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"Cuentos de guerra"

Cuento elegido por El Escriba:

La cita

de Judith Ghashghaie, Edmond, Oklahoma, Estados Unidos.

 

A las siete en punto sonó el teléfono, el hombre llegaría unos minutos tarde. Entonces, podía agregar una capa extra de máscara a mis pestañas y retocar la pintura de uñas. Llegó con una camisa de cuadros rojos y blancos. Al verlo, me pregunté si la usaría como mantel de mesa en el restaurante donde iríamos a cenar. Arthur Richarson es un cincuentón, alto, y muy jovial. Le hace interesante una apretada selva de rubias pestañas las cuales cercan unas pupilas que, a mi manera de ver a veces las cosas, reflejaban algas, espuma, olas en movimiento... 


Art. no tuvo necesidad de manejar millas extras para venirme a buscar, sabía perfectamente donde yo vivía porque cuando fue mi estudiante en la universidad, movió todas las piezas del ajedrez escolar para hacer la despedida de fin de curso en mi propia casa. No puse resistencia alguna, él mismo se encargó de contratar y pagar una agencia de festejos que decoró y limpió todo.

Desde el inicio del semestre, se estableció entre nosotros una especie de complicidad no resuelta. Algo que yo había interpretado como suerte de gravitación recíproca, la cual permitió que nos mantuviéramos en esporádicos contactos por un año a través de la Internet. Art. a veces me escribía para saludarme y me preguntaba alguna curiosidad sobre la cultura latinoamericana. En ocasiones, era yo quien inquiría alguna información relacionada con la salud, ya que él es médico anestesiólogo. .

Sabía que era casado, para averiguarlo, yo había asignado al curso una composición sobre la familia. Fue esa tarde cuando caí en cuenta que Art. tenía labios debajo de sus bigotes, ya que al escuchar el corto tiempo previsto para completar el ejercicio, frunció un poco la boca. Escribió un párrafo bastante confuso, era evidente que trataba de jugar al escondido.
Al finalizar la clase, le llamé aparte para darle el papel sin correcciones o notas; le propuse que redactara algo sobre un buen amigo. Como era mi mejor estudiante, estaba segura que por amor propio escribiría unas líneas sobre su feliz familia. Así fue como me enteré del nombre de su mujer. Además, me di cuenta que también le había dado clases a su pequeña hija, en una de las escuelas primarias. En este pueblo de Edmond, como en cualquier otro, las relaciones sociales son obligatoriamente macondianas.

En el semestre de primavera, mi ex favorito estudiante me escribió quejándose de su nuevo profesor de español porque tenía la frialdad de un hombre de negocios. Art. me hizo saber que extrañaba mi sarcasmo, jocosidad, chistes, arremetidas y agresiones contra todo. Luego pasó un tiempo sin tener noticias sobre él., hasta la semana pasada, cuando apareció en mi buzón electrónico la invitación a cenar.

No me hice rogar, la mañana del sábado anduve muy inquieta: salí corriendo a comprarme un vestido, el cual mostrara evidencias del par de tallas que afortunadamente he perdido. Por otra parte, tenía que ser un traje de un tono que no se relacionara en nada con hospitales. Coral me pareció perfecto ya que es el color de Alerta Nacional. Fui a la peluquería por un cambio drástico. De paso, me armé con una nueva marca de perfume.

La vestimenta deportiva de Art. me hizo pensar que iríamos a un lugar casual. Pero inmediatamente recordé que en una ceremonia de graduación había visto personas con pantalones cortos y cachuchas de béisbol. Mi inicial desconcierto se despejó cuando entramos a un restaurante pequeño y muy elegante.

Art. es un espécimen en extinción, me refiero a que me abrió la puerta; me ayudó gentilmente a caminar; hizo chiste de mi bastón; sacó la silla en la mesa para sentarme. Algo poco usual en Oklahoma fue que Art. compartía mi gusto por los frutos del mar.
La charla fue amena hasta que comenzamos a hablar de la guerra. ¿La Guerra?, ¡Claro!. La Guerra . La guerra en el mar, en la tierra, en el cielo, entre las piedras, debajo de las hojas, en las nubes... ¡En la sopa, La Guerra!.

Ya se había establecido otro combate, tipo guerrilla urbana. Art. había utilizado desde el inicio toda su artillería. La archí conocida técnica de invadir el territorio personal ya la había empleado en su carro. Se apresuró en acomodarme el cinturón de seguridad sin dejar que al menos lo intentará por mi cuenta y riesgo; de manera que estuvo bien cerca de mi cara para que le sintiera el aliento, creo que hasta me rozó con el bigote; tardó suficiente tiempo en ajustar los botones, así comentar acerca del aroma de mi perfume nuevo.

En el restaurante, Art. comenzó por allanar el camino poniendo suavemente su mano sobre la mía; en ese momento, me pregunté si utilizaría algún método de seducción desconocida. Cuando Art. tocó mis dedos, me acordé del Internado del que había egresado treinta años atrás. Una monja atípica, Sor Milagros, además de hablarme sobre la Teología de la Liberación, me adiestraba en eso de la ambigüedad, y de la hechicería femenina. A ella le gustaba comparar la virginidad con el corazón de una alcachofa.

Siempre que comienzo una nueva relación pienso en campos de alcachofas y, por analogía, me viene a la mente un Mandala que explica, reduce y simboliza el cosmos a partir de un centro verde tierno y peludo bajo el vientre. Aparté con suavidad la mano de Art. pero, le hice un guiño. Sus avances eran demasiados apresurados; mejor que no confundiera el monte con los oréganos. Ja, ja, ja, o al menos, no todavía.

Art. comenzó diciendo que la política es como las creencias religiosas: - actos de fe, en los cuales crees o no crees. No sé por qué imaginé que ese guapísimo hombre intuía cómo era mi manera de pensar, mi visión del mundo.

De todas maneras, expresé mi simpatía por los chicos malos. Le hice saber de mi admiración por Mr. Mxyzptlk. Por supuesto que escribí el impronunciable nombre del personaje en una servilleta y como me figuré que no se acordaba a quien me refería, le expliqué que se trataba del duende de otra dimensión, que cada 90 días viene a la tierra y causa todo tipo de problemas. Superman siempre consigue devolverlo a su mundo valiéndose engaños para que pronuncie su nombre al revés, lo cual es la única manera de vencerlo. Y, tirándomela de chistosa, recalqué mi firme creencia en que un buen día, el enano aprenderá todos las engañifas del superhéroe, y se quedará a vivir para siempre entre nosotros.


Art. no prestó ninguna atención a mi parodia. Habló de la lucha contra el terrorismo, la obligatoria invasión y sobre las "armas de destrucción masiva". Aseguraba con vehemencia que las inspecciones fracasaron porque las armas eran imposibles de encontrar.
Le pregunté ¿Si las armas eran imposibles de encontrar, cómo podía estar tan seguro de que existían?. Añadí que probablemente sería más efectivo y económico combatir las causas que ocasionan el terrorismo.

Estoy convencida de que Art. no me escuchó y no tenía intenciones de hacerlo; no pareció inmutarse y retomó el hilo de su discurso muy entusiasmado para apuntar que: Estados Unidos ha perdido su fortaleza económica por imponer "estabilidad y orden" en el Mundo, no debía confiar en otros países para asegurarse que el sistema funcione bien. En lo personal, él había perdido veinticinco por ciento de sus acciones e inversiones.


Era ya entrada la noche y nosotros dos los únicos comensales cuando apareció un fantasma detrás de la silla de Art. El familiar personaje se mantuvo de pie afilando uno de esos cuchillos que sirven para segar hierbas. La hoja metálica del instrumento era una media luna que iluminó por unos instantes parte del saloncito en penumbras donde nos encontrábamos. El fantasma al finalizar me mostró con un gesto que quería cortarle la oreja a Art. Luego, me hizo señas de que también le cortaría la nariz. Desaprobé con el entrecejo y el fantasma inmediatamente comenzó a dar saltos y a bailar como indio; se fue a un rincón donde había una chimenea, se desvistió y me enseñó sus nalgas y otras partes privadas.

En casos como estos, es mejor ignorar la impertinencia y malacrianza de los fantasmas y para ello, me quedé absorta contemplando el casi transparente azul de los ojos de Art., me vino a la memoria el ardor que me había causado una medusa que pisé en el verano en Padre Isla. Recordé que estos invertebrados y babosos animalitos expelen los deshechos alimenticios por el orificio por donde se nutren, del mismo modo como lo hacia mi interlocutor...

Art. aderezaba su discurso con copiosos chorros de vino y siguió hablando: - Si se toma literalmente la estrategia de seguridad nacional de la administración presidencial, entonces había que reconocer que este es un país altruista y filántropo, el cual no busca la ventaja propia, sino