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Cuando
Bugler llegó al delta del Mississipi, la ciudad lo recibió con música
en el aire. En Nueva Orleáns nada ocurría sin música.
Su
familia había dejado atrás las plantaciones de algodón donde sus
ancestros trabajaron a cambio de choza y comida. Nada poseían, excepto el
recuerdo imborrable de las danzas y cantos de su África natal, y esa música
les había ayudado a soportar la angustia de la esclavitud.
Al
igual que ellos, Bugler llegaba con un equipaje que sólo contenía ritmo
y melodía.
Inducidos
por un gran sentido religioso, sus padres habían adoptado el
cristianismo. Acostumbrados como estaban a iniciar sus ritos religiosos
con canciones y bailes, pronto introdujeron palmas y movimientos rítmicos
en las ceremonias. Las voces negras, desgarradas y de un timbre de voz muy
particular, cantaban melodías conmovedoras, con temas de oración y súplica
Bugler
se ubicaba en primera fila y escuchaba con atención. No se perdía una
estrofa y acompañaba el ritmo con el batir de palmas y el golpeteo de sus
pies. Los Spirituals se
incorporaron definitivamente a su vida.
Por
ese entonces Nueva Orleáns era una ciudad alegre y confiada, en cuyas
calles se palpaba una bulliciosa vitalidad y se gozaba de la música, las
reuniones y los bailes. Era una ciudad tolerante en su relación con los
negros.
Aún
tenía pantalones cortos cuando Bugler descubrió una casa de música en
la que pudo acariciar trombones, cornetas, clarinetes y tambores. Hasta
entonces sus instrumentos musicales habían sido una
armónica acompañada por tañidos de una palangana de metal.
La
tentación fue irresistible: huyó con una trompeta y fue apresado.
Para
evitarle el duro paso por el reformatorio sus padres pidieron la
intervención de un párroco
que asumió la responsabilidad de hacerle cumplir la pena tocando en la
banda de la Sociedad Benéfica.
Los
asociados pagaban una pequeña cantidad mensual y la entidad benéfica les
organizaba un funeral musical. Una larga procesión, integrada por
familiares, amigos y vecinos, se dirigía al cementerio mientras la banda
acompañaba al muerto tocando himnos lentos y tristes. Todo muy solemne.
Pero un día, al regreso, Bugler comenzó a tocar de nuevo y el resto de
la banda se le sumó. Tocaron marchas, melodías y ragtime. Pudo parecer
una falta de respeto pero la opinión general era que el muerto ya estaba
en el cielo y podían regocijarse con él. Todos reconocían que hacía
falta relajación después de tanto dolor y emoción. A partir de
entonces, la música
sincopada -que no era sino jazz- se incorporó definitivamente a la
ceremonia, y a la vuelta de los entierros la gente se apiñaba para ver el
inefable jolgorio de las bandas.
Ya
adolescente, Bugler dejó la Sociedad Benéfica y comenzó a tocar su
trompeta en los bares de negros de Storyville, el barrio de diversiones
nocturnas en Nueva Orleáns. Por entonces, los dueños de algunas tabernas
habían convertido sus habitaciones posteriores o sus sótanos en pequeños
salones y contrataban músicos para entretener a sus clientes y
estimularlos a beber. El whisky barato, proveniente de destilerías
clandestinas, con el agregado de una pizca de azúcar y mucho limón era
la bebida preferida por una heterogénea clientela de obreros, campesinos,
soldados y marineros. La inmensa mayoría de esos hombres buscaba
procurarse cualquier placer a su alcance en las escasas horas de libertad
que le dejaban las agobiantes tareas con que se ganaban la vida. Así,
bebiendo, bailando y practicando el sexo, recuperaban la alegría de
vivir. En ese ambiente prostibulario, de garitos, cabarets y burdeles,
donde la búsqueda del placer era un objetivo legítimo para su
vida, el joven Bugler era feliz.
Como
no tenía idea de lo que era una partitura, ni solfeo, ni notas, Bugler
tocaba de oído e improvisaba. Tocaba como cantaba y la trompeta era una
extensión de su voz. La música le salía del alma, como una vivencia
espiritual, llena de amor y dolor. Era la válvula de escape emocional que
expresaba las ilusiones y desencantos de un hombre negro en el mundo del
hombre blanco.
