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Amanece
La Habana. Y las calles van llenándose de gente, gente esperando guagua
en la parada, en los semáforos esperando un carro que los lleve, gente
esperando para comprar las tres noticias del día, esperando que abran el
mercado.
El
cielo despejado, el sol fuerte, la humedad alta, sudamos desde las 8 y
media de la mañana.
Amanece la Habana. Amanezco. Estoy en el espejo con mi peor cara y mi peor
humor, que se suaviza cuando miro los cachetes redondos que duermen al
lado mío, las manitos todavía pequeñas de los siete años, la boca
dulce, inocente de mi niño.
Llego
a los 36 años con un hijo de siete, el rostro cansado, mi matrimonio
destrozado. No fracasado, sino destrozado entre dos, hecho añicos, o
entre tres o entre cuatro. ¿Cuánta gente tiene que ver con un matrimonio
destruido? Mi abuela y mi abuelo paternos, que no se toleraban en los últimos
días de su vida. Papi y mami que se quisieron y se amargaron
alternadamente durante 25 años. Mi suegra que no tiene más refugio que
sus hijos. Mis miedos, mi inseguridad, mis deseos de complacer, mi
romanticismo, digamos no al sexo sin amor, mi debilidad por las cosas
sobretodo lindas. Y luego su indolencia, su desmayo, su
frialdad.
Pero
hoy es mi cumpleaños, cumplo tantos como los últimos de Marilyn, y
decido sentirme un poco como ella en sus mejores momentos, así que me
pongo una blusa blanca ajustada y escotada, sobre mi jean de siempre, me
tomo mi pastillita azul de la mañana para asegurar que todo va a estar
bien, y me gano un piropo a dos cuadras de la casa: ¡Mami, te ves
excelente! ¿Tú no firmas autógrafos? Entonces regalo mi primera sonrisa
no maternal del día.
Las
pastillitas son suaves, llevo algunas semanas tomándolas, una por la mañana,
otra por la tarde, un día detrás del otro. Uno flota por la vida, corre
el riesgo de ser atropellada mientras flota, y también de ser despedida
del trabajo, mi hijo suspendido en la escuela, la comida quemada, el agua
desbordándose del cubo, mientras yo floto en mi nirvana, mi nube azul.
Pero
una sola pastillita matutina no va a hacer que me olvide hoy de mis
miedos habituales y llegue a la oficina como se supone, hoy con mis 36, y
con la boda de mi ex aún sobre mi cabeza, y el recuerdo de mi encuentro
con Lídice, rubia, alta, con tipo de modelo, con el pelo perfecto, la voz
grave, tan natural, tan tranquila, y yo con mi viejo pantalón recortado,
mi
eterna camiseta negra, el pelo levantado en el desorden de siempre, mi voz
que es siempre demasiado alta, y demasiado rápida.
Lídice
con sus 26 años, su tatuaje. Ella que escribe poesías medio eróticas, y
hace que él las lea gustoso. Yo, que nunca me atreví a enseñarle media
letra, que nunca le dije que para mí esto era algo serio. Ella que se
define escritora, que decididamente lo hace hacer las cosas diferentes.
Tomo
la segunda pastillita un poco antes de lo indicado, son apenas las diez.
¿Pero cómo podría llegar a la oficina sin ella? Con qué cara, hoy, que
son mis 36 y 6 días después tan solo de la boda. Busco esa nube terca
que se escapa para llegar en ella, flotante y desconectada, y que nadie
sepa como rayos me siento.
Porque
es uno de esos días en que uno puede llorar hasta con el carnicero, si
tan solo se le ocurriera preguntarte como estás.
Viene
la nube, es una nube pequeña que se mueve a tropezones. Sube y baja, sube
y baja, y cada carro blanco que me pasa por el lado, hace que mi nube se
desinfle un poco.
Andábamos
en bicicleta en los primeros tiempos, llevábamos una botellita con ron y
refresco, ron del malo, era el que podíamos comprar, y hacíamos escala
en el Parque Almendares, o en la costa si era día entre semana y no había
mucha gente, para hacer un rapidito al sol y al aire libre.
Comprábamos
ron a 120 pesos, cigarros a 50, cambiamos dólares a 1 por 100 pesos. Eran
los tiempos duros. Comimos col enchilada, col adobada, col rebozada, todos
los platos posibles con col. Estuvimos flacos y cansados.
Así
fueron las cosas, ahora es el carro blanco con aire acondicionado.
Y
no es que me interese, es que las preguntas no acaban de irse, ni
aun con la tercera de las azules.
¿Por
qué esperamos siete años para esto?
Hoy
no están bien estas pastillas, pienso y tomo otra creyendo que es la
cuarta, ¿o es la quinta? Entonces finalmente la nube crece y flota, y
todo parece más pequeño y menos importante.
Para
cuando llego a la oficina traigo una sonrisa de Mona Lisa que nunca me ha
favorecido mucho, pero al menos puedo decir que estoy bien, como si no
fuera completamente falso. Recibo felicitaciones, junto a lo que hay que
mecanografiar, los mensajes para enviar,
llamadas telefónicas urgentes que hacer, avisos que recordar, todo llega
a mi isla flotante, y me siento al teclado donde las letras bailan un
ritmo eslavo, o griego, algo muy movido.
Escucho a
Brian hablarme desde 3000 kilómetros de distancia, lo veo mover los
labios y sonrío y digo OK, ¿qué otra palabra en ingles iba a poder
articular a esta hora? Digo un OK azul como las pastillitas, que flota
junto con mi sonrisa, que se agranda y se agranda, hasta que no soy mas
que una gran sonrisa azul inexpresiva y quieta.
Quizás
demasiado inexpresiva, quizás demasiado quieta.
No
sé cuál es la sobredosis de las pastillas, no había pensado en eso, no
pude pensar en nada después de cruzarme con Lídice en la mañana, con su
ombligo adornado y toda su perfección. Y tampoco recuerdo cuáles son los
primeros auxilios en ese caso. Sólo sé que mi sonrisa azul se mezcla con
unas nauseas más bien verdosas de las que no puedo escaparme, y sólo
espero que empiece a notarse que algo anda mal antes de que Brian y Raúl
salgan de la oficina para su reunión, dejándome convertida en esta
enorme sonrisa que me absorbe.
Y
ahora tengo que agradecerle a Raúl su manía de dar ordenes que se
cumplan al momento, mi sonrisa inalterable no parece complacerlo, me habla
más y más alto, hasta que ve que yo no estoy aquí sino en una nube azul
que se aleja.
Desperté
en el hospital dos días después. Raúl les dice a todos que fue una
intoxicación.
Yo
pienso en las pastillitas azules, y la sola idea del color me revuelve el
estomago otra vez.
A
partir de ahora las compraré rosadas.
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