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"Cuentos de escritores":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Los escritores

por Alexander Kurunoff, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Desde el auto veo el anuncio de la película “El Código Da Vinci”, y como un pájaro que irrumpe en un paisaje me llega el recuerdo de Gabriel. Me pregunto cómo estará, hace años que no nos vemos.

En el consultorio, noto que la asociación de Gabriel con El Código no es casual: hemos sido buenos amigos y compartíamos un código único, nos contábamos las teorías más increíbles y nos escuchábamos con atención. Y Gabriel la historia de Jesús lo apasionaba, era un absoluto para él. Y esta presentación de teorías que dan una nueva versión de la historia, seguramente lo sigue atrayendo. 

Cuando caía el sol, en esas horas en donde la oscuridad despejaba el terreno para la imaginación, nos encontrábamos en casa, en el fondo de mi casa, en el patio, con ese árbol que amaba y que nos daba la escenografía precisa para contarnos historias.

Más de una vez sus hojas confirmaron un razonamiento, con el susurro del viento.

En esa situación puedo recordarme, escuchando a Gabriel, en uno de los últimos encuentros que tuvimos, antes de que él se mudara y perdiéramos contacto.

Había traía un cuento. Completo. Esto era una novedad, porque entre nosotros existía un juego que se había convertido en método: comenzar un relato uno, y tratar de terminarlo el otro. Un desafío que nos había llevado a tener más de doce cuentos terminados, y de los cuales estábamos orgullosos.

Pero aquella vez Gabriel traía el planteo, el desarrollo y el final. Y estaba ansioso por ser escuchado.

Con los papeles en la mano, y una voz que recuerdo cálida, me contaba:

–Es así, Fer. Jesús no pudo haber dicho nunca eso, esas palabras: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. El sabía que esa posibilidad no existía. Él era perfecto. ¿Por qué iba a sentirse defraudado, en los últimos minutos en la cruz? ¡No puede ser! ¡No cierra! ¿Hizo todo perfectamente y en el último minuto decae, se queja, se resigna? No, hay otra cosa. Y yo encontré qué es.

–¿Qué es? –pregunté, intrigadísimo.

–Lo encontré en un libro que está leyendo mi madre. Ya sabés, el que busca encuentra. Es un libro que dice que Jesús no murió en la cruz. Y que sabía un idioma ritual, mágico: el naga. Y ese idioma es del Tibet. Y el Tibet –aquí Gabriel daba su clase, era el maestro explicándole al alumno, a mí– fue conquistado por…

–¿Por?

–¡Los mayas!

–¿Los mayas?

–Los mayas. El idioma maya, comparado con el naga, es igual. Y la frase que se traduce como “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, y que dice “¡Elí, Elí, Sama Labactani!”, no es una  pregunta, incluso Jesús la gritó, y tiene una traducción distinta.

–Pará, pará. ¿Y de dónde sacás que Jesús aprendió maya, o naga?

–De los estudios que citan en ese libro, y que se dedicaron a investigar qué pasó entre los doce y los treinta años en que Jesús desapareció de su ciudad, y de los que no se sabe nada. ¿Entendés? ¡Dieciocho años!

–¿Y por qué dijo esa frase?

–Porque según este libro, es un idioma ceremonial. ¿Sabés qué significa? “Ahora me sumerjo en tu presencia”. Es la frase más apropiada para encontrarse con el Padre… ¿No viste que todos los evangelios dicen cosas distintas de los momentos finales en la cruz? Que dijo “está consumado” no me lo creo, y creo que Mateo le da una interpretación a esas palabras, que quizá tampoco sean exactamente esas: ellos repitieron palabras que no entendían, porque no conocían el idioma.

Me quedé pensando. Era posible. Además, para nosotros, todo era posible. Teníamos doce años.

–Entonces…

–Entonces hicieron mal la traducción. Todos esos escritos, los evangelios, fueron hechos muchos años después. Los hicieron los discípulos de los apóstoles. Ellos no escribieron nada. Se los adjudicaron, como la versión de Mateo, la versión de Lucas…

–Nada de inspirados por el Espíritu Santo.

–No. Ellos seguro que tuvieron el contacto, estaban conectados, pero los relatos son recopilaciones… Por eso escribí este cuento, en donde alguien se da cuenta y deja de creer en esas historias como si fuesen sagradas, pero empieza a descubrir que el fenómeno de Jesús contiene parte de la historia secreta de una Orden, una Orden de Luz, que envía a seres como él cada tanto, como enviaron a Buda, y hay más, desconocidos, con otras misiones. Y este hombre empieza a pensar que hay algo más para descubrir que quedarse escuchando lo que la Iglesia te cuenta… Porque además son inexactos, y como no saben, interpretan lo que tenga que ver con el dolor y no con la perfección… Yo acá escribí que Jesús no sufrió con ningún tormento. Él era un ser que podía cambiar lo que quisiera. Y controlaba su físico.

–Bueno, Gabriel, ¿y lo de la Virgen María? ¿Cuál es la verdad?

–¿Vos crees que fue verdad? –Y sus ojos brillaban en la noche.

-Yo creo –le dije–, no es un problema para mí.

–Es que es más fácil creer que buscar…

–¿Cómo voy a buscar si eso sucedió hace dos mil años? Tengo que creerle a los libros, y si no fuera así que pasó, igual no cambiaría nada. Puede ser una leyenda, nadie puede comprobarlo.

–¿Y esto? ¿Lo creés? ¿Qué te parece?

–Me parece que está bueno, es como poner en duda todo…

–No, todo no, lo perfecto existe. Algún día el ser humano va a llegar a eso, pero por ahora nos contaron cuentos para chicos…

Al ver mi poca adhesión, y mi poco entusiasmo, Gabriel me dijo: “Esto lo quiero publicar”. Como si los cuentos anteriores, los cuentos sobre las estrellas, o el de la primera vez que un hombre veía la Luna no hubiesen sido más que entrenamiento para llegar a esto, a este relato comprometido con las raíces de la verdad.

Y sonrió. Como si supiera que había llegado a una conclusión que sólo él podía sostener; me dijo que no importaba si yo no quería participar, él estaba seguro de que algún día yo iba a darme cuenta de que la verdad suele tirar abajo edificios enteros de mentiras y que eso molesta y duele, y que no es fácil de resistir, incluso para el que sabe de que se trata.

 

Pasaron años. Gabriel tenía razón. Ojalá guarde su cuaderno de cuentos. Yo, el mío, ya no lo tengo. Escribo ensayos psicoanalíticos ahora, en donde la verdad es relativa, y se escurre entre significantes y tendencias. Pero sigo escribiendo para ayudar a las personas, mis pacientes. Cada historia es un libro que sólo Dios lee completo.

Gabriel buscaba correr los velos de la ignorancia. Y aún queda el sabor de aquella búsqueda. La fuerza de aquella frase, tan fuerte, tan llena de angustia: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Fue el disparador para Gabriel, porque era también su miedo, su pregunta. En aquellos momentos sus padres se estaban separando. Esta fue la causa que hizo que se mudara, que se fuese lejos, y que no nos volviéramos a ver.

Aquellos días, que hoy rememoro, siguen tan vivos en mí, que me dejan pensando sobre mi amigo, y sobre el escribir como una búsqueda de una verdad propia, una aventura apasionante, porque lo oculto espera ser descubierto, espera que atravesemos todas las formas.

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