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"Historias de amor": El cuento ganador

 

EL AMOR, CARAJO   

por Fernando Zurdok, de Tampico, México.

 

He llegado a la conclusión de que soy un mediocre, créanlo, soy un jodido mediocre. Todas las cosas que he emprendido en mi vida han terminado mal o no las he terminado. Mi trabajo como oficinista apenas me da para comer, para medio vivir diría yo. Y no soy un oficinista, soy mas bien, ¿qué será?, ¿un lameculos les parece? Sí, un lameculos es el termino correcto. Un perro faldero de mi jefe, un perro faldero que no sabe nada de computadoras, que no sabe nada de papeleo, un perro faldero que es experto en quitar grapas de documentos. Quitar grapas es mi trabajo, he roto mi propio record, ayer quite trescientas, ahora quite trescientas dieciséis, eh, lo ven, ¿no es patética mi vida?

El trafico esta de la mierda, falta por lo menos un kilómetro para llegar a mi hogar y el imbécil que va delante de mi parece ser un anciano y si no lo es, conduce como un anciano, a este tipo de idiotas les deberían de retirar la licencia de conducir, ¿no les parece que joden la vida de los demás? Cómo que no, claro de que sí la joden, les apuesto mi testículo izquierdo a que alguna vez en su vida se han topado con un inútil de estos. Vaya, por fin pude rebasar a esa chatarra. Me equivocaba, no era un anciano, ni un tipo que conducía como anciano, era una mujer, una hembra, una integrante de esa especie que sangra mas de tres días y no muere, estoy seguro de que conocen alguna, por supuesto yo conozco a una y por desgracia estoy casado con ella. Sí, por desgracia.

Aparco el coche en el garaje y al salir del auto piso una mierda de perro, ¡malditas sean las mierdas de perro!,  he embarrado de mierda los carísimos zapatos que me regalo mi mujer en mi cumpleaños, los mismos zapatos que costaron mas de mil doscientos pesos, lo pueden creer, mi mujer pago mil doscientos pesos por estas malditas zapatillas que parecen de afeminado, mil doscientos pesos que equivalen a cinco días de jodido trabajo, es decir unas mil quinientas grapas, y qué he hecho yo, embarrarlos de mierda. Bien, ya los he limpiado en la mala hierba de mi “hermoso” jardín. Estoy cansado, me duelen el pulgar y el índice y ahora camino hacia la puerta con mis zapatillas en la mano derecha y llenándome los calcetines de jodido lodo, ¿grandioso no?  La perra de mi mujer esta en la sala, al verme apenas me dirigió la mirada, una mirada cargada de soberbia, se cree el centro del universo, eh. No sé cuando dejó de ser aquella linda jovencita que me inspiraba inocencia, no sé cuando se convirtió en una res echada en el sofá que solo sabe estirar la mano para quitarme mi putrefacto dinero que con tanto esfuerzo me gano, no lo sé.

Se me derrama un poco de leche sobre el fregadero al intentar abrir el estúpido y poco manejable bote. Mi mujer me empieza a amartillar la cabeza con estúpidos comentarios sobre la insulsa vida de mi suegra. Cada palabra, cada frase, entra por mis preciados oídos como un maldito picahielo que se incrusta hasta lo más recóndito de mis sesos. A quién diablos le interesa saber que la idiota de mi suegra se cortó el dedo meñique con el cuchillo de la cocina mientras cortaba unas rajas de tomate. Honestamente, y después de reflexionar  dos segundos sobre la cuestión, llego a la conclusión que ni a la maldita palomilla que vuela alrededor de la bombilla que ilumina mi jodida cocina le interesa. Por fin cierra el pico y continúa hojeando su estúpida revista de modas. La leche me sabe a gloria, qué rica es la leche, soy adicto a la leche, no lo niego, me encanta a pesar de que los botes sean poco manejables.

Me siento frente a ella, le doy otro trago a la bendita leche, ella continua hojeando su revistita, permanece indiferente ante mi presencia, tal vez a ella también le suceda lo mismo, también está harta de escuchar de que rompí mi record de quitar grapas, también está harta de que me queje del maldito trafico. Patético en lo que se convierte el tierno amor de un par de adolescentes con el pasar de los años. Qué nefasta vida.

-Atropellé a un niño por la mañana –lo dije así, sin pensar, un comentario al aire, lo que sea por tratar de llamar un poco su atención.

Por supuesto, ella asintió lentamente sin dejar de mirar la revista. Está perdida en su mundo, en su mundo de lindos vestidos y peinados excéntricos. No puedo negarlo, aun sigue siendo bella, de algo le ha servido pasarse las veinticuatro horas del día atendiendo su perfecto y escultural cuerpo. Qué labios, qué ojos, qué hija de la chingada.

Le doy otro trago a la leche, al parecer esta será otra noche fría y aburrida, en la que cada quien guardara su distancia y simplemente nos ignoraremos como unos cerdos en su chiquero, cada quien revolcándose en su propio lodo.

-Alfredo, necesito dinero, mañana iré de compras.

Qué demonios, olviden lo de los cerdos en el chiquero, esto se convertirá en un maldito campo de batalla, el eterno estira y afloja, estira y afloja de mierda.

