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Cuando
decidí comprarme una isla no las tenía todas conmigo. Me habían dicho
que continuamente emergen islas nuevas en los océanos, como resultado de
los maremotos y de ese movimiento imperceptible que se llama la deriva de
los continentes y por el cual nos alejamos progresivamente de Pangea.
Luego, ya en el barco, leí que existen puntos calientes donde se forman
auténticos volcanes submarinos, que antes o después suben por las
profundidades cada vez más claras hasta la superficie del agua. También
las islas se mueven, como llevadas por la lenta alfombra mecánica del
suelo del océano. A menudo, cuando se alejan del punto caliente, dejan de
recibir la lava que las alimenta y mueren, es decir, vuelven a ser
tragadas por el mar, y a veces ni siquiera queda un triste atolón que las
recuerde. Por eso las islas jóvenes son muy baratas: nadie puede
garantizarles una vida muy larga. Pero yo entonces vivía tan al día que
pensé que una isla joven y desierta me bastaría para salvarme, puesto
que no podía vivir ya contigo en ningún continente.
Me
habían recomendado a un capitán de barco de quien se rumoreaba que había
sido pirata y que todavía traficaba con alcohol y drogas, aprovechando la
bodega cerrada a cal y canto de su embarcación; yo había apuntado
cuidadosamente su nombre y el nombre de su barco en un papel del bloc que
tengo junto al teléfono, y ahora lo buscaba por el laberinto de aquel
puerto deportivo, con el papel suspendido en la mano, al alcance de mi
vista cuando dejaba de escudriñar en la distancia, con los ojos fruncidos
al sol de octubre, entre retazos de conversaciones en varios idiomas,
empujones y el temblor de la tarima bajo mis pies. Leí La birosta
escrito con pintura negra algo desconchada sobre el fondo blanco de un
yate un poco envejecido y gastado, pero majestuoso entre los demás, sin
duda mayor y más sabio y experimentado. El capitán, me habían dicho, no
hablaba, probablemente porque era mudo, pero se hacía entender lo justo
para intercambiar la información necesaria, y su mirada, aunque castaña,
era vertiginosa como los océanos que tanto había recorrido. Lo encontré
trasteando por cubierta, y lo llamé por su nombre desde las escalerillas,
sin atreverme a entrar; se llamaba Andrei, decían que su madre era rusa.
Se volvió y me hizo un gesto despojado de ceremonias para que pasara,
luego se acercó a mí secándose las manos en un trapo; me sacaba una
cabeza y media de altura.
--He
venido porque quiero hacer un viaje por el océano Atlántico para buscar
una isla nueva y comprarla –le expliqué--; me han dicho que tú eres el
mejor guía que hay, que seguramente sabrás dónde puedo encontrar lo que
busco.
La
embarcación se balanceaba suavemente bajo nuestros pies, y tuve la
sensación de que el tiempo adquiría otro ritmo allí dentro. Me miró un
rato, hasta casi ponerme nerviosa, como estudiándome, entre curioso y
socarrón; de pronto la burla de su mirada se fundió en una actitud
diligente y práctica: Andrei arrojó el trapo a un rincón y fue a buscar
una lista de precios y una libreta para abrírmela delante de los ojos.
Había hecho un calendario a bolígrafo, en que los días eran cuadros
azules, y algunos tenían una cruz roja en el interior. Sin marcar aquel
mes quedaba sólo la semana que empezaba al día siguiente. Lo miré
determinada:
--Quiero
salir en seguida, hoy mismo.
Él
me señaló el cuadrado del día después, dio un golpecito en su reloj de
pulsera y entendí que me convocaba en el barco al cabo de veinticuatro
horas. Con eso, me volvió la espalda como si yo ya hubiera salido del
barco y se alejó por la cubierta con su paso de lobo de mar, con el ritmo
incorporado de las olas.
Salimos
deslizándonos fuera del puerto por la superficie del agua y a las pocas
horas habíamos dejado atrás todas las embarcaciones y el bullicio del
puerto. Me envolvieron el ruido del mar y del viento, la luz intensa y el
color verde azulado, un creciente deseo de encontrar mi isla, donde podría
salvarme y vivir por fin en paz con sólo tu recuerdo. Me eché en la proa
con los ojos cerrados, con todo el sol concentrado sobre los párpados,
agradeciendo profundamente la mudez de Andrei y la ausencia de todo el
resto del mundo. Necesitaba buscar todavía respuestas dentro de mí,
antiguos anhelos, deseos de sol y mar y arena para no dejarme morir de
soledad en mi isla. La calma del océano mitigó algo mis remolinos
interiores, que abarcaban el cielo y la tierra, pero que nunca antes habían
tomado en cuenta la posibilidad de cuestionar el mar: poco a poco, limó
las asperezas y diluyó mis amarguras. Sentí un golpe en el vientre y me
incorporé, sobresaltada: Andrei me había lanzado un tubo de protección
solar, y cuando conseguí reaccionar le di las gracias con un gesto.
