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"Literatura ajustada": El cuento ganador

 

 

 

ISLEÑA   

por Mari Carmen Llerena, de Barcelona, España

 

Cuando decidí comprarme una isla no las tenía todas conmigo. Me habían dicho que continuamente emergen islas nuevas en los océanos, como resultado de los maremotos y de ese movimiento imperceptible que se llama la deriva de los continentes y por el cual nos alejamos progresivamente de Pangea. Luego, ya en el barco, leí que existen puntos calientes donde se forman auténticos volcanes submarinos, que antes o después suben por las profundidades cada vez más claras hasta la superficie del agua. También las islas se mueven, como llevadas por la lenta alfombra mecánica del suelo del océano. A menudo, cuando se alejan del punto caliente, dejan de recibir la lava que las alimenta y mueren, es decir, vuelven a ser tragadas por el mar, y a veces ni siquiera queda un triste atolón que las recuerde. Por eso las islas jóvenes son muy baratas: nadie puede garantizarles una vida muy larga. Pero yo entonces vivía tan al día que pensé que una isla joven y desierta me bastaría para salvarme, puesto que no podía vivir ya contigo en ningún continente.

Me habían recomendado a un capitán de barco de quien se rumoreaba que había sido pirata y que todavía traficaba con alcohol y drogas, aprovechando la bodega cerrada a cal y canto de su embarcación; yo había apuntado cuidadosamente su nombre y el nombre de su barco en un papel del bloc que tengo junto al teléfono, y ahora lo buscaba por el laberinto de aquel puerto deportivo, con el papel suspendido en la mano, al alcance de mi vista cuando dejaba de escudriñar en la distancia, con los ojos fruncidos al sol de octubre, entre retazos de conversaciones en varios idiomas, empujones y el temblor de la tarima bajo mis pies. Leí La birosta escrito con pintura negra algo desconchada sobre el fondo blanco de un yate un poco envejecido y gastado, pero majestuoso entre los demás, sin duda mayor y más sabio y experimentado. El capitán, me habían dicho, no hablaba, probablemente porque era mudo, pero se hacía entender lo justo para intercambiar la información necesaria, y su mirada, aunque castaña, era vertiginosa como los océanos que tanto había recorrido. Lo encontré trasteando por cubierta, y lo llamé por su nombre desde las escalerillas, sin atreverme a entrar; se llamaba Andrei, decían que su madre era rusa. Se volvió y me hizo un gesto despojado de ceremonias para que pasara, luego se acercó a mí secándose las manos en un trapo; me sacaba una cabeza y media de altura.

--He venido porque quiero hacer un viaje por el océano Atlántico para buscar una isla nueva y comprarla –le expliqué--; me han dicho que tú eres el mejor guía que hay, que seguramente sabrás dónde puedo encontrar lo que busco.

La embarcación se balanceaba suavemente bajo nuestros pies, y tuve la sensación de que el tiempo adquiría otro ritmo allí dentro. Me miró un rato, hasta casi ponerme nerviosa, como estudiándome, entre curioso y socarrón; de pronto la burla de su mirada se fundió en una actitud diligente y práctica: Andrei arrojó el trapo a un rincón y fue a buscar una lista de precios y una libreta para abrírmela delante de los ojos. Había hecho un calendario a bolígrafo, en que los días eran cuadros azules, y algunos tenían una cruz roja en el interior. Sin marcar aquel mes quedaba sólo la semana que empezaba al día siguiente. Lo miré determinada:

--Quiero salir en seguida, hoy mismo.

Él me señaló el cuadrado del día después, dio un golpecito en su reloj de pulsera y entendí que me convocaba en el barco al cabo de veinticuatro horas. Con eso, me volvió la espalda como si yo ya hubiera salido del barco y se alejó por la cubierta con su paso de lobo de mar, con el ritmo incorporado de las olas.

