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"Cuentos de escritores":

Cuento elegido por El Escriba

 

Domingo

de Valentina Alvarado, Maracaibo, Venezuela.

 

            Un domingo de esos en los que tu cuarto esta friísimo, todo oscuro y parece una cueva, el televisor prendido pasando unas comiquitas y desconectas el cable del teléfono para que nadie, pero nadie te fastidie la divina mañana; yo, acostada en mi cama, con mi pijama de cerecitas, me despierto a eso de las 12 y típico que me quedo hasta muchísimo mas, descansando, pensando, meditando. En esa meditación  y momento de reflexión, me pongo a pensar cuan feliz fuera, si todo en mi vida fuera distinto, y sé que suena como si fuera una niña de 16 años traumada y perturbada, pero no lo soy, quizás un poco y ya sabrán por qué, digo que mi vida seria distinta porque tan simple y sencillo, como que no quiero, no me gusta, no me agrada, no me fifa mi familia, esto puede sonar aun mas aterrador, el hecho de detestar a un vínculo que francamente es del que vengo, pero a veces pienso que vengo de otra familia, que vengo de otro lugar, de otro planeta. Mi papá es el típico machista, desordenado, desorganizado, que le gusta que le acomoden todo donde va, pero él no es ni remotamente capaz de hacerlo, es él el que esta exigiendo a todo el mundo que se quede en casa y que no salgamos, pero él es el primero en salir y en llegar a las tantas de la madrugada, con un aliento impregnado de alcohol y diciendo nombres de no sé cuántas mujeres (conclusión: de sus amantes); en cambio mi mamá, hay que beatificarla, pero hay una palabra que es la que mejor la define: pendeja, sí, eso es lo que es, una pobre pendeja, es la primera que esta ahí detrás de papá, como un perrito faldero, no piensa ni un segundo en ella, sólo piensa en tenerle el pancito calientito en la mañanita, en plancharle la camisita y por supuesto que ésta esté lista a las 6 de la mañana y un millón de quehaceres más, que a ella pareciera que la llenaran en su totalidad como persona. Pero bueno, dejemos de hablar de mi buena madre y pasemos a mi enfermizo e incomprensible hermano, cuánto lo detesto, y no por el hecho de que él me deteste a mí, sino por el simple hecho de que es un malcriado, hijo de papi y mami, que vive para que lo sirvan y para prenderle velitas a sus cantantes de rock favoritos, el pobre, cree que va a llegar lejos en la música sólo por montarle  un altar a Kiss o a Marilyn Manson,  pero  ni  piensa en dedicarse a aprender lo que quiere aprender; entras a su cuarto y es una iglesia, velas por todas partes, el suelo tapiado de cera, afiches góticos y vampirescos forrando a absolutamente TODO el cuarto y por supuesto una foto del chacal, Jack el destripador y todos los asesinos en series  o delincuentes habidos y por haber  en la historia de la criminología. No sé por qué mis papas lo quieren tanto y lo tratan tan bien, a veces pienso  que es porque le tienen cierto miedo de llevarle la contraria, pero ni me preocupo en llevarle o no la contraria, porque no tengo ni el mínimo interés de establecer palabras o conexión con él. Pues sí, ya les di una pequeña biografía de mi familia, pero el punto es que ese domingo, pensando y reflexionando senté cabeza, y me pregunté qué demonios hacía en esa cama acostada, en esa casa con semejantes monstruos;  me paré y salí a la sala, mi hermano encerrado en su cuarto con el heavy metal a full volumen, mi mamá preparándole unas panquecas a mi papá, y papá viendo un juego de fútbol americano, y gritándole a mami para que se apurara con el bendito desayuno. Bendito infierno, pensé yo,  me le acerco a mi papá con temor a que no me fuera a dejar salir, y le digo que iba a comprar unos libros en la esquina, me miró con cara de que qué hacía yo leyendo, y después anexé a lo que dije que le iba a comprar a él los chocolates que tanto le gustaban e inmediatamente me afirmó con su enorme cabeza que fuera y me advirtió que no entraba a la casa si no le llevaba sus dulces.

