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"Cuentos de jazz": El cuento ganador

 

Música para escuchar con los pies   

por Jorge Colonna, Castelar, provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

Cuando Bugler llegó al delta del Mississipi, la ciudad lo recibió con música en el aire. En Nueva Orleáns nada ocurría sin música.

Su familia había dejado atrás las plantaciones de algodón donde sus ancestros trabajaron a cambio de choza y comida. Nada poseían, excepto el recuerdo imborrable de las danzas y cantos de su África natal, y esa música les había ayudado a soportar la angustia de la esclavitud.

Al igual que ellos, Bugler llegaba con un equipaje que sólo contenía ritmo y melodía.

Inducidos por un gran sentido religioso, sus padres habían adoptado el cristianismo. Acostumbrados como estaban a iniciar sus ritos religiosos con canciones y bailes, pronto introdujeron palmas y movimientos rítmicos en las ceremonias. Las voces negras, desgarradas y de un timbre de voz muy particular, cantaban melodías conmovedoras, con temas de oración y súplica

Bugler se ubicaba en primera fila y escuchaba con atención. No se perdía una estrofa y acompañaba el ritmo con el batir de palmas y el golpeteo de sus pies. Los  Spirituals se incorporaron definitivamente a su vida.

Por ese entonces Nueva Orleáns era una ciudad alegre y confiada, en cuyas calles se palpaba una bulliciosa vitalidad y se gozaba de la música, las reuniones y los bailes. Era una ciudad tolerante en su relación con los negros.

Aún tenía pantalones cortos cuando Bugler descubrió una casa de música en la que pudo acariciar trombones, cornetas, clarinetes y tambores. Hasta entonces sus instrumentos musicales habían sido una  armónica acompañada por tañidos de una palangana de metal.

La tentación fue irresistible: huyó con una trompeta y fue apresado.

Para evitarle el duro paso por el reformatorio sus padres pidieron la intervención de un párroco que asumió la responsabilidad de hacerle cumplir la pena tocando en la banda de la Sociedad Benéfica.

Los asociados pagaban una pequeña cantidad mensual y la entidad benéfica les organizaba un funeral musical. Una larga procesión, integrada por familiares, amigos y vecinos, se dirigía al cementerio mientras la banda acompañaba al muerto tocando himnos lentos y tristes. Todo muy solemne. Pero un día, al regreso, Bugler comenzó a tocar de nuevo y el resto de la banda se le sumó. Tocaron marchas, melodías y ragtime. Pudo parecer una falta de respeto pero la opinión general era que el muerto ya estaba en el cielo y podían regocijarse con él. Todos reconocían que hacía falta relajación después de tanto dolor y emoción. A partir de entonces, la  música sincopada -que no era sino jazz- se incorporó definitivamente a la ceremonia, y a la vuelta de los entierros la gente se apiñaba para ver el inefable jolgorio de las bandas.

Ya adolescente, Bugler dejó la Sociedad Benéfica y comenzó a tocar su trompeta en los bares de negros de Storyville, el barrio de diversiones nocturnas en Nueva Orleáns. Por entonces, los dueños de algunas tabernas habían convertido sus habitaciones posterio­res o sus sótanos en pequeños salones y contrataban músicos para entretener a sus clientes y estimularlos a beber. El whisky barato, proveniente de destilerías clandestinas, con el agregado de una pizca de azúcar y mucho limón era la bebida preferida por una heterogénea clientela de obreros, campesinos, soldados y marineros. La inmensa mayoría de esos hombres buscaba procurarse cualquier placer a su alcance en las escasas horas de libertad que le deja­ban las agobiantes tareas con que se ganaban la vida. Así, bebiendo, bailando y practicando el sexo, recuperaban la alegría de vivir. En ese ambiente prostibulario, de garitos, cabarets y burdeles, donde  la búsqueda del placer era un objetivo legítimo para su vida, el joven Bugler era feliz.

Como no tenía idea de lo que era una partitura, ni solfeo, ni notas, Bugler tocaba de oído e improvisaba. Tocaba como cantaba y la trompeta era una extensión de su voz. La música le salía del alma, como una vivencia espiritual, llena de amor y dolor. Era la válvula de escape emocional que expresaba las ilusiones y desencantos de un hombre negro en el mundo del hombre blanco.