Salimos deslizándonos fuera del puerto por la superficie del agua y a las pocas horas habíamos dejado atrás todas las embarcaciones y el bullicio del puerto. Me envolvieron el ruido del mar y del viento, la luz intensa y el color verde azulado, un creciente deseo de encontrar mi isla, donde podría salvarme y vivir por fin en paz con sólo tu recuerdo. Me eché en la proa con los ojos cerrados, con todo el sol concentrado sobre los párpados, agradeciendo profundamente la mudez de Andrei y la ausencia de todo el resto del mundo. Necesitaba buscar todavía respuestas dentro de mí, antiguos anhelos, deseos de sol y mar y arena para no dejarme morir de soledad en mi isla. La calma del océano mitigó algo mis remolinos interiores, que abarcaban el cielo y la tierra, pero que nunca antes habían tomado en cuenta la posibilidad de cuestionar el mar: poco a poco, limó las asperezas y diluyó mis amarguras. Sentí un golpe en el vientre y me incorporé, sobresaltada: Andrei me había lanzado un tubo de protección solar, y cuando conseguí reaccionar le di las gracias con un gesto.

Aquella noche, para protegerme del frío, tuve que ponerme encima toda la ropa que había en mi mochila, envolviendo cada pieza algún libro, o el teléfono móvil o el pequeño generador eléctrico o algún objeto de los que llevaba conmigo. Andrei se rió de mi indumentaria al verme salir y me fue a buscar un anorac como el suyo. Después de cenar austeramente abajo, entre juntos y separados, entre sentados y de pie, el ex pirata subió a cubierta y yo, aliviada por estar sola un rato, me encerré a leer y no tardé en quedarme dormida en mi cama.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando desperté, arrastrada hacia el estado de vigilia por una música lejana que se confundía con el viento. Me envolví en mi anorac para salir. Andrei tocaba la armónica en la proa, a oscuras, yo no podía verle. Me dejé caer hasta el suelo, en el pequeño quicio de la puerta, y estuve un buen rato escuchando. La música me arrojaba sin piedad al mundo del que huía. Me habían dicho: no te vayas, no deberías quemar etapas ni olvidar la memoria, algún día la necesitarás. Las cenizas son en realidad sedimentos que se acumulan y que pueden leerse, como los posos del café. Si no, debajo de las cenizas siempre quedan los rescoldos, que queman cuando menos te lo esperas.

Al tercer día de viaje en silencio, que yo pasé leyendo y mirando el mar, vimos las tortugas. Andrei me llamó temprano, dando golpes con los nudillos en el ojo de buey de mi camarote. Salí en pijama, envuelta en una manta, apresurada y despeinada, esperando que hubiera por fin alguna isla en el horizonte. Pero el capitán señalaba un punto cercano, en el agua; agucé los sentidos hasta que vi unas manchas oscuras que surcaban el agua a cierta velocidad: tortugas. Las tortugas verdes cruzan el océano a ciegas para volver a poner sus huevos en la playa donde nacieron, el único sitio donde saben por experiencia que existe una posibilidad, aunque remota, de que sus crías se salven. Su propia vida es la prueba de que nacer allí es posible. No las guía el cielo, como a las aves migratorias, porque su vista no alcanza a ver las estrellas, sino probablemente algún instinto que nosotros no tenemos ni podemos entender.

Al ver las tortugas marinas sentí un vivo deseo de hablar y perseguí a Andrei por la cubierta; le conté que esos animales me hacían pensar en los mundos superpuestos en los que vivimos, sin ver cosas ni personas ni sentimientos que están a nuestro lado, que nos rozan, que planean sobre nuestras cabezas; de pronto, en un momento sublime que puede deberse a cientos de cosas, cae la especie de velo que los cubre y descubrimos una realidad nueva. A mí me había pasado varias veces, cuando de pequeña me enteré de que los lugares que conocía no estaban aislados, sino unidos por un espacio que se podía recorrer a pie; o más tarde al enamorarme, y al ser madre, o al encontrarme de frente con la muerte. Andrei no apartó los ojos del mar mientras le hablaba, no hizo ni un solo gesto, y eso de pronto me molestó: me dio la impresión de que había hablado con demasiada sinceridad, me sentí desnuda.

--Al menos, podías asentir con la cabeza. O si prefieres que no te hable, dímelo sin problemas, lo comprendo, estás aquí para navegar, no para aguantar rollos de nadie.

Andrei se volvió hacia mí sorprendido, y al ver mi cara de enfado se echó a reír. Empujándome suavemente por los hombros, en un gesto repentinamente familiar, me llevó hasta el mapa que tenía extendido sobre la proa, aprisionado con unas sogas. Me enseñó donde estábamos y luego marcó con un lápiz, muy cerca, tres cruces pequeñitas.