Aquella
noche, para protegerme del frío, tuve que ponerme encima toda la ropa que
había en mi mochila, envolviendo cada pieza algún libro, o el teléfono
móvil o el pequeño generador eléctrico o algún objeto de los que
llevaba conmigo. Andrei se rió de mi indumentaria al verme salir y me fue
a buscar un anorac como el suyo. Después de cenar austeramente abajo,
entre juntos y separados, entre sentados y de pie, el ex pirata subió a
cubierta y yo, aliviada por estar sola un rato, me encerré a leer y no
tardé en quedarme dormida en mi cama.
No
sé cuánto tiempo había pasado cuando desperté, arrastrada hacia el
estado de vigilia por una música lejana que se confundía con el viento.
Me envolví en mi anorac para salir. Andrei tocaba la armónica en la
proa, a oscuras, yo no podía verle. Me dejé caer hasta el suelo, en el
pequeño quicio de la puerta, y estuve un buen rato escuchando. La música
me arrojaba sin piedad al mundo del que huía. Me habían dicho: no te
vayas, no deberías quemar etapas ni olvidar la memoria, algún día la
necesitarás. Las cenizas son en realidad sedimentos que se acumulan y que
pueden leerse, como los posos del café. Si no, debajo de las cenizas
siempre quedan los rescoldos, que queman cuando menos te lo esperas.
Al
tercer día de viaje en silencio, que yo pasé leyendo y mirando el mar,
vimos las tortugas. Andrei me llamó temprano, dando golpes con los
nudillos en el ojo de buey de mi camarote. Salí en pijama, envuelta en
una manta, apresurada y despeinada, esperando que hubiera por fin alguna
isla en el horizonte. Pero el capitán señalaba un punto cercano, en el
agua; agucé los sentidos hasta que vi unas manchas oscuras que surcaban
el agua a cierta velocidad: tortugas. Las tortugas verdes cruzan el océano
a ciegas para volver a poner sus huevos en la playa donde nacieron, el único
sitio donde saben por experiencia que existe una posibilidad, aunque
remota, de que sus crías se salven. Su propia vida es la prueba de que
nacer allí es posible. No las guía el cielo, como a las aves
migratorias, porque su vista no alcanza a ver las estrellas, sino
probablemente algún instinto que nosotros no tenemos ni podemos entender.
Al
ver las tortugas marinas sentí un vivo deseo de hablar y perseguí a
Andrei por la cubierta; le conté que esos animales me hacían pensar en
los mundos superpuestos en los que vivimos, sin ver cosas ni personas ni
sentimientos que están a nuestro lado, que nos rozan, que planean sobre
nuestras cabezas; de pronto, en un momento sublime que puede deberse a
cientos de cosas, cae la especie de velo que los cubre y descubrimos una
realidad nueva. A mí me había pasado varias veces, cuando de pequeña me
enteré de que los lugares que conocía no estaban aislados, sino unidos
por un espacio que se podía recorrer a pie; o más tarde al enamorarme, y
al ser madre, o al encontrarme de frente con la muerte. Andrei no apartó
los ojos del mar mientras le hablaba, no hizo ni un solo gesto, y eso de
pronto me molestó: me dio la impresión de que había hablado con
demasiada sinceridad, me sentí desnuda.
--Al
menos, podías asentir con la cabeza. O si prefieres que no te hable, dímelo
sin problemas, lo comprendo, estás aquí para navegar, no para aguantar
rollos de nadie.
Andrei
se volvió hacia mí sorprendido, y al ver mi cara de enfado se echó a reír.
Empujándome suavemente por los hombros, en un gesto repentinamente
familiar, me llevó hasta el mapa que tenía extendido sobre la proa,
aprisionado con unas sogas. Me enseñó donde estábamos y luego marcó
con un lápiz, muy cerca, tres cruces pequeñitas.
