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Se
abrió la puerta de mi oficina de la calle Corrientes en pleno centro de
Buenos Aires. Vi entrar a Samuel, radiante
y seguro como pocas veces lo he visto. Somos amigos desde la infancia y
estudiamos juntos en la universidad. Él es un soñador, un idealista.
Ambos quisimos ser escritores, pero yo me di cuenta que me iba mejor en
los negocios y hace ya siete años que tengo mi propia editorial. Samuel
ha seguido con la ilusión de ser un gran escritor. Lamentablemente sus
esfuerzos son en vano. No tiene talento. Ha estado trabajando los últimos
tres años en un libro, su único libro.
-
Samuel, pasa.
-
Hola, José -me
dijo con entusiasmo-,
acabo de terminar mi libro. Lo logré. Estoy orgulloso de mi trabajo.
Quiero que lo leas y me des tu opinión. Por supuesto que voy a dártelo
para que lo edites.
-
¡No puedo creerlo, te felicito!. Estoy
ansioso por leerlo. Pero, Samuel, tú sabes que no nos dedicamos a libros
de ficción -dije
con precaución para no lastimar sus sentimientos-.
Por supuesto que te daré mi opinión y te ayudaré para que lo imprimas
con alguna editorial más afín.
-
Te lo dejo, estoy apurado organizando una gran fiesta. Te imaginarás que
después de tantos años de trabajo quiero compartir esta gran alegría
con todos. Estoy dejando una copia a cada invitado. Quiero que lo lean
antes del sábado y me den sus comentarios.
Sin
decir más, se marchó.
Tres
días mas tarde, sentí la imperiosa necesidad de hablar con él. Lo cité
en mi oficina y sin rodeos le dije:
-
Samuel, tu libro apesta. Querías mi sinceridad. Pues nunca he leído algo
tan malo, tan lleno de sin sentidos. Es aburrido. No te imaginas el
esfuerzo que he hecho por terminarlo. Me quedé dormido en tres
oportunidades. Siento muchísimo decirte esto, pero no puedo permitir que
lances algo así. Nadie va a comprarlo y si lo hacen van a demandarte para
que les devuelvas el dinero.
-
Oye, no debe ser para tanto, puedo mejorarlo.
-
Sí, ¡vuelve a empezar!
Recordé, entonces, el tiempo que había dedicado a esto y
suavizando la situación le dije:
-
Perdóname, estoy siendo muy duro. Quiero ayudarte. Sé que necesitabas
terminar esto, has invertido tu tiempo y tu dinero. Necesitas tener
ingresos, pero este libro no va a dártelos. Puedo conseguirte un puesto
aquí en la editorial.
-
No, no -dijo
pasmado.
-
No tienes que contestarme ahora, has estado muy estresado últimamente.
-
¿Realmente crees que es tan malo?
-
Mira Samuel, voy a leerte un párrafo y por favor escúchalo sin pensar
que tú lo has escrito. Luego me das tu mismo una opinión -tomé
su libro y leí.
“Había
una paz insólita en la noche oscura y silenciosa. Las estrellas
brillantes, resplandecientes, y lustrosas; junto a la luna llena eran las
únicas espectadoras de la lluvia que caía fuertemente sobre la arena. De
repente y sin hacer mucho ruido apareció ella. Con sus pies descalzos y
vestida con un traje de noche barato que había comprado en una tienda del
pueblo. Allí estaba, casi sin respirar, dando apenas unos pequeños pasos
hacia el mar en donde se hundió desesperadamente.”
Hubo una larga pausa y finalmente Samuel dijo:
-
Sí, tienes razón. Bueno, esa parte la escribí sin mucha inspiración.
Tal vez...
-
¡Esa parte es el final! No tiene sentido que tu libro termine así. Además,
en una noche oscura generalmente no hay estrellas brillantes y luna llena.
Y si está lloviendo tanto, debería haber nubes y no se verían las
estrellas.
-
Soy un fracaso, mi vida está desperdiciada. Ni siquiera me doy cuenta del
pésimo escritor que soy.-
Hubo otra pausa y continuó.-
Pero tengo que editarlo, para al menos salvar mi orgullo ante mis amigos y
mi familia. Ellos no saben nada de literatura, les va a gustar. Ya varios
me han llamado para felicitarme.
-
Nadie va a decirte lo que realmente piensa, no querrán lastimarte.
