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a
Abelardo Castillo (aunque nunca lo lea)
Todo encuentro casual es una cita – J.L.B.
Inés necesitaba un vestido para el casamiento de su hermano; ese vestido
seguramente la esperaba en alguna vidriera, o en un perchero que
encontraría por casualidad camino a la facultad, por eso no lo buscaba.
Los días pasaban así, entre literaturas medievales y surrealistas, hasta
que se encontró en la librería con un cuento de esos que perturban como el
zahir o la imagen de Narciso en el espejo; era la historia de dos amantes
que se encuentran después de la muerte de ella, ”como si se les hubiera
concedido vivir en el presente, un día que debieron vivir en el pasado”,
él no sabe que ella estaba muerta, pasan un día juntos y luego, con una
melancolía inexplicable para el hombre, se despiden en una estación de
tren. Tiempo después, él se entera de su muerte y queda perplejo ante lo
sucedido.
El cuento le pareció perfecto; le sorprendió que a otro pudiera
ocurrírsele esa historia, que ella tantas veces había soñado (sólo que al
revés, en la suya el muerto era el personaje masculino), después de la
muerte de Enrique. Y bueno, ya se sabe que algunos logran escribir lo que
otros miles de desconocidos sueñan o imaginan. Le daba rabia y a la vez la
emocionaba la historia, tan bien escrita, la conmovía la atmósfera del
cuento, las alusiones al personaje femenino desde una voz maravillosa de
hombre ya maduro que no había podido tener ni olvidar a aquella mujer. Así
inventaba a Enrique pensando en ella, imaginaba lo que nunca habían
tenido: un amor normal, de novios normales. “Se escribe y se lee para
que ocurra en un texto lo que no pudo ocurrir en la vida”, o algo así,
la cita era de un manual de literatura del secundario y la entendía recién
ahora. Pero Inés no había podido terminar su propio relato, tantas veces
planeado palabra por palabra; siempre había un parcial, algún texto de
latín urgente e incomprensible, o un ensayo que trataba de convencer al
prójimo sobre las utilidades de estudiar la carrera de Letras. Se
conformaba con releer el cuento de vez en cuando.
Un viernes a la noche atendió el teléfono saturada de tanto apunte, tantos
cafés trasnochados con amigos deprimidos y peleas familiares. Casi sin
pensarlo aceptó la invitación de Ana para pasar unos días en la costa,
“vamos a cualquier lado, al mar, a tomar sol y comer pescado; no importa
si llueve, vamos al cine, ¿te acordás de Los que aman odian? Leí en
el diario una nota sobre el hotel donde se les ocurrió la trama a Bioy y a
Silvina Ocampo, parece que vale la pena conocerlo, queda en Ostende,
pegado a Pinamar”. Ana tenía esa facilidad de transformar lo desconocido
en algo que, extrañamente, ya les pertenecía. Cuando colgó, escuchó a la
madre criticando a su futura nuera, y ya supo lo que metería en el bolso,
sin duda era más fácil que poner palabras en una hoja, pensó con cierta
desilusión y recordó la envidia de leer su historia firmada por otro.
El viaje en micro le daba miedo pero ya no quedaban pasajes de tren;
cuando llegaron al hotel, Inés sintió el vértigo de un olor a tabaco que
le parecía conocido. Todo era hermoso, el hogar prendido, la voz pausada
del chico que las atendió, la escalera gastada que llevaba a la habitación
que Ana había reservado en la parte más vieja del hotel.
Cuando a la noche
levantó la vista y vio al hombre intentando prender nuevamente la pipa,
quiso pararse, pero no pudo levantarse de la silla del restaurante. El
mozo hablaba del menú mientras Inés reconocía la cara del escritor; sin
duda la foto de la solapa del libro que hacía meses estaba en su mesita de
luz, tenía varios años, pero era él, la misma expresión cansada y una
mirada demoledora, que venía de otras edades, de otras historias
seguramente no escritas. Ahora tendría unos sesenta años pero conservaba
un aspecto joven. Quería caminar hacia ahí, decirle cuánto la conmovía lo
que él escribía y a la vez reprocharle tanta desvergüenza al robarle su
argumento. No pudo, recordó toda su infancia de timidez, encerrándose en
el baño para no saludar a las visitas. Ana le hablaba pero de golpe se dio
vuelta y juntas miraron para el mismo lado “Che, Inés, ¿ese tipo no es
Esteban Espósito?”.
El pelo oscuro, lacio y un poco desprolijo de la chica le recordaba algo
por el momento impreciso. Tenía la cabeza ocupada pensando en la
conferencia que daría al día siguiente, La presencia del mar en la
literatura, resulta que el dueño quiere reflotar este hotel de mierda
organizando eventos culturales y justo tuve que aparecer yo, pensó Esteban
con aburrimiento disimulado; por lo menos hay buen vino y quizás mañana
pueda caminar por la playa. Su mujer charlaba distendida sin ver a Inés
que desde la mesa del fondo no les sacaba los ojos de encima; Esteban
sintió que la chica podía saber lo que hablaban y hasta lo que pensaban;
tenía aspecto de estudiante entre triste y distraída y unos ojos verdes
que parecían de vidrio; cuando se paró para tomar un vaso de la mesa de al
lado, Esteban notó su simplicidad, su andar casi irreal y recordó
bruscamente a un personaje que era suyo pero al que nunca le había
realmente encontrado los rasgos físicos. Ahí estaba ahora la mujer de su
cuento, esa que tenía una última cita con su amante después de muerta. Ya
no podía describirla nuevamente con más precisión; el cuento ya había sido
leído y releído por miles de personas en varios idiomas y circulaba en
quién sabe cuántas antologías para el secundario. Le hubiera gustado
mostrarla tal cual ahora la veía, más bien flaca, de contextura pequeña;
llevaba puesto un vestido celeste o lavanda que parecía de otra época.
