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Una obra desconocida de
Felisberto Hernández circula en forma clandestina por El Prado. Este
prodigio se atribuye a Hernando D’Acosta, de quién se conoce muy poco.
La pieza fue piedra angular
de algunos cenáculos literarios, entre los que destacan las Tertulias del
café Géminis, hoy olvidadas casi por completo. Los propios integrantes de
estas reuniones, que se empeñaron en hacerlas florecer, dedicaron luego su
vida a borrar toda huella de su celebración. Sin embargo, no consiguieron
evitar que su memoria sobreviva hasta hoy. La principal huella que da
testimonio de estos encuentros es la mesa de cafetín en que se celebraban,
en cuyo anverso se oculta una placa de bronce colocada como homenaje a
Hernando D’Acosta, en un descuido del cantinero.
Hernando tuvo mucho que ver
con el auge de estas reuniones y con su posterior oprobio, pero jamás
participó en ellas. Su relación con las Tertulias fue otra.
Nada se conoció de él hasta
que en el número 25, año XII, de la publicación local «Voces y Perfiles»,
apareció una nota que comentaba la existencia de una tienda de
antigüedades funcionando en el sótano de la residencia D’Acosta.
Según el artículo, los
tesoros más exquisitos del negocio provenían de la colección privada del
bisabuelo de Hernando –don Joan Milton D’Acosta Saavedra–; colección que
ocuparía tres piezas ubicadas en la última planta de la mansión familiar.
Al desaparecer don Joan
Milton, sus descendientes se despreocuparon de las cosas que el anciano
había amontonado allá arriba. Entre otros caprichos seniles, aquel acopio
indiscriminado de cachivaches, muchos de ellos comprados a un buhonero que
cada tanto ofrecía mercancías al viejo, les parecía a todos una
extravagancia más. Los objetos reunidos permanecieron sin clasificar y en
desorden, atestando la buhardilla, y fue necesario esperar tres
generaciones hasta que apareciera en la casa quien se interesara por
ellos.
Hernando aplicó noches
enteras al catálogo de aquellas piezas, y de esta forma fue nutriendo el
negocio que, sin carteles ni avisos que dieran cuenta de su existencia,
funcionaba con un pequeño grupo de clientes.
Sobre la naturaleza de esta
colección se han dicho cosas interesantes. Si bien es posible que el lote
careciera de orden, como creían los descendientes de don Joan Milton, hay
que mencionar también la sugestiva opinión del cronista de «Voces y
Perfiles». Para él, la colección aspiraba a contener la pieza clave de
cada conjunto. Aquel detalle que completa la figura. La última piedra de
un arco que lo cierra y lo afirma. El eslabón que une los segmentos
dispersos de una cadena. La nota que otorga al acorde su armonía. El
párrafo que justifica un texto.
Al parecer –y esto ya no
figura en el artículo– Hernando se encontró con verdaderos tesoros en la
colección de su bisabuelo; entre las piezas más extrañas se menciona un
enorme badajo de bronce, que habría pertenecido a la campana mayor de la
iglesia de la calle Irigoitía. Pero también había correspondencia, obras y
documentos que debieron pasar al patrimonio público y que fueron, sin
embargo, vendidos a particulares.
Entre esos papeles se
cuenta una carta en la que Carlos Gardel revela su nacionalidad a una
joven enamorada; y otra en la que Carlos Vaz Ferreira explica a un cuñado
la naturaleza musical del alma y el poder meteorológico de ciertas
melodías.
Sin embargo, no serían
estos los hallazgos que darían notoriedad a Hernando D’Acosta. Algún
tiempo después apareció en la pequeña casa de antigüedades un texto de
inestimable valor: una obra desconocida de Felisberto Hernández.
Para el estudio de este
hallazgo se formó una comisión presidida por el entonces joven erudito de
El Prado, Racín, quien, como consecuencia de estos trabajos, se transformó
en alma mater de las Tertulias del café Géminis. Luego de realizar
muchos análisis y de cotejar las distintas obras del escritor, esa
comisión presentó un informe avalando la autenticidad del manuscrito. Como
consecuencia, éste fue vendido a un precio altísimo en un remate realizado
en la misma casa de antigüedades. Desde entonces, y aunque muchos se han
ocupado en su busca, no se tiene noticia de su paradero.
El prestigio de Hernando
D’Acosta creció entre los vecinos. De esa época data la colocación de la
placa en su honor, en el anverso de la mesa en que se celebraban la
Tertulias.
Sin embargo, siempre hubo
un pequeño grupo que se mantuvo escéptico sobre la autoría de la obra. Con
el tiempo, las dudas se extendieron hasta el café Géminis, y hasta la
propia Tertulia literaria dirigida por Racín.
La revisión de los trabajos
de la comisión fue implacable: los argumentos levantados por los
estudiosos se desmoronaron uno tras otro. Tan sólo se llegó a aceptar como
pálida excusa que la calidad de los textos, y el carácter disociativo de
los mismos, propio de las primeras obras de Felisberto Hernández,
justificaban en parte el error.
