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Un domingo de esos en los que tu cuarto esta friísimo, todo oscuro
y parece una cueva, el televisor prendido pasando unas comiquitas y
desconectas el cable del teléfono para que nadie, pero nadie te fastidie
la divina mañana; yo, acostada en mi cama, con mi pijama de cerecitas, me
despierto a eso de las 12 y típico que me quedo hasta muchísimo mas,
descansando, pensando, meditando. En esa meditación
y momento de reflexión, me pongo a pensar cuan feliz fuera, si
todo en mi vida fuera distinto, y sé que suena como si fuera una niña de
16 años traumada y perturbada, pero no lo soy, quizás un poco y ya sabrán
por qué, digo que mi vida seria distinta porque tan simple y sencillo,
como que no quiero, no me gusta, no me agrada, no me fifa mi familia, esto
puede sonar aun mas aterrador, el hecho de detestar a un vínculo que
francamente es del que vengo, pero a veces pienso que vengo de otra
familia, que vengo de otro lugar, de otro planeta. Mi papá es el típico
machista, desordenado, desorganizado, que le gusta que le acomoden todo
donde va, pero él no es ni remotamente capaz de hacerlo, es él el que
esta exigiendo a todo el mundo que se quede en casa y que no salgamos,
pero él es el primero en salir y en llegar a las tantas de la madrugada,
con un aliento impregnado de alcohol y diciendo nombres de no sé cuántas
mujeres (conclusión: de sus amantes); en cambio mi mamá, hay que
beatificarla, pero hay una palabra que es la que mejor la define: pendeja,
sí, eso es lo que es, una pobre pendeja, es la primera que esta ahí detrás
de papá, como un perrito faldero, no piensa ni un segundo en ella, sólo
piensa en tenerle el pancito calientito en la mañanita, en plancharle la
camisita y por supuesto que ésta esté lista a las 6 de la mañana y un
millón de quehaceres más, que a ella pareciera que la llenaran en su
totalidad como persona. Pero bueno, dejemos de hablar de mi buena madre y
pasemos a mi enfermizo e incomprensible hermano, cuánto lo detesto, y no
por el hecho de que él me deteste a mí, sino por el simple hecho de que
es un malcriado, hijo de papi y mami, que vive para que lo sirvan y para
prenderle velitas a sus cantantes de rock favoritos, el pobre, cree que va
a llegar lejos en la música sólo por montarle
un altar a Kiss o a Marilyn Manson, pero
ni piensa en dedicarse a aprender lo que quiere aprender; entras
a su cuarto y es una iglesia, velas por todas partes, el suelo tapiado de
cera, afiches góticos y vampirescos forrando a absolutamente TODO el
cuarto y por supuesto una foto del chacal, Jack el destripador y todos los
asesinos en series o
delincuentes habidos y por haber en
la historia de la criminología. No sé por qué mis papas lo quieren
tanto y lo tratan tan bien, a veces pienso
que es porque le tienen cierto miedo de llevarle la contraria, pero
ni me preocupo en llevarle o no la contraria, porque no tengo ni el mínimo
interés de establecer palabras o conexión con él. Pues sí, ya les di
una pequeña biografía de mi familia, pero el punto es que ese domingo,
pensando y reflexionando senté cabeza, y me pregunté qué demonios hacía
en esa cama acostada, en esa casa con semejantes monstruos;
me paré y salí a la sala, mi hermano encerrado en su cuarto con
el heavy metal a full volumen, mi mamá preparándole unas panquecas a mi
papá, y papá viendo un juego de fútbol americano, y gritándole a mami
para que se apurara con el bendito desayuno. Bendito infierno, pensé yo,
me le acerco a mi papá con temor a que no me fuera a dejar salir,
y le digo que iba a comprar unos libros en la esquina, me miró con cara
de que qué hacía yo leyendo, y después anexé a lo que dije que le iba
a comprar a él los chocolates que tanto le gustaban e inmediatamente me
afirmó con su enorme cabeza que fuera y me advirtió que no entraba a la
casa si no le llevaba sus dulces.
La
satisfacción y el largo y placentero suspiro que sentí al cruzar la
puerta (estilo rococó, escogida por mi padre, obviamente) fue la mejor
sensación jamás sentida en mucho tiempo, no sé si fue de alegría o de
tranquilidad, pero lo que sí sé es que fue mágica, y aunque todavía a
una cuadra oía los gritos de papá, igual tenia mi cuerpo lleno de un
gran arco iris, o no se qué, pero lo que tenía abundaba en emoción.
