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Suenan gritos abajo. Los niños del colegio vecino. Ya debe de ser
tarde. Debería levantarme. ¡Pero hace tanto frío! Se está bien
debajo de los cobertores, por la mañana. Y las sandalias están siempre
heladas. La verdad es que debiera hacer algo. Comprarme una estufa eléctrica, por
ejemplo. De esas automáticas, que se encienden solas unas horas
antes de
levantarse. O hacer instalar el aire acondicionado. Se calentaría el
recinto y tampoco tendría que estarme tragando toda esta polución
de la ciudad. Dicen que se pierde la memoria, al respirar todos
estos gases urbanos. Me perjudica vivir en Madrid. En realidad,
¿qué hago yo aquí?
Metro,
autobuses, polución, ruido, calles sucias y estrechas, fealdad todo
alrededor, espacios cerrados... Odio todo esto. A mí me gusta vivir
en pleno campo. Me gusta verme en un espacio abierto: en él me
siento relajar. En la ciudad estás tenso todo el tiempo y no lo
notas. Sales fuera de ella y parece que todo el cuerpo se te abre.
Los últimos tiempos me amenaza un tic en el párpado. Me aterroriza
la idea de que se me vuelva ingobernable. Antes lo sentía en el lado
derecho, ahora en el izquierdo. Y otras veces siento como un
cosquilleo junto al labio. Estoy tomando mucho café. Y los días
que no bebo algún licor no tengo fuerzas ni para leer.
¿Cómo voy a vivir a fuerza de café y de alcohol? Es imposible.
Tengo miedo de una úlcera de estómago. Torrente Ballester tiene úlcera.
Y un amigo mío, de sólo 19 años, también. No se puede hacer una
vida sana, aunque se quiera. No nos estimula. Aquel señor sirio, al
que visité el otro día, tenía un terrible tic en el párpado. Debe de
ser horrible el tener que emigrar. Tratar de abrirse camino en una capital
extraña. Idioma extraño, costumbres extrañas, ambiente extraño.
¡Qué solos deben de sentirse los extranjeros! Deben de sentirlo todo
hostil. Y no creo que ningún extranjero llegue nunca a triunfar en
tierra extraña. Emigrar es condenarse por
adelantado a la mediocridad. Casi seguro. Saber de antemano que
nunca serás nadie. Eso de que se puede vivir a gusto en cualquier
lugar en que se viva bien, es un cuento. ¡Brrr, qué frío! No sé
qué pasa, que por las mañanas parecen haberse encogido las sábanas
y se me hielan los hombros. Y no hay manera de estar cómodo. Ni
estirado, ni encogido, ni de espaldas, ni
sobre el vientre, ni de ningún lado: no hay manera de sentirse bien.
Prometí levantarme
temprano y no lo hago. Por las mañanas no tengo ganas de nada. Yo
dejo pasar mucho tiempo sin hacer nada. Y el tiempo es verdaderamente
oro. Es verdad, no es sólo un dicho. Es lo único que tiene un
hombre. Si no aprovecha su tiempo, nunca conseguirá nada. No importa
ser pobre, si se trabaja constantemente. Bueno, relativamente pobre,
y con una
carrera, por supuesto. Los pobres, aunque trabajen toda la vida,
nunca saldrán de pobres. Yo me refería a la cantidad de trabajo que
se puede hacer en un año, si se trabaja todos los días, ocho horas
cada día. Poco a poco se acumula lo hecho, y al final se encuentra
uno con un gran volumen de obra. ¡La de páginas que podría hacer
un escritor en un año si escribiera 10 páginas todos los días!
3600. Casi un diccionario. Un libro gordo. El equivalente de 18
novelas cortas. Suponiendo que publicase todas, con un año de trabajo ya
le daba para vivir toda la vida. Igual que Agatha Christie. Que hacía
novelas como quien hace rosquillas. O Alfonso Paso. O Álvaro de la
Iglesia. Y Woodehouse. Se dice que éste escribía dos horas todas
las mañanas. Y casi llega a ocupar él solo toda una biblioteca. Y
Hawthorne. Así se forman esas tremendas Obras Completas.
Siempre
me ha llamado la atención lo mucho que escribieron los autores
famosos. No se los puede leer completos. En toda una vida no habría lugar
para leer más de una docena. Casi. Además aburren. Si los lees
sistemáticamente. Si lees sus obras por el orden cronológico. Una
vez intenté leer las 10 ó 12 obras que escribió Dostoievsky antes
de Crimen y Castigo: casi no pude. Lo que me admira es que
los grandes escritores no se sienten grandes mientras viven. Se dice
que Núñez de Arce era un viejecito menudo y seco. Y del mismo
Dostoyevsky, que era muy tímido. Los grandes escritores están
llenos de inseguridad y desconfianza en sí mismos.
Escriben porque tienen que ganarse la vida. Y luego resulta que aún
se habla de ellos cuatrocientos años más tarde. ¿Qué sentirá uno,
si piensa que aún lo leerán y hablarán de él al cabo de cuatro
siglos? No creo que nadie lo piense. O en todo caso no son capaces de
imaginárselo. Es un tormento, no poder disfrutar del propio genio o
hermosura, como disfrutan
quienes nos oyen o contemplan. Es porque el genio y la hermosura son
dones.
Nos
los otorga el espectador. Si no hubiera espectadores, ¡adiós a las
grandes cualidades! Puf, qué tarde debe de ser. Entra ya mucha luz
por la rendija. Hoy tengo que ir al Banco. A ver si consigo ese
empleo de traductor. No puedo seguir así. Sin trabajo y sin saber qué
hacer de mi
vida. Yo no tengo vocación. Tanto me da trabajar en una cosa como en
otra.
Quisiera
ser como esos que empiezan a trabajar en algo a los 10 años y se
mueren a los 90, después de haber hecho siempre lo mismo. Un trabajo
bueno, claro. No creo que tenga mérito el trabajar 80 años de
barrendero. O de portero de un inmueble. Pienso en un pintor. O en un
escultor. Miguel Angel hizo el David a los 25 años. Y Picasso ya
pintaba a los 19. Eso de la
vocación es un cuento. Uno trabaja en algo por casualidad. Porque su
padre trabaja en lo mismo, o porque es el trabajo que hay
disponible, o porque...
Bueno,
¿qué más da? No todos pueden ser famosos. La mayor parte, la
inmensa mayor parte de la gente muere anónima. De tantos millones de
hombres que han vivido, ¿de cuántos se sabe algo? Y aun de esos
pocos, la mayoría son reyes y emperadores. Basta el nacer rey para pasar
a la Historia. Aunque se sea un inútil. O un Carlos II. En cambio, los
sabios tienen que sudarlo.
Sudar
la inmortalidad. Si no les queman los libros. O les destrozan
las estatuas. Como a Galileo. Bueno, tengo que levantarme. Hoy debería
escribir aquel cuento del concurso. Tengo que empezar a vivir en
serio. Y tratar de hacer esa crítica de los Tres Tristes Tigres que
me han pedido. Bueno, venga, a levantarse, ¡ánimo! ¡Brr, qué frío
hace!
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del concurso "Cuentos de escritores"
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