Finalmente, se aceptó en la
Tertulia que la pieza era obra del propio Hernando D’Acosta. Se admitió,
incluso, que la comisión había dictaminado su autenticidad dejándose
llevar, en varias ocasiones, por conjeturas entusiastas.
Racín, sin embargo, no
suscribió esta mea culpa, aunque sí dejó de frecuentar el café.
El anticuario desapareció,
perseguido por estas acusaciones y por un grupo de coleccionistas
molestos. La casa de antigüedades fue cerrada y otros textos que había
presentado Hernando D’Acosta fueron quemados en la propia Tertulia como
signo de repudio, sin siquiera leerlos.
Como consecuencia de este
acto, los literatos que aún quedaban, fueron expulsados a puntapiés por el
cantinero del café Géminis, a quien no le gustaba la literatura y mucho
menos que le encendieran fuego en el café. De esta forma se clausuraron
esas reuniones. Aunque la placa en honor a Hernando D’Acosta, que estaba
en el anverso de la mesa en la que se reunían, no pudo ser recuperada por
los miembros de la Tertulia, y aún permanece allí.
De ahí en más, los pasos de
Hernando D’Acosta se pierden, entre rumores y atribuciones legendarias.
A esta época en la que no
se dudaba de la estafa siguió un período de incertidumbre. Los más
atrevidos preguntaban: “¿Y si la pieza era auténtica?”. Nadie tenía la
respuesta pero hubo quienes al ser interrogados de este modo adoptaban una
expresión enigmática, insinuando quizás, que habían tenido ocasión de
consultar los viejos estudios de las Tertulias, o más aún: la propia obra
desaparecida.
Este interés postrero llevó
a profundizar las indagaciones sobre la vida del anticuario. Así, se pudo
confirmar que la última planta de la residencia D’Acosta había
permanecido, en efecto, cerrada durante mucho tiempo, quizás desde la
época del propio don Joan Milton, hasta que Hernando comenzó a
frecuentarla.
Los miembros de la casa
D’Acosta tratan de evitar hablar sobre el asunto. Si se les insiste lo
suficiente cuentan, tan sólo, algunos detalles sin relevancia.
Matilde Saavedra, tía del
anticuario, accedió en su vejez a hablar de su sobrino. Cuenta que
Hernando estaba obsesionado con una pieza musical llamada «Festín». La
ensayaba al piano durante horas, sin conseguir jamás la aprobación de su
maestro. A veces ni bajaba a comer, recuerda Matilde; y cuando no estaba
con el piano, estaba escribiendo sus los cuentos, agrega. Según la opinión
de su tía, “Hernando era un muchacho bueno y las cosas que dicen de él, no
son ciertas.”
En épocas recientes ha
resurgido el interés por esta obra perdida de Felisberto. Un grupo de
jóvenes, encabezados por el escritor Roy Díaz, se afana en la búsqueda de
este texto y lamenta su pérdida, así como la huida de Hernando D’Acosta
que ha venido a privar a El Prado, dicen estos jóvenes, de vaya uno a
saber cuántas obras de arte.
Poco les importa a ellos si
la obra fue escrita realmente por Felisberto Hernández. Argumentan que el
valor literario de un texto jamás puede estar en la firma de su autor.
Incluso se han empeñado en la recuperación de la vieja mesa de cafetín
para reinaugurar en ella las Tertulias.
De cualquier forma, hoy
todos los estudiosos están de acuerdo en la calidad del texto perdido.
Parece no haber dudas de que la obra de Hernando es la más acabada de
todas las que jamás ha escrito Felisberto, así que la placa en honor de
Hernando D’Acosta, oculta en una mesa del café Géminis, ha venido a
justificar finalmente su sentido laudatorio.
Otros estudiosos han dado
pie a creer en la posibilidad de que el texto sea auténtico; y hasta
moderno, ya que algunos vecinos de la zona sostienen que Felisberto no ha
abandonado el barrio.
El historiador del
folklore, Corsinni Méndez, recoge los testimonios de varios parroquianos
que afirman haberlo visto alguna vez.
Unos lo identifican con un
pianista que toca en los cafés de la zona. Otros, con una presencia
sombría que, durante las tardes de invierno, recorre las calles con
morosidad, arrimado a los muros de las casas. Algunos grupos literarios
han buscado en vano el sitio de reposo final del escritor, para dejar allí
una ofrenda; jamás lo han encontrado.
Corsinni Méndez sugiere que
quizás, al fin de cuentas, el maestro de música de Hernando D’Acosta no
fuera otro que el propio Felisberto Hernández; interesado, dice, en algún
objeto de la colección de don Joan Milton, o en todos.
Un hecho indiscutible que
puede verificarse hoy día, es que en El Prado, cuando el viento sopla del
nordeste, puede escucharse a lo lejos, aguzando el oído, el insistente
martilleo de un piano ejecutando fragmentos de una intrigante melodía que
algunos se jactan de reconocer como suya.
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