             La satisfacción y el largo y placentero suspiro que sentí al cruzar la puerta (estilo rococó, escogida por mi padre, obviamente) fue la mejor sensación jamás sentida en mucho tiempo, no sé si fue de alegría o de tranquilidad, pero lo que sí sé es que fue mágica, y aunque todavía a una cuadra oía los gritos de papá, igual tenia mi cuerpo lleno de un gran arco iris, o no se qué, pero lo que tenía abundaba en emoción.  Estaba a varias cuadras ya de mi casa, había pasado la supuesta esquina donde iba a comprar las cosas por las que había salido, pero pasé de  largo y seguí caminando, puedo jurar que vi miles de negocios, carros, casas y personas en la zona donde vivía que  nunca había visto en mi existencia, y mi asombro con la ciudad fue grande, quizás y este fue por el encierro que mi papá me tenía desde que tengo uso de razón. Seguí caminando, y sin saber ya donde estaba comencé a preocuparme y mi cara se comenzó a tornar pálida y mis labios temblorosos, no tenía la menor idea de donde me encontraba pero seguí caminando, dejándome llevar por el ir, mis propias piernas caminaban solas hacia un lugar desconocido, mis ojos veían todos los detalles, todo lo sencillo, lo complejo, desde los colores de las casas, un perro en un carro verde, un niño manejando una bicicleta, una hoja cayendo de un árbol,  el humo, la contaminación, el hombre ordinario tocando corneta groseramente a la pobre vieja que pasa en la luz verde por el medio de la calle,  todo aquello que es cotidiano, pero también anárquico, de lo que siempre había estado muy privada; por mis ansias de seguir descubriendo, viendo, explorando. Un poco perturbada por toda la información que llegó a mi cabeza y a mi cerebro en tan poco tiempo, dejé de pensar en la hora, en el desastre y en el llegar a mi casa y caminé, caminé muchas cuadras, muchos kilómetros, corrí, grite, bailé y canté entre estrechas y humildes calles rodeadas de sencillas y pobre casas con escasas fachadas, unas al lado de las otras y junto a ellas centenares de personas, se veían todas familias, los mayores jugando dominó, cartas, las ancianas tejiendo, los ancianos conversando que sí, de cuando estudiaban en el liceo, y niños correteando y jugueteando en  aquel fantástico lugar. Ya la luna bajaba, el sol se escondía y en cuestión de minutos miré el reloj y la aguja apuntaba a las 9 PM, el pánico se presenció en mi cara y me sentí totalmente perdida en esa pequeña aldea, me acerqué a una de las pintorescas casas, de una familia conformada por siete personas, dos señores mayores, de edades comprendidas entre 69 – 72, deduje yo; tres niñitos con unas caras de picaros y malvados, un chico de unos 19 años  y su hermana de 14; estaban todos en el frente de su casa, se veía una familia magnifica y por esa percepción que vi de ellos me acerqué y les pregunté si me podían prestar el teléfono, me dijeron que la luz en ese lugar se iba a esa hora y venía como a esa de las 11 PM, opté por esperar en la casa e intentar comunicarme con mis padres a las 11 para que vinieran a rescatarme, y la señora de la casa, muy amable, me ofreció comida y respaldo, incluso me dijo que me quedara por esa noche y que llamara en la mañana bien temprano, sé que fue una alocada y absurda decisión el aceptar pero no tenía otra opción. Al día siguiente, me despierto y la señora me tiene un delicioso desayuno puesto en la mesa, todos esperándome sentados para comer juntos, en familia, me impresionó lo unida que era esa familia, lo hogareña, lo cálida. Luego del bidón, la señora me recuerda hacer la llamada y le dije que más tarde llamaría, ella insistió pero yo también insistí en que más tarde, quizás no quería oír la perturbadora voz de mi mamá. Así fue por muchos días, es decir, que la llamada a mi mamá para reportarme, la fui posponiendo más y más hasta que con el pasar de los meses lo olvidamos todos por completo. Pasaron los días y no llamaba, los meses, los años, y nunca llamé, todavía no sé si fue olvido, que lo dudo, o quizás fue el no querer llamar, el no querer comunicarme con mi familia, me quedé por siempre en esta estupenda familia la cual me acobijo como si fuera uno más de ellos, y aquí estoy todavía con 36 años, casada con el chico de los 19 años (en aquel entonces, por supuesto), y con una bella hija, y no me arrepiento de haberme escapado y fugado por una tarde dominguera a ver el mundo real, a aventurar, que obviamente no fue sólo aventurar, fue el cambio que mi vida dio, que fue una vuelta y media de miles de grados. Y no me duele el haberme dejado llevar por mi claro instinto ese día que mis piernas corrían solas, ni me duele el haberme separado de mi familia, tampoco me he puesto a pensar si les estoy haciendo falta, o cuánto me extrañan, menos me duele haberme ido de esa forma, sin decir nada, tan sorpresiva y drástica, lo  único que me duele es el hecho que a ellos no les duela el que yo no esté con ellos, y más todavía el hecho que no movieron ni un brazo para tratar de buscarme, ni un poco de esfuerzo, pero a la larga pienso a veces que todo es mejor así.    

 

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