendo de la playa. Pensé que no le había preguntado nada sobre su vida personal y que ella tampoco me contaba nada.

Empecé a hojear el libro. No sé por qué, de golpe me imaginé en Barcelona, haciendo traducciones apuradas como aquéllas, llenas de tíos y hostias y melocotones y fresas con nata. En algún momento quiso señalarme un pasaje escrito en esa letra mezquina. Yo dije algo y no sé lo que dije. Hasta que al fin nos cruzamos. Al principio yo la tocaba con el cuidado del tipo que mete mano sin saber entre cables de alta tensión. Sus dedos largos y esbeltos se tensaron sobre las palmas de mis manos y la sangre me resucitó como si fuera un velamen hinchado de repente en medio del océano por el viento después de la calma chicha. Habíamos vivido casi cuatro meses juntos en un departamento de San Telmo mientras estudiábamos, pero en ese instante descubrí que seguía sintiendo por su cuerpo lo mismo que el primer día que ella me dejó entrar en su cama a leerle al oído uno de mis cuentos de fantasmas.

Dejé apurado la plata de la cuenta sobre la mesa y le pasé el brazo por los hombros mientras caminábamos hacia la puerta de salida. Dije chau al pasar pero la chica de camisa blanca y delantal rojo sentada ahora detrás de la barra parecía muy cansada. Como toda respuesta, miró el reloj, para saber cuánto tiempo de hamburguesas y gaseosas le quedaba todavía para irse a su casa.

El encargado de la playa era un tipo alto y fornido, tendría unos sesenta años y caminaba con cierta dificultad. Moira le dio cincuenta pesos para que cuidara el Cabriolet, y el tipo los manoteó sin siquiera echarles un vistazo. Mientras se guardaba la plata en la billetera me miró con cara de reproche. Subimos a la furgoneta y puse proa al primer hotel que nos saliera al paso.

Enseguida descubrí que las palabras me costaban. Ella había apoyado su cabeza en mi hombro y hacía un calor tan confortable en la cabina como el de una estufa de leña prendida en julio en una cabaña del bosque. Yo prendí la radio y una banda de jazz empezó a tocar para nosotros. Sentí que era un albañil y que los ladrillos de la vida estaban a mi alcance.

—¿Te acordás cuando nos queríamos casar, Moira?

Inmediatamente supe que no tendría que haberlo preguntado. Hay cosas en la vida que ya pasaron y volver sobre ellas no tiene ningún sentido. Pero muchas veces uno no puede controlar su propia estupidez. Los ojos gris verdosos me parecieron más oscuros que nunca cuando se clavaron en los míos. Esta vez no se sonrió y tuve la impresión de ver la cara de alguien al salir de una habitación donde ha estado discutiendo varias horas. Se apartó casi instintivamente y mi hombro quedó vacío otra vez.

Me pareció que iba a decir algo, pero en ese momento un pájaro se estrelló contra el parabrisas y la vida se le fue entre un quejido seco de huesitos quebrados. Un sanguinolento manchón emplumado empañó el parabrisas en la parte superior del lado derecho. Traté de sacarlo con el sapito y la escobilla, pero estaba fuera de alcance y no hubo nada que hacer.

Pensé que el jazz venía justo para esos casos en que uno tiene que improvisar, pero no me animé a improvisar nada. Pensé que Moira estaba más linda que nunca y que tenía que decírselo, pero no quise meter la pata otra vez. El libro de bolsillo estaba en su cartera desde hacía mucho tiempo antes. Yo pensaba en eso y en otras cosas, mientras el saxo seguía sonando y el mundo seguía andando. Y durante un buen rato ella se quedó mirando absorta la ruta vacía, en medio del nada hospitalario anochecer que nos rodeaba en el campo húmedo.

 

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