Imaginó que al día siguiente podría mirarla de cerca, reconocerla, decirle
qué se cree, cómo va usted a existir así porqué sí en la vida real, con
qué derecho, sepa que en realidad usted me pertenece. De golpe recordó a
todas las estudiantes que tenazmente lo habían perseguido, las mujeres que
todavía lo acosaban en las conferencias, las escenas de melodrama, el
desgaste de las citas clandestinas, los reproches mudos de su mujer y se
sintió viejo.
Pasó el primer plato, el segundo, seguramente el postre y varias copas de
vino. Inés se imaginaba detrás del humo de la pipa del hombre, cómo él
dibujaría con ella algún nuevo personaje; así se veía perfecta, más alta y
serena. Esteban evitaba los ojos de vidrio verde que lo hacían entrar en
un lugar indescifrable, peligrosamente conocido y ajeno a la vez, ¿me
estaré volviendo loco o muy viejo?, no tomé tanto como para confundir a
cualquier mina con un personaje mío. Ya era tarde y tenía que descansar
para no decir lugares comunes en la conferencia del día siguiente. Inés
sintió que algo muy tenue se rompía cuando él se levantó; la voz Esteban
saludó y dibujó en el aire al personaje de su próximo cuento.
Al día siguiente Ana tuvo que ir sola a la playa, Inés escribió
desesperadamente hasta pasado el mediodía. En vano su mujer trataba de
convencerlo de las bondades de la corriente marina que pasaba justo por
ahí, Esteban no sacaba las manos del nuevo teclado, al que se había tenido
que acostumbrar para ser moderno. En su relato era bastante más joven;
conocía a una mujer en un hotel y la invitaba a caminar por la vieja
rambla, tomaban café, hablaban de caracoles, se reían de las goteras del
hotel; Inés imaginaba en su texto que conocía a aquel escritor famoso y se
animaba a pedirle, en el comedor de un hotel que le dedicara un libro,
describía paseos por la playa; los diálogos le parecían triviales, cómo
hablar con Esteban Espósito de los colores difusos de los caracoles
marinos o de lo raro de estar en un hotel que, aunque quiere ser moderno,
tiene legendarias goteras. El escritor de oficio no encontraba las
palabras exactas para inventar una buena trama o para describir un bar
destartalado en la playa, pero donde tomaría el vino más delicioso que
recordaba, dos copas servidas mientras esperaba. Inés tuvo la sensación de
que alguien le estaba dictando esa escena: entraba en el bar dejando atrás
el viento ya casi frío del mar a las seis de la tarde, veía al hombre de
espaldas esperándola mientras servía vino en dos copas idénticas,
brillantes, perfectas en la simplicidad de un bar sobre la arena. Él le
reprochaba su insolente existencia ajena al cuento; Inés se animaba a
confesarle su admiración, su cursi fidelidad lectora de años, sus plagios
inconfesados. El diálogo fluía ahora veloz en el teclado de él, ella
interrumpía con algún detalle desde su block de notas y su birome gastada.
“Se escribe por desesperación”, Inés recordaba vagamente la cita de
Sábato mientras trataba de delinear la caminata hasta el cine, él había
sugerido ver una película; Inés no sabía armar el cuento, se decía a sí
misma que era una narración, que tenía que inventar sucesos, pero
no pasaba nada, se estancaba mezclando frases dichas, leídas en otros
autores, se mareaba con el olor a tabaco, diluido en perfume y whisky; él
tenía muchos años de luchar con las palabras, concursos ganados, ensayos
obligatorios y conferencias sobre lo que es un cuento, pero le costaba
terminarlo; de golpe le pareció bien esa imagen de los dos entrando en el
cine, no estaba seguro de haberlo escrito ya en aquel otro relato. Ya no
importaba, prefería quedarse con el recuerdo de los ojos de vidrio, del
saco ridículamente grande para ella que le había prestado; se imaginaba
con cierto placer la cara de los que a esa misma hora lo esperaban para
escuchar la conferencia. Inés, aunque disconforme con el resultado, logró
terminar y guardar el cuento; “El escritor inventa en la literatura lo
que no ocurrió en su vida”, Esteban siempre decía esta frase en sus
charlas aunque no recordaba a quién perteneciera. Salieron cada uno de su
hoja, él rumbo a la conferencia de señoras y señores, ella rumbo al micro
de regreso. Él guardó satisfecho la idea de otra historia, ya tendría
tiempo de corregirla. Inés tiró el block; una vez más, había intentado,
sin lograrlo, un relato aceptable.
Pronto leería con envidia y admiración otro cuento de su escritor
favorito; estaba narrado en primera persona y relataba un encuentro fugaz
con una mujer joven en el Viejo Hotel Ostende, había un micro que se iba,
un libro autografiado y el olor del mar mezclado con la humedad de un cine
de barrio.
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