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Cuento seleccionado por El Escriba

Con sabor a tarantela

(Homenaje a José Donoso)

por Francisca Rivera Pardo, Santiago de Chile.

Sus punzadas se volvían intensas. Toda la noche las había soportado sin quejarse. Examinó el anaquel lleno de libros. Doña Isa ubicaba en la primera tabla las novelas de José Donoso; si leía un capítulo frente a ella, la comparaba con los personajes más desvalidos.

Atrás quedaban los días de falsos engaños colgando calzones  con manchas rojizas. Su vendaje había sido su fiel cómplice. Se miró al espejo.  Su imagen no mentía.  Se llevó las manos al vientre.

Por la ventana se veía la copa del aromo. Sus ramas desnudas se sacudían. No amainaba el mal tiempo. Microbuses y autos realizaban su viaje mañanero. A ratos se oían ladridos y bocinazos. Transeúntes efectuaban su marcha diaria entre risas y murmullos.

Leandra, una de sus cuñadas, venía en camino junto a doña Isa. Eran antiguas conocidas.  

Sábana blanca tapaba el colchón. Debía procurar mantenerla limpia toda la semana, así le había dicho doña Isa. Tiró hacia atrás el cajón central de la cómoda. Sus dedos temblorosos tropezaron con un paño doblado en cuatro. Desplegándolo, palpó los bordes festoneados, como recordando las telas bordadas en su escuela, después depositó en el suelo el rectángulo  de algodón.

Se asustaba. Era un trance difícil. Por entre sus piernas corría el líquido sanguinolento. Su olor la trastornaba. Era como si la evocación de alguien la torturara. No había tenido controles. Ignoraba todo. Su sangre le acarreaba una mala remembranza.

Durante toda la etapa, sus dolores menstruales fueron sustituidos por otras molestias. Había aguantado en silencio. Empezaba el segundo período. Eran más continuas las contracciones. Le era dificultoso respirar. Se esforzó, como si de la nada hubieran llegado hasta ella frases dulces. Inspiró, retuvo aire, pujó.

Sus párpados estaban fijos, como si en su cerebro se revolvieran reflejos, quizás caseras arremangándose, mozas acarreando el recipiente con agua hirviendo, criadas anudando tiras al respaldo de la cama, ama sosteniendo el utensilio desinfectado. En su pueblo solían hacerlo así.  Su barriga seguía contrayéndose.    

Doña Isa introdujo la llave. Arriba continuaban los pujos. Se oyeron los ronroneos de “Nieve”. Ruidos de bisagras los acallaron.  Leandra pasó sus yemas por la cola erizada. Ambas se estremecieron con el plañido. Treparon los escalones.

En el lienzo yacía la criatura ensangrentada, unida a ella.

Se mordisqueó los nudillos, como si la hubieran pillado en algo prohibido. Nada pronunciaron. No era momento de comentarios ni preguntas.

Leandra buscó los apósitos y el termo.  Doña Isa fue por el alcohol y la tijera. Tenía más experiencia. Era como si hubiera rememorado a las madonas de su tierra debatiéndose con primerizas. En muchas ocasiones había observado en la finca de sus abuelos a samaritanas afanándose con nacientes itálicos. Aquí era asunto de remangarse y desinfectar el metal cortante, ayudándose con las compresas. Tras la faena, buscó el ajuar de su hijo Rómulo. En el baúl encontró envueltas en celofán las prendas de batista y lana. Nunca había pretendido deshacerse del atuendo adquirido en la década de los setenta. Su acompañante le advirtió el peligro de infección. Prestó el dinero, después preparó un bolso con ropa de su sirvienta. Leandra bajó. Estaba cerca la tienda.

Ella se había visto obligada a dejar la casa donde sirvió por algunos meses. Trabajaba sin libreta.

