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–El beso de la mujer araña es la historia de dos hombres que
comparten una misma celda en una cárcel argentina.
–¿Como nosotros?
–Ajá. Valentín, uno de los presos, es guerrillero. El otro es
Molina, un homosexual.
–¿Y qué hacen juntos en una misma celda un guerrillero y un
homosexual, ah? ¿Cositas ricas?
–Fuera bueno, pero no. Estamos en plena dictadura militar. La
represión contra los comunistas era peor que aquí, a los presos los
arrojaban vivos al mar desde aviones. A las embarazadas las hacían parir
para robarles a sus hijos y luego las mataban.
–Eran los tiempos del Plan Cóndor: un acuerdo entre todas las
dictaduras sudamericanas para detener en cualquier país a los comunistas
y desaparecerlos.
–Aquí detuvieron a la montonera María Esther Molfino, ¿te
acuerdas?
–Claro. Se la llevaron a España y allá la mataron.
–La vida de un comunista no valía nada.
–Así es. En Argentina actuaba la temible Triple A: Alianza
Anticomunista Argentina. Una especie de Grupo Colina gaucho. Puig
escribió El beso de la mujer araña en el exilio porque después de
publicar The Buenos Aires affaire fue amenazado y se vio obligado
a salir de su país.
–¿Puig era comunista?
–No sé, pero estaba contra la dictadura. Los milicos les tenían
miedo a los intelectuales.
–Esos cabrones siempre han temido a la gente que piensa.
–Mmm.
–Cuéntame un poco sobre esa novela.
–En casi todas sus páginas Molina se la pasa contándole
películas a Valentín para matar el tiempo. A Molina le han puesto en esa
celda para que le saque información a Valentín.
–Marica y soplón. Qué feo.
–¿Tú qué no harías por tu libertad?
–Cualquier cosa, menos traicionar.
–Todos no piensan como tú. Aunque al final Molina se pasa a la
causa de Valentín y muere en acción.
–¿Y por qué ese cambio de bando?
–Porque Valentín le abrió los ojos y Molina al fin pudo ver
toda esta mierda en que vivimos.
–Interesante. ¿Cómo así llegaste a la obra de Puig?
–Tenía un profesor peruano-japonés que lo había leído y me lo
recomendó. Me acuerdo que cuando fui a comprar El beso de la mujer
araña casi me levanto a una gringuita. O, mejor dicho, ella quiso
levantarme a mí.
–¿Cómo así?
–Un día pasé frente al Virrey y vi en el escaparate El beso
de la mujer araña. Casi me vuelvo loco porque nadie lo tenía en La
Cantuta, ni mi profesor, quién solo había leído La traición de Rita
Hayworth y Boquitas pintadas. Lo había buscado en Grau y en
Quilca sin encontrarlo.
–¿Rompiste lunas y te diste a la fuga con la obra de tu héroe?
–Más bien me rompí el lomo cachueleando un par de semanas para
juntar lo que costaba. Ya con la plata en el bolsillo, fui al Virrey,
pero era muy temprano e hice hora en un parque. Allí se me acercó una
rubia y me hizo el habla.
–¿Cómo así?
–Creo que ella pensó que yo era un puto y me quiso levantar.
–¿Qué te decía?
–Que su marido estaba en Europa, que estaba solita en su casa,
que se aburría y por eso había salido a dar unas vueltas por el parque.
–¿En busca de un hombre que la divirtiera?
–De eso me di cuenta después. En ese momento yo solo pensaba en
comprar la novela y leerlo de una vez.
–¿No le hiciste nada?
–No.
–¿Y se puede saber por qué?
–Porque no se me aventó con todo, lo único que me decía es que
estaba aburrida en su casa, que su marido estaba de viaje.
–Putamadre, tú también eres un huevón, ¿qué mujer se te va a
aventar con el calzón en la mano y te va a pedir que te la cojas?
–Neni.
–Esa era una mujer recorrida. No puedo creer que no hayas hecho
nada teniéndola en tus manos.
–¿Qué querías que haga, que la viole?
–Cualquiera se le insinúa, le habla en doble sentido, le toca
las piernas. ¿Era bonita?
–Sí. No era tan alta, pero tenía un cuerpito perfecto y una
carita de niña. Tenía los cabellos largos, lacios, rubios.
–¿Pintados, o naturales?
–Naturales. Estábamos en San Isidro, no en Vallecito.
–¿Te acuerdas cómo vestía?
–Sí. Tenía una faldita de algodón verde claro y un polito
blanco.
–Como para hacer caer a cualquiera. ¿De piernas cómo era?
–Las tenía blancas, lampiñas, bien formadas. Cierro los ojos y
la veo sentada a mi lado con las piernas cruzadas diciéndome con una
vocecita de niña estoy sola en mi casa, mi marido está de viaje y me
aburro a morir. Era tan blanquita que hasta se le notaban las venitas
verdes de la piel.
–…
–¿Creo que te la estás corriendo con mi gringuita?
–…
–Dijo que se llamaba Gianinna. Tenía un apellido italiano que
ahorita no me acuerdo.
–…
–Te vas a cagar los pulmones de tanto jalarte la tripa.
–¿Tú nunca te la corres?
–A veces.
–¿En nombre de la gringuita?
–Ah.
–Tú eres un loco. Cómo se te ocurre cambiar a una mujer por un
libro que ahora debe estar apolillándose en algún rincón de tu casa.
–Mejor me voy a dormir.
–¿Me puedes contar una película para agarrar sueño?
–No sé ninguna. Hasta mañana. Sueña con la libertad.
–Mejor con la mujer araña.
–Dale un beso de mi parte.
–Ya.
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