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"La protesta": El cuento ganador

 

 

 

 

 

LA DIADEMA INFECTADA   

por Diego Arandojo, de Ciudad de Buenos Aires

 

Estaré preso de corazón,

aunque sabré colorear mi ínterin.

‘El petiso orejudo’

Ed. Print. 1934.

I

La boca con olor a muérdago.

Tareth no podía hacer, realmente, nada. Replegado sobre su cárcel eterna, buscaba el entretenimiento vulgar. Salivaba gotas de fuego a los transeúntes del averno. Gritaba groserías a los arcángeles que sobrevolaban el pozo. Se quitaba la nariz y pinchaba cucarachas.

Tocaron a su puerta. Estaba durmiendo, o algo así, soltó una carcajada y se colocó la ardiente piel. Los músculos cobraron tono. Los seis cuernos se endurecieron.  Su mano arañó el picaporte.

–¿Quién es?– balbuceó.

El portal se deshizo en un cúmulo de infértil hollín. Una masa amorfa se abrió paso. Tareth reconoció a su guardián personal, el crudo Mördin.

–Tu comida.– expresó el tosco ente.

Una bandeja plateada. Un anciano humano en ella, temblando por el terror de la muerte inesperada. El presidiario hizo un breve ademán y volvió a su encierro. Examinó la comida durante días. Finalmente, abrió el pescuezo del hombrecillo y mordió los ganglios.

II

Una vez cada tres mil años podía salir, intercambiar palabras y experiencias con sus prójimos. Tareth se vistió de gala. Insertó en su pesado cuerpo una gran diadema amarilla, cuya punta un diamante refinado. Afeitó la barba de sus senos. Se quitó las pulgas de las muelas. En fin, quedó tan pulcro como cuando oraba al Señor Todopoderoso. Antes de la caída. Antes del destierro.

En el jardín de las tuberculosis humeantes pudo apreciar el paraíso quemado. Miles de montañas con forma de estalactitas rodeando el río de lava. En la cima más alta, acompañado de sus amantes, Pirtanán. El líder. El Maestro.

Se sentó sobre la hierba. Palpó el vegetal. Quiso ser parte de éste pero recibió un rotundo ‘no’ como respuesta. A pesar de los altibajos, platicó con una decena de ex compañeros de batalla. Todos coincidían en que el escape era posible. Se prometieron unir sus mentes en pro del éxito. Los guardianes –violentos, robustos, peligrosos– aparecieron en escena llevando a los convictos a sus celdas.

III

La nieve no le permitía, siquiera, respirar el tosco aire infernal. Su pequeño cubículo estaba petrificado. Reprimió la angustia interior. Buscó el confort de los recuerdos. Se introdujo en su Ego, navegó por las aguas del pasado.

Despertó por acción de un tridente en llamas. El hielo se descongeló. Al levantar la mirada, recuperando el uso de sus brazos, halló a su abogado, Uriel.

–Acepta a Krinos como redentor inexorable.– expuso el sujeto.

Tareth reunió coraje. Dobló su lengua explayando:

–¡Jamás!

El invasor desapareció. El frío retomó su malsana labor. Aglutinó al preso hasta el ocaso del día.

IV

Logró generar en la pared un hoyo de unos 2 centímetros, suficiente como para enviar tres palabras por segundo. Se sintió alegre. Masticó un poco de rancio pulmón humano, del viejito que le trajeron el siglo pasado.

Apoyó sus labios en la hendidura. Sopló.

–Hooolaaaa...– dijo.

Esperó.

–Diiiiiiiimeeeee... – respondió, en la mazmorra contigua, otro convicto.

Tareth repitió la acción.

–Tengo una idea...

Con el paso de los días llegó a perfeccionar la técnica. Ya podía enviar largas frases, con respuesta incluida. El guardián desconocía el orificio que el astuto demonio ocultaba con énfasis.

V

La nueva rebelión. Esa idea le gustaba. Luchar contra el indomable. Contra el Gran Opresor de los oprimidos, porque la bestia cuyo nombre es Pirtanán podía ser destronada. Y Tareth se elevaría en su lugar. Imponiendo el reinado de un común hasta el juicio final.

Acordaron –había otros veinte hoyos interconectados entre las celdas– realizar una protesta pacífica. Rasparían con sus cuernos las paredes generando un ensordecedor ruido. Tan agudo como para mancillar los oídos de cada lacayo del Maestro.

Los demonios infantes jugaban en las plazas. Las hembras cornudas diseñaban faldas de hueso para sus maridos. El tártaro exponía una jornada habitual. Sin sobresaltos. Tareth, en su lóbrego encierro, dio el puntapié inicial. Empezó a raspar la cornisa con sus cuernos. Muy pronto... el resto le siguió. A medida que transcurrían los minutos, el sonido era tan potente y feroz que causó daños inmediatos. Los guardianes entraron en las celdas. Levantaron sus armas pero perdieron fuerza. A lo que, una decena de camaradas, aprovecharon la ocasión para evadir el encierro. En la plaza principal tomaron vuelo. Se acercaron hasta la residencia del Príncipe de las Tinieblas.

–¿Qué está sucediendo allí abajo?.–interrogó el turbio Pirtanán, desaforado.

Uno de los presos le lanzó un boomerang filoso. Este impactó en la córnea lateral del Regente, dejándole inactivo. Aprovecharon para acercársele, desnudarle la epidermis y proceder a los rituales de muerte más pútridos que mente alguna concibiese.

 

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