--Islas
–dije yo, encantada. Me hizo entender que al día siguiente visitaríamos
al menos dos de ellas, las tres si el viento era muy favorable. Casi me
sentí feliz, y me di cuenta entonces de que llevaba varios días sin
llorar. En el barco, con la única compañía del silencioso Andrei, todo
tendía de pronto a lo esencial, como las líneas del horizonte. Quizás
algún extraño sentido, que ha de tener que ver con el instinto de
supervivencia, había desterrado la añoranza de aquel mundo minúsculo y
primitivo hecho de un charco de luz azul y de un balanceo que nos acunaba
noche y día.
Por
las noches, descubrí que el cielo da tanto vértigo como las aguas más
profundas y transparentes, y aprendí a mirar la oscuridad absoluta,
desconocida en casi todos los puntos de la tierra. Había tomado la
costumbre de subir a cubierta a escuchar la nostálgica armónica de
Andrei, tumbada boca arriba bajo mi anorac. Cuando el efecto hipnótico de
la música hacía que mis párpados pesaran, cerraba los ojos. Y empecé a
hacerlo a menudo cuando me di cuenta de que, al abrirlos, casi siempre
sorprendía a Andrei mirándome.
La
noche transformaba nuestra cercanía casi indiferente del día en un
espacio imantado que se fue cargando de olores a medida que crecía la
luna. Aquella tercera noche también estaba yo tumbada sobre la proa, y
cuando Andrei volvió a gatas de buscar una botella de vino e intentó
sortearme le corté el paso con las piernas, aprisionándolo suavemente.
Él no se sorprendió, y en lugar de echarse a mi lado tiró de mí por
las manos hasta incorporarme. Al hacer el amor me di cuenta de que él había
tenido en el pasado alguna relación larga y profunda, lo decían sus
caricias y sus gestos y su conocimiento y su manera suave de tantearme. Y
no debió de ser ninguna sirena con cola de pez. Y recordé que, con el
cansancio y la madrugada, el glande adquiere de pronto la suavidad traslúcida
del pétalo de rosa.
Cuando
desperté, el sol estaba alto. Al salir a cubierta me impresionó la visión
fantasmagórica de la primera isla, que flotaba delante de nosotros, muy
cerca y muy oscura. Solté una exclamación de sorpresa, sobrecogida por
la intrusión de todos aquellos materiales y colores olvidados: marrones y
verdes, arena y vegetación, aunque poca y protegida del viento contra el
suelo. Andrei se volvió al oírme: estaba en la proa, al volante, e hizo
un gesto majestuoso y lento con el brazo, como si me presentara la isla.
Tardamos
aún casi una hora en llegar, y estuve mirándola acercarse calladamente,
un poco asustada y cada vez más repelida por aquel lugar, abrumada de
pronto por el peso del pasado; entre el capitán ex pirata, mi amante de
hacía tan pocas horas, y yo volvía a haber la distancia de la mañana
antes. La isla tenía cinco años, y era un pedazo de tierra inhóspito,
maltratado por los vientos. Atracamos antes de entrar en la playa y Andrei
bajó un bote hasta el agua. En apenas una hora recorrí a pie todo el perímetro
de aquella isla color chocolate, sus playas llenas de conchas y raspas de
peces muertos y esqueletos de erizos. Al ser una isla tan pequeña, no había
ningún punto silencioso donde no se oyera el mar o el viento; estaba
habitada por pájaros y algunos animales invisibles que dejaban huellas
muy hondas en la arena mojada. Cuando volví al bote, encontré a Andrei
sentado en el suelo; me miró interrogante, como preguntando: ¿te la
quedas? Pensé que bajaría mis cosas del barco y se iría y me dejaría
en aquel sitio sobrecogedor que no se parecía a mi isla; sentí un
escalofrío:
--Quiero
ver las otras –me apresuré a decir--: aquí mi teléfono pierde la
cobertura –y luego pregunté--:
¿en ninguna de las tres islas hay agua potable?
Andrei
soltó una carcajada: evidentemente, mi presupuesto no daba para tanto.
Debería instalar una gran cisterna y llenarla periódicamente.
Para
el atardecer, desde la popa, la isla era ya una mancha de pocos centímetros
que empezó a fundirse con la oscuridad. Cenamos como siempre, sin hablar,
Andrei repasando mapas y cuentas y calendarios, yo entre espiándole y
absorta, todavía entristecida por la realidad de aquella primera isla, o
quizás con la melancolía que me había provocado el olor de la tierra.
