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"Cuentos de escritores":

Cuento seleccionado por El Escriba

 

Una casa de antigüedades

por Juan Martín Castellonese, Montevideo, Uruguay.

 

Una obra desconocida de Felisberto Hernández circula en forma clandestina por El Prado. Este prodigio se atribuye a Hernando D’Acosta, de quién se conoce muy poco.

La pieza fue piedra angular de algunos cenáculos literarios, entre los que destacan las Tertulias del café Géminis, hoy olvidadas casi por completo. Los propios integrantes de estas reuniones, que se empeñaron en hacerlas florecer, dedicaron luego su vida a borrar toda huella de su celebración. Sin embargo, no consiguieron evitar que su memoria sobreviva hasta hoy. La principal huella que da testimonio de estos encuentros es la mesa de cafetín en que se celebraban, en cuyo anverso se oculta una placa de bronce colocada como homenaje a Hernando D’Acosta, en un descuido del cantinero.

Hernando tuvo mucho que ver con el auge de estas reuniones y con su posterior oprobio, pero jamás participó en ellas. Su relación con las Tertulias fue otra.

Nada se conoció de él hasta que en el número 25, año XII, de la publicación local «Voces y Perfiles», apareció una nota que comentaba la existencia de una tienda de antigüedades funcionando en el sótano de la residencia D’Acosta.

Según el artículo, los tesoros más exquisitos del negocio provenían de la colección privada del bisabuelo de Hernando –don Joan Milton D’Acosta Saavedra–; colección que ocuparía tres piezas ubicadas en la última planta de la mansión familiar.

Al desaparecer don Joan Milton, sus descendientes se despreocuparon de las cosas que el anciano había amontonado allá arriba. Entre otros caprichos seniles, aquel acopio indiscriminado de cachivaches, muchos de ellos comprados a un buhonero que cada tanto ofrecía mercancías al viejo, les parecía a todos una extravagancia más. Los objetos reunidos permanecieron sin clasificar y en desorden, atestando la buhardilla, y fue necesario esperar tres generaciones hasta que apareciera en la casa quien se interesara por ellos.

Hernando aplicó noches enteras al catálogo de aquellas piezas, y de esta forma fue nutriendo el negocio que, sin carteles ni avisos que dieran cuenta de su existencia, funcionaba con un pequeño grupo de clientes.

Sobre la naturaleza de esta colección se han dicho cosas interesantes. Si bien es posible que el lote careciera de orden, como creían los descendientes de don Joan Milton, hay que mencionar también la sugestiva opinión del cronista de «Voces y Perfiles». Para él, la colección aspiraba a contener la pieza clave de cada conjunto. Aquel detalle que completa la figura. La última piedra de un arco que lo cierra y lo afirma. El eslabón que une los segmentos dispersos de una cadena. La nota que otorga al acorde su armonía. El párrafo que justifica un texto.

Al parecer –y esto ya no figura en el artículo– Hernando se encontró con verdaderos tesoros en la colección de su bisabuelo; entre las piezas más extrañas se menciona un enorme badajo de bronce, que habría pertenecido a la campana mayor de la iglesia de la calle Irigoitía. Pero también había correspondencia, obras y documentos que debieron pasar al patrimonio público y que fueron, sin embargo, vendidos a particulares.

Entre esos papeles se cuenta una carta en la que Carlos Gardel revela su nacionalidad a una joven enamorada; y otra en la que Carlos Vaz Ferreira explica a un cuñado la naturaleza musical del alma y el poder meteorológico de ciertas melodías.

Sin embargo, no serían estos los hallazgos que darían notoriedad a Hernando D’Acosta. Algún tiempo después apareció en la pequeña casa de antigüedades un texto de inestimable valor: una obra desconocida de Felisberto Hernández.

Para el estudio de este hallazgo se formó una comisión presidida por el entonces joven erudito de El Prado, Racín, quien, como consecuencia de estos trabajos, se transformó en alma mater de las Tertulias del café Géminis. Luego de realizar muchos análisis y de cotejar las distintas obras del escritor, esa comisión presentó un informe avalando la autenticidad del manuscrito. Como consecuencia, éste fue vendido a un precio altísimo en un remate realizado en la misma casa de antigüedades. Desde entonces, y aunque muchos se han ocupado en su busca, no se tiene noticia de su paradero.

El prestigio de Hernando D’Acosta creció entre los vecinos. De esa época data la colocación de la placa en su honor, en el anverso de la mesa en que se celebraban la Tertulias.

Sin embargo, siempre hubo un pequeño grupo que se mantuvo escéptico sobre la autoría de la obra. Con el tiempo, las dudas se extendieron hasta el café Géminis, y hasta la propia Tertulia literaria dirigida por Racín.

La revisión de los trabajos de la comisión fue implacable: los argumentos levantados por los estudiosos se desmoronaron uno tras otro. Tan sólo se llegó a aceptar como pálida excusa que la calidad de los textos, y el carácter disociativo de los mismos, propio de las primeras obras de Felisberto Hernández, justificaban en parte el error.

