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He
llegado a la conclusión de que soy un mediocre, créanlo, soy un jodido
mediocre. Todas las cosas que he emprendido en mi vida han terminado mal o
no las he terminado. Mi trabajo como oficinista apenas me da para comer,
para medio vivir diría yo. Y no soy un oficinista, soy mas bien, ¿qué
será?, ¿un lameculos les parece? Sí, un lameculos es el termino
correcto. Un perro faldero de mi jefe, un perro faldero que no sabe nada
de computadoras, que no sabe nada de papeleo, un perro faldero que es
experto en quitar grapas de documentos. Quitar grapas es mi trabajo, he
roto mi propio record, ayer quite trescientas, ahora quite trescientas
dieciséis, eh, lo ven, ¿no es patética mi vida?
El
trafico esta de la mierda, falta por lo menos un kilómetro para llegar a
mi hogar y el imbécil que va delante de mi parece ser un anciano y si no
lo es, conduce como un anciano, a este tipo de idiotas les deberían de
retirar la licencia de conducir, ¿no les parece que joden la vida de los
demás? Cómo que no, claro de que sí la joden, les apuesto mi testículo
izquierdo a que alguna vez en su vida se han topado con un inútil de
estos. Vaya, por fin pude rebasar a esa chatarra. Me equivocaba, no era un
anciano, ni un tipo que conducía como anciano, era una mujer, una hembra,
una integrante de esa especie que sangra mas de tres días y no muere,
estoy seguro de que conocen alguna, por supuesto yo conozco a una y por
desgracia estoy casado con ella. Sí, por desgracia.
Aparco
el coche en el garaje y al salir del auto piso una mierda de perro, ¡malditas
sean las mierdas de perro!, he
embarrado de mierda los carísimos zapatos que me regalo mi mujer en mi
cumpleaños, los mismos zapatos que costaron mas de mil doscientos pesos,
lo pueden creer, mi mujer pago mil doscientos pesos por estas malditas
zapatillas que parecen de afeminado, mil doscientos pesos que equivalen a
cinco días de jodido trabajo, es decir unas mil quinientas grapas, y qué
he hecho yo, embarrarlos de mierda. Bien, ya los he limpiado en la mala
hierba de mi “hermoso” jardín. Estoy cansado, me duelen el pulgar y
el índice y ahora camino hacia la puerta con mis zapatillas en la mano
derecha y llenándome los calcetines de jodido lodo, ¿grandioso no?
La perra de mi mujer esta en la sala, al verme apenas me dirigió
la mirada, una mirada cargada de soberbia, se cree el centro del universo,
eh. No sé cuando dejó de ser aquella linda jovencita que me inspiraba
inocencia, no sé cuando se convirtió en una res echada en el sofá que
solo sabe estirar la mano para quitarme mi putrefacto dinero que con tanto
esfuerzo me gano, no lo sé.
Se
me derrama un poco de leche sobre el fregadero al intentar abrir el estúpido
y poco manejable bote. Mi mujer me empieza a amartillar la cabeza con estúpidos
comentarios sobre la insulsa vida de mi suegra. Cada palabra, cada frase,
entra por mis preciados oídos como un maldito picahielo que se incrusta
hasta lo más recóndito de mis sesos. A quién diablos le interesa saber
que la idiota de mi suegra se cortó el dedo meñique con el cuchillo de
la cocina mientras cortaba unas rajas de tomate. Honestamente, y después
de reflexionar dos segundos
sobre la cuestión, llego a la conclusión que ni a la maldita palomilla
que vuela alrededor de la bombilla que ilumina mi jodida cocina le
interesa. Por fin cierra el pico y continúa hojeando su estúpida revista
de modas. La leche me sabe a gloria, qué rica es la leche, soy adicto a
la leche, no lo niego, me encanta a pesar de que los botes sean poco
manejables.
Me
siento frente a ella, le doy otro trago a la bendita leche, ella continua
hojeando su revistita, permanece indiferente ante mi presencia, tal vez a
ella también le suceda lo mismo, también está harta de escuchar de que
rompí mi record de quitar grapas, también está harta de que me queje
del maldito trafico. Patético en lo que se convierte el tierno amor de un
par de adolescentes con el pasar de los años. Qué nefasta vida.
-Atropellé
a un niño por la mañana –lo dije así, sin pensar, un comentario al
aire, lo que sea por tratar de llamar un poco su atención.
Por
supuesto, ella asintió lentamente sin dejar de mirar la revista. Está
perdida en su mundo, en su mundo de lindos vestidos y peinados excéntricos.
No puedo negarlo, aun sigue siendo bella, de algo le ha servido pasarse
las veinticuatro horas del día atendiendo su perfecto y escultural
cuerpo. Qué labios, qué ojos, qué hija de la chingada.
Le
doy otro trago a la leche, al parecer esta será otra noche fría y
aburrida, en la que cada quien guardara su distancia y simplemente nos
ignoraremos como unos cerdos en su chiquero, cada quien revolcándose en
su propio lodo.
-Alfredo,
necesito dinero, mañana iré de compras.
Qué
demonios, olviden lo de los cerdos en el chiquero, esto se convertirá en
un maldito campo de batalla, el eterno estira y afloja, estira y afloja de
mierda.
