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"Cuentos de escritores":

Cuento elegido por El Escriba

 

Encuentro con C.

de Leonel Giacometto, Rosario, Santa Fe, Argentina.

    Estaba sentado en un banco de la estación de ómnibus y hablaba y hablaba: “¿Quién nos pedirá perdón? ¿Por qué este intenso deseo de pellizcar los pezones de mi mujer y lamer los pectorales bien formados de I.? Mañana voy a enterrar a mi hermano. Pienso en A., que me habla de un modo para adaptarse a la oscuridad. Oculto el whisky en el ropero y critico a mis amigos que ocultan el whisky en el ropero. Uno no quisiera amarse a sí mismo, perjudica nuestra utilidad. Uno no quisiera perseguir el pasado, es malo para el cuerpo. Uno no quisiera ser uno de esos viejos que sacan la pija y la menean como si estuvieran a punto de escribir con la acabada uno de esos prolijos tratados de posguerra que ceden los pasos montañosos al enemigo. Me parece que esforzarse por ser un escritor serio es peligroso”. C., como así le gustaba llamarse, era un rostro prolijo, un cabello apacible; sobre todo, la absoluta profundidad de sus ojos (ojos de adolescente eterno que mira desde una ventana la felicidad ajena). Sentado allí, en un banco de la estación de ómnibus, era la herida por escribir, el alcohol por tomar, la carta por recibir. Era la impávida mirada que se confundía al rechazar (al ser rechazado) otras miradas.

    No esperaba este encuentro pero él, inmerso, mareado por el deseo y el alcohol, me previno de lo cuidadoso que debemos ser al desear algo. Y yo deseaba ese encuentro. Era de noche y la luz artificial teñía el paisaje de un gris espectral. Había una interminable lluvia de cenizas. “Caminemos”, osé decirle. El accidente de vivir había oscurecido su voz. “Compartamos este whisky, permanezcamos sentados y veamos corretear a mi perra vieja”, dijo sacando del bolsillo derecho de su gamulán una petaca plateada.

    Trataba de comprender sus palabras; mi inglés era lerdo y su pronunciación, la de él, estaba teñida de ronquidos parecidos a quejas de dolor. “Caminé cientos de cuadras”, dijo, “el cielo nublado no me impidió ver la inquietantemente arqueada espalada de un joven vomitando a los pies de un árbol, el resplandor de los ojos de una niña frente a la opaca mirada de su padre (¿sería su padre?), el reflejo de mi rostro en un enorme charco de sangre de quién sabe qué desafortunado. Vi a Mary, mi mujer, diciendo que nuestra casa es una cueva de tiburones. Dos palomas envejecidas por la noche murmuraban amar4 y ser amado. Escuché la voz despectiva de mi hijo y no me afectó en absoluto. Mi madre apareció de repente confiándole sus amarguitas a la perra vieja”.

    “¿Puedo escribir?”, le pregunté. C. no respondió. Su mirada se perdió para confundirse en el andar orgulloso de un joven. Al rato, me pidió un Percudan. Garabateaba algo en un papel cuando me dijo: “No esperes mucho de este encuentro. No esperes una respuesta cálida. La vida es un problema, afróntala dándole expresión, conviértela en relato”. Después me confió que alguien lo esperaba en el sórdido baño de la estación. Terminó su bebida y me entregó el papel. Lento, casi cansado, se dirigió al baño diciendo “el absoluto caos de la existencia”. Su perra vieja, lejos, estaba hipnotizada por las tremendas várices de una mujer obesa.

    El papel, arrugado y escrito en inglés, con la caligrafía alterada por el alcohol y el tiempo, decía: “No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños-, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, al renovación de nuestras fuerzas cuando aquellos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo”. [1]


[1] John Cheever, “Diarios”, 1965

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