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Estaba sentado en un banco de la estación de ómnibus y hablaba y
hablaba: “¿Quién nos pedirá perdón? ¿Por qué este intenso deseo de
pellizcar los pezones de mi mujer y lamer los pectorales bien formados de
I.? Mañana voy a enterrar a mi hermano. Pienso en A., que me habla de un
modo para adaptarse a la oscuridad. Oculto el whisky en el ropero y
critico a mis amigos que ocultan el whisky en el ropero. Uno no quisiera
amarse a sí mismo, perjudica nuestra utilidad. Uno no quisiera perseguir
el pasado, es malo para el cuerpo. Uno no quisiera ser uno de esos viejos
que sacan la pija y la menean como si estuvieran a punto de escribir con
la acabada uno de esos prolijos tratados de posguerra que ceden los pasos
montañosos al enemigo. Me parece que esforzarse por ser un escritor serio
es peligroso”. C., como así le gustaba llamarse, era un rostro prolijo,
un cabello apacible; sobre todo, la absoluta profundidad de sus ojos (ojos
de adolescente eterno que mira desde una ventana la felicidad ajena).
Sentado allí, en un banco de la estación de ómnibus, era la herida por
escribir, el alcohol por tomar, la carta por recibir. Era la impávida
mirada que se confundía al rechazar (al ser rechazado) otras miradas.
No esperaba este encuentro pero él, inmerso, mareado por el deseo
y el alcohol, me previno de lo cuidadoso que debemos ser al desear algo. Y
yo deseaba ese encuentro. Era de noche y la luz artificial teñía el
paisaje de un gris espectral. Había una interminable lluvia de cenizas.
“Caminemos”, osé decirle. El accidente de vivir había oscurecido su
voz. “Compartamos este whisky, permanezcamos sentados y veamos corretear
a mi perra vieja”, dijo sacando del bolsillo derecho de su gamulán una
petaca plateada.
Trataba de comprender sus palabras; mi inglés era lerdo y su
pronunciación, la de él, estaba teñida de ronquidos parecidos a quejas
de dolor. “Caminé cientos de cuadras”, dijo, “el cielo nublado no
me impidió ver la inquietantemente arqueada espalada de un joven
vomitando a los pies de un árbol, el resplandor de los ojos de una niña
frente a la opaca mirada de su padre (¿sería su padre?), el reflejo de
mi rostro en un enorme charco de sangre de quién sabe qué desafortunado.
Vi a Mary, mi mujer, diciendo que nuestra casa es una cueva de tiburones.
Dos palomas envejecidas por la noche murmuraban amar4 y ser amado. Escuché
la voz despectiva de mi hijo y no me afectó en absoluto. Mi madre apareció
de repente confiándole sus amarguitas a la perra vieja”.
“¿Puedo escribir?”, le pregunté. C. no respondió. Su mirada
se perdió para confundirse en el andar orgulloso de un joven. Al rato, me
pidió un Percudan. Garabateaba algo en un papel cuando me dijo: “No
esperes mucho de este encuentro. No esperes una respuesta cálida. La vida
es un problema, afróntala dándole expresión, conviértela en relato”.
Después me confió que alguien lo esperaba en el sórdido baño de la
estación. Terminó su bebida y me entregó el papel. Lento, casi cansado,
se dirigió al baño diciendo “el absoluto caos de la existencia”. Su
perra vieja, lejos, estaba hipnotizada por las tremendas várices de una
mujer obesa.
El papel, arrugado y escrito en inglés, con la caligrafía
alterada por el alcohol y el tiempo, decía: “No
disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas cercanas a
nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el
sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo
en sueños-, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de
la angustia, al renovación de nuestras fuerzas cuando aquellos pasan;
escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en
correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir
sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor
y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo”.
John Cheever, “Diarios”, 1965
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del concurso "Cuentos de escritores"
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