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Estaré
preso de corazón,
aunque
sabré colorear mi ínterin.
‘El
petiso orejudo’
Ed. Print.
1934.
I
La boca con olor a muérdago.
Tareth no podía hacer, realmente,
nada. Replegado sobre su cárcel eterna, buscaba el entretenimiento
vulgar. Salivaba gotas de fuego a los transeúntes del averno. Gritaba
groserías a los arcángeles que sobrevolaban el pozo. Se quitaba la nariz
y pinchaba cucarachas.
Tocaron a su puerta. Estaba
durmiendo, o algo así, soltó una carcajada y se colocó la ardiente
piel. Los músculos cobraron tono. Los seis cuernos se endurecieron.
Su mano arañó el picaporte.
–¿Quién es?– balbuceó.
El portal se deshizo en un cúmulo
de infértil hollín. Una masa amorfa se abrió paso. Tareth reconoció a
su guardián personal, el crudo Mördin.
–Tu comida.– expresó el tosco
ente.
Una bandeja plateada. Un anciano
humano en ella, temblando por el terror de la muerte inesperada. El
presidiario hizo un breve ademán y volvió a su encierro. Examinó la
comida durante días. Finalmente, abrió el pescuezo del hombrecillo y
mordió los ganglios.
II
Una vez cada tres mil años podía
salir, intercambiar palabras y experiencias con sus prójimos. Tareth se
vistió de gala. Insertó en su pesado cuerpo una gran diadema amarilla,
cuya punta un diamante refinado. Afeitó la barba de sus senos. Se quitó
las pulgas de las muelas. En fin, quedó tan pulcro como cuando oraba al
Señor Todopoderoso. Antes de la caída. Antes del destierro.
En el jardín de las tuberculosis
humeantes pudo apreciar el paraíso quemado. Miles de montañas con forma
de estalactitas rodeando el río de lava. En la cima más alta, acompañado
de sus amantes, Pirtanán. El líder. El Maestro.
Se sentó sobre la hierba. Palpó
el vegetal. Quiso ser parte de éste pero recibió un rotundo ‘no’
como respuesta. A pesar de los altibajos, platicó con una decena de ex
compañeros de batalla. Todos coincidían en que el escape era posible. Se
prometieron unir sus mentes en pro del éxito. Los guardianes
–violentos, robustos, peligrosos– aparecieron en escena llevando a los
convictos a sus celdas.
III
La nieve no le permitía, siquiera,
respirar el tosco aire infernal. Su pequeño cubículo estaba petrificado.
Reprimió la angustia interior. Buscó el confort de los recuerdos. Se
introdujo en su Ego, navegó por las aguas del pasado.
Despertó por acción de un
tridente en llamas. El hielo se descongeló. Al levantar la mirada,
recuperando el uso de sus brazos, halló a su abogado, Uriel.
–Acepta a Krinos como redentor
inexorable.– expuso el sujeto.
Tareth reunió coraje. Dobló su
lengua explayando:
–¡Jamás!
El invasor desapareció. El frío
retomó su malsana labor. Aglutinó al preso hasta el ocaso del día.
IV
Logró generar en la pared un hoyo
de unos 2 centímetros, suficiente como para enviar tres palabras por
segundo. Se sintió alegre. Masticó un poco de rancio pulmón humano, del
viejito que le trajeron el siglo pasado.
Apoyó sus labios en la hendidura.
Sopló.
–Hooolaaaa...– dijo.
Esperó.
–Diiiiiiiimeeeee... – respondió,
en la mazmorra contigua, otro convicto.
Tareth repitió la acción.
–Tengo una idea...
Con el paso de los días llegó a
perfeccionar la técnica. Ya podía enviar largas frases, con respuesta
incluida. El guardián desconocía el orificio que el astuto demonio
ocultaba con énfasis.
V
La nueva rebelión.
Esa idea le gustaba. Luchar contra el indomable. Contra el Gran Opresor de
los oprimidos, porque la bestia cuyo nombre es Pirtanán podía ser
destronada. Y Tareth se elevaría en su lugar. Imponiendo el reinado de un
común hasta el juicio final.
Acordaron –había otros veinte
hoyos interconectados entre las celdas– realizar una protesta pacífica.
Rasparían con sus cuernos las paredes generando un ensordecedor ruido.
Tan agudo como para mancillar los oídos de cada lacayo del Maestro.
Los demonios infantes jugaban en
las plazas. Las hembras cornudas diseñaban faldas de hueso para sus
maridos. El tártaro exponía una jornada habitual. Sin sobresaltos.
Tareth, en su lóbrego encierro, dio el puntapié inicial. Empezó a
raspar la cornisa con sus cuernos. Muy pronto... el resto le siguió. A
medida que transcurrían los minutos, el sonido era tan potente y feroz
que causó daños inmediatos. Los guardianes entraron en las celdas.
Levantaron sus armas pero perdieron fuerza. A lo que, una decena de
camaradas, aprovecharon la ocasión para evadir el encierro. En la plaza
principal tomaron vuelo. Se acercaron hasta la residencia del Príncipe de
las Tinieblas.
–¿Qué está sucediendo allí
abajo?.–interrogó el turbio Pirtanán, desaforado.
Uno de los presos le lanzó un
boomerang filoso. Este impactó en la córnea lateral del Regente, dejándole
inactivo. Aprovecharon para acercársele, desnudarle la epidermis y
proceder a los rituales de muerte más pútridos que mente alguna
concibiese.
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Concurso "La Protesta"
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