Principal
Qué es El Escriba
Talleres
Concursos de El Escriba
Notas
Textos seleccionados
Frases sobre escritura y creación
Informacion y concursos
Ejercicios de escritura
Dicen los escribas
Corresponsales
Suscripciones
Servicios de redacción
Contenidos
Los libros de EL ESCRIBA
Contacto

"Mi escritor favorito": El texto ganador

Una cena especial...

(Homenaje a Agatha Christie)

por María Eva Toledo Lara, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.

     Como tantas veces en invierno, nos reunimos esa noche de julio en casa de mi abuela Nancy. A mis hermanos y a mí nos encantaba visitar a esa anciana señora que ya había cruzado los setenta y se mantenía tan activa y vital como cuando éramos chicos.

     Más que la rica comida que nos preparaba nos gustaba mucho escuchar sus relatos de cosas pasadas. Nuestra ciudad sureña es todavía un pueblo pese a los adelantos edilicios. Y por supuesto, en un pueblo siempre pasan cosas que la gente no puede ignorar, sobre todo las personas mayores con un innato sentido de solidaridad vecinal (por no llamarle de otro modo).

     La abuela Nancy era una de ellas, siempre nos instaba a que le preguntáramos cosas, lo que fuere que incentivase nuestra curiosidad diciéndonos: “Aprovechen que todavía estoy, no olviden que soy historia viviente”.

     No diré aquí que mi simpática abuela era una mujer curiosa, pero siempre, de un modo u otro se enteraba de todo. Además sacaba sus propias conclusiones sobre distintos temas, con una inteligencia y sagacidad envidiable para su edad.

     La noche mencionada fue la del 9 de julio, feriado nacional, cenamos con ella y luego nos sentamos en su coqueta sala de estilo antiguo, a saborear un rico café con masitas caseras.

     Afuera la nieve cubría el jardín y la vereda, soplaba un viento suave pero muy frío. Dentro de la casa, la calefacción daba un ambiente sumamente cálido.

     Mi abuela presidía la reunión con su infaltable labor de punto (siempre tenía algo en manos para tejer). Cerca de la lámpara de pie su figura menuda cubierta con un elegante vestido de muselina gris y un chal al tono, semejaba a un personaje de novela inglesa muy conocido en otros tiempos.

     Nosotros comentábamos con una de mis hermanas sobre una película que habíamos visto recientemente que trataba de un crimen no resuelto.

     Ella parecía estar atenta a su tejido, pero entendió de qué hablábamos y dijo con su voz suave:

     –No siempre logra saberse cual ha sido el motivo, ni quien ha cometido el delito, queridas. A veces, las autoridades se dejan llevar por las apariencias, pero la realidad es muy distinta.

     Nosotras la miramos asombradas porque no pensábamos que nos oyera.

     –Hoy en día, es muy difícil que se le escape algo a los investigadores, con tantos adelantos tecnológicos… –dijo mi hermano Juan que estaba junto a la ventana.

     La abuela sonrió dulcemente ajustándose los anteojos.

     –No creas que es todo tan sencillo muchacho, siempre hay algo que falla –dijo ella mirando hacia la ventana oscura.

     Lorena, Pilar y yo la miramos intrigadas. Seguramente que ella tendría alguna teoría al respecto y también una historia, por supuesto.

     –Abuela, si tenés algo para contar, somos todo oídos –casi fue un coro de las tres hermanas. Juan se echó a reír.

     –No es para reirse jovencito, hay cosas que nunca se descubren.- admonitó ella enojada.- Recuerdo aquel suceso de los años ochenta… nunca se supo que pasó.

     –¿Aquí en Ushuaia? –pregunté yo asombrada

     –Sí, aquí –respondió ella contando los puntos–. Pero no quiero aburrirlos con mis recuerdos.

     Juan se acercó sentándose en la alfombra y nosotras tres nos acomodamos mejor en los sillones esperando una de esas sabrosas historias que desde pequeños, la abuela solía contarnos con lujo de detalles, claro que a medida que crecimos los temas fueron adaptándose a nuestras edades.

     –¿Qué fue lo que pasó, algún asesinato o robo o qué? –preguntó Juan intrigado.

     –Fue una muerte dudosa, no se la caratuló como crimen, aunque lo fue. Esa es mi opinión, por supuesto –contestó ella con los ojos en su labor–. Sucedió un atardecer de invierno allá por 1984, con mucha nieve y frío. En ese barrio del gobierno que está cerca de la avenida, vivía un matrimonio joven. Ella diremos que se llamaba Nora, trabajaba como enfermera en el hospital, él era policía y lo llamaremos Carlos, no me gusta decir los nombres reales –aclaró–. Según se supo era un matrimonio normal, pero luego, las investigaciones y las charlas de pueblo, dijeron que él andaba en algo raro.