-No tengo dinero –le digo, mientras pongo el vaso de leche sobre la pequeña mesa de centro tratando de desviar su atención. Como jode con el dinero, traigo la cartera repleta de billetes, me acaban de pagar mis preciadas horas de trabajo, pero esta vez no, esta vez se chinga, no le daré ni un solo cinco, solo por mero cabrón.

Tira la revista sobre la alfombra y me dirige esa maldita mirada de vampiresa que tiene tan bien ensayada. Qué mierda, pero qué sensual.

-Necesito dinero, Alfredo, tengo que comprar un par de zapatos.

Otro pinche par de zapatos más y tendríamos los suficientes como para calzar un ejercito, si algo hay en esta casa son chingados zapatos.

-Tienes un chingo de zapatos –le contesto al tiempo que me paro y camino hacia la cocina tratando de que el tema se vaya mucho rumbo a la chingada. Es mi sutil forma de darle a entender  que esta noche no quiero discutir. Por supuesto a ella le vale madres y se viene tras de mí, como un domador sigue a un león, o  una pantera, o un tigre, o sabrá que chingados más haya en un circo, imagínenselo ustedes.

Tomo de nueva cuenta el jodido bote de leche y justo cuando me dispongo a vaciar un poco mas en el vaso, me suelta un manotazo y me empuja contra el fregadero. Siento como sus largas uñas me rasgan la cara. Entre manotazos y empujones logro quitármela de encima, le doy un revés con la mano derecha y veo como cae al suelo de rodillas. De pronto le empieza a correr un hilo de sangre que brota de su nariz y baja delineando sus labios. Es la primera vez que le doy un golpe, nunca lo había hecho y nuca había pensado en hacerlo. Pero esta noche no sé por que lo hice, tal vez esta noche el león se cansó de su domador, tal vez fue por el pinche mal humor que me provocó la estúpida conductora de hace rato. No lo sé, créanmelo.

-Maldito infeliz, eso era lo único que te faltaba, pegarme, cabrón, cabrón, cabrón de mierda –me dice entre lloriqueos, mientras me golpea los muslos. –De seguro ya tienes a otra, eso es maldito infeliz, ya tienes a otra con quien acostarte, por eso me haces esto a mi, cabrón de mierda. “Cabrón de mierda”, me repite una y otra vez.

Se abalanza sobre mi muslo derecho y me da una tremenda mordida. Grito con todas mis fuerzas por el dolor que me provoca. Nunca antes había recibido una mordida de tal magnitud. La maldita leche derramada en el suelo. No, maldita sea. La tomo por el pelo y la tiro a un lado de mi pierna, frente el refrigerador. Se queda ahí tirada, gimoteando. Yo me llevo las manos a la cabeza, en qué jodido infierno se ha convertido esto. Ella sigue ahí tirada sin decir nada. Siento un poco de culpa, pero también siento una gran satisfacción, yo no me acuesto con nadie más, créanlo, le soy fiel hasta el ultimo vello de mi axila derecha, yo solo soy un maldito mediocre que sale de su casa para quitar grapas, eso es lo que soy, un perro faldero, ustedes lo saben, ya se los he dicho antes, yo no tengo la culpa, sólo quería un poco mas de leche.

-Yo no te engaño con nadie pendeja –le digo mientras tiro el bote vacío de leche a la basura.

-Pendejo tú –me dice entre sollozos.

Yo la ignoro al tanto que busco una servilleta para limpiarme el tibio liquido que me escurre de la mejilla derecha, aun no sé si es sangre por los rasguños, o un poco de leche que salpico. Cojo la servilleta y me limpio el rostro, unas pequeñas manchas rojas aparecen en el inmaculado y blanco trozo de papel. Me sacó sangre la perra, me sacó sangre la infeliz, me arañó mi maldito rostro, que van a decir mis putos colegas de oficina, que soy un jodido imbécil, de seguro seré el hazmerreír de todos en la oficina, mi jefe, mi querido jefe qué me dirá, se sentirá decepcionado, su leal y estimado Alfredo llega con una estupidez de estas. Maldita sea,  carajo. La muy estúpida ahora abraza mi piernas, en esos instantes tomo el cuchillo, me invade un odio, un odio que nunca antes había sentido, deseo matarla, deseo acuchillarla con todas mis fuerzas. Recarga su cabeza sobre mi muslo derecho. Perdón, Alfredo, me dice la muy estúpida. Qué perdón ni qué chingados. Se levanta rápidamente y me abraza fuertemente, recarga su cabeza sobre mi hombro, gimotea, llora. Es entonces cuando me doy cuenta de que ahí esta mi pequeña, ahí esta la linda jovencita a la que amo. Lo que queda  de ella, lo poco que queda.

-Te amo, Alfredo –me dice con un arrepentimiento total en su tono de voz.

Dejo el cuchillo sobre el fregadero y le correspondo el apasionado beso. Devora mis labios y yo me entrego a ese delicioso placer. Sus labios aún me hacen suspirar, sus caricias aún me vuelven loco. Perdónenme, amigos míos, pero aún la amo, les deberé la sangre para otro día. Mañana no iré a la oficina, que chinguen su madre los de la oficina, volveré hasta el jueves, el jueves romperé mi record. Pinche mordida, aún me duele. -Yo también te amo, mi amor.

 

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