Estaba a varias cuadras ya de mi casa, había pasado la supuesta
esquina donde iba a comprar las cosas por las que había salido, pero pasé
de largo y seguí caminando,
puedo jurar que vi miles de negocios, carros, casas y personas en la zona
donde vivía que nunca había
visto en mi existencia, y mi asombro con la ciudad fue grande, quizás y
este fue por el encierro que mi papá me tenía desde que tengo uso de razón.
Seguí caminando, y sin saber ya donde estaba comencé a preocuparme y mi
cara se comenzó a tornar pálida y mis labios temblorosos, no tenía la
menor idea de donde me encontraba pero seguí caminando, dejándome llevar
por el ir, mis propias piernas caminaban solas hacia un lugar desconocido,
mis ojos veían todos los detalles, todo lo sencillo, lo complejo, desde
los colores de las casas, un perro en un carro verde, un niño manejando
una bicicleta, una hoja cayendo de un árbol,
el humo, la contaminación, el hombre ordinario tocando corneta
groseramente a la pobre vieja que pasa en la luz verde por el medio de la
calle, todo aquello que es
cotidiano, pero también anárquico, de lo que siempre había estado muy
privada; por mis ansias de seguir descubriendo, viendo, explorando. Un
poco perturbada por toda la información que llegó a mi cabeza y a mi
cerebro en tan poco tiempo, dejé de pensar en la hora, en el desastre y
en el llegar a mi casa y caminé, caminé muchas cuadras, muchos kilómetros,
corrí, grite, bailé y canté entre estrechas y humildes calles rodeadas
de sencillas y pobre casas con escasas fachadas, unas al lado de las otras
y junto a ellas centenares de personas, se veían todas familias, los
mayores jugando dominó, cartas, las ancianas tejiendo, los ancianos
conversando que sí, de cuando estudiaban en el liceo, y niños
correteando y jugueteando en aquel
fantástico lugar. Ya la luna bajaba, el sol se escondía y en cuestión
de minutos miré el reloj y la aguja apuntaba a las 9 PM, el pánico se
presenció en mi cara y me sentí totalmente perdida en esa pequeña
aldea, me acerqué a una de las pintorescas casas, de una familia
conformada por siete personas, dos señores mayores, de edades
comprendidas entre 69 – 72, deduje yo; tres niñitos con unas caras de
picaros y malvados, un chico de unos 19 años
y su hermana de 14; estaban todos en el frente de su casa, se veía
una familia magnifica y por esa percepción que vi de ellos me acerqué y
les pregunté si me podían prestar el teléfono, me dijeron que la luz en
ese lugar se iba a esa hora y venía como a esa de las 11 PM, opté por
esperar en la casa e intentar comunicarme con mis padres a las 11 para que
vinieran a rescatarme, y la señora de la casa, muy amable, me ofreció
comida y respaldo, incluso me dijo que me quedara por esa noche y que
llamara en la mañana bien temprano, sé que fue una alocada y absurda
decisión el aceptar pero no tenía otra opción. Al día siguiente, me
despierto y la señora me tiene un delicioso desayuno puesto en la mesa,
todos esperándome sentados para comer juntos, en familia, me impresionó
lo unida que era esa familia, lo hogareña, lo cálida. Luego del bidón,
la señora me recuerda hacer la llamada y le dije que más tarde llamaría,
ella insistió pero yo también insistí en que más tarde, quizás no
quería oír la perturbadora voz de mi mamá. Así fue por muchos días,
es decir, que la llamada a mi mamá para reportarme, la fui posponiendo más
y más hasta que con el pasar de los meses lo olvidamos todos por
completo. Pasaron los días y no llamaba, los meses, los años, y nunca
llamé, todavía no sé si fue olvido, que lo dudo, o quizás fue el no
querer llamar, el no querer comunicarme con mi familia, me quedé por
siempre en esta estupenda familia la cual me acobijo como si fuera uno más
de ellos, y aquí estoy todavía con 36 años, casada con el chico de los
19 años (en aquel entonces, por supuesto), y con una bella hija, y no me
arrepiento de haberme escapado y fugado por una tarde dominguera a ver el
mundo real, a aventurar, que obviamente no fue sólo aventurar, fue el
cambio que mi vida dio, que fue una vuelta y media de miles de grados. Y
no me duele el haberme dejado llevar por mi claro instinto ese día que
mis piernas corrían solas, ni me duele el haberme separado de mi familia,
tampoco me he puesto a pensar si les estoy haciendo falta, o cuánto me
extrañan, menos me duele haberme ido de esa forma, sin decir nada, tan
sorpresiva y drástica, lo único
que me duele es el hecho que a ellos no les duela el que yo no esté con
ellos, y más todavía el hecho que no movieron ni un brazo para tratar de
buscarme, ni un poco de esfuerzo, pero a la larga pienso a veces que todo
es mejor así.
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del concurso "Cuentos de escritores"
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