     –¿Algo raro, algún asunto turbio? –se interesó Juan.

     –No hijo, al parecer tenía una amante, pero… nunca se supo quién era. El caso es que aquella tarde, Nora llegó del hospital con una buenísima noticia en su bolsillo, el resultado de un análisis de embarazo positivo. Hacía mucho que esperaban esa buena nueva, pero… Carlos nunca llegó a saberlo. Deseosa de celebrar de algún modo la noticia, Nora fue a la despensa del barrio a buscar algunas cosas para preparar una cena especial. El dueño, que la atendió contó luego, que ella le dijo que tenían un motivo de festejo y que hasta llevó un helado y una botella de champagne –Aquí se detuvo para contar nuevamente los puntos de su labor.

     –¿Y qué pasó entonces? –preguntó Pilar

     –Al volver a casa encontró a Carlos muerto en la sala, aparentemente, alguien entró por la puerta trasera que tienen todas esas casas y él no lo advirtió. Estaba tendido en la alfombra con un golpe en la cabeza –retomó el relato la abuela mirando el fuego de la chimenea a leños de gas.

     –Seguramente algún ladrón, entró cuando ella no estaba –arriesgué yo.

     –Nada faltó de la casa, Eva, ni tampoco se encontró nada fuera de lugar. Imagínense la desesperación de esa joven, embarazada y con el esposo muerto. Una barbaridad. Llamó a los compañeros de Carlos que acudieron prestamente en su ayuda, pero no había nada que hacer, Carlos estaba muerto. El forense dijo que el golpe había sido dado con algo muy contundente, como un garrote o algo así. Pero no se encontró nada cerca del cadáver ni en el resto de la casa. Todo un misterio. Se dijeron muchas cosas, se barajaron un sinfín de hipótesis, pero no se arribó a ninguna conclusión.

     –¿Y todo terminó allí sin más ni más? –inquirió Juan desconcertado.

     –No, querido. La investigación siguió por largo tiempo, pero al no encontrarse pruebas, el caso se cerró como “muerte dudosa”. Claro que no lo fue. Pero no pudo probarse.

     –¿Y eso de la amante en qué quedó, apareció, se supo quién era? –preguntó Lorena angustiada.

     –No, no se supo nada de eso, pero hubo un detalle que a mí me hizo sospechar. Una idea que provino varios años después conversando con mi amiga Adela Warts. Su hijo era policía en ese tiempo y le tocó asistir a casa del matrimonio aquella tarde. Mi amiga me comentó que la pobre Nora había comenzado a preparar la cena y  al ver que le faltaban algunos elementos, fue a la despensa a comprar unas verduras y otros productos para completarla. Al volver encontró a su marido muerto. Horas más tarde y luego de que el forense inspeccionara el cuerpo y el lugar, invitó a los policías que quedaron acompañándola, a comer algo de la exquisita cena que terminaba de cocinarse en el horno. Una pata de cordero con guarnición de verduras. Algo realmente especial, que los agotados hombres no tuvieron alma de despreciar. Y entonces, yo supe quien había matado a Carlos, pero no podría nunca probarse mi teoría.- dijo dulcemente la abuela Nancy.

     –¿Cómo? ¿Quién creés que mató a Carlos? Vos misma dijiste que no había pruebas –le dijo Juan desconfiado.

     –Hay cosas que ustedes los jóvenes no toman en cuenta, detalles domésticos, que las señoras sí entendemos. Aquí en esta ciudad y sobre todo en invierno, las patas de cordero, siempre están congeladas. ¿Comprenden? –Su sonrisa se hizo más pícara y asomó a sus ojos una chispita explicando triunfante–: Nora se enteró de algún modo, tal vez por una carta, de que Carlos tenía una amante y que iba a abandonarla. Entonces, utilizó parte de la cena como arma. El viaje a la despensa fue su coartada y el cuerpo del delito desapareció en el horno y luego en el estómago de los policías…

     La verdad es que mi abuela siempre seguirá asombrándome, no tanto por su lucidez sino por su arte de contar historias, ojalá alguna vez pueda imitarla.

PARTICIPA DE NUESTROS TALLERES DE ESCRITURA A DISTANCIA

Volver a la página del Concurso "Mi escritor favorito"