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Soplo
el polvo del estuche y tomo la medalla que reproduce su marcial efigie. En
el anverso leo su nombre -su nombre ilustre, su nombre odiado- sobre la
leyenda “héroe de la guerra de la
Triple Alianza”. En el
reverso, entre otras batallas gloriosas, figura “Estero
Bellaco” y la fecha: “2 de
mayo de 1866”. Con razón se ha dicho que se trata de uno de los
trabajos más finos del grabador Constante Rossi. La tomo en mis manos, la
sopeso, mi lupa de numismático
me enseña cómo las partes más salientes del guerrero (su aquilina
nariz, las charreteras, las
medallas que penden de su pecho entorchado) han perdido el baño de
plata y debajo se
revela el menguado cobre con
que fue acuñada. Así asoma el barro de su miseria humana bajo la estampa
magnífica de guerrero, ahora
que conozco su acción horrenda.
Hasta
que desenredé la intrincada madeja, sólo conocía la versión oficial:
el héroe de la medalla, entonces brillante coronel y más tarde político
sagaz, el hombre que alcanzó altos cargos en la conducción de la patria,
tuvo la desgracia de perder a su hermano menor -joven teniente en el mismo
regimiento que él comandaba-
a manos de los paraguayos en la sorpresa del Estero Bellaco, en tierras
del Paraguay, en la madrugada del 2 de mayo de 1866. Terminada la guerra,
se casó con su cuñada, viuda
joven, bella y desconsolada.
Poco
a poco recorrí el laberinto que me condujo hasta el minotauro del
fratricidio, de la traición a la patria, de la muerte de cientos de
valientes soldados, provocada por quien debía velar por ellos, por su
comandante... Ahora sé que fue una traición, la que facilitó el
sangriento ataque al ejército aliado en el Estero Bellaco.
Aquí
sólo conjeturo, mas sin temor a equivocarme: llevado por un motivo
cualquiera, el joven teniente entra en la tienda del hermano a quien
admira desde la niñez, el
coronel del valor legendario, el comandante
de su batallón, quien se encuentra en su ronda nocturna. Sobre el
escritorio de campaña, entre los planos militares que el catalejo
aprieta, asoma apenas la carta enviada al cuñado por su propia esposa
-por su dulce y joven esposa embarazada-.
Veo al joven teniente reconocer su letra
y puedo imaginar su sonrisa indulgente imaginando las
recomendaciones al Coronel para que lo cuide, para que procure que su
hermano menor no se exponga demasiado. Ahora lo veo tomar la carta, con la
confianza que le brindan sus vínculos con remitente y destinatario. Puedo
ver la
indignación alterar sus facciones
al ver surgir, de la
menuda letra familiar, el amor infame, la sospecha de estar embarazada de
su amante, la
recomendación de procurar que su marido no regrese de la guerra para que
ellos puedan ser felices sin tener ya que ocultarse. Imagino, tras la
espera impaciente, la entrada del traidor, el reclamo airado, el probable
duelo, la mano de Caín empuñando la espada que atraviesa a su hermano
para acallar el escándalo. También puedo imaginar su desesperación por
ocultar el crimen, que acabaría con su brillante carrera militar.
Sólo
el demonio le puede haber inspirado la solución: crear un batallón de
cadáveres, para ocultar uno
solo.
El
soldado paraguayo que tiempo atrás se entregara voluntariamente y que le
servía de asistente, partió esa noche, portador del aviso del flanco por
el cual podían atacar las
tropas enemigas, que a pocas leguas esperaban la ocasión favorable;
portador -sobre todo- del santo y seña
que permitiría al enemigo acercarse al campamento sin provocar alarma.
Después
del toque de silencio, cuando las últimas voces se habían acallado en
las carpas y sólo se oía el llanto agorero del urutaú procedente de la
selva cercana, las sombras cómplices de la noche, ocultándola de los
centinelas, vieron pasar la figura hercúlea cargando el cuerpo ligero,
que afirmó en la empalizada, con el fusil entre las manos yertas y los
ojos ciegos esperando a un enemigo que ya le era ajeno. Ahora sé que al
siguiente amanecer, las balas y los sables paraguayos atravesaron la carne
de un joven teniente que, a pie firme, despojado ya para siempre de
la impaciencia y el temor,
los aguardaba ya muerto, mientras a su lado morían también sus compañeros,
para ocultar su muerte repetida. Durante el sorpresivo ataque
todos pudieron admirar su valor, imperturbable en la barricada, el
grueso capote azul impotente para combatir el frío de la muerte, mientras
a su alrededor silbaban las balas paraguayas. En tanto, el fraticida,
montado en su famoso tordillo, se batía como un león (era un canalla,
pero un canalla valiente), con la bizarra apostura que inmortalizó la
medalla.
Por
la tarde el coronel recibió, grave y contristado, las condolencias
de los demás oficiales, mientras velaba el cadáver de su hermano,
que insistió en vestir él mismo (apuesto a que, entre tanta herida,
reconoció a la primera).
¿Qué
fue lo que permitió al pintor de la guerra
del Paraguay barruntar la verdad?
Nunca lo sabré, pero el
cuadro que insinúa el crimen, obsequiado
por Cándido López al Ejército, jamás
fue expuesto y desapareció misteriosamente, quizá para que la traición
de un hombre no arrojara sombras
sobre una legión de héroes, quizá para no privar a los soldados
sobrevivientes del aura que rodeaba al guerrero que idolatraban. Ignoro cómo
llegó la pintura a las manos del traidor, pero ahora la tengo ante mis
ojos. También ignoro por qué la conservó (Dios me perdone, pero creo
que al infame le complacía contemplarla mientras se regodeaba con el
recuerdo de su astucia diabólica). Sí, el enigmático cuadro me pertenece, así como estas
ajadas cartas, encontradas en un cajón secreto del bargueño
heredado.
Vuelvo
a encerrar la medalla en su
estuche (quisiera hacer lo mismo con su memoria). No revelaré su nombre,
que es también el mío; sólo
diré que me está vedado conocer si por mis venas corre la sangre de Caín
o la de Abel.
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del concurso "Cuentos de guerra"
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