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Como
tantas veces en invierno, nos reunimos esa noche de julio en casa de mi
abuela Nancy. A mis hermanos y a mí nos encantaba visitar a esa anciana
señora que ya había cruzado los setenta y se mantenía tan activa y vital
como cuando éramos chicos.
Más
que la rica comida que nos preparaba nos gustaba mucho escuchar sus
relatos de cosas pasadas. Nuestra ciudad sureña es todavía un pueblo
pese a los adelantos edilicios. Y por supuesto, en un pueblo siempre
pasan cosas que la gente no puede ignorar, sobre todo las personas
mayores con un innato sentido de solidaridad vecinal (por no llamarle de
otro modo).
La
abuela Nancy era una de ellas, siempre nos instaba a que le
preguntáramos cosas, lo que fuere que incentivase nuestra curiosidad
diciéndonos: “Aprovechen que todavía estoy, no olviden que soy historia
viviente”.
No
diré aquí que mi simpática abuela era una mujer curiosa, pero siempre,
de un modo u otro se enteraba de todo. Además sacaba sus propias
conclusiones sobre distintos temas, con una inteligencia y sagacidad
envidiable para su edad.
La
noche mencionada fue la del 9 de julio, feriado nacional, cenamos con
ella y luego nos sentamos en su coqueta sala de estilo antiguo, a
saborear un rico café con masitas caseras.
Afuera la nieve cubría el jardín y la vereda, soplaba un viento suave
pero muy frío. Dentro de la casa, la calefacción daba un ambiente
sumamente cálido.
Mi
abuela presidía la reunión con su infaltable labor de punto (siempre
tenía algo en manos para tejer). Cerca de la lámpara de pie su figura
menuda cubierta con un elegante vestido de muselina gris y un chal al
tono, semejaba a un personaje de novela inglesa muy conocido en otros
tiempos.
Nosotros comentábamos con una de mis hermanas sobre una película que
habíamos visto recientemente que trataba de un crimen no resuelto.
Ella
parecía estar atenta a su tejido, pero entendió de qué hablábamos y dijo
con su voz suave:
–No
siempre logra saberse cual ha sido el motivo, ni quien ha cometido el
delito, queridas. A veces, las autoridades se dejan llevar por las
apariencias, pero la realidad es muy distinta.
Nosotras la miramos asombradas porque no pensábamos que nos oyera.
–Hoy
en día, es muy difícil que se le escape algo a los investigadores, con
tantos adelantos tecnológicos… –dijo mi hermano Juan que estaba junto a
la ventana.
La
abuela sonrió dulcemente ajustándose los anteojos.
–No
creas que es todo tan sencillo muchacho, siempre hay algo que falla
–dijo ella mirando hacia la ventana oscura.
Lorena, Pilar y yo la miramos intrigadas. Seguramente que ella tendría
alguna teoría al respecto y también una historia, por supuesto.
–Abuela, si tenés algo para contar, somos todo oídos –casi fue un coro
de las tres hermanas. Juan se echó a reír.
–No
es para reirse jovencito, hay cosas que nunca se descubren.- admonitó
ella enojada.- Recuerdo aquel suceso de los años ochenta… nunca se supo
que pasó.
–¿Aquí en Ushuaia? –pregunté yo asombrada
–Sí,
aquí –respondió ella contando los puntos–. Pero no quiero aburrirlos con
mis recuerdos.
Juan
se acercó sentándose en la alfombra y nosotras tres nos acomodamos mejor
en los sillones esperando una de esas sabrosas historias que desde
pequeños, la abuela solía contarnos con lujo de detalles, claro que a
medida que crecimos los temas fueron adaptándose a nuestras edades.
–¿Qué fue lo que pasó, algún asesinato o robo o qué? –preguntó Juan
intrigado.
–Fue
una muerte dudosa, no se la caratuló como crimen, aunque lo fue. Esa es
mi opinión, por supuesto –contestó ella con los ojos en su labor–.
Sucedió un atardecer de invierno allá por 1984, con mucha nieve y frío.
En ese barrio del gobierno que está cerca de la avenida, vivía un
matrimonio joven. Ella diremos que se llamaba Nora, trabajaba como
enfermera en el hospital, él era policía y lo llamaremos Carlos, no me
gusta decir los nombres reales –aclaró–. Según se supo era un matrimonio
normal, pero luego, las investigaciones y las charlas de pueblo, dijeron
que él andaba en algo raro.