--Islas –dije yo, encantada. Me hizo entender que al día siguiente visitaríamos al menos dos de ellas, las tres si el viento era muy favorable. Casi me sentí feliz, y me di cuenta entonces de que llevaba varios días sin llorar. En el barco, con la única compañía del silencioso Andrei, todo tendía de pronto a lo esencial, como las líneas del horizonte. Quizás algún extraño sentido, que ha de tener que ver con el instinto de supervivencia, había desterrado la añoranza de aquel mundo minúsculo y primitivo hecho de un charco de luz azul y de un balanceo que nos acunaba noche y día.

Por las noches, descubrí que el cielo da tanto vértigo como las aguas más profundas y transparentes, y aprendí a mirar la oscuridad absoluta, desconocida en casi todos los puntos de la tierra. Había tomado la costumbre de subir a cubierta a escuchar la nostálgica armónica de Andrei, tumbada boca arriba bajo mi anorac. Cuando el efecto hipnótico de la música hacía que mis párpados pesaran, cerraba los ojos. Y empecé a hacerlo a menudo cuando me di cuenta de que, al abrirlos, casi siempre sorprendía a Andrei mirándome.

La noche transformaba nuestra cercanía casi indiferente del día en un espacio imantado que se fue cargando de olores a medida que crecía la luna. Aquella tercera noche también estaba yo tumbada sobre la proa, y cuando Andrei volvió a gatas de buscar una botella de vino e intentó sortearme le corté el paso con las piernas, aprisionándolo suavemente. Él no se sorprendió, y en lugar de echarse a mi lado tiró de mí por las manos hasta incorporarme. Al hacer el amor me di cuenta de que él había tenido en el pasado alguna relación larga y profunda, lo decían sus caricias y sus gestos y su conocimiento y su manera suave de tantearme. Y no debió de ser ninguna sirena con cola de pez. Y recordé que, con el cansancio y la madrugada, el glande adquiere de pronto la suavidad traslúcida del pétalo de rosa.

Cuando desperté, el sol estaba alto. Al salir a cubierta me impresionó la visión fantasmagórica de la primera isla, que flotaba delante de nosotros, muy cerca y muy oscura. Solté una exclamación de sorpresa, sobrecogida por la intrusión de todos aquellos materiales y colores olvidados: marrones y verdes, arena y vegetación, aunque poca y protegida del viento contra el suelo. Andrei se volvió al oírme: estaba en la proa, al volante, e hizo un gesto majestuoso y lento con el brazo, como si me presentara la isla.

Tardamos aún casi una hora en llegar, y estuve mirándola acercarse calladamente, un poco asustada y cada vez más repelida por aquel lugar, abrumada de pronto por el peso del pasado; entre el capitán ex pirata, mi amante de hacía tan pocas horas, y yo volvía a haber la distancia de la mañana antes. La isla tenía cinco años, y era un pedazo de tierra inhóspito, maltratado por los vientos. Atracamos antes de entrar en la playa y Andrei bajó un bote hasta el agua. En apenas una hora recorrí a pie todo el perímetro de aquella isla color chocolate, sus playas llenas de conchas y raspas de peces muertos y esqueletos de erizos. Al ser una isla tan pequeña, no había ningún punto silencioso donde no se oyera el mar o el viento; estaba habitada por pájaros y algunos animales invisibles que dejaban huellas muy hondas en la arena mojada. Cuando volví al bote, encontré a Andrei sentado en el suelo; me miró interrogante, como preguntando: ¿te la quedas? Pensé que bajaría mis cosas del barco y se iría y me dejaría en aquel sitio sobrecogedor que no se parecía a mi isla; sentí un escalofrío:

--Quiero ver las otras –me apresuré a decir--: aquí mi teléfono pierde la cobertura  –y luego pregunté--: ¿en ninguna de las tres islas hay agua potable?

Andrei soltó una carcajada: evidentemente, mi presupuesto no daba para tanto. Debería instalar una gran cisterna y llenarla periódicamente.

