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A
las siete en punto sonó el teléfono, el hombre llegaría unos minutos
tarde. Entonces, podía agregar una capa extra de máscara a mis pestañas
y retocar la pintura de uñas. Llegó con una camisa de cuadros rojos y
blancos. Al verlo, me pregunté si la usaría como mantel de mesa en el
restaurante donde iríamos a cenar. Arthur Richarson es un cincuentón,
alto, y muy jovial. Le hace interesante una apretada selva de rubias pestañas
las cuales cercan unas pupilas que, a mi manera de ver a veces las cosas,
reflejaban algas, espuma, olas en movimiento...
Art. no tuvo necesidad de manejar millas extras para venirme a buscar, sabía
perfectamente donde yo vivía porque cuando fue mi estudiante en la
universidad, movió todas las piezas del ajedrez escolar para hacer la
despedida de fin de curso en mi propia casa. No puse resistencia alguna,
él mismo se encargó de contratar y pagar una agencia de festejos que
decoró y limpió todo.
Desde
el inicio del semestre, se estableció entre nosotros una especie de
complicidad no resuelta. Algo que yo había interpretado como suerte de
gravitación recíproca, la cual permitió que nos mantuviéramos en esporádicos
contactos por un año a través de la Internet. Art. a veces me escribía
para saludarme y me preguntaba alguna curiosidad sobre la cultura
latinoamericana. En ocasiones, era yo quien inquiría alguna información
relacionada con la salud, ya que él es médico anestesiólogo. .
Sabía
que era casado, para averiguarlo, yo había asignado al curso una
composición sobre la familia. Fue esa tarde cuando caí en cuenta que
Art. tenía labios debajo de sus bigotes, ya que al escuchar el corto
tiempo previsto para completar el ejercicio, frunció un poco la boca.
Escribió un párrafo bastante confuso, era evidente que trataba de jugar
al escondido.
Al finalizar la clase, le llamé aparte para darle el papel sin
correcciones o notas; le propuse que redactara algo sobre un buen amigo.
Como era mi mejor estudiante, estaba segura que por amor propio escribiría
unas líneas sobre su feliz familia. Así fue como me enteré del nombre
de su mujer. Además, me di cuenta que también le había dado clases a su
pequeña hija, en una de las escuelas primarias. En este pueblo de Edmond,
como en cualquier otro, las relaciones sociales son obligatoriamente
macondianas.
En
el semestre de primavera, mi ex favorito estudiante me escribió quejándose
de su nuevo profesor de español porque tenía la frialdad de un hombre de
negocios. Art. me hizo saber que extrañaba mi sarcasmo, jocosidad,
chistes, arremetidas y agresiones contra todo. Luego pasó un tiempo sin
tener noticias sobre él., hasta la semana pasada, cuando apareció en mi
buzón electrónico la invitación a cenar.
No
me hice rogar, la mañana del sábado anduve muy inquieta: salí corriendo
a comprarme un vestido, el cual mostrara evidencias del par de tallas que
afortunadamente he perdido. Por otra parte, tenía que ser un traje de un
tono que no se relacionara en nada con hospitales. Coral me pareció
perfecto ya que es el color de Alerta Nacional. Fui a la peluquería por
un cambio drástico. De paso, me armé con una nueva marca de perfume.
La
vestimenta deportiva de Art. me hizo pensar que iríamos a un lugar
casual. Pero inmediatamente recordé que en una ceremonia de graduación
había visto personas con pantalones cortos y cachuchas de béisbol. Mi
inicial desconcierto se despejó cuando entramos a un restaurante pequeño
y muy elegante.
Art.
es un espécimen en extinción, me refiero a que me abrió la puerta; me
ayudó gentilmente a caminar; hizo chiste de mi bastón; sacó la silla en
la mesa para sentarme. Algo poco usual en Oklahoma fue que Art. compartía
mi gusto por los frutos del mar.
La charla fue amena hasta que comenzamos a hablar de la guerra. ¿La
Guerra?, ¡Claro!. La Guerra . La guerra en el mar, en la tierra, en el
cielo, entre las piedras, debajo de las hojas, en las nubes... ¡En la
sopa, La Guerra!.
Ya
se había establecido otro combate, tipo guerrilla urbana. Art. había
utilizado desde el inicio toda su artillería. La archí conocida técnica
de invadir el territorio personal ya la había empleado en su carro. Se
apresuró en acomodarme el cinturón de seguridad sin dejar que al menos
lo intentará por mi cuenta y riesgo; de manera que estuvo bien cerca de
mi cara para que le sintiera el aliento, creo que hasta me rozó con el
bigote; tardó suficiente tiempo en ajustar los botones, así comentar
acerca del aroma de mi perfume nuevo.
En
el restaurante, Art. comenzó por allanar el camino poniendo suavemente su
mano sobre la mía; en ese momento, me pregunté si utilizaría algún método
de seducción desconocida. Cuando Art. tocó mis dedos, me acordé del
Internado del que había egresado treinta años atrás. Una monja atípica,
Sor Milagros, además de hablarme sobre la Teología de la Liberación, me
adiestraba en eso de la ambigüedad, y de la hechicería femenina. A ella
le gustaba comparar la virginidad con el corazón de una alcachofa.
Siempre
que comienzo una nueva relación pienso en campos de alcachofas y, por
analogía, me viene a la mente un Mandala que explica, reduce y simboliza
el cosmos a partir de un centro verde tierno y peludo bajo el vientre.
Aparté con suavidad la mano de Art. pero, le hice un guiño. Sus avances
eran demasiados apresurados; mejor que no confundiera el monte con los oréganos.
Ja, ja, ja, o al menos, no todavía.
