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Cuando
Miguel Najdorf vino a Rosario a batir el record mundial de partidas de
ajedrez a ciegas ganó 35, empató 3 y perdió 2. Yo fui uno de los que le
ganó. En esa época yo sabía todo sobre Najdorf. Él era un excelente
jugador de ajedrez que quedó varado en Buenos Aires cuando los nazis
invadieron Varsovia. Su mujer y su hija no habían podido viajar con él y
habían perdido cualquier tipo de contacto. Najdorf tenía otro motivo,
además de la vanidad, para querer batir el record. Su objetivo era salir
en la tapa de todos los diarios y así, si algún familiar había
sobrevivido, podría ver que él estaba viviendo en la Argentina y en una
buena posición, como se suele decir.
Mi
mujer dice que soy un desalmado, que no tengo corazón, que él estaba
buscando a su familia y yo no tenía derecho a frustrarle ese sueño.
-
Ya veo lo que van a decir los diarios: “así es como se ayudan los judíos”
- me dice desde la cocina, mientras prepara la cena. No me grita, sólo
que como está lejos tiene que hablar fuerte. Yo me quedo callado, no le
contesto. Siempre cuando me atacan me quedo callado. Nunca sé muy bien
como responder a la violencia verbal. Por eso me gusta el ajedrez. Suena
estúpido, pero ahí hablan las piezas.
Aparte,
y esto es algo que le podría decir pero no se lo digo, a mí me vinieron
a buscar al club. Y la verdad es que si querían que Najdorf ganara todas
las partidas no tendrían que haber buscado buenos jugadores.
El
día después del partido compré los diarios y vi lo que decían:
“Miguel Najdorf bate el record mundial de partidas a ciegas”. Y en una
parte de la nota aclaraba: “... y sólo dos derrotas a cargo de Mario
Luque y José Weinverg”.
Escribieron
mal mi apellido. Es Weinberg, con b larga. Y no dice nada más ni sobre mí
ni sobre el judaísmo. Pero no se lo digo a mi mujer. Ni eso, ni nada. Me
quedo callado pensando. Pero no pienso en nada que tenga que ver con el
ajedrez.
Lo
poco que sé sobre judaísmo son las historias que me contaba mi abuelo.
Mi favorita era la de una pareja de recién casados que, después de la
boda, iban para su casa. Ella iba en burro y él la llevaba orgulloso. Un
grupo de vecinos, al verlos comentaba: pobrecito, la que le espera si ya
empezó dominado. El novio se subía al burro y hacía bajar a su esposa.
Pasaban por un pueblo y escuchaba que decían: ¡Qué desalmado! La obliga
a su mujer que lo lleve y todavía tiene el vestido de novia puesto. ¡Pobrecita!
Cuando
los dos se subían al animal la gente que los veía se compadecía del
burro que tenía que llevar tanta carga así que, como ya estaban llegando
a su casa, el novio tomaba una decisión: los dos cargarían al burro
sobre sus hombros para poder recorrer los metros que faltaban. Cuando mi
abuelo contaba esta historia quería que llegara a esta parte. Imaginaba a
esa pareja de recién casados con el burro sobre sus espaldas. Incluso
hasta podía verlos dándose ánimos el uno al otro, diciéndose con una
sonrisa: “vamos, un paso más que ya estamos llegando a casa”.
El
día que cumplí 4 años mi abuelo me trajo de regalo un tablero de
ajedrez con las piezas de madera talladas a mano. Es el tablero que tengo
en el living, el que uso para practicar. Él me enseñó los movimientos básicos
y ese día nos la pasamos jugando. Mi abuelo ganó todos los partidos. Fue
la única vez que me dejé perder.
Hay
algunos que juegan al ajedrez porque les gustan las matemáticas o porque
pretenden encontrar en las piezas y, en menor medida, en los movimientos,
una explicación del universo. Yo juego porque es lo que mejor sé hacer.
Si a los 4 años
mi abuelo en lugar de un ajedrez me hubiese traído una pelota, hoy sería
jugador de fútbol. Aprovecho esa ventaja que tengo sobre los demás
porque vengo jugando desde muy chico. Pero esto que para todos mis rivales
es una pasión para mí es como tomar clases de inglés.
No
hace falta ser un genio para darse cuenta de que todos los que me miran
mal en el club son las mismas personas que ayer se estaban rompiendo el
mate para sacar al menos unas tablas con el tipo al que yo le había
ganado. Las excusas para justificar mi victoria son hasta divertidas. Que
él no estaba en forma para jugar tantos partidos, que a ciegas no es
igual que uno contra uno, que no fue una buena partida de Najdorf y no sé
cuantas cosas más. Esperan a que yo llegue para hablar de solidaridad y a
que me vaya para decir cosas peores. Ninguno parece acordarse que todos
queríamos ganarle a Najdorf. Y lo de su familia en Polonia en ese momento
no le importaba a nadie de los que estuviera jugando. Nos hubiese gustado
ayudarlo, claro que sí, pero después del partido. Todos nos esforzamos
al máximo, creíamos que después de ganarle a él lo único que podía
ocurrirnos era la gloria.
Cuando
llegué al club me senté en una mesa vacía. Mientras esperaba a que alguien
se sentara para jugar recordé la partida con Najdorf de la semana
anterior. Hasta ahora nadie notó que yo estuve hablando con él, que
hablamos durante todo el partido. Cuando en la jugada 27 movió el caballo
yo me di cuenta de que se había equivocado. Y que no sólo me estaba
regalando una pieza sino también la partida. Puse mi alfil a la altura de
su caballo para así volver a emparejar el juego pero no me hizo caso y me
entregó al pobre animal. Ahí entendí que no quería que yo le regalara
nada, que si había movido mal el problema era suyo pero que un caballero
no jugaba aceptando concesiones.
No
pude evitar escuchar a dos personas que hablaban en una mesa contigua.
-
Ese es el que le ganó a Najdorf –dijo uno, señalándome con la cabeza.
La
frase sonó bien, mejor de lo que había imaginado. Creo que permanecí
quieto un instante y después intenté hacer el movimiento que hubiera
hecho si no hubiera escuchado. Pensé que esa era la frase que tendría
que escuchar, con sus variantes, durante el resto de mis días. Con el
tiempo vería como se irían olvidando los detalles, las reacciones y las
circunstancias y sólo quedaría esa frase. Después, ni eso.
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Concurso "Literatura y ajedrez"
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