Para el atardecer, desde la popa, la isla era ya una mancha de pocos centímetros que empezó a fundirse con la oscuridad. Cenamos como siempre, sin hablar, Andrei repasando mapas y cuentas y calendarios, yo entre espiándole y absorta, todavía entristecida por la realidad de aquella primera isla, o quizás con la melancolía que me había provocado el olor de la tierra. Después nos servimos vino y licores y pronto el efecto del alcohol se acompasó con el movimiento del barco, que nos mecía las veinticuatro horas del día, imperceptible. Andrei fumaba parsimonioso, con los ojos perdidos en el mar con el que compartían su profundidad y, a esa hora, también el color. Yo empecé a sentir la influencia de la noche en forma de calor e inquietud y pasé varias veces a su lado, rozándole, e incluso le pedí una calada del cigarrillo, pero no conseguí que Andrei tuviera ninguna iniciativa. Por fin me senté a su lado y empecé a preguntarle por sus viajes. Él me miró irónico y perezoso, diciendo con los ojos: ¿cómo quieres que te conteste? Fui a buscar un papel y un bolígrafo y se los puse delante con un gesto brusco, un tanto exasperado. Al poco rato, nos bebíamos el uno al otro, hasta no dejar ni una sola gota de fluido (me sorprendió el sabor del semen: lo recordaba más dulce). Afortunadamente, al día siguiente nos habíamos regenerado.

Las islas jóvenes no son todas iguales: pronto adquieren características propias debido al viento, a las esporas que éste trae volando, a las corrientes marinas que arrastran distintos animales hasta sus playas, animales que quizás vuelvan eternamente a poner sus huevos; debido también a la violencia de la erupción que las generó, a la edad e incluso, curiosamente, a la cercanía de su muerte, que les da un olor distinto. La segunda isla tenía siete años, y era más pedregosa por el centro, pero de arena clara. La vegetación parecía menos castigada; el lugar, en general, más luminoso. Incluso había una especie de cuenca natural, vimos luego al bajar a tierra, donde se podría instalar la cisterna.

Esta vez Andrei me acompañó en mi paseo por las playas, que no fue tan fácil como en la primera isla, porque las rocas llegaban muchas veces hasta el agua obligándonos a trepar y buscar caminos alternativos, y a veces hacer tramos a nado, por aguas poco profundas, para no pisar los erizos y anémonas que formaban alfombras de faquir sobre el suelo. El ex pirata me miraba a veces de reojo, como mira un vendedor a un comprador vacilante, espiando mi mirada y mis reacciones. Lo cierto era que ese lugar me gustaba; estaba tan lleno de vida animal y vegetal, probablemente por la cercanía de otras islas más grandes y asentadas, que no me producía ninguna inquietud la idea de quedarme sola. Además, tenía varias recetas de pasta con salsa de erizo y había visto que crecían exuberantes calabazas silvestres en la parte alta. Lo cual no es moco de pavo.

Miré el sol: estaba atardeciendo. Dudé un rato, tentada de pedirle a Andrei que me llevara también a la tercera isla, en parte porque el viaje en su compañía me resultaba muy agradable; pero la segunda ya me había conquistado sin remedio.

--Creo que me la quedo. Te invito a cenar en casa –le dije a Andrei.

Llamé desde mi móvil a la agencia que gestionaba aquella parte del Atlántico (Andrei tenía el número en la mugrienta libreta del calendario) y pronto nos pusimos de acuerdo sobre las condiciones de pago; el hombre que me atendió, se notaba por su voz y su prisa, creía quitarse un muerto de encima, como si me estuviera vendiendo una casa construida con cemento aluminósico, y no me costó que cediera a todos mis regateos. Probablemente creía que mi isla tenía poco tiempo de vida.

Bajamos mi escaso equipaje y levanté la tienda iglú en un lugar apartado y recogido, al amparo de unos árboles. Luego Andrei me ayudó a coger los erizos, los limpié y puse el agua a hervir en una hoguera sobre la arena. Cuando anocheció reavivamos el fuego alimentándolo con ramas y quedamos hipnotizados ante la hoguera, que lamía el cielo con violencia, cogidos de la mano y a ratos abrazados, menos para combatir el frío que porque nuestros cuerpos se buscaban irremediablemente, desesperados al encontrar tanta ropa por medio.

La birosta zarpó por la mañana, pero no desapareció en el horizonte hasta entrada la tarde; la vi perderse desde el punto más alto de mi isla. Estaba contenta: aquel lugar no parecía tener ningún rincón nostálgico: era solar y cálido; tal vez, en aquellas latitudes desconocidas, nos hallábamos en el campo de influencia de alguna constelación protectora. Olvidé completamente la tercera isla, que nunca conocería. Había encontrado un sitio donde sí podía vivir sin ti. Y sin Andrei. Pero con cobertura.

 

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