A
partir de sus limitaciones técnicas desarrolló un nuevo estilo, una
nueva forma de tocar la trompeta. Esa estrategia de supervivencia se
caracterizaba por las improvisaciones, usualmente de larga duración, a
partir de una idea simple su
música iba tomando forma en base a las nuevas ideas sucesivamente
disparadas. Esos timbres instrumentales insólitos –difíciles de
encontrar en otro tipo de música- estaban impregnados de algo mágico:
swing, el alma del jazz. Algo que iba más allá de la propia interpretación
y cuyos sonidos no podían escribirse.
Pronto
Bugler se transformó en un fenómeno musical.
Tiempo
después llegó Shadow, un
saxofonista que había triunfado en Chicago integrando una de esas bandas
de músicos que tocaban para acallar la violencia de los ajustes de
cuentas.
Shadow
era un hombre huraño y reconcentrado que soñaba con un público
silencioso y atento. Fiel a su formación académica tocaba música para
escuchar con la cabeza en vez de con los pies. Era un auténtico virtuoso
del saxo que evitaba las emotivas improvisaciones y analizaba hasta el más
mínimo detalle para lograr una ejecución que cautivara el intelecto de
los grupos de vanguardia. Sus críticos decían que era un negro que
tocaba como los blancos.
Dentro
del amplio universo del jazz, Bugler y Shadow estaban en las antípodas.
Eran como el día y la noche. Uno buscaba un estilo original que reflejara
su propia voz. El otro pretendía la perfección formal.
Ambos
aspiraban al trono del jazz en Nueva Orleáns y el choque fue inevitable.
Uno era el mar y el otro la roca que desafiaba su vaivén.
Fue
entonces que amigos de Shadow llegaron desde Chicago y quemaron el bar
donde tocaba Bugler. Este, a su vez, pidió ayuda a la mafia del puerto de
Nueva Orleáns, que amenazó de muerte a Shadow
si no abandonaba la ciudad.
Ante
la espiral de violencia, un grupo de amantes del jazz -imparciales en esta
guerra sucia- propusieron resolver el pleito mediante un enfrentamiento
personal entre Bugler y Shadow, solos, frente a frente, en un duelo.
El
vapor de las calderas impulsó las grandes ruedas de palas
y el barco comenzó a surcar las aguas del Mississipi. Su ancha cubierta
estaba llena de gente, pero nadie prestaba atención a los caimanes que se
deslizaban por la costa pantanosa, ni a las lucecillas parpadeantes de los
pueblos lejanos. Simplemente querían ser testigos de
un enfrentamiento inolvidable.
A
la hora señalada, con una puntualidad inusual, el maestro de ceremonias
anunció a toda voz:
–Señoras
y señores... en este rincón... oriundo de Nueva Orleáns... ¡¡¡Bugler!!!
Antes
de que terminara la frase, un griterío ensordecedor partió de la
cubierta y se expandió sobre el río.
Una
vez acallados los gritos de los admiradores, el presentador continuó:
–En
aquel otro rincón... procedente de Chicago...
¡¡¡Shadow!!!
Ahora,
los nuevos gritos de exclamación se mezclaban con silbidos para el
visitante.
Finalmente
se escuchó la temeraria instrucción:
–El
único resultado posible es el abandono de uno de los contendientes.
Aún
no se había acallado el murmullo, cuando sonó el gong.
Entonces,
simultáneamente, la trompeta comenzó a sonar desde la proa y el saxo le
respondió desde la popa.
El
cielo se oscureció y las estrellas se asomaron a contemplar el duelo. Aún
no amanecía cuando una densa niebla cayó sobre el río poniendo una
sordina a la trompeta y al saxo.
De
pronto un terrible sacudón y un ruido estremecedor conmovieron a
pasajeros, tripulantes y duelistas. El barco había chocado con otro y se
hundía rápidamente. En medio de un griterío infernal la mayoría se
tiraba al agua intentando alcanzar la orilla.
Pero
Bugler y Shadow seguían tocando.
Solo
cuando el barco desapareció de la superficie el silencio se adueñó del
río.
El
Mississipi, ese eterno crisol de razas, culturas y ritmos, acogió a
Bugler y Shadow, trompeta y saxo, pasión e intelecto, y los integró en
una melodía superadora.
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Concurso "Cuentos de jazz"
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