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A Mauricio le gustaba dárselas de intelectual desde que éramos chicos y
nosotros lo sabíamos y aceptábamos. A veces se aparecía en el baldío con
algún libraco bajo el brazo y nos decía, muy suelto de cuerpo: “Estoy
leyendo a Kipling”, como justificándose y ninguno de nosotros entendía
un carajo de lo que nos estaba hablando. Para nosotros lo más importante
era que traía algo para marcar el arco. Entonces poníamos las camisetas de
un lado y el libro del otro. Él no jugaba casi nunca, porque era malísimo
y lo sabía, lo tenía asumido, entonces se dedicaba a relatar el partido.
No sé de dónde sacaba todas esas palabras raras que usaba.
Él decía: “El dechado de virtudes del equipo tal, sobrepasó la línea
que divide el juego entre la defensa y el ataque, y prosiguió su avance
raudamente hasta quedar frente a la esquiva meta…”, y nosotros lo
escuchábamos boquiabiertos, porque lo que había pasado, lo que nosotros
habíamos visto, era que el flaco Ezcurra, después de esquivar un par de
guadañazos que le tiró el gordo Aguirre, cruzó la media cancha y se mandó
como una tromba hasta el área rival. Eso había pasado, no lo que contaba
Mauricio. De todos modos respetábamos su manera de relatar los partidos.
Quizás intuíamos en su rara habilidad un futuro más que promisorio.
Es que Mauri, como le decíamos, manejaba la dialéctica como nosotros la
pelota. El apabullaba a las maestras cuando lo hacían pasar a decir la
lección. Nosotros las hacíamos enojar, porque si había que hablar de
historia confundíamos a Sarmiento con San Martin, porque los dos empezaban
con Sa, nada más. Pero sin mala intención. De distraídos nomás.
Pero Mauricio era otra cosa, ya se veía desde chico. Un día la escuché a
mi vieja hablando de él con la vecina, a través de la pared del fondo.
Ella nunca supo que yo estaba detrás de una maceta, escuchando. Mi vieja
le decía: “Y, ¿vió? Hoy por hoy los chicos se interesan nada más que en
jugar a la pelota, por lo menos los nuestros. En cambio ese nene,
Mauricio, el que vive a dos calles de acá…, ¡qué educado!, ¡qué
inteligente! Se ve que sabe… Seguro que va a estudiar algo, alguna
profesión…”.
Y sí, que quiere que le diga, cuando terminamos la primaria él se anotó
en el normal y el resto de la barra en el industrial, porque había que
aprender algún oficio, para ayudar a parar la olla. De todos modos nos
seguíamos viendo a veces, más que nada en los cumpleaños de los chicos del
barrio. Me acuerdo de una vez en que había llegado la invitación a uno y
yo me negué a ir porque había un desafío a la pelota con los de la otra
división. Mi vieja me agarró de la oreja y me dijo dulcemente: “O vas
al cumpleaños de Irenita o te reviento la pelota de un cuchillazo, así te
dejás de joder con el fútbol…”. Mi vieja no era amante del deporte, es
algo evidente, ¿no? De todos modos cedí a la presión por una sola razón.
Mi pelota era la única más o menos sana que nos quedaba, y no era cuestión
de arruinarla así porque sí.
Pero me estoy desviando un poco del tema. El asunto es que en ese
cumpleaños me lo encontré a Mauri, al que hacía meses que no veía. Estaba
peinado a la gomina y llevaba un saquito azul con una camisa blanca, pero
no tenía corbata, pequeña concesión hecha a lo informal de la fiesta de
ese día.
–¿Cómo andás Mauri? –le pregunté, contento de volver a verlo.
–Bien, Alfredo, bien…
–Hace mucho que no te das una vuelta por el baldío… –Recién ahí caí en la
cuenta de que ya no venía más, ni siquiera para relatar los partidos.
–Es que el tiempo no me alcanza para todo.
–¿Tanto te hacen estudiar?
–Sí, pero no es eso, es que en mis ratos libres escribo…
–¿Escribís? –le pregunté incrédulo–. ¿Y qué escribís?
Se ve que alcé el tono, porque se hizo silencio. Y en medio de ese
silencio espeso, espectante, se escuchó la voz de Mauri, que estaba
empezando a cambiar y que de vez en cuando se le aflautaba, diciendo:
–Poemas, versos, algunos cuentos… –dijo con la voz más finita que tenía.
Se callaron todos, pero todos todos, hasta el perro que ladraba en la
esquina se calló, y luego de un momento en que todos estábamos un poco
embarazados, es decir que el rubor nos coloreó la cara, un instante en que
todos menos uno sentimos vergüenza ajena y bajamos la vista para no
mirarnos y empezar a reír, uno desde el fondo dijo:
–¿De qué te la das?, ¿sos maricón ahora?
Hubo algunas risas apagadas hasta que nadie pudo aguantar más y el
estruendo de la carcajada fue infernal. Se escucharon varias palabras
peyorativas respecto de la persona de Mauri, de las que no recuerdo
ninguna en particular, pero una frase me quedó grabada en mi mente. Creo
que fue Felipe Gambacorta el que la dijo: “Miralo al pelotudo ése,
escribe…, se la da de Borgia”. Y estoy seguro de que quiso decir
Borges, porque Felipe era burro pero no tanto.
La cuestión es que ahí terminó la fiesta y nos fuimos cada uno para su
casa, y desde esa vez no lo volvimos a ver.
Todo esto vino a mi memoria cuando estaba esta mañana en el intervalo del
refrigerio, en la fábrica en la cual trabajo hace veinte años, desde que
salí del industrial, tomando una taza de mate cocido y leyendo el diario.
En el suplemento de sociales había una nota de media página en la que
aparecía una foto de mi ex-compañero Mauricio recibiendo un premio. El
titular decía:
“Escritor argentino galardonado a nivel mundial ”
y más abajo se podía leer: “Un premio de U$S 150.000 recibió el
escritor argentino Mauricio...”.
No seguí leyendo, no valía la pena. Y prefiero no seguir contando, porque
me parece escuchar todavía nuestras risas de aquella tarde. Y las de él
ahora, cuando se acuerda de nosotros. Si es que se acuerda.
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