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La literatura de William Faulkner (1897-1962) es
una de las más importantes e influyentes de este siglo. Santuario, El
sonido y la furia y Mientras agonizo son algunas piezas clave en la
monumental maquinaria narrativa que Faulkner supo crear a partir de
Yoknapatawpha, un condado imaginario que resume el sur de los Estados
Unidos y acaso el mundo entero. En 1950, al recibir el Premio Nobel de
Literatura, Faulkner pronunció el siguiente discurso que, como toda su
obra, merece leerse una y otra vez.
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Considero que este
premio, más que conferírseme a mí, como hombre, se otorga en honor a
mi trabajo; a la obra de una vida transcurrida entre la zozobra y la
extenuación del espíritu humano, sin aspiraciones de gloria y mucho
menos pensando en el enriquecimiento económico, pero sí pugnando por
crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que antes
no existía. De ahí que con relación a este premio no sea yo más que
un mero depositario. Y en cuanto a su aspecto monetario, no será
difícil dar con un destino equiparable con el propósito y la
trascendencia de su origen. Sin embargo, me gustaría hacer lo mismo en
relación con el presente homenaje, aprovechando la ocasión como
pináculo desde el cual me podrían escuchar los jóvenes, tanto hombres
como mujeres que en este momento se entregan a las mismas angustias y
luchas, y entre quienes ya figura aquel que algún día habrá de ocupar
el sitio en el que ahora me encuentro.
Actualmente nuestra tragedia es el haber
experimentado por tanto tiempo un miedo físico, universal y
generalizado que apenas nos es dable soportar. Ahora ya no existen
problemas del espíritu y la única pregunta que se plantea es: ¿En
qué momento voy a desaparecer? Es por esto que los jóvenes que ahora
escriben se hayan olvidado de los problemas del alma humana en conflicto
consigo misma, problemas que por sí solos pueden generar la buena
literatura, pues sólo de esto es de lo que vale la pena escribir; lo
que justifica la zozobra y la extenuación.
El escritor debe ponerse en contacto nuevamente con
estos conflictos: darse cuenta por sí mismo de que lo esencial de todas
las cosas es experimentar temor; y una vez que haya asimilado esto,
borrarlo de su mente para siembre, sin dar cabida a nada en su taller,
salvo a las antiguas verdades del corazón, las verdades universales de
otros tiempos, que cuando ausentes hacen de cualquier historia algo
efímero y vano: el amor y el honor; la piedad y el orgullo; la
compasión y el sacrificio. En tanto el autor no proceda de esta manera,
trabajará como bajo un anatema; escribirá no acerca del amor, sino de
la lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de
victorias desesperanzadas, y lo peor de todo, sin misericordia y
compasión. Sus congojas no se abatirán sobre osamentas universales, ni
dejarán cicatrices tras de sí. No será a partir del corazón que él
escriba, sino de las glándulas.
En tanto no aprenda de nuevo esto, escribirá como
si estuviese perdido entre la multitud, observando el fin del género
humano. Y esto es algo que me niego a aceptar: que incluso en el último
sangrante y moribundo de los atardeceres –tras resonar el postrero
tañido del destino sobre la última y fatua roca, ahí posada y ya sin
marea- prevalezca todavía un sonido más: el de su insignificante e
infatigable voz, viva aún. Esto es algo que no puedo admitir. Considero
que el hombre no sólo habrá de resistir, sino también de prevalecer.
Y es inmortal no por ser el único entre los animales que está dotado
de una voz inextinguible, sino por el hecho de poseer un alma, un
espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. Escribir acerca
de estas cosas es el deber del poeta, del escritor. Y es su privilegio
ayudar al hombre a aguantar, inyectándole ánimos, haciéndole recordar
el valor y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, piedad y
sacrificio, que han constituido la gloria de su pasado. La voz del poeta
no necesita ser simplemente un testimonio del hombre, bien puede ser uno
de sus puntales, de los pilares que le ayuden a subsistir y predominar.
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