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Sus punzadas se volvían intensas. Toda la noche las había soportado sin
quejarse. Examinó el anaquel lleno de libros. Doña Isa ubicaba en la
primera tabla las novelas de José Donoso; si leía un capítulo frente a
ella, la comparaba con los personajes más desvalidos.
Atrás quedaban los días de falsos engaños colgando calzones con manchas
rojizas. Su vendaje había sido su fiel cómplice. Se miró al espejo. Su
imagen no mentía. Se llevó las manos al vientre.
Por la ventana se veía la copa del aromo. Sus ramas desnudas se
sacudían. No amainaba el mal tiempo. Microbuses y autos realizaban su
viaje mañanero. A ratos se oían ladridos y bocinazos. Transeúntes
efectuaban su marcha diaria entre risas y murmullos.
Leandra, una de sus cuñadas, venía en camino junto a doña Isa. Eran
antiguas conocidas.
Sábana blanca tapaba el colchón. Debía procurar mantenerla limpia toda
la semana, así le había dicho doña Isa. Tiró hacia atrás el cajón
central de la cómoda. Sus dedos temblorosos tropezaron con un paño
doblado en cuatro. Desplegándolo, palpó los bordes festoneados, como
recordando las telas bordadas en su escuela, después depositó en el
suelo el rectángulo de algodón.
Se
asustaba. Era un trance difícil. Por entre sus piernas corría el líquido
sanguinolento. Su olor la trastornaba. Era como si la evocación de
alguien la torturara. No había tenido controles. Ignoraba todo. Su
sangre le acarreaba una mala remembranza.
Durante toda la etapa, sus dolores menstruales fueron sustituidos por
otras molestias. Había aguantado en silencio. Empezaba el segundo
período. Eran más continuas las contracciones. Le era dificultoso
respirar. Se esforzó, como si de la nada hubieran llegado hasta ella
frases dulces. Inspiró, retuvo aire, pujó.
Sus párpados estaban fijos, como si en su cerebro se revolvieran
reflejos, quizás caseras arremangándose, mozas acarreando el recipiente
con agua hirviendo, criadas anudando tiras al respaldo de la cama, ama
sosteniendo el utensilio desinfectado. En su pueblo solían hacerlo así.
Su barriga seguía contrayéndose.
Doña Isa introdujo la llave. Arriba continuaban los pujos. Se oyeron los
ronroneos de “Nieve”. Ruidos de bisagras los acallaron. Leandra pasó
sus yemas por la cola erizada. Ambas se estremecieron con el plañido.
Treparon los escalones.
En
el lienzo yacía la criatura ensangrentada, unida a ella.
Se
mordisqueó los nudillos, como si la hubieran pillado en algo prohibido.
Nada pronunciaron. No era momento de comentarios ni preguntas.
Leandra buscó los apósitos y el termo. Doña Isa fue por el alcohol y la
tijera. Tenía más experiencia. Era como si hubiera rememorado a las
madonas de su tierra debatiéndose con primerizas. En muchas ocasiones
había observado en la finca de sus abuelos a samaritanas afanándose con
nacientes itálicos. Aquí era asunto de remangarse y desinfectar el metal
cortante, ayudándose con las compresas. Tras la faena, buscó el ajuar de
su hijo Rómulo. En el baúl encontró envueltas en celofán las prendas de
batista y lana. Nunca había pretendido deshacerse del atuendo adquirido
en la década de los setenta. Su acompañante le advirtió el peligro de
infección. Prestó el dinero, después preparó un bolso con ropa de su
sirvienta. Leandra bajó. Estaba cerca la tienda.
Ella se había visto obligada a dejar la casa donde sirvió por algunos
meses. Trabajaba sin libreta.
Tan sólo quince. Su soledad y mínima instrucción, la inhabilitaban
frente a su nuevo deber. Tres años atrás, jugaba aún con muñecas de
trapo. Siendo huérfana de ambos padres, era incapaz de valerse por sí
misma. Samuel, su hermano mayor, la había traído del campo.
