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Pequeña broma de un gran autor

 

por Álvaro Rodríguez, de Zaragoza, España

            Aquella noche acudí a la tertulia habitual que unos escritores y otros aspirantes a serlo tenían establecida en los bajos del Café La Elipa, situado en la calle de Alcalá, junto a la Iglesia del Carmen y San José casi en el comienzo de la Gran Vía.

            Era el año 1948 y yo había llegado hacía poco a Madrid, con 23 años y todas las ilusiones propias de esa edad y no pasaba de ser un curioso de la literatura y un buen escuchador, lo que me permitía contar con la consideración de los contertulios que siempre necesitan de un público auditorio que los escuche.

            Me había introducido en la tertulia un amigo mío, periodista y escritor, Francisco Hernández Castanedo, especializado en relatos policíacos, que luego se convertirían en novelas y que colaboraba en el Diario Pueblo, dirigido entonces por Emilio Romero considerado por muchos como  un maestro de periodistas..

            Otro de los asistentes era Evaristo Acevedo, hombre de fino humor, que había publicado algunos libros, siempre dentro de su línea y que colaboraba en la revista semanal

humorística La Codorniz cuyo subtítulo era "La revista más audaz para el lector más inteligente". La revista era divertida y audaz y los lectores nos sentíamos halagados con esa broma de ser " el lector más inteligente". Sin duda la vanidad humana hizo vender muchos ejemplares por ese reclamo.

            También había otros escritores, o aspirantes como antes he dicho, y algunas chicas que animaban la tertulia con su presencia: Lolita, pequeña, morena, vivaracha y aguda, Gloria y Mena, dos hermanas llegadas hacía poco e Málaga y que no llegué a saber si escribían o eran simplemente novias o acompañantes de otros contertulios.

            Y aquella noche ¡oh, sorpresa!, visitó este grupo un joven de 32 años que se destacaba ya como una figura en las letras españolas de la época pues había publicado una novela tremendista y de gran éxito: "La familia de Pascual Duarte". Huelga decir que el autor de la misma que nos visitó aquella noche era Camilo José Cela.

            Todos, devotos admiradores del futuro genio, escuchábamos lo que se le ocurria decir que inevitablemente era ingenioso, inteligente, audaz y corrosivo. Y así fue como comentando la situación de la España del momento, los errores del gobierno y de toda la sociedad, como suele hacerse siempre en las tertulias, se llegó al matiz anticlerical que es tradicional entre los progresistas y grandes escritores españoles - como Pérez Galdón, Pío Baroja, Pérez de Ayala y tantos otros - y Cela, con  su voz fuerte y sus sentencias definitorias, dijo:

- Es que los rojos [1] se equivocaron. Se dedicaron a matar falangistas, que eran todos unos buenos chicos....

            Yo me quedé sorprendido. Había conocido a los primeros falangistas que surgieron en mi ciudad y que efectivamente eran unos buenos chicos, llenos de nobles ideales, herederos del pensamiento de Ortega y Gasset, como también lo era José Antonio, el fundador de la Falange,  y del pensamiento de la generación del 98, deseosos de un mundo mejor y en especial de una España mejor.

            Pero esos idealistas habían surgido quince años atrás. Con posterioridad, la Falange había pasado a ser Partido Unico, por Decreto. Se había burocratizado y desprestigiado en gran manera y nadie decía que los falangistas fueran unos buenos chicos sino todo lo contrario. Por eso al oir esas palabras en boca de Camilo José de Cela, sentí cierto estupor y hasta casi cierta alegría porque me hicieron pensar en años atrás, cuando yo era muy joven, casi niño y recordaba a aquellos "buenos chicos" de nobles ideales.

            Pero tras esa frase benévola de Cela, siguió, como era de esperar, una de sus conclusiones exageradas que escandalizaban y  hacían reir  por lo extravagantes y atrevidas.  La frase completa fue así:

" Es que los rojos se equivocaron. Se dedicaron a matar falangistas que eran todos unos buenos chicos y se olvidaron de matar a todos los curas y a todas las monjas hasta no dejar ni uno y por eso estamos todavía como estamos".

            Todos rieron la barbaridad de Cela, pues si lo de  que los falangistas eran unos buenos chicos era chocante, lo de matar a los curas y monjas era  un disparate tal que nadie se hubiera atrevido a decir si no era  una persona del talante de Cela. Porque Cela siempre gustó de asustar, estremecer, romper moldes y si no era precisamente un enfant terrible si era un gran aficionado a épater  no solo a la burguesía sino incluso a la progresía.

