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La octava vela

(Homenaje a Jorge Luis Borges)

por Sonia Rodríguez, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Las sombras tiemblan ligeramente sobre la pared. No deberían moverse, ya que evidentemente su reflejo real se encuentra aún quieto, pero las luces oscilantes que se desprenden indecisas de las ocho velas frente a él se han influido por el aire apenas perceptible de una rendija escondida.

Sí,  él está inmóvil. Inmóvil desde hace ya no sabe cuánto, cuando encendió las velas. Inmóvil y con los ojos cerrados. Alcanza a distinguir apenas cómo se mueve la luz afuera, desde la penumbra violeta del interior de sus párpados. Ahora esos fantasmas sin contornos que flotan allí le son familiares, no es la primera vez que se detiene a verlos. Desde que se encerró en la habitación acostumbra encender las velas –excepto una que hasta hoy conservó intacta -; pero la mayoría de su tiempo están apagadas. Ya se le ha convertido en una rutina: siete velas encendidas casi al instante, alentadas apenas por el brillo de sus pupilas. Pronto aprendería a calcular casi con milésimas de segundo el orden en el que se apagarían, de izquierda a derecha, con un intervalo menor entre la quinta y la sexta, unas milésimas más eternas entre la sexta y la séptima. Acaso por verlo tantas veces era capaz de calcular algo tan comprensiblemente minúsculo para cualquier ojo inocente en la habitación.

Esa noche, sin embargo, con los ojos cerrados, deliberadamente ciego a esa realidad fingida que las llamas atemorizaban sobre la pared, divagaba en su violácea penumbra entre fantasmas de hombres y de ángeles descabezados. Imposible saber cuántas noches han pasado desde que entró en la habitación, aunque para él ha sido igual medir el tiempo con siete lunas menguantes o con siete velas extinguidas: el sueño se ha atascado afuera, entre los interminables pasillos que protegen la habitación hermética, y no ha logrado encontrar la forma de entrar para confundir su oscura vigilia con visiones oníricas, involuntarias o estériles. No obstante, él sabe que la habitación no será hermética para siempre. De no ser así, nunca hubiera entrado por su propia voluntad. Ahora todo está planeado.

Ocho velas, ha sido un error demasiado grande omitir una la primera vez, antes de encerrarse allí. Sabe ahora que ni la mejor de sus creaciones admite la eternidad. Entonces, siete llamas agonizantes, y la octava, recién nacida, deslizando gotas de esperma con cada segundo de la noche que empezó con el universo. Una a una se apagan, en el mismo orden que él ya había memorizado hasta el hastío. Se consume la séptima, que después de seis días lo sumió en el sueño de la vigilia. La octava aún tiembla sigilosamente cuando a través de la rendija escondida una ráfaga la anima. El verdadero sueño, al fin, ha encontrado la entrada, desplazado el aire del interior, y ahogado la última vela. Mientras tanto él, encerrado tanto tiempo en su habitación, se va quedando profundamente dormido. Todas sus alucinaciones insomnes acerca de una Creación se van esfumando en el olvido. Y soñó que todo era bueno.

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