Finalmente, se aceptó en la Tertulia que la pieza era obra del propio Hernando D’Acosta. Se admitió, incluso, que la comisión había dictaminado su autenticidad dejándose llevar, en varias ocasiones, por conjeturas entusiastas.

Racín, sin embargo, no suscribió esta mea culpa, aunque sí dejó de frecuentar el café.

El anticuario desapareció, perseguido por estas acusaciones y por un grupo de coleccionistas molestos. La casa de antigüedades fue cerrada y otros textos que había presentado Hernando D’Acosta fueron quemados en la propia Tertulia como signo de repudio, sin siquiera leerlos.

Como consecuencia de este acto, los literatos que aún quedaban, fueron expulsados a puntapiés por el cantinero del café Géminis, a quien no le gustaba la literatura y mucho menos que le encendieran fuego en el café. De esta forma se clausuraron esas reuniones. Aunque la placa en honor a Hernando D’Acosta, que estaba en el anverso de la mesa en la que se reunían, no pudo ser recuperada por los miembros de la Tertulia, y aún permanece allí.

De ahí en más, los pasos de Hernando D’Acosta se pierden, entre rumores y atribuciones legendarias.

A esta época en la que no se dudaba de la estafa siguió un período de incertidumbre. Los más atrevidos preguntaban: “¿Y si la pieza era auténtica?”. Nadie tenía la respuesta pero hubo quienes al ser interrogados de este modo adoptaban una expresión enigmática, insinuando quizás, que habían tenido ocasión de consultar los viejos estudios de las Tertulias, o más aún: la propia obra desaparecida.

Este interés postrero llevó a profundizar las indagaciones sobre la vida del anticuario. Así, se pudo confirmar que la última planta de la residencia D’Acosta había permanecido, en efecto, cerrada durante mucho tiempo, quizás desde la época del propio don Joan Milton, hasta que Hernando comenzó a frecuentarla.

Los miembros de la casa D’Acosta tratan de evitar hablar sobre el asunto. Si se les insiste lo suficiente cuentan, tan sólo, algunos detalles sin relevancia.

Matilde Saavedra, tía del anticuario, accedió en su vejez a hablar de su sobrino. Cuenta que Hernando estaba obsesionado con una pieza musical llamada «Festín». La ensayaba al piano durante horas, sin conseguir jamás la aprobación de su maestro. A veces ni bajaba a comer, recuerda Matilde; y cuando no estaba con el piano, estaba escribiendo sus los cuentos, agrega. Según la opinión de su tía, “Hernando era un muchacho bueno y las cosas que dicen de él, no son ciertas.”

En épocas recientes ha resurgido el interés por esta obra perdida de Felisberto. Un grupo de jóvenes, encabezados por el escritor Roy Díaz, se afana en la búsqueda de este texto y lamenta su pérdida, así como la huida de Hernando D’Acosta que ha venido a privar a El Prado, dicen estos jóvenes, de vaya uno a saber cuántas obras de arte.

Poco les importa a ellos si la obra fue escrita realmente por Felisberto Hernández. Argumentan que el valor literario de un texto jamás puede estar en la firma de su autor. Incluso se han empeñado en la recuperación de la vieja mesa de cafetín para reinaugurar en ella las Tertulias.

De cualquier forma, hoy todos los estudiosos están de acuerdo en la calidad del texto perdido. Parece no haber dudas de que la obra de Hernando es la más acabada de todas las que jamás ha escrito Felisberto, así que la placa en honor de Hernando D’Acosta, oculta en una mesa del café Géminis, ha venido a justificar finalmente su sentido laudatorio.

Otros estudiosos han dado pie a creer en la posibilidad de que el texto sea auténtico; y hasta moderno, ya que algunos vecinos de la zona sostienen que Felisberto no ha abandonado el barrio.

El historiador del folklore, Corsinni Méndez, recoge los testimonios de varios parroquianos que afirman haberlo visto alguna vez.

Unos lo identifican con un pianista que toca en los cafés de la zona. Otros, con una presencia sombría que, durante las tardes de invierno, recorre las calles con morosidad, arrimado a los muros de las casas. Algunos grupos literarios han buscado en vano el sitio de reposo final del escritor, para dejar allí una ofrenda; jamás lo han encontrado.

Corsinni Méndez sugiere que quizás, al fin de cuentas, el maestro de música de Hernando D’Acosta no fuera otro que el propio Felisberto Hernández; interesado, dice, en algún objeto de la colección de don Joan Milton, o en todos.

Un hecho indiscutible que puede verificarse hoy día, es que en El Prado, cuando el viento sopla del nordeste, puede escucharse a lo lejos, aguzando el oído, el insistente martilleo de un piano ejecutando fragmentos de una intrigante melodía que algunos se jactan de reconocer como suya.

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