Art.
comenzó diciendo que la política es como las creencias religiosas: -
actos de fe, en los cuales crees o no crees. No sé por qué imaginé que
ese guapísimo hombre intuía cómo era mi manera de pensar, mi visión
del mundo.
De
todas maneras, expresé mi simpatía por los chicos malos. Le hice saber
de mi admiración por Mr. Mxyzptlk. Por supuesto que escribí el
impronunciable nombre del personaje en una servilleta y como me figuré
que no se acordaba a quien me refería, le expliqué que se trataba del
duende de otra dimensión, que cada 90 días viene a la tierra y causa
todo tipo de problemas. Superman siempre consigue devolverlo a su mundo
valiéndose engaños para que pronuncie su nombre al revés, lo cual es la
única manera de vencerlo. Y, tirándomela de chistosa, recalqué mi firme
creencia en que un buen día, el enano aprenderá todos las engañifas del
superhéroe, y se quedará a vivir para siempre entre nosotros.
Art. no prestó ninguna atención a mi parodia. Habló de la lucha contra
el terrorismo, la obligatoria invasión y sobre las "armas de
destrucción masiva". Aseguraba con vehemencia que las inspecciones
fracasaron porque las armas eran imposibles de encontrar.
Le pregunté ¿Si las armas eran imposibles de encontrar, cómo podía
estar tan seguro de que existían?. Añadí que probablemente sería más
efectivo y económico combatir las causas que ocasionan el terrorismo.
Estoy
convencida de que Art. no me escuchó y no tenía intenciones de hacerlo;
no pareció inmutarse y retomó el hilo de su discurso muy entusiasmado
para apuntar que: Estados Unidos ha perdido su fortaleza económica por
imponer "estabilidad y orden" en el Mundo, no debía confiar en
otros países para asegurarse que el sistema funcione bien. En lo
personal, él había perdido veinticinco por ciento de sus acciones e
inversiones.
Era ya entrada la noche y nosotros dos los únicos comensales cuando
apareció un fantasma detrás de la silla de Art. El familiar personaje se
mantuvo de pie afilando uno de esos cuchillos que sirven para segar
hierbas. La hoja metálica del instrumento era una media luna que iluminó
por unos instantes parte del saloncito en penumbras donde nos encontrábamos.
El fantasma al finalizar me mostró con un gesto que quería cortarle la
oreja a Art. Luego, me hizo señas de que también le cortaría la nariz.
Desaprobé con el entrecejo y el fantasma inmediatamente comenzó a dar
saltos y a bailar como indio; se fue a un rincón donde había una
chimenea, se desvistió y me enseñó sus nalgas y otras partes privadas.
En
casos como estos, es mejor ignorar la impertinencia y malacrianza de los
fantasmas y para ello, me quedé absorta contemplando el casi transparente
azul de los ojos de Art., me vino a la memoria el ardor que me había
causado una medusa que pisé en el verano en Padre Isla. Recordé que
estos invertebrados y babosos animalitos expelen los deshechos
alimenticios por el orificio por donde se nutren, del mismo modo como lo
hacia mi interlocutor...
Art.
aderezaba su discurso con copiosos chorros de vino y siguió hablando: -
Si se toma literalmente la estrategia de seguridad nacional de la
administración presidencial, entonces había que reconocer que este es un
país altruista y filántropo, el cual no busca la ventaja propia, sino
promover democracia y mercados libres para la humanidad.
Según
Art., la guerra ha sido siempre un negocio necesario. Pero, las patrióticas
tropas impondrían la paz mediante la fuerza para el beneficio de todos
Art. enfatizó que él mismo, iba cada año a proveer de servicios médicos
a los indigentes de Perú. Razón por la cual estudiaba Español tan
industriosa y acuciosamente. Afortunadamente para Art., ya se habían
llevado los cubiertos de la mesa; además, en un corto poema ya yo había
descuartizado con un cuchillo a uno de mis ex maridos.
La
mano de Art. descasaba pesada sobre mi pierna. No, no, no quería escuchar
el "friki" truco: "disculpa me pasé de tragos". Una
vela en su envase delimitaba el campo de acción en la mesa; la cera
derretida que chirriaba, podía ser letal como un bombazo de uranio y
resultó muy provocadora cuando Art. me apretó un poco y me pidió que le
prometiera que no me mudaría de este pueblo. .
El fantasma había desaparecido. Probablemente se
espantó cuando se dio cuenta que Art. era santo. Si, les juro que Art. es
un Santo. En el restaurante vi la patente e irrefutable demostración de
que Arthur Richarson es una verdadera encarnación de la Providencia...
Porque mientras hablaba sobre su próximo trabajo voluntario en Centro América,
descendió una brillante aureola que lo iluminó todo. Era una aureola
biológica con virus benignos, se movía como un aro dejado por el humo de
un cigarrillo. El círculo gaseoso bajaba lentamente sobre su cabeza,
luego anillaba la cara y siguió descendiendo hacia su cuello, hasta
ahorcarlo completamente.
Un ataque de frivolidad siempre es una buena táctica de camuflaje, debía
desesperadamente retocarme el maquillaje. Le pedí disculpas al cadáver
por interrumpir el proceso de su beatificación y me encaminé en busca de
un espejo. Al pasar cerca del bar vi al fantasma tomándose un Martini.
Con un gesto obsceno, el muy descarado, me enseñaba las aceitunas dentro
de un par de copas ya vacías. Lo ignoré , seguí la señal que me conducía
a mi cometido, finalizando el pasillo, al lado de la entrada al baño, se
había plantado otra majestuosa puerta, la cual estaba coronada con un
rojo letrero en el cual podía leer la palabra Exit.
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del concurso "Cuentos de guerra"
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