–¿Algo raro, algún asunto turbio? –se interesó Juan.
–No
hijo, al parecer tenía una amante, pero… nunca se supo quién era. El
caso es que aquella tarde, Nora llegó del hospital con una buenísima
noticia en su bolsillo, el resultado de un análisis de embarazo
positivo. Hacía mucho que esperaban esa buena nueva, pero… Carlos nunca
llegó a saberlo. Deseosa de celebrar de algún modo la noticia, Nora fue
a la despensa del barrio a buscar algunas cosas para preparar una cena
especial. El dueño, que la atendió contó luego, que ella le dijo que
tenían un motivo de festejo y que hasta llevó un helado y una botella de
champagne –Aquí se detuvo para contar nuevamente los puntos de su labor.
–¿Y
qué pasó entonces? –preguntó Pilar
–Al
volver a casa encontró a Carlos muerto en la sala, aparentemente,
alguien entró por la puerta trasera que tienen todas esas casas y él no
lo advirtió. Estaba tendido en la alfombra con un golpe en la cabeza
–retomó el relato la abuela mirando el fuego de la chimenea a leños de
gas.
–Seguramente algún ladrón, entró cuando ella no estaba –arriesgué yo.
–Nada faltó de la casa, Eva, ni tampoco se encontró nada fuera de lugar.
Imagínense la desesperación de esa joven, embarazada y con el esposo
muerto. Una barbaridad. Llamó a los compañeros de Carlos que acudieron
prestamente en su ayuda, pero no había nada que hacer, Carlos estaba
muerto. El forense dijo que el golpe había sido dado con algo muy
contundente, como un garrote o algo así. Pero no se encontró nada cerca
del cadáver ni en el resto de la casa. Todo un misterio. Se dijeron
muchas cosas, se barajaron un sinfín de hipótesis, pero no se arribó a
ninguna conclusión.
–¿Y
todo terminó allí sin más ni más? –inquirió Juan desconcertado.
–No,
querido. La investigación siguió por largo tiempo, pero al no
encontrarse pruebas, el caso se cerró como “muerte dudosa”. Claro que no
lo fue. Pero no pudo probarse.
–¿Y
eso de la amante en qué quedó, apareció, se supo quién era? –preguntó
Lorena angustiada.
–No,
no se supo nada de eso, pero hubo un detalle que a mí me hizo sospechar.
Una idea que provino varios años después conversando con mi amiga Adela
Warts. Su hijo era policía en ese tiempo y le tocó asistir a casa del
matrimonio aquella tarde. Mi amiga me comentó que la pobre Nora había
comenzado a preparar la cena y al ver que le faltaban algunos
elementos, fue a la despensa a comprar unas verduras y otros productos
para completarla. Al volver encontró a su marido muerto. Horas más tarde
y luego de que el forense inspeccionara el cuerpo y el lugar, invitó a
los policías que quedaron acompañándola, a comer algo de la exquisita
cena que terminaba de cocinarse en el horno. Una pata de cordero con
guarnición de verduras. Algo realmente especial, que los agotados
hombres no tuvieron alma de despreciar. Y entonces, yo supe quien había
matado a Carlos, pero no podría nunca probarse mi teoría.- dijo
dulcemente la abuela Nancy.
–¿Cómo? ¿Quién creés que mató a Carlos? Vos misma dijiste que no había
pruebas –le dijo Juan desconfiado.
–Hay
cosas que ustedes los jóvenes no toman en cuenta, detalles domésticos,
que las señoras sí entendemos. Aquí en esta ciudad y sobre todo en
invierno, las patas de cordero, siempre están congeladas. ¿Comprenden?
–Su sonrisa se hizo más pícara y asomó a sus ojos una chispita
explicando triunfante–: Nora se enteró de algún modo, tal vez por una
carta, de que Carlos tenía una amante y que iba a abandonarla. Entonces,
utilizó parte de la cena como arma. El viaje a la despensa fue su
coartada y el cuerpo del delito desapareció en el horno y luego en el
estómago de los policías…
La
verdad es que mi abuela siempre seguirá asombrándome, no tanto por su
lucidez sino por su arte de contar historias, ojalá alguna vez pueda
imitarla.
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