Tan sólo quince. Su soledad y mínima instrucción, la inhabilitaban frente a su nuevo deber. Tres años atrás, jugaba aún con muñecas de trapo. Siendo huérfana de ambos padres, era incapaz de valerse por sí misma. Samuel, su hermano mayor, la había traído del campo.

Doña Isa y Leandra se encargaron del traslado a la maternidad.  Cuando volviera, el segundo piso la albergaría otra vez. Agradeció la ayuda. Le preguntaron. Ocultó el nombre del progenitor, como si fuera traición revelarlo.  Había tenido muchas dificultades con él.

Leandra semejaba recordar las palabras de Federico, su marido: “Elena cree engañar a la italiana tendiendo bombachas manchadas con  lápiz labial”. Como más cercano a ella, estaba enterado de su desamparo.

Se alarmaba con la idea de ser despedida de nuevo. Aún tenía peso el prejuicio de contratar una empleada adolescente. En los vecindarios antiguos corrían chismes acerca de escándalos en la familia. En el barrio de doña Isa también cabía tal práctica. Habitaba sólo con Elena. Su escasa parentela vivía a tres cuadras. Rómulo pasaba a saludarla todos los sábados en la noche, parecía no tomar en cuenta el detalle.

Quedó hospitalizada en la sala común. Doña Isa y Leandra se comunicaron con los familiares más cercanos. Se fue aliviando. Ellas le dieron nociones de los primeros cuidados.

Miró hacia la mampara. En el vano se apoyaba Jerónima, la mujer de Samuel, junto a Carola, la primogénita. Doña Isa y Leandra se retiraron. Era necesario preparar el hogar.

Jerónima y Carola la abrazaron, después fueron hacia la cuna. Su recién nacido dormía con la boca entreabierta. Manos tibias le repasaron la calva, otras frías subieron su cobertor hasta la garganta. Elena se quedó contemplándolas vacilante.

–Conversa con doña Isa.

–No me atrevo, Jerónima.

–Puede ayudarte, Elena.

Tembló, como si un pensamiento se le retorciera : “Si ella supiese…”.

Por el pasillo se sintió un taconeo. Se asomó la muchacha de tieso delantal, esparciendo su hedor a fécula. Se desviaron las miradas hacia ella. Dio explicaciones entre sonrisas forzadas, como cumpliendo con el reglamento del hospital. Tomando al bebé en brazos, salió cubriéndolo con el chal. Correspondía el examen de rutina. Se presentaron otras de guardapolvo. Se produjo una explosión de vagidos. Todas fingieron conmoverse. Tras mecer a los lactantes, abandonaron con ellos el lugar.  En los catres blancos, sus madres se voltearon sonrientes.

*

Sus palabras le golpearon los mofletes. Federico enrojeció. Leandra le había relatado sólo el nacimiento y la hospitalización. Elena no le contaba mucho a Federico. Leandra era la causa del distanciamiento. Elena olvidando su recomendación a doña Isa, la rechazaba por aventajarlo  demasiado en edad.

Aquella antigua patrona había falseado la razón del despido. No se trataba de un intento de robo.

–Ten cuidado, Federico.

– Sé comportarme, Elena.

–Avísale a doña Isa.

–No conoce a doña Rosario.

Descendió. Sus pisadas resonaron en la madera.  En el living, la dueña consultaba números en la libreta, mientras oprimía las teclas del teléfono, como quien toca su instrumento musical.

Elena sintonizó en la radio el programa favorito de doña Isa. Fue como si hubiera evocado las prolongadas conversaciones en torno a Nápoles. Cambió la funda de su almohadón. En “La bota de Italia” tocaban “Funiculí”.

*

Estaba en el barrio alto, su estilo de construcción le confería aspecto medieval, vitrales en ventanas con finos ornamentos se asemejaban a los de vetustos palacetes.  

Pulsó el timbre. Se escuchó un traqueteo rítmico de tacones. Se abrió la mirilla del portón. Pupilas verdosas brillaron al sol. Movió la cabeza a manera de saludo.

