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Las sombras tiemblan
ligeramente sobre la pared. No deberían moverse, ya que evidentemente su
reflejo real se encuentra aún quieto, pero las luces oscilantes que se
desprenden indecisas de las ocho velas frente a él se han influido por
el aire apenas perceptible de una rendija escondida.
Sí,
él está inmóvil. Inmóvil desde hace ya no sabe cuánto, cuando encendió
las velas. Inmóvil y con los ojos cerrados. Alcanza a distinguir apenas
cómo se mueve la luz afuera, desde la penumbra violeta del interior de
sus párpados. Ahora esos fantasmas sin contornos que flotan allí le son
familiares, no es la primera vez que se detiene a verlos. Desde que se
encerró en la habitación acostumbra encender las velas –excepto una que
hasta hoy conservó intacta -; pero la mayoría de su tiempo están
apagadas. Ya se le ha convertido en una rutina: siete velas encendidas
casi al instante, alentadas apenas por el brillo de sus pupilas. Pronto
aprendería a calcular casi con milésimas de segundo el orden en el que
se apagarían, de izquierda a derecha, con un intervalo menor entre la
quinta y la sexta, unas milésimas más eternas entre la sexta y la
séptima. Acaso por verlo tantas veces era capaz de calcular algo tan
comprensiblemente minúsculo para cualquier ojo inocente en la
habitación.
Esa
noche, sin embargo, con los ojos cerrados, deliberadamente ciego a esa
realidad fingida que las llamas atemorizaban sobre la pared, divagaba en
su violácea penumbra entre fantasmas de hombres y de ángeles
descabezados. Imposible saber cuántas noches han pasado desde que entró
en la habitación, aunque para él ha sido igual medir el tiempo con siete
lunas menguantes o con siete velas extinguidas: el sueño se ha atascado
afuera, entre los interminables pasillos que protegen la habitación
hermética, y no ha logrado encontrar la forma de entrar para confundir
su oscura vigilia con visiones oníricas, involuntarias o estériles. No
obstante, él sabe que la habitación no será hermética para siempre. De
no ser así, nunca hubiera entrado por su propia voluntad. Ahora todo
está planeado.
Ocho
velas, ha sido un error demasiado grande omitir una la primera vez,
antes de encerrarse allí. Sabe ahora que ni la mejor de sus creaciones
admite la eternidad. Entonces, siete llamas agonizantes, y la octava,
recién nacida, deslizando gotas de esperma con cada segundo de la noche
que empezó con el universo. Una a una se apagan, en el mismo orden que
él ya había memorizado hasta el hastío. Se consume la séptima, que
después de seis días lo sumió en el sueño de la vigilia. La octava aún
tiembla sigilosamente cuando a través de la rendija escondida una ráfaga
la anima. El verdadero sueño, al fin, ha encontrado la entrada,
desplazado el aire del interior, y ahogado la última vela. Mientras
tanto él, encerrado tanto tiempo en su habitación, se va quedando
profundamente dormido. Todas sus alucinaciones insomnes acerca de una
Creación se van esfumando en el olvido. Y soñó que todo era bueno.
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