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"Cuentos de guerra": El cuento ganador

 

1948   

por Gaby Solano, Cartago, Costa Rica.

 

La segunda guerra mundial se resumió, para la gente del pueblo, en los recortes que Pepe el del comisariato pegaba en la pared, que hablaban de países tan abstractos como Alemania e Inglaterra, de personas tan ilusorias como habían de ser los judíos.  Esto se sabía de la guerra:  que no podía ser buena, y que solo gente sin ocupación, que no tenía que trabajar al campo de sol a sol para comer, podía meterse en esas cosas.

Entonces un día, desde San José en camión, llegó Manuel Chinchilla con un uniforme entre verde y gris, con un fusil y una gorra.  Había estallado la guerra civil.  Era 1948.

El fusil fue lo que más sensación causó; Manuel jamás consiguió quitarse de encima a los primos y hermanos, que traían vecinitos a tocar “el arma” y “las municiones”, un cinturón estriado que colgaba de su brazo.  Manuel era partidario de Figueres, y su misión era controlar levantamientos populares y a los partidarios de Calderón.  Incluso, en último caso, eliminar a los extremistas.

“¿Quiénes son los extremistas?”, le preguntó Arturo Chinchilla a su hijo.  “Los que están en contra de los ideales.”  “¿Qué son los ideales?”.  Manuel empezó a pasar el día entero en la plaza, lejos de su familia, que parecía ser inmune a la nueva persona que él era, tratando de detectar “elementos sospechosos”.

Las noticias que empezaron a llegar eran sorprendentes, y dejaron de ser lejanas cuando un grupo de Figueres, con ametralladoras que disparaban al aire en la plaza, se instaló por unos días en el pueblo.  Manuel en el centro, pues él estaba a cargo, discutiendo cómo la revolución había nacido en La Lucha, la finca de Figueres, porque Calderón había intentado hacer un fraude electoral.  Unos cuarenta hombres del pueblo habían huido a las peñas a esconderse para evitar ser reclutados.  Manuel organizó una redada con “sus hombres”, para ir a sacar a los pendejos de entre los cafetales; se alistaba para salir un día a las ocho de la noche, con tal de sorprenderlos durmiendo, cuando su madre, Graciela, pequeñita como era, se le plantó en la puerta de la casa, impidiéndole el paso.  “No te vas a las montañas”, le advirtió.  “Los que se fueron, se fueron.  Si vos los vas a traer, y los matan por esta babosada, es sobre tu alma que quedará el crimen”.  Pero lo de ella no era una simple advertencia, porque en ningún momento, mientras Manuel tuvo en sus manos el rifle y las “municiones”, se movió de esa puerta.  Cuando los hombres vinieron por Manuel, él les comunicó que la misión se cancelaba por ahora.  No habló con ellos más de cinco minutos, y ese tiempo bastó para que las balas desaparecieran para siempre.  Maldijo y juró, y registró la casa de arriba abajo.  No hubo manera.

Entonces mataron a un hombre muy importante en Paraíso, y los hombres de Manuel tuvieron que partir, dejándolo de nuevo a cargo del pueblo.  Ahora que el peligro parecía haberse alejado, bajaron los hombres de las peñas, los niños empezaron a jugar con ramas hechas rifles, y los ancianos empezaron a defender una causa u otra en la cantina o durante los partidos de fútbol.  Unos apoyaban a Figueres, porque aunque nunca habían votado por nadie, no era de caballeros lo del fraude electoral, y había que luchar por los ideales.  Otros iban con Calderón, porque de él siempre habían oído que era un doctor del pueblo, y si uno tiene que hacer un fraude electoral para conservar los ideales, se hace. 

El problema estaba, de hecho, en los ideales.  ¿No era por lo mismo que luchaban los dos señores?  Se parecía tanto lo que ambos querían, que Manuel terminó por decir que Figueres luchaba porque esas peñas, esos cafetales del gringo que rodeaban el pueblo, fueran para siempre suyos.  Hasta el momento pocos habían considerado la posibilidad de que esa tierra no fuera en realidad suya, que alguien se las pudiera quitar.  ¿Era ese el plan de Calderón?  “Claro”, se rió Arturo Chinchilla, “si se van a llevar con tractor las peñas”.

Manuel recurrió entonces a los socialistas, a los que no creían en Dios, y afirmaban que los que tanto se habían esforzado por comprar una vaca no eran en realidad sus dueños.  Esos, esos sí que merecían una de las balas de dos pulgadas entre los ojos.  “Que Dios me perdone, pero es mi deber”, le dijo Manuel a su madre.  Ella se encogió de hombros.  “Qué necio, que yo no las tengo”, respondió.

Una tarde Manuel, el rifle apoyado en un tronco, le ayudaba a su padre a bajar una carga de leña de la montaña, cuando se encontraron con los cuarenta pendejos que volvían a su escondite de la montaña.  La gente de Calderón había llegado al pueblo, y ellos también andaban reclutando gente.  Le pidieron a Arturo que le recordara a Jaimito mandarles el almuerzo con los chiquillos, y siguieron para arriba.

Cuando llegaron abajo, los calderonistas estaban en media plaza, disparando las ametralladoras al aire.  Manuel pasó frente a ellos, el rifle colgando de la espalda, con su carga de leña, y entró en su casa.  Ya no tenía sentido buscar las balas.  Se encerró en su cuarto para rezar un poco, antes de que vinieran por él, porque su destino sería ser un mártir de su causa.  Por lo menos, la suya era una causa justa, que habría de triunfar al final, y su nombre sería uno de esos que se les enseñan a los chiquillos en la escuela.  Cuando tocaron a la puerta, estuvo de un salto en la sala, pero no antes que su madre, que abrió la puerta y se plantó, sólida como un roble, en el dintel. 

El teniente, gorra en mano, terminó tomando café con tortillas en la casa, y disculpándose por las molestias ocasionadas.  Al día siguiente partieron los calderonistas, y al anochecer volvieron a bajar los hombres de la montaña.  Manuel ya no sacó más su rifle inútil, pues su madre le había quitado el gusto a lucirse con él por la plaza.

Una semana después acabó la guerra.  Figueres desfiló por Cartago, por San José, por Heredia.  Calderón salió del país.  A Manuel le quedó el uniforme pero el arma se la confiscaron, porque Figueres, sabio como solo él podía serlo, abolió el ejército en Costa Rica.

Desde entonces solo nos apasionamos con el fútbol.  ¿No nos vieron botar goles en Corea?

 

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