–Necesito audiencia con doña Rosario.

-¿De parte de quién?

–Soy pariente de Elena.

Restregó su bata. Se oyeron carcajadas en el antejardín. En el ciruelo trinaban los gorriones. Tacos retrocedieron. Alguien avanzó con un ramo de violetas.

-¿Quién es, Juana?

–La buscan, doña Rosario.

Se acercó. Su vieja doméstica se sobó la espalda, después se alejó por los pastelones.                                                                                                                                           

Sonó el gozne del madero. Federico arrastró los pies por el sendero de cemento.

–Por acá, señor.

–Gracias, doña Rosario.

Comenzaron a charlar en el vestíbulo. En el salón deambulaba un joven de cabellos desgreñados y de bigote abundante. Sus ojos iban del retrato de un anciano a la felpa del arco separador de ambiente.

Doña Rosario llamó a su marido. Al otro lado de la cortina, arrugó el ceño el muchacho, como si hubiera vislumbrado algo malo. De una manotada abrió el cortinaje.

*

Arriba el crío sacudía sus talones, mientras doña Isa le abrochaba el paletó.

Elena vertió la salsa de tomates sobre los tallarines, desparramó las callampas y aliños del gusto napolitano. Era el menú del jueves. Escudriñó el reloj mural. Almorzaban al mediodía, ciñéndose a la costumbre de la familia de doña Isa. Faltaban pocos minutos.

Se le cayó la espumadera. Al parecer se concentraba en otro asunto. Federico le había comunicado una noticia : “No era cuestión de callarme con dinero. A ti en todo te protege la ley. Me prometió ir contigo al Registro, quizás hoy …Doña Rosario estuvo de acuerdo, el otro también”.

Explotó en llanto el pequeño. Ya había mamado. Doña Isa le cambió el pañal. Se fue aquietando. Quedó pensativa. Fue como si el lloriqueo le hubiera despertado el recuerdo de la infancia de Rómulo.

Elena echó el queso rallado. Doña Isa exigía bastante porción en su plato. Se encogió como si estuviera con calambre. Su mente trabajaba : “dientes disparejos mordiendo sus labios y ahogándole los gritos, saliva deslizándose, cuerpo robusto derribándola en el lecho, lágrimas corriendo por sus mejillas, respiración agitada sobre su cara, torso velludo aplastando sus pechos minúsculos, puños cerrándose en sus brazos delgados, después uñas lastimando la piel clara y delicada de sus muslos, venas hinchándose, dedotes arrancándole su vestimenta interior, iris dilatados recorriendo sus facciones trémulas, … membrana sangrando, fluido invadiéndola, en la entrada alguien fisgoneando y frotándose el pantalón“. Se distrajo con una polilla. Fue relajando los músculos. Sus fantasmas la abandonaban.

Subió en puntas los peldaños. Sus mocasines resbalaron en el parquet relumbroso de la habitación. Se afirmó de una silla. Su niño dormitaba. Doña Isa leía “El obsceno pájaro de la noche”. Advirtiendo a Elena, interrumpió la lectura.

–Está listo el almuerzo, doña Isa.

–Recién me acordaba de ti. ¿Preparaste la mesa?

–Con tanto problema, se me había olvidado.

–¿Qué te comentó Federico?

–Cosas.

-¿Cómo reaccionó el esposo de Rosario?

–No me hable de él…

Se ruborizó. Apretó su nariz con el pañuelo, después arropó al chico.  Doña Isa colocó el volumen en la repisa.

–En todo caso, despreocúpate de las invenciones de las vecinas; Rómulo convino visitarme con su esposa y mis nietos.

–Le agradezco, doña Isa.  ¿Pongo el mantel cuadrillé?

–Como quieras.  

Afuera revoloteaban las palomas. Por la vereda norte se aproximaba un hombre fornido.

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