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Yo vivía en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires llamado Chivilcoy,
Estudiaba en la Escuela Normal que quedaba frente a la Plaza España. La
más linda del pueblo. Tenía características netamente españolas. Todo
estaba revestido con mayólicas: las columnas, las glorietas con jazmines
que perfumaban las tardecitas templadas y los bancos debajo de los
árboles o enredaderas que eran testigos secretos de muchos amores
juveniles.
En el centro de la Plaza se encontraba una fuente con peces cuyos
colores resaltaban contra el azul de las mayólicas.
Cuando salíamos de la Escuela dábamos una vuelta con nuestras amigas
recorriendo sus caminitos embaldosados con cerámicas rojas. Este paisaje
nos invitaba a las confidencias.
–¿Viste a Julián? ¡Qué
bien que está! ¿Saben como me miró hoy en la clase de Historia?
–¿Quieren que les cuente
una cosa? El sábado salgo con Carlos. Me invitó a pasear por la Plaza
Principal.
–Tené cuidado con ese que
es un picaflor. A muchas las invitó a salir y después no pasó nada. Es
bastante mujeriego.
Estas eran algunas de nuestras charlas. Otras veces les tocaba a los
profesores:
–La de Matemática me tiene
harta, siempre con esos ejercicios de Álgebra, que no emboco jamás.
–Señorita, me dice con su
voz chillona, cuando me llama. ¿Qué da más por más?, ¿y más por menos?
¡Qué se yo! ¿Para qué me van a servir? Si no voy a seguir estudiando y a
los alumnos de la primaria no se lo voy a enseñar.
–En cambio que dulce y
comprensivo es el profesor de Dibujo –decía otra–, lástima que se va a
jubilar pronto. Me encanta. Con decirles que pienso seriamente en seguir
Bellas Artes.
Al promediar quinto año, llegó un nuevo profesor de literatura a la
escuela. Joven, tendría alrededor de veinticinco años. Con una
incipiente entrada del lado izquierdo de su cabellera. Era lampiño, lo
que le daba un aire de más joven aun.
Enseguida nos deslumbró a todas, no solo por lo lindo que era, sino por
lo que decía y escribía.
Inmediatamente se vinculó con los personajes más importantes de la
bohemia pueblerina, esto lo hizo más interesante aun y fue el tema de
nuestras charlas cuando dábamos vueltas por la Plaza.
–¿Su nombre?, por lo menos
a mi no me quedó grabado, ya que lo que escribía lo firmaba como Julio
Denis. Este nombre sí nunca lo olvidé.
A la salida de la escuela lo veíamos pasear por la plaza, lento,
ensimismado, siempre con un cigarrillo colgando de sus labios.
Algunas veces nos invitaba a acompañarlo en sus paseos o nos sentábamos
alrededor de él contándoles de nuestros sueños y proyectos y
preguntándole sobre sus aspiraciones.
Otras veces nos dábamos cuenta que deseaba estar solo. Se sentaba en un
banco a leer o tomar apuntes.
Muchos años después reconocí a algunos personajes del pueblo en sus
cuentos y comprendí que esos eran los apuntes que tomaba. Como ese
individuo que pintaba todo de verde: su bicicleta, su casa, la bóveda
que tenía en el cementerio y hasta su caballo.
Yo me recibí de maestra y me vine a Buenos Aires a estudiar Letras. El
se fue trasladado a otro lugar o a buscar nuevos horizontes. ¿Quién lo
sabía?
Durante mucho tiempo busqué en las librerías y en revistas literarias,
alguna referencia sobre Julio Denis. Pero no encontré nada.
¿Qué habría sido de él? Tal vez no era tan buen escritor como sus
alumnas lo habíamos idealizado.
Pasaron muchos años. Una amiga un día me trajo de regalo un libro.
Cuando lo abrí, en la contratapa, más viejo, con más entradas en su
cabeza, con anteojos y una pipa en sus labios estaba él: Julio Denis.
Cuando leí el nombre del autor inmediatamente me di cuenta porque me
había sido difícil encontrarlo. Su nombre era Julio pero el apellido era
Cortazar.
Fue leerlo y sentir que tenía que volver al pueblo.
Pedí licencia en mi trabajo. Quería ver nuevamente la Escuela Normal,
que no solo me traía recuerdos de él sino también de mi adolescencia.
Recorrer la Plaza España, testigo mudo de nuestras charlas juveniles.
Caminar nuevamente por sus senderos que habíamos recorrido junto al
profesor que tanto admirábamos.
Estoy llegando a Chivilcoy. Bajo del micro y voy directamente a ver la
Escuela. Es el atardecer y por lo tanto no puedo entrar, pero su fachada
se conserva tan señorial como antes. Ya casi se apagan las últimas luces
del día. Cruzo a la Plaza; está un poco descuidada. De pronto, en un
banco debajo de una glorieta está él como lo había visto la última vez.
Joven, buen mozo, con su cigarrillo en los labios y con unos libros y
cuadernos entre sus manos.
Me detuve para contemplarlo.
Está conversando con un joven vestido de verde, que sostiene una
bicicleta también color verde.
Me acerco despacio, llena de emoción. Quiero contarle quien soy, el
tiempo que lo estuve buscando para saber algo de él.
Ahora estoy cerca y lo puedo ver bien,…. no es joven… se parece a la
foto del libro. Su acompañante tampoco es joven, es un personaje
excéntrico como aquel que recorría las calles del pueblo cuando yo era
adolescente; el loco lindo al que todos queríamos ver pasar.
El se para y abrazando al viejo siento que le dice: usted sabe que yo lo
admiro ya que en algún sentido nos parecemos. Usted es un Cronopio más,
tal vez el primero.
Cuando quiero acercarme a ellos se pierden entre los árboles de la
Plaza.
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