-
Has sido siempre mi mejor amigo. Aunque me duela lo que me estás
diciendo, te agradezco tu honestidad. Creo que es hora de tomarme un
descanso. -
Sus ojos reflejaban tristeza, pero también alivio. En el fondo él sabía
que su libro era un fracaso, pero había sufrido una gran presión social
para terminarlo. -
Y para colmo la fiesta ya está organizada. No podré sentirme más
humillado.
No sabía si Samuel se sentía peor por su fracaso o por lo que los
demás pensaran de él. Mientras caminábamos hacia la puerta, puse mi
mano en su hombro y le dije:
-
Diles que es una broma. Diles que el verdadero libro lo verán cuando esté
impreso, y tómate tu tiempo para pensar qué hacer.
Y así hizo. En medio de la fiesta les dijo a todos que lo que habían
recibido era un pésimo libro que un amigo había escrito durante la
facultad y que pronto tendrían el verdadero ejemplar.
-
Samuel, qué alivio. No sabes lo preocupada que estaba por el futuro de
este espantoso relato. No sabía cómo decírtelo -dijo
su madre.
-
Yo no pude llegar al tercer capítulo -comentó
otro.
-
Qué fastidio, nos has hecho leer semejante tontería sin argumento -gritó
su novia.
No pude más que sentir gran pesar por él.
-
Pasa por mi oficina y hablamos tranquilos -le
dije antes de despedirme.
Ya había cerrado mi computadora cuando llegó Samuel tan cabizbajo
que parecía ser otro hombre de aquel que entró una semana atrás.
-
Siéntate -le
dije-,
me tomé el atrevimiento de darle tu escrito a un amigo mío. Ramiro es un
gran hombre de negocios. Es un inversionista y no sabe nada de libros;
pero a todo le encuentra la forma de sacarle dinero. No sé qué se le
ocurrirá, pero seguro encontrará una idea para tu libro.
-
Sí, tal vez pueda usarse como pisapapeles.
-
Vamos a verlo. Nos estará esperando en el café de la esquina.
Salimos y fuimos a pie atravesando la lluviecita que caía. Ninguno
dijo nada durante el camino. Ramiro ya nos estaba esperando. Estaba
sentado en una mesa al lado de la ventana. Antes que pudiéramos sentarnos
dijo:
-
¡Hombre, eres un genio! ¿Cómo pudiste escribir algo tan aburrido y
tedioso? ¿Crees que si te esfuerzas puedes lograr un relato peor?
-
Creo que voy a golpearte -dijo
Samuel enfurecido.
-
Espera, espera. Lo que te digo es que eres único en tu género. Nadie
podría escribir algo tan denso. De verdad es espantoso lo que escribes,
es imposible seguir el hilo de lo que estás narrando. Tienes que
aprovechar ese potencial. Mira, hay miles de personas que sufren de
insomnio. Pagan clínicas carísimas para poder conciliar el sueño. Tu
libro podría ayudarles. Hice la prueba con una amiga que jamás se queda
dormida leyendo. Pues no llegó a la página 20.
-
Es humillante.
-
No, es genial. Puedes dedicarte a escribir “cuentos para dormir”.
Claro que tu libro, así como está no sirve, es muy pesado y cuando una
persona se duerme leyéndolo, se le cae en la cabeza. Debes diseñar algo
liviano, que se deslice entre los dedos; con una tapa blanda para que
caiga al piso y no haga ruido.
-
Comienza a gustarme tu idea.
-
Pues claro. Creo que será un negocio brillante.
Samuel
se dedicó a escribir “libros para dormir” y su primer ejemplar fue
todo un éxito. Se tradujo a cuatro idiomas y está agotado en las librerías.
Es un escritor famoso. Claro que sus libros no se encuentran entre las
novelas, están entre los temas de autoayuda. Me da risa ver cómo se
esfuerza en encontrar argumentos e ideas, que en realidad a nadie van a
interesarle. Pero él está feliz escribiendo en su estudio, inspirándose
en personajes y lugares exóticos. Me da risa y me da lástima... Lástima.
Sí, lástima que yo no pude llegar a ser un escritor. Dedicarme a
escribir, lo que sea. Que mi nombre saliera en la tapa de un libro. Que me
llamaran para firmar los primeros ejemplares en una feria. Que salieran
los comentarios de mis textos en una revista. En fin, cada uno decide
sobre su destino. Yo decidí hacer lo que sabía hacer, Samuel decidió
hacer lo que le gustaba hacer.
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Concurso "Cuentos de escritores"
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