A partir de sus limitaciones técnicas desarrolló un nuevo estilo, una nueva forma de tocar la trompeta. Esa estrategia de supervivencia se caracterizaba por las improvisaciones, usualmente de larga duración, a partir de una idea simple su música iba tomando forma en base a las nuevas ideas sucesivamente disparadas. Esos timbres instrumentales insólitos –difíciles de encontrar en otro tipo de música- estaban impregnados de algo mágico: swing, el alma del jazz. Algo que iba más allá de la propia interpretación y cuyos sonidos no podían escribirse. 

Pronto Bugler se transformó en un fenómeno musical.

Tiempo después llegó  Shadow, un saxofonista que había triunfado en Chicago integrando una de esas bandas de músicos que tocaban para acallar la violencia de los ajustes de cuentas.

Shadow era un hombre huraño y reconcentrado que soñaba con un público silencioso y atento. Fiel a su formación académica tocaba música para escuchar con la cabeza en vez de con los pies. Era un auténtico virtuoso del saxo que evitaba las emotivas improvisaciones y analizaba hasta el más mínimo detalle para lograr una ejecución que cautivara el intelecto de los grupos de vanguardia. Sus críticos decían que era un negro que tocaba como los blancos.

Dentro del amplio universo del jazz, Bugler y Shadow estaban en las antípodas. Eran como el día y la noche. Uno buscaba un estilo original que reflejara su propia voz. El otro pretendía la perfección formal.

Ambos aspiraban al trono del jazz en Nueva Orleáns y el choque fue inevitable. Uno era el mar y el otro la roca que desafiaba su vaivén.

Fue entonces que amigos de Shadow llegaron desde Chicago y quemaron el bar donde tocaba Bugler. Este, a su vez, pidió ayuda a la mafia del puerto de Nueva Orleáns, que amenazó de muerte a Shadow  si no abandonaba la ciudad.

Ante la espiral de violencia, un grupo de amantes del jazz -imparciales en esta guerra sucia- propusieron resolver el pleito mediante un enfrentamiento personal entre Bugler y Shadow, solos, frente a frente, en un duelo.

El vapor de las calderas impulsó las grandes ruedas de palas y el barco comenzó a surcar las aguas del Mississipi. Su ancha cubierta estaba llena de gente, pero nadie prestaba atención a los caimanes que se deslizaban por la costa pantanosa, ni a las lucecillas parpadeantes de los pueblos lejanos. Simplemente querían ser testigos de  un enfrentamiento inolvidable.

A la hora señalada, con una puntualidad inusual, el maestro de ceremonias anunció a toda voz:

–Señoras y señores... en este rincón... oriundo de Nueva Orleáns... ¡¡¡Bugler!!!

Antes de que terminara la frase, un griterío ensordecedor partió de la cubierta y se expandió sobre el río.

Una vez acallados los gritos de los admiradores, el presentador continuó:

–En aquel otro rincón... procedente de Chicago...  ¡¡¡Shadow!!!

Ahora, los nuevos gritos de exclamación se mezclaban con silbidos para el visitante.

Finalmente se escuchó la temeraria instrucción:

–El único resultado posible es el abandono de uno de los contendientes.

Aún no se había acallado el murmullo, cuando sonó el gong.

Entonces, simultáneamente, la trompeta comenzó a sonar desde la proa y el saxo le respondió desde la popa.

El cielo se oscureció y las estrellas se asomaron a contemplar el duelo. Aún no amanecía cuando una densa niebla cayó sobre el río poniendo una sordina a la trompeta y al saxo.

De pronto un terrible sacudón y un ruido estremecedor conmovieron a pasajeros, tripulantes y duelistas. El barco había chocado con otro y se hundía rápidamente. En medio de un griterío infernal la mayoría se tiraba al agua intentando alcanzar la orilla.

Pero Bugler y Shadow seguían tocando.

Solo cuando el barco desapareció de la superficie el silencio se adueñó del río.

El Mississipi, ese eterno crisol de razas, culturas y ritmos, acogió a Bugler y Shadow, trompeta y saxo, pasión e intelecto, y los integró en una melodía superadora.


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