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"Cuentos de guerra"

Cuento elegido por El Escriba:

Muerte repetida en el estero Bellaco

de Raúl Jorge Lima, Ciudad de Santiago del Estero, Argentina.

 

Soplo el polvo del estuche y tomo la medalla que reproduce su marcial efigie. En el anverso leo su nombre -su nombre ilustre, su nombre odiado- sobre la leyenda “héroe de la guerra de la Triple Alianza”. En el reverso, entre otras batallas gloriosas, figura “Estero Bellaco” y la fecha: “2 de mayo de 1866”. Con razón se ha dicho que se trata de uno de los trabajos más finos del grabador Constante Rossi. La tomo en mis manos, la sopeso,  mi lupa de numismático me enseña cómo las partes más salientes del guerrero (su aquilina nariz, las charreteras,  las medallas que penden de su pecho entorchado) han perdido el baño de  plata  y debajo se revela  el menguado cobre con que fue acuñada. Así asoma el barro de su miseria humana bajo la estampa magnífica de guerrero,  ahora que conozco su acción horrenda.

Hasta que desenredé la intrincada madeja, sólo conocía la versión oficial: el héroe de la medalla, entonces brillante coronel y más tarde político sagaz, el hombre que alcanzó altos cargos en la conducción de la patria, tuvo la desgracia de perder a su hermano menor -joven teniente en el mismo regimiento  que él comandaba- a manos de los paraguayos en la sorpresa del Estero Bellaco, en tierras del Paraguay, en la madrugada del 2 de mayo de 1866. Terminada la guerra, se casó con su cuñada,  viuda joven, bella y desconsolada.

 Poco a poco recorrí el laberinto que me condujo hasta el minotauro del fratricidio, de la traición a la patria, de la muerte de cientos de valientes soldados, provocada por quien debía velar por ellos, por su comandante... Ahora sé que fue una traición, la que facilitó el sangriento ataque al ejército aliado en el Estero Bellaco.

Aquí sólo conjeturo, mas sin temor a equivocarme: llevado por un motivo cualquiera, el joven teniente entra en la tienda del hermano a quien admira desde la niñez,  el coronel del valor legendario, el  comandante de su batallón, quien se encuentra en su ronda nocturna. Sobre el escritorio de campaña, entre los planos militares que el catalejo aprieta, asoma apenas la carta enviada al cuñado por su propia esposa -por su dulce y joven esposa embarazada-.  Veo al joven teniente reconocer su letra  y puedo imaginar su sonrisa indulgente imaginando las recomendaciones al Coronel para que lo cuide, para que procure que su hermano menor no se exponga demasiado. Ahora lo veo tomar la carta, con la confianza que le brindan sus vínculos con remitente y destinatario. Puedo ver  la  indignación alterar sus facciones  al ver  surgir, de la menuda letra familiar, el amor infame, la sospecha de estar embarazada de su amante,   la recomendación de procurar que su marido no regrese de la guerra para que ellos puedan ser felices sin tener ya que ocultarse. Imagino, tras la espera impaciente, la entrada del traidor, el reclamo airado, el probable duelo, la mano de Caín empuñando la espada que atraviesa a su hermano para acallar el escándalo. También puedo imaginar su desesperación por ocultar el crimen, que acabaría con su brillante carrera militar.

Sólo el demonio le puede haber inspirado la solución: crear un batallón de cadáveres,  para ocultar uno solo.

El soldado paraguayo que tiempo atrás se entregara voluntariamente y que le servía de asistente, partió esa noche, portador del aviso del flanco por el cual  podían atacar las tropas enemigas, que a pocas leguas esperaban la ocasión favorable; portador -sobre todo- del santo y seña que permitiría al enemigo acercarse al campamento sin provocar alarma.

Después del toque de silencio, cuando las últimas voces se habían acallado en las carpas y sólo se oía el llanto agorero del urutaú procedente de la selva cercana, las sombras cómplices de la noche, ocultándola de los centinelas, vieron pasar la figura hercúlea cargando el cuerpo ligero, que afirmó en la empalizada, con el fusil entre las manos yertas y los ojos ciegos esperando a un enemigo que ya le era ajeno. Ahora sé que al siguiente amanecer, las balas y los sables paraguayos atravesaron la carne  de un joven teniente que, a pie firme, despojado ya para siempre de la  impaciencia y el temor, los aguardaba ya muerto, mientras a su lado morían también sus compañeros, para ocultar su muerte repetida. Durante el sorpresivo ataque  todos pudieron admirar su valor, imperturbable en la barricada, el grueso capote azul impotente para combatir el frío de la muerte, mientras a su alrededor silbaban las balas paraguayas. En tanto, el fraticida, montado en su famoso tordillo, se batía como un león (era un canalla, pero un canalla valiente), con la bizarra apostura que inmortalizó la medalla.

Por la tarde el coronel recibió, grave y contristado, las condolencias  de los demás oficiales, mientras velaba el cadáver de su hermano, que insistió en vestir él mismo (apuesto a que, entre tanta herida, reconoció a la primera).

¿Qué fue lo que permitió al pintor de la guerra  del Paraguay barruntar la verdad?  Nunca lo sabré, pero  el cuadro que insinúa el crimen,  obsequiado por Cándido López al Ejército,  jamás fue expuesto y desapareció misteriosamente, quizá para que la traición de un hombre no arrojara  sombras sobre una legión de héroes, quizá para no privar a los soldados sobrevivientes del aura que rodeaba al guerrero que idolatraban. Ignoro cómo llegó la pintura a las manos del traidor, pero ahora la tengo ante mis ojos. También ignoro por qué la conservó (Dios me perdone, pero creo que al infame le complacía contemplarla mientras se regodeaba con el recuerdo de su astucia diabólica).  Sí, el enigmático cuadro me pertenece, así como estas ajadas cartas, encontradas en un cajón secreto del bargueño heredado. 

Vuelvo a encerrar la medalla en  su estuche (quisiera hacer lo mismo con su memoria). No revelaré su nombre, que es también  el mío; sólo diré que me está vedado conocer si por mis venas corre la sangre de Caín o la de Abel.

 

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