            Al terminar la tertulia, a pesar de que todos querían presumir de su amistad con Cela, éste se quedó solo al disolverse el grupo y tomar cada uno distinto rumbo en la calle y esto me dio la oportunidad de acompañarle, calle Alcalá arriba, hasta su casa.

            Eso creía yo. Cela se divertía escribiendo y tratando con la gente.  Sin duda en nuestra conversación se enteró de que yo llevaba poco tiempo en Madrid, que estaba en casa de unos tíos pero que quería vivir más independiente y alojarme en una pensión, hasta que pudiera encontrar un piso donde establecerme definitivamente.

            Y  me explicó la suerte que él había tenido: estaba de pensión en una casa de único huésped, atendido por dos señoras mayores que lo cuidaban como a un hijo. Tenía una habitación con un mirador a la calle de Alcalá, frente al caballo de Espartero, donde había  una mesa camilla en la que sus anfitrionas le dejaban preparada la cena, cuando volvía tarde, que era todos los días. Y todo ello por un precio muy módico.

            Llegamos frente a la casa, se despidió de mí y yo me quedé con la idea de buscar  un alojamiento semejante.  Pero fue inútil. Al día siguiente, visité la casa que había visto la noche anterior y allí no había nada de lo que me había dicho, ni pensión, ni piso de señoras mayores, ni nada parecido.  Ni en todo Madrid se podía encontrar una cosa como la que él había descrito.

            Cuando un par de años más tarde, Camilo José de Cela publicó su novela La Colmena, comprendí que aquella noche, no solo me había gastado la broma de explicarme detalladamente algo que no existía, sino que, probablemente, estaba redactando alguna página de su libro, donde abundan personas del Madrid de aquellos años, tertulias de aspirantes a escritores, jóvenes que viven en pensiones y que hacen oposiciones, señoras mayores que alquilan sus habitaciones  y todo ese enjambre de los años cuarenta de Madrid que constituían, como él muy bien lo llamó, una colmena.

            La verdad es que nunca le guardé rencor por esa broma. En cierto modo me divertía.  Pasaron los años y no volví a tener relación con Cela  y la que mantuve con algunos de aquellos contertulios de La Elipa se fue disolviendo con el paso del tiempo.

            Pero la casualidad me puso un día frente a frente al genio. Fue en Alicante, en el Hotel Carlton, cuando todavía era hotel, antes de convertirse en residencia de militares. Nos encontramos en la rotonda del bar, junto al gran ventanal mirando al mar. Naturalmente yo sabía quien era él, pero él no sabía quien era yo, aunque no obstante me miraba con ese gesto que ponemos todos al ver a un persona y decir en nuestro interior " a este le conozco, pero no se de qué".

            Le saludé y le recordé nuestro encuentro de años atrás en el café La Elipa de Madrid. Y le expliqué la broma que me había gastado y que me hizo desgañitarme en busca de su pensión-residencia o algo similar que nunca encontré.

            Se rió y me dijo : "A esas horas de la noche no iba a explicarte que iba de visita. De visita a casa de una señora, naturalmente".

            - Ya lo supuse después, respondí, cuando supe que en esas fechas vivías en la calle Rios Rosas y             que nunca estuviste de pensión. Bien que me tomaste el pelo, cabrón - me atreví a decir sabiendo que era aficionado a las palabras gruesas que otros toman por insultos, pero que para él eran simples palabras del diccionario como demostró en sus obras posteriores, tanto en sus   "Diccionarios secretos", como en sus "Izas, rabizas y colipoterras" y en sus obras en general.

            - Te lo merecías por capullo - me contestó y ambos nos reimos de los insultos que nos habíamos dirigido y que  más sonaban a frases de amistad que de ofensa.

            A partir de ahí, no he vuelto a tener ocasión de volver a hablar con Cela y si he seguido sus pasos ha sido a través de sus libros y escritos y sus apariciones en público, comentadas en prensa y revistas,  pero la anécdota que acabo de referir me hace recordarle siempre como lo que era: una inteligencia excepcional, con una cultura amplia y profunda como un océano, todo ello metido en el cuerpo de un hombre grande con el espíritu de un gran hombre.



[1] Anarquistas y comunistas de la zona republicana en la guerra civil

 

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