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"Cuentos de escritores":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Intertextos

de Claudia Martínez, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.  

                                                                                                                a Abelardo Castillo (aunque nunca lo lea)

Todo encuentro casual es una cita – J.L.B.

Inés necesitaba un vestido para el casamiento de su hermano; ese vestido seguramente la esperaba en alguna vidriera, o en un perchero que encontraría por casualidad camino a la facultad, por eso no lo buscaba.

Los días pasaban así, entre literaturas medievales y surrealistas, hasta que se encontró en la librería con un cuento de esos que perturban como el zahir o la imagen de Narciso en el espejo; era la historia de dos amantes que se encuentran después de la muerte de ella, ”como si se les hubiera concedido vivir en el presente, un día que debieron vivir en el pasado”,  él no sabe que ella estaba muerta, pasan un día juntos y luego, con una melancolía inexplicable para el hombre, se despiden en una estación de tren. Tiempo después, él se entera de su muerte y queda perplejo ante lo sucedido.

El cuento le pareció perfecto; le sorprendió que a otro pudiera ocurrírsele esa historia, que ella tantas veces había soñado (sólo que al revés, en la suya el muerto era el personaje masculino), después de la muerte de Enrique. Y bueno, ya se sabe que algunos logran escribir lo que otros miles de desconocidos sueñan o imaginan. Le daba rabia y a la vez la emocionaba la historia, tan bien escrita, la conmovía la atmósfera del cuento, las alusiones al personaje femenino desde una voz maravillosa de hombre ya maduro que no había podido tener ni olvidar a aquella mujer. Así inventaba a Enrique pensando en ella, imaginaba lo que nunca habían tenido: un amor normal, de novios normales.  “Se escribe y se lee para que ocurra en un texto lo que no pudo ocurrir en la vida”, o algo así, la cita era de un manual de literatura del secundario y la entendía recién ahora. Pero Inés no había podido terminar su propio relato, tantas veces planeado palabra por palabra; siempre había un parcial, algún texto de latín urgente e incomprensible, o un ensayo que trataba de convencer al prójimo sobre las utilidades de estudiar la carrera de Letras. Se conformaba con releer el cuento de vez en cuando.

Un viernes a la noche atendió el teléfono saturada de tanto apunte, tantos cafés trasnochados con amigos deprimidos y peleas familiares. Casi sin pensarlo aceptó la invitación de Ana para pasar unos días en la costa, “vamos a cualquier lado, al mar, a tomar sol y comer pescado; no importa si llueve, vamos al cine, ¿te acordás de Los que aman odian? Leí en el diario una nota sobre el hotel donde se les ocurrió la trama a Bioy y a Silvina Ocampo, parece que vale la pena conocerlo, queda en Ostende, pegado a Pinamar”. Ana tenía esa facilidad de transformar lo desconocido en algo que, extrañamente, ya les pertenecía. Cuando colgó, escuchó a la madre criticando a su futura nuera, y ya supo lo que metería en el bolso, sin duda era más fácil que poner palabras en una hoja, pensó con cierta desilusión y recordó la envidia de leer su historia firmada por otro.

El viaje en micro le daba miedo pero ya no quedaban pasajes de tren; cuando llegaron al hotel, Inés sintió el vértigo de un olor a tabaco que le parecía conocido. Todo era hermoso, el hogar prendido, la voz pausada del chico que las atendió, la escalera gastada que llevaba a la habitación que Ana había reservado en la parte más vieja del hotel.

Cuando a la noche levantó la vista y vio al hombre intentando prender nuevamente la pipa, quiso pararse, pero no pudo levantarse de la silla del restaurante. El mozo hablaba del menú mientras Inés reconocía la cara del escritor; sin duda la foto de la solapa del libro que hacía meses estaba en su mesita de luz, tenía varios años, pero era él, la misma expresión cansada y una mirada demoledora, que venía de otras edades, de otras historias seguramente no escritas. Ahora tendría unos sesenta años pero conservaba un aspecto joven. Quería caminar hacia ahí, decirle cuánto la conmovía lo que él escribía y a la vez reprocharle tanta desvergüenza al robarle su argumento. No pudo, recordó toda su infancia de timidez, encerrándose en el baño para no saludar a las visitas. Ana le hablaba pero de golpe se dio vuelta y juntas miraron para el mismo lado “Che, Inés, ¿ese tipo no es Esteban Espósito?”.