-No
tengo dinero –le digo, mientras pongo el vaso de leche sobre la pequeña
mesa de centro tratando de desviar su atención. Como jode con el dinero,
traigo la cartera repleta de billetes, me acaban de pagar mis preciadas
horas de trabajo, pero esta vez no, esta vez se chinga, no le daré ni un
solo cinco, solo por mero cabrón.
Tira
la revista sobre la alfombra y me dirige esa maldita mirada de vampiresa
que tiene tan bien ensayada. Qué mierda, pero qué sensual.
-Necesito
dinero, Alfredo, tengo que comprar un par de zapatos.
Otro
pinche par de zapatos más y tendríamos los suficientes como para calzar
un ejercito, si algo hay en esta casa son chingados zapatos.
-Tienes
un chingo de zapatos –le contesto al tiempo que me paro y camino hacia
la cocina tratando de que el tema se vaya mucho rumbo a la chingada. Es mi
sutil forma de darle a entender que
esta noche no quiero discutir. Por supuesto a ella le vale madres y se
viene tras de mí, como un domador sigue a un león, o
una pantera, o un tigre, o sabrá que chingados más haya en un
circo, imagínenselo ustedes.
Tomo
de nueva cuenta el jodido bote de leche y justo cuando me dispongo a
vaciar un poco mas en el vaso, me suelta un manotazo y me empuja contra el
fregadero. Siento como sus largas uñas me rasgan la cara. Entre manotazos
y empujones logro quitármela de encima, le doy un revés con la mano
derecha y veo como cae al suelo de rodillas. De pronto le empieza a correr
un hilo de sangre que brota de su nariz y baja delineando sus labios. Es
la primera vez que le doy un golpe, nunca lo había hecho y nuca había
pensado en hacerlo. Pero esta noche no sé por que lo hice, tal vez esta
noche el león se cansó de su domador, tal vez fue por el pinche mal
humor que me provocó la estúpida conductora de hace rato. No lo sé, créanmelo.
-Maldito
infeliz, eso era lo único que te faltaba, pegarme, cabrón, cabrón, cabrón
de mierda –me dice entre lloriqueos, mientras me golpea los muslos.
–De seguro ya tienes a otra, eso es maldito infeliz, ya tienes a otra
con quien acostarte, por eso me haces esto a mi, cabrón de mierda.
“Cabrón de mierda”, me repite una y otra vez.
Se
abalanza sobre mi muslo derecho y me da una tremenda mordida. Grito con
todas mis fuerzas por el dolor que me provoca. Nunca antes había recibido
una mordida de tal magnitud. La maldita leche derramada en el suelo. No,
maldita sea. La tomo por el pelo y la tiro a un lado de mi pierna, frente
el refrigerador. Se queda ahí tirada, gimoteando. Yo me llevo las manos a
la cabeza, en qué jodido infierno se ha convertido esto. Ella sigue ahí
tirada sin decir nada. Siento un poco de culpa, pero también siento una
gran satisfacción, yo no me acuesto con nadie más, créanlo, le soy fiel
hasta el ultimo vello de mi axila derecha, yo solo soy un maldito mediocre
que sale de su casa para quitar grapas, eso es lo que soy, un perro
faldero, ustedes lo saben, ya se los he dicho antes, yo no tengo la culpa,
sólo quería un poco mas de leche.
-Yo
no te engaño con nadie pendeja –le digo mientras tiro el bote vacío de
leche a la basura.
-Pendejo
tú –me dice entre sollozos.
Yo
la ignoro al tanto que busco una servilleta para limpiarme el tibio
liquido que me escurre de la mejilla derecha, aun no sé si es sangre por
los rasguños, o un poco de leche que salpico. Cojo la servilleta y me
limpio el rostro, unas pequeñas manchas rojas aparecen en el inmaculado y
blanco trozo de papel. Me sacó sangre la perra, me sacó sangre la
infeliz, me arañó mi maldito rostro, que van a decir mis putos colegas
de oficina, que soy un jodido imbécil, de seguro seré el hazmerreír de
todos en la oficina, mi jefe, mi querido jefe qué me dirá, se sentirá
decepcionado, su leal y estimado Alfredo llega con una estupidez de estas.
Maldita sea, carajo. La muy
estúpida ahora abraza mi piernas, en esos instantes tomo el cuchillo, me
invade un odio, un odio que nunca antes había sentido, deseo matarla,
deseo acuchillarla con todas mis fuerzas. Recarga su cabeza sobre mi muslo
derecho. Perdón, Alfredo, me dice la muy estúpida. Qué perdón ni qué
chingados. Se levanta rápidamente y me abraza fuertemente, recarga su
cabeza sobre mi hombro, gimotea, llora. Es entonces cuando me doy cuenta
de que ahí esta mi pequeña, ahí esta la linda jovencita a la que amo.
Lo que queda de ella, lo poco
que queda.
-Te
amo, Alfredo –me dice con un arrepentimiento total en su tono de voz.
Dejo
el cuchillo sobre el fregadero y le correspondo el apasionado beso. Devora
mis labios y yo me entrego a ese delicioso placer. Sus labios aún me
hacen suspirar, sus caricias aún me vuelven loco. Perdónenme, amigos míos,
pero aún la amo, les deberé la sangre para otro día. Mañana no iré a
la oficina, que chinguen su madre los de la oficina, volveré hasta el
jueves, el jueves romperé mi record. Pinche mordida, aún me duele. -Yo
también te amo, mi amor.
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Concurso "Historias de amor"
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