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¿Quién puede adivinar qué extraño giro de la fortuna dará
origen a una obra maestra de la literatura?
A veces un sueño, a veces una desventura, a veces la más
corriente de las imágenes cotidianas inicia la avalancha de una obra
maestra que otros autores envidiaran por siempre.
Carlos Guevara era muy desgraciado, y esto no se debía enteramente
a su matrimonio, a su alto puesto en el gobierno o a su inagotable
fortuna. Carlos Guevara había soñado, desde muy niño, con convertirse
en un magnífico escritor, el que la gente habría de citar sin empacho
como igual de Cervantes. Mucha gente le había dicho, en el transcurso de
su vida, que tenía un nombre impresionante, como para ponerlo en letras
doradas en la portada de lujo de sus obras.
El problema es que a Carlos le faltaba inspiración, o hasta el
momento la había buscado en los lugares equivocados.
Solo en sus sueños veía las filas de su biblioteca llenas con volúmenes
de cuentos, novelas, poemas, ensayos y obras teatrales con las que habría
de sorprender al mundo. Él se sabía capaz, y presentía esa colección
de obras maestras escondidas en su cabeza, tras una puerta para la que aún
ahora, a sus sesenta años de edad, le faltaba la llave.
Las
muertes de sus padres, sus hermanos, y su hijo le habían dado lo más
cercano a un irresistible deseo de descargar en palabras los terribles
dolores en su pecho. Pero
bebiendo se le había quitado, y es un hecho que beber y no escribir, es
lo mejor se puede hacer cuando se está de duelo.
Tampoco había sido capaz de iluminarse con los sucesos felices:
haber ganado las elecciones, haber ganado el pleito contra la
reserva indígena, haber logrado una separación material de su esposa sin
escándalo alguno. Podía
sentarse cinco horas frente al romántico lago de la montaña que había
convertido en su finca, mirando los fosforescentes patos salvajes, sin que
a su mente viniera otra cosa que la imagen de un par de estos mismos
patos, doraditos y jugosos, frente a él para la cena.
Tenía un invernadero con orquídeas indescriptibles; tenía, de
toda Latinoamérica, lo más parecido a una rosa negra, el sueño eterno
de la humanidad innocua y de buen gusto.
Tenía caballos, vacas, gatos, perros.
Pero la inspiración no había modo de sacarla de ninguna de estas
cosas. Carlos Guevara se
convenció de que él no estaba hecho para encontrar temas en lo
cotidiano; pidió un permiso con derecho a sueldo por dos años, y se fue
a conocer el mundo con su novia Marta.
Más el resultado de este viaje no fue menos trágico:
Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia, todos los lugares eran
demasiado nuevos para él, habían demasiadas cosas que ver, comprar y
visitar como para pensar en escribir.
Una vez vio una niña de espectaculares ojos negros, y quiso
hacerla la heroína de una épica del valor humano, de resistencia ante la
adversidad y el destino, en la que se mencionara el nombre de su país,
que todo el mundo parecía ignorar. Pero
luego descubrió que la niña tenía los dientes picados, y un aliento
como para asustar a un burro. La inspiración se desarmó frente a él,
tan caprichosamente como se había armado.
Pero fue ese mismo día, observando el azul Mediterráneo cerca de
Gibraltar, cuando por primera vez el corazón le dio “un vuelco”.
Un médico le dijo que podía haber sido un aviso de infarto, pero
él sabía, sentía en sus entrañas, que aquello había sido una señal,
una esperanzadora muestra de que había hecho bien en viajar, pues ya
estaba cerca de encontrar su avasalladora musa.
Y el momento vital en la historia de la literatura, del que hablé
al principio, vino a encontrar a Carlos Guevara unos cuantos meses después,
en la India. Era una tarde
calurosa y Marta había querido venir a ver a los fieles bañarse en las
sagradas aguas del Ganges. El
sol ya casi se ponía; el aroma combinado del río y los fieles no era
bueno. Carlos observaba
indolentemente a la multitud cuando su corazón volvió a avisarle, esta
vez con mucho dolor en su costado y sudor frío en su rostro.
Cayó al piso de rodillas, apretándose el pecho con la mano
izquierda, y tendiendo la crispada derecha a Marta.
Y a través de la niebla de sus ojos, la vio retroceder y casi
sonreír aliviada. ¡Hacía
dos meses, en Italia, con el ímpetu propio de quien inicia una nueva vida
de escritor al lado de su amada, había cambiado el testamento a su favor!
Carlos Guevara comprendió que eran instantes de vida los que le
quedaban, y se dolió de cuánto perdería el mundo con su infausta
muerte; recogió una piedra lisa de la orilla del río y con ella se golpeó
el pecho, lamentándose así como los antiguos porque no era la musa, sino
la muerte lo que había venido a buscar tan lejos.
Un hombre que lo había observado todo desde la multitud se acercó
a socorrerlo, pero ya era demasiado tarde.
Simplemente ayudó a subirlo a una carreta para transportarlo a
donde Marta solicitara; luego, secándose el sudor de la cara, el hombre
fue a sentarse a una escalera de piedra que bajaba al río.
Sacando papel y lápiz, escribió una bella narración sobre el
hombre con el cinturón de plomo y su búsqueda de la piedra de toque.
Por esta, y tantas otras maravillosas historias, Rabindranath
Tagore recibió el premio Nobel en 1913.
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del concurso "Cuentos de escritores"
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