El pelo oscuro, lacio y un poco desprolijo de la chica le recordaba algo por el momento impreciso. Tenía la cabeza ocupada pensando en la conferencia que daría al día siguiente, La presencia del mar en la literatura, resulta que el dueño quiere reflotar este hotel de mierda organizando eventos culturales y justo tuve que aparecer yo, pensó Esteban con aburrimiento disimulado; por lo menos hay buen vino y quizás mañana pueda caminar por la playa. Su mujer charlaba distendida sin ver a Inés que desde la mesa del fondo no les sacaba los ojos de encima; Esteban sintió que la chica podía saber lo que hablaban y hasta lo que pensaban; tenía aspecto de estudiante entre triste y distraída y unos ojos verdes que parecían de vidrio; cuando se paró para tomar un vaso de la mesa de al lado, Esteban notó su simplicidad, su andar casi irreal y recordó bruscamente a un personaje que era suyo pero al que nunca le había realmente encontrado los rasgos físicos. Ahí estaba ahora la mujer de su cuento, esa que tenía una última cita con su amante después de muerta. Ya no podía describirla nuevamente con más precisión; el cuento ya había sido leído y releído por miles de personas en varios idiomas y circulaba en quién sabe cuántas antologías para el secundario. Le hubiera gustado mostrarla tal cual ahora la veía, más bien flaca, de contextura pequeña; llevaba puesto un vestido celeste o lavanda que parecía de otra época. Imaginó que al día siguiente podría mirarla de cerca, reconocerla, decirle qué se cree, cómo va usted a existir así porqué sí en la vida real, con qué derecho, sepa que en realidad usted me pertenece. De golpe recordó a todas las estudiantes que tenazmente lo habían perseguido, las mujeres que todavía lo acosaban en las conferencias, las escenas de melodrama, el desgaste de las citas clandestinas, los reproches mudos de su mujer y se sintió viejo.

Pasó el primer plato, el segundo, seguramente el postre y varias copas de vino. Inés se imaginaba detrás del humo de la pipa del hombre, cómo él dibujaría con ella algún nuevo personaje; así se veía perfecta, más alta y serena. Esteban evitaba los ojos de vidrio verde que lo hacían entrar en un lugar indescifrable, peligrosamente conocido y ajeno a la vez, ¿me estaré volviendo loco o muy viejo?, no tomé tanto como para confundir a cualquier mina con un personaje mío.  Ya era tarde y tenía que descansar para no decir lugares comunes en la conferencia del día siguiente. Inés sintió que algo muy tenue se rompía cuando él se levantó; la voz Esteban saludó y dibujó en el aire al personaje de su próximo cuento.

Al día siguiente Ana tuvo que ir sola a la playa, Inés escribió desesperadamente hasta pasado el mediodía. En vano su mujer trataba de convencerlo de las bondades de la corriente marina que pasaba justo por ahí, Esteban no sacaba las manos del nuevo teclado, al que se había tenido que acostumbrar para ser moderno. En su relato era bastante más joven; conocía a una mujer en un hotel y la invitaba a caminar por la vieja rambla, tomaban café, hablaban de caracoles, se reían de las goteras del hotel; Inés imaginaba en su texto que conocía a aquel escritor famoso y se animaba a pedirle, en el comedor de un hotel que le dedicara un libro, describía paseos por la playa; los diálogos le parecían triviales, cómo hablar con Esteban Espósito de los colores difusos de los caracoles marinos o de lo raro de estar en un hotel que, aunque quiere ser moderno, tiene legendarias goteras. El escritor de oficio no encontraba las palabras exactas para inventar una buena trama o para describir un bar destartalado en la playa, pero donde tomaría el vino más delicioso que recordaba, dos copas servidas mientras esperaba. Inés tuvo la sensación de que alguien le estaba dictando esa escena: entraba en el bar dejando atrás el viento ya casi frío del mar a las seis de la tarde, veía al hombre de espaldas esperándola mientras servía vino en dos copas idénticas, brillantes, perfectas en la simplicidad de un bar sobre la arena. Él le reprochaba su insolente existencia ajena al cuento; Inés se animaba a confesarle su admiración, su cursi fidelidad lectora de años, sus plagios inconfesados. El diálogo fluía ahora veloz en el teclado de él, ella interrumpía con algún detalle desde su block de notas y su birome gastada. “Se escribe por desesperación”, Inés recordaba vagamente la cita de Sábato mientras trataba de delinear la caminata hasta el cine, él había sugerido ver una película; Inés no sabía armar el cuento, se decía a sí misma que era una narración, que tenía que inventar sucesos, pero no pasaba nada, se estancaba mezclando frases dichas, leídas en otros autores, se mareaba con el olor a tabaco, diluido en perfume y whisky; él tenía muchos años de luchar con las palabras, concursos ganados, ensayos obligatorios y conferencias sobre lo que es un cuento, pero le costaba terminarlo; de golpe le pareció bien esa imagen de los dos entrando en el cine, no estaba seguro de haberlo escrito ya en aquel otro relato. Ya no importaba, prefería quedarse con el recuerdo de los ojos de vidrio, del saco ridículamente grande para ella que le había prestado; se imaginaba con cierto placer la cara de los que a esa misma hora lo esperaban para escuchar la conferencia. Inés, aunque disconforme con el resultado, logró terminar y guardar el cuento; “El escritor inventa en la literatura lo que no ocurrió en su vida”, Esteban siempre decía esta frase en sus charlas aunque no recordaba a quién perteneciera. Salieron cada uno de su hoja, él rumbo a la conferencia de señoras y señores, ella rumbo al micro de regreso. Él guardó satisfecho la idea de otra historia, ya tendría tiempo de corregirla. Inés tiró el block; una vez más, había intentado, sin lograrlo, un relato aceptable.

Pronto leería con envidia y admiración otro cuento de su escritor favorito; estaba narrado en primera persona y relataba un encuentro fugaz con una mujer joven en el Viejo Hotel Ostende, había un micro que se iba, un libro autografiado y el olor del mar mezclado con la humedad de un cine de barrio.

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