Después nos servimos vino y licores y pronto el efecto del alcohol se
acompasó con el movimiento del barco, que nos mecía las veinticuatro
horas del día, imperceptible. Andrei fumaba parsimonioso, con los ojos
perdidos en el mar con el que compartían su profundidad y, a esa hora,
también el color. Yo empecé a sentir la influencia de la noche en forma
de calor e inquietud y pasé varias veces a su lado, rozándole, e incluso
le pedí una calada del cigarrillo, pero no conseguí que Andrei tuviera
ninguna iniciativa. Por fin me senté a su lado y empecé a preguntarle
por sus viajes. Él me miró irónico y perezoso, diciendo con los ojos:
¿cómo quieres que te conteste? Fui a buscar un papel y un bolígrafo y
se los puse delante con un gesto brusco, un tanto exasperado. Al poco
rato, nos bebíamos el uno al otro, hasta no dejar ni una sola gota de
fluido (me sorprendió el sabor del semen: lo recordaba más dulce).
Afortunadamente, al día siguiente nos habíamos regenerado.
Las
islas jóvenes no son todas iguales: pronto adquieren características
propias debido al viento, a las esporas que éste trae volando, a las
corrientes marinas que arrastran distintos animales hasta sus playas,
animales que quizás vuelvan eternamente a poner sus huevos; debido también
a la violencia de la erupción que las generó, a la edad e incluso,
curiosamente, a la cercanía de su muerte, que les da un olor distinto. La
segunda isla tenía siete años, y era más pedregosa por el centro, pero
de arena clara. La vegetación parecía menos castigada; el lugar, en
general, más luminoso. Incluso había una especie de cuenca natural,
vimos luego al bajar a tierra, donde se podría instalar la cisterna.
Esta
vez Andrei me acompañó en mi paseo por las playas, que no fue tan fácil
como en la primera isla, porque las rocas llegaban muchas veces hasta el
agua obligándonos a trepar y buscar caminos alternativos, y a veces hacer
tramos a nado, por aguas poco profundas, para no pisar los erizos y anémonas
que formaban alfombras de faquir sobre el suelo. El ex pirata me miraba a
veces de reojo, como mira un vendedor a un comprador vacilante, espiando
mi mirada y mis reacciones. Lo cierto era que ese lugar me gustaba; estaba
tan lleno de vida animal y vegetal, probablemente por la cercanía de
otras islas más grandes y asentadas, que no me producía ninguna
inquietud la idea de quedarme sola. Además, tenía varias recetas de
pasta con salsa de erizo y había visto que crecían exuberantes calabazas
silvestres en la parte alta. Lo cual no es moco de pavo.
Miré
el sol: estaba atardeciendo. Dudé un rato, tentada de pedirle a Andrei
que me llevara también a la tercera isla, en parte porque el viaje en su
compañía me resultaba muy agradable; pero la segunda ya me había
conquistado sin remedio.
--Creo
que me la quedo. Te invito a cenar en casa –le dije a Andrei.
Llamé
desde mi móvil a la agencia que gestionaba aquella parte del Atlántico (Andrei
tenía el número en la mugrienta libreta del calendario) y pronto nos
pusimos de acuerdo sobre las condiciones de pago; el hombre que me atendió,
se notaba por su voz y su prisa, creía quitarse un muerto de encima, como
si me estuviera vendiendo una casa construida con cemento aluminósico, y
no me costó que cediera a todos mis regateos. Probablemente creía que mi
isla tenía poco tiempo de vida.
Bajamos
mi escaso equipaje y levanté la tienda iglú en un lugar apartado y
recogido, al amparo de unos árboles. Luego Andrei me ayudó a coger los
erizos, los limpié y puse el agua a hervir en una hoguera sobre la arena.
Cuando anocheció reavivamos el fuego alimentándolo con ramas y quedamos
hipnotizados ante la hoguera, que lamía el cielo con violencia, cogidos
de la mano y a ratos abrazados, menos para combatir el frío que porque
nuestros cuerpos se buscaban irremediablemente, desesperados al encontrar
tanta ropa por medio.
La
birosta
zarpó por la mañana, pero no desapareció en el horizonte hasta entrada
la tarde; la vi perderse desde el punto más alto de mi isla. Estaba
contenta: aquel lugar no parecía tener ningún rincón nostálgico: era
solar y cálido; tal vez, en aquellas latitudes desconocidas, nos hallábamos
en el campo de influencia de alguna constelación protectora. Olvidé
completamente la tercera isla, que nunca conocería. Había encontrado un
sitio donde sí podía vivir sin ti. Y sin Andrei. Pero con cobertura.
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Concurso "Literatura ajustada"
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