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"Literatura caliente": El cuento ganador

 

EL GORDO DEL AUTOBÚS

por José Miguel Campos, Madrid, España

 

Ayer le contaba a mi hermano qué jamás había sentido una sensación tan repugnante como la que me vino al ver a aquel gordo. Estaba en el autobús, camino del hospital. Debían de ser las diez y media. Iba fijándome en esas casas tan pequeñas del centro. Mamá quiere que me mude. No sé si te lo había dicho. El caso es que iba en el autobús cuando de repente se subió  el tío más gordo que he visto en mi vida. Parecía una ballena, te lo juro. Llevaba un traje de ésos que dan tanto calor. Iba sudando a chorros. Casi se fue al suelo cuando arrancó el autobús.

Te juro que no sé como podía tenerse en pie.

El caso es que el gordo avanzó hacia donde yo estaba sentada. Cada vez que perdía el equilibrio, se agarraba con fuerza a los asientos. Entonces miraba sonriendo a la gente y agachaba la cabeza, pidiendo disculpas. No sé como podía caminar. Debía pesar ciento cincuenta kilos, te lo prometo.

Imagínate mi cara cuando se me sentó al lado. Tenía las manos rojas como un  tomate. Noté una fuerza sobrehumana que me aplastaba contra el cristal. Pensé en cambiarme de sitio y todo. Empezó a resoplar y a limpiarse el sudor con un pañuelo blanco. Le caían goterones por la cara. También le resbalaban por el cuello, o se quedaban atrapados en los pliegues de la papada. Debía de estar asándose vivo. Se giró hacia mí y sonrió, como disculpándose, ya te digo. Yo le sonreí y seguí mirando por la ventana.

Quedaba un rato largo para llegar al hospital, y me dio por pensar en lo que le diría a mamá cuando la viese. A esto que me vino un olor muy fuerte. Volví la vista y allí seguía el gordo. Tenía los costados de la chaqueta empapados. También la camisa, por la parte de delante. Creo que estaba empapado entero. Jamás había visto a nadie sudar tanto.

Y olía fatal. Era nauseabundo.

Me empecé a sentir muy incómoda. En las curvas, desplazaba todo su peso contra mí. Me hacía daño. Pero el me sonreía todo el tiempo, como pidiéndome perdón. Sacaba el pañuelo y se limpiaba. Detrás había unos chicos que gritaban todo el tiempo. Creo que estaban hablando de él. No sé. La verdad es que no les escuchaba, porque cada vez me sentía mas agobiada por el peso del gordo en las curvas y por el olor y por el pañuelo, que cada vez goteaba más.

No sé ni cuando me dijo:

- Este calor...

Yo tarde en darme cuenta de que el gordo me hablaba a mí. Pensaba que hablaba sólo o algo así. Yo no paraba de pensar en su chaqueta y en su pañuelo.

- Es por la capa del ozono -me dice- que hace que pasemos tanto calor.

- Sí, debe ser por eso.

- No. Le aseguro que es por eso. Ayer mismo leí un artículo en el periódico. Dentro de dos mil años el planeta será inhabitable.

- Eso es una desgracia...

- ¿Pero nosotros no estaremos aquí, verdad?

Y entonces es cuando empezó a reírse. Era un estruendo. Abría mucho la boca y echaba el cuerpo para atrás y se daba golpes en la pierna mientras lo hacía. Luego se relamía. Tenía una lengua como un hígado de cerdo. Y entonces se daba otro golpe en la pierna con la palma de la mano, colorada y enorme.

Qué golpes se daba, madre mía.

- ¿Cuántos años tiene? -me preguntó.

- ¿Yo?

- Sí, usted.

- Veintiocho -le dije.

- ¿Tiene usted unos buenos pulmones?

- ¿Qué?

- Sí... ¿Sabe de que le hablo? Ya sabe... Esas bolsas que tenemos dentro del tórax, que nos permiten coger aire...

- ¿Está hablando de mis pulmones?

-Obviamente, sí. ¿Los tiene en plena forma?

- Pues no sé - le dije.

Y la gente nos miraba.

- Debe tenerlos buenos. Se la ve a usted sana. No hay más que fijarse en esos colores que tiene en la cara. Debe comer mucha carne. ¿A que sí? No me lo diga. Usted se alimenta bien. No es de esas locas que dejan de comer. Lo supe en cuanto la vi. Seguro que no le importa tener unas buenas posaderas. ¿No tiene complejos, verdad? Los gordos como nosotros tenemos que ir con la cabeza bien alta. A mi nadie me dice nada, aunque claro, usted no está tan gorda como yo...

Y la gente nos miraba cada vez más. Y yo no sabía que decir, ni qué hacer. Sólo me quedaba ahí, mirando al gordo mientras me decía todo aquello. Trate de pensar en otra cosa, pero el gordo seguía hablando.

- Seguro que tiene buenos pulmones.

- Ya le he dicho qué no sé.

- Los tiene. No sea humilde.

- Vale, pues sí

Ya me empezaba a enfadar. Aquella conversación no me gustaba nada. Imagínate. Todo el mundo mirándonos y él diciendo esas cosas.

- ¿Y le importaría hacerme un favor? -continuó.

- ¿Un favor?

- Sí.

- ¿Qué favor?

- Me gustaría que me soplase en la cara y en el pecho. Hace tanto calor...

Entonces giré la cabeza y miré hacia la ventana. Estaba entre la ventana y el gordo, y no podía hacer otra cosa que mirar por la ventana. Me di cuenta de qué no estaba bien, y decidí cambiarme de sitio. Pero si me giraba, allí estaban las piernas del gordo. Entonces empecé a sentir calor yo también e intenté abrir la ventanilla del autobús, pero estaba atascada.

Puede que él también fuera al hospital. No era muy normal. Era de esos tipos raros que se suben en los autobuses y se sientan contigo. Y de repente se enfadan y gritan y no sabes qué hacer ni dónde meterte.

Y entonces se puso a gritar, claro.

- Es increíble. ¡Sólo le he pedido un favor y se niega a hacérmelo!

- ¿Puede callarse, por favor? Nos está mirando todo el mundo...

Yo también me ponía nerviosa.

- ¡No me quiero callar!

Ya te he dicho que era de ésos que se ponen a gritar.

- ¡No soy un monstruo! -escupió como el que pierde la cabeza.

- ¡Es verdad! -aulló una anciana.

- ¡No hay humanidad! -gritó la que iba con ella.

Y entonces todos empiezan a mirarme mal y a decir que no tengo corazón, que el gordo sólo quiere que le sople y que eso no me supone ningún esfuerzo. La gente se vuelve loca de pronto, y alguien se levanta y empieza a soplarle en la cara al gordo.

- ¿Tan difícil es? - me pregunta, con los ojos y la boca muy abiertos.

Y el gordo pone cara de placer y sonríe todo el tiempo. Y todas las personas del autobús se levantan para soplarle al gordo en la cara y sacan abanicos y le dan aire y el gordo pone cara de placer, pero yo no puedo salir porque no me dejan espacio.

Cierro los ojos y pienso en las casas pequeñas del centro.

Y no recuerdo si ya se había ido cuando llegamos al hospital. Me baje y me sequé el sudor con la mano. No sabía ni qué hora era. Entré y vi a mamá. Está como siempre.

Creo que algo va a cambiar entre nosotras.

No me preguntes por qué.

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