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"Cuentos de escritores":

Cuento elegido por El Escriba

 

Erostrato

de María Soliña, Vigo, España.

 

     Suenan gritos abajo. Los niños del colegio vecino. Ya debe de ser tarde. Debería levantarme. ¡Pero hace tanto frío! Se está bien debajo de los cobertores, por la mañana. Y las sandalias están siempre heladas. La verdad es que debiera hacer algo. Comprarme una estufa eléctrica, por ejemplo. De esas automáticas, que se encienden solas  unas horas antes de
levantarse. O hacer instalar el aire acondicionado. Se calentaría el recinto y tampoco tendría  que estarme tragando toda esta polución de la ciudad.  Dicen que se pierde la memoria, al respirar todos estos gases urbanos. Me perjudica vivir en Madrid. En realidad, ¿qué hago yo aquí?

Metro, autobuses, polución, ruido, calles sucias y estrechas, fealdad todo alrededor, espacios cerrados... Odio todo esto. A mí me gusta vivir en pleno campo. Me gusta verme en un espacio abierto: en él me siento relajar. En la ciudad estás tenso todo el tiempo y no lo notas. Sales fuera de ella y parece que todo el  cuerpo se te abre. Los últimos tiempos me amenaza un tic  en el párpado. Me aterroriza la idea de que se me vuelva ingobernable. Antes lo sentía en el lado derecho, ahora en el izquierdo. Y otras veces siento como un cosquilleo  junto al labio. Estoy tomando mucho café. Y los días que no bebo algún licor no tengo fuerzas ni para leer.
¿Cómo voy a  vivir a fuerza de café y de alcohol? Es imposible. Tengo miedo de una úlcera de estómago. Torrente Ballester tiene úlcera. Y un amigo mío, de sólo 19 años, también. No se  puede hacer una vida sana, aunque se quiera. No nos estimula. Aquel señor sirio, al que visité el otro día, tenía un terrible tic en el párpado. Debe de ser horrible el tener que emigrar. Tratar de abrirse camino en una capital extraña. Idioma extraño, costumbres extrañas, ambiente extraño. ¡Qué solos deben de sentirse los extranjeros! Deben de sentirlo todo hostil. Y no creo que ningún extranjero llegue nunca a triunfar en tierra extraña. Emigrar es condenarse por
adelantado a la  mediocridad. Casi seguro. Saber de antemano que nunca serás nadie. Eso de que se puede vivir a gusto en cualquier lugar en que se viva bien, es un cuento. ¡Brrr, qué frío! No sé qué pasa, que por las mañanas parecen haberse encogido las sábanas y se me hielan los  hombros. Y no hay manera de estar cómodo. Ni estirado, ni  encogido, ni de espaldas, ni
sobre el vientre, ni de ningún lado: no hay manera de sentirse bien.

Prometí levantarme temprano y no lo hago. Por las mañanas no tengo ganas de nada. Yo dejo pasar mucho tiempo sin hacer nada. Y el tiempo es verdaderamente oro. Es verdad, no es sólo  un dicho. Es lo único que tiene un hombre. Si no aprovecha su tiempo, nunca conseguirá nada. No importa ser pobre, si se trabaja constantemente. Bueno, relativamente pobre, y con una
carrera, por supuesto. Los pobres, aunque trabajen  toda la vida, nunca saldrán de pobres. Yo me refería a la cantidad de trabajo que se puede hacer en un año, si se  trabaja todos los días, ocho horas cada día. Poco a poco se acumula lo hecho, y al final se encuentra uno con un  gran volumen de obra. ¡La de páginas que podría hacer un  escritor en un año si escribiera 10 páginas todos los  días! 3600. Casi un diccionario. Un libro gordo. El  equivalente de 18 novelas cortas. Suponiendo que publicase todas, con un año de trabajo ya le daba para vivir toda la  vida. Igual que Agatha Christie. Que hacía novelas como quien hace rosquillas. O Alfonso Paso. O Álvaro de la  Iglesia. Y Woodehouse. Se dice que éste escribía dos horas  todas las mañanas. Y casi llega a ocupar él solo toda una biblioteca. Y Hawthorne. Así se forman esas tremendas  Obras Completas.

Siempre me ha llamado la atención lo  mucho que escribieron los autores famosos. No se los puede leer completos. En toda una vida no habría lugar para leer más de una docena. Casi. Además aburren. Si los lees sistemáticamente. Si lees sus obras por el orden  cronológico. Una vez intenté leer las 10 ó 12 obras que  escribió Dostoievsky antes de Crimen y Castigo: casi no  pude. Lo que me admira es que los grandes escritores no se  sienten grandes mientras viven. Se dice que Núñez de Arce era un viejecito menudo y seco. Y del mismo Dostoyevsky, que era muy tímido. Los grandes escritores están llenos de inseguridad y desconfianza en sí mismos.
Escriben porque tienen que ganarse la vida. Y luego resulta que aún se habla de ellos cuatrocientos años más tarde. ¿Qué sentirá uno, si piensa que aún lo leerán y hablarán de él al cabo de cuatro siglos? No creo que nadie lo piense. O en todo caso no son capaces de imaginárselo. Es un tormento, no poder disfrutar del propio genio o hermosura, como disfrutan
quienes nos oyen o contemplan. Es porque el genio y la hermosura son dones.

Nos los otorga el espectador. Si no hubiera espectadores, ¡adiós a las grandes cualidades! Puf, qué tarde debe de ser. Entra ya mucha luz por la rendija. Hoy tengo que ir al Banco. A ver  si consigo ese empleo de traductor. No puedo seguir así. Sin trabajo y sin saber qué hacer de mi
vida. Yo no tengo vocación. Tanto me da trabajar en una cosa como en otra.

Quisiera ser como esos que empiezan a trabajar en algo a  los 10 años y se mueren a los 90, después de haber hecho siempre lo mismo. Un trabajo bueno, claro. No creo que  tenga mérito el trabajar 80 años de barrendero. O de portero de un inmueble. Pienso en un pintor. O en un  escultor. Miguel Angel hizo el David a los 25 años. Y  Picasso ya pintaba a los 19. Eso de la
vocación es un cuento. Uno trabaja en algo por casualidad. Porque su  padre trabaja en lo mismo, o porque es el trabajo que hay  disponible, o porque...

Bueno, ¿qué más da? No todos pueden ser famosos. La mayor parte, la inmensa mayor parte de la gente muere anónima. De tantos millones de hombres que han  vivido, ¿de cuántos se sabe algo? Y aun de esos pocos, la  mayoría son reyes y emperadores. Basta el nacer rey para pasar a la Historia. Aunque se sea un inútil. O un Carlos II. En cambio, los sabios tienen que sudarlo.

Sudar la  inmortalidad. Si no les queman los libros. O les destrozan  las estatuas. Como a Galileo. Bueno, tengo que levantarme.  Hoy debería escribir aquel cuento del concurso. Tengo que  empezar a vivir en serio. Y tratar de hacer esa crítica de  los Tres Tristes Tigres que me han pedido. Bueno, venga, a  levantarse, ¡ánimo! ¡Brr, qué frío hace!

 

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