Doña Isa y Leandra se encargaron del traslado a la maternidad. Cuando
volviera, el segundo piso la albergaría otra vez. Agradeció la ayuda. Le
preguntaron. Ocultó el nombre del progenitor, como si fuera traición
revelarlo. Había tenido muchas dificultades con él.
Leandra semejaba recordar las palabras de Federico, su marido: “Elena
cree engañar a la italiana tendiendo bombachas manchadas con lápiz
labial”. Como más cercano a ella, estaba enterado de su desamparo.
Se
alarmaba con la idea de ser despedida de nuevo. Aún tenía peso el
prejuicio de contratar una empleada adolescente. En los vecindarios
antiguos corrían chismes acerca de escándalos en la familia. En el
barrio de doña Isa también cabía tal práctica. Habitaba sólo con Elena.
Su escasa parentela vivía a tres cuadras. Rómulo pasaba a saludarla
todos los sábados en la noche, parecía no tomar en cuenta el detalle.
Quedó hospitalizada en la sala común. Doña Isa y Leandra se comunicaron
con los familiares más cercanos. Se fue aliviando. Ellas le dieron
nociones de los primeros cuidados.
Miró hacia la mampara. En el vano se apoyaba Jerónima, la mujer de
Samuel, junto a Carola, la primogénita. Doña Isa y Leandra se retiraron.
Era necesario preparar el hogar.
Jerónima y Carola la abrazaron, después fueron hacia la cuna. Su recién
nacido dormía con la boca entreabierta. Manos tibias le repasaron la
calva, otras frías subieron su cobertor hasta la garganta. Elena se
quedó contemplándolas vacilante.
–Conversa con doña Isa.
–No me atrevo, Jerónima.
–Puede ayudarte, Elena.
Tembló, como si un pensamiento se le retorciera : “Si ella supiese…”.
Por el pasillo se sintió un taconeo. Se asomó la muchacha de tieso
delantal, esparciendo su hedor a fécula. Se desviaron las miradas hacia
ella. Dio explicaciones entre sonrisas forzadas, como cumpliendo con el
reglamento del hospital. Tomando al bebé en brazos, salió cubriéndolo
con el chal. Correspondía el examen de rutina. Se presentaron otras de
guardapolvo. Se produjo una explosión de vagidos. Todas fingieron
conmoverse. Tras mecer a los lactantes, abandonaron con ellos el lugar.
En los catres blancos, sus madres se voltearon sonrientes.
*
Sus palabras le golpearon los mofletes. Federico enrojeció. Leandra le
había relatado sólo el nacimiento y la hospitalización. Elena no le
contaba mucho a Federico. Leandra era la causa del distanciamiento.
Elena olvidando su recomendación a doña Isa, la rechazaba por
aventajarlo demasiado en edad.
Aquella antigua patrona había falseado la razón del despido. No se
trataba de un intento de robo.
–Ten cuidado, Federico.
–
Sé comportarme, Elena.
–Avísale a doña Isa.
–No conoce a doña Rosario.
Descendió. Sus pisadas resonaron en la madera. En el living, la dueña
consultaba números en la libreta, mientras oprimía las teclas del
teléfono, como quien toca su instrumento musical.
Elena sintonizó en la radio el programa favorito de doña Isa. Fue como
si hubiera evocado las prolongadas conversaciones en torno a Nápoles.
Cambió la funda de su almohadón. En “La bota de Italia” tocaban
“Funiculí”.
*
Estaba en el barrio alto, su estilo de construcción le confería aspecto
medieval, vitrales en ventanas con finos ornamentos se asemejaban a los
de vetustos palacetes.
Pulsó el timbre. Se escuchó un traqueteo rítmico de tacones. Se abrió la
mirilla del portón. Pupilas verdosas brillaron al sol. Movió la cabeza a
manera de saludo.
–Necesito audiencia con doña Rosario.
-¿De parte de quién?
–Soy pariente de Elena.
Restregó su bata. Se oyeron carcajadas en el antejardín. En el ciruelo
trinaban los gorriones. Tacos retrocedieron. Alguien avanzó con un ramo
de violetas.
-¿Quién es, Juana?
–La buscan, doña Rosario.
Se
acercó. Su vieja doméstica se sobó la espalda, después se alejó por los
pastelones.
Sonó el gozne del madero. Federico arrastró los pies por el sendero de
cemento.
–Por acá, señor.
–Gracias, doña Rosario.
Comenzaron a charlar en el vestíbulo. En el salón deambulaba un joven de
cabellos desgreñados y de bigote abundante. Sus ojos iban del retrato de
un anciano a la felpa del arco separador de ambiente.
Doña Rosario llamó a su marido. Al otro lado de la cortina, arrugó el
ceño el muchacho, como si hubiera vislumbrado algo malo. De una manotada
abrió el cortinaje.
*
Arriba el crío sacudía sus talones, mientras doña Isa le abrochaba el
paletó.
Elena vertió la salsa de tomates sobre los tallarines, desparramó las
callampas y aliños del gusto napolitano. Era el menú del jueves.
Escudriñó el reloj mural. Almorzaban al mediodía, ciñéndose a la
costumbre de la familia de doña Isa. Faltaban pocos minutos.
Se
le cayó la espumadera. Al parecer se concentraba en otro asunto.
Federico le había comunicado una noticia : “No era cuestión de callarme
con dinero. A ti en todo te protege la ley. Me prometió ir contigo al
Registro, quizás hoy …Doña Rosario estuvo de acuerdo, el otro también”.
Explotó en llanto el pequeño. Ya había mamado. Doña Isa le cambió el
pañal. Se fue aquietando. Quedó pensativa. Fue como si el lloriqueo le
hubiera despertado el recuerdo de la infancia de Rómulo.
Elena echó el queso rallado. Doña Isa exigía bastante porción en su
plato. Se encogió como si estuviera con calambre. Su mente trabajaba :
“dientes disparejos mordiendo sus labios y ahogándole los gritos, saliva
deslizándose, cuerpo robusto derribándola en el lecho, lágrimas
corriendo por sus mejillas, respiración agitada sobre su cara, torso
velludo aplastando sus pechos minúsculos, puños cerrándose en sus brazos
delgados, después uñas lastimando la piel clara y delicada de sus
muslos, venas hinchándose, dedotes arrancándole su vestimenta interior,
iris dilatados recorriendo sus facciones trémulas, … membrana sangrando,
fluido invadiéndola, en la entrada alguien fisgoneando y frotándose el
pantalón“. Se distrajo con una polilla. Fue relajando los músculos. Sus
fantasmas la abandonaban.
Subió en puntas los peldaños. Sus mocasines resbalaron en el parquet
relumbroso de la habitación. Se afirmó de una silla. Su niño dormitaba.
Doña Isa leía “El obsceno pájaro de la noche”. Advirtiendo a Elena,
interrumpió la lectura.
–Está listo el almuerzo, doña Isa.
–Recién me acordaba de ti. ¿Preparaste la mesa?
–Con tanto problema, se me había olvidado.
–¿Qué te comentó Federico?
–Cosas.
-¿Cómo reaccionó el esposo de Rosario?
–No me hable de él…
Se
ruborizó. Apretó su nariz con el pañuelo, después arropó al chico. Doña
Isa colocó el volumen en la repisa.
–En todo caso, despreocúpate de las invenciones de las vecinas; Rómulo
convino visitarme con su esposa y mis nietos.
–Le agradezco, doña Isa. ¿Pongo el mantel cuadrillé?
–Como quieras.
Afuera revoloteaban las palomas. Por la vereda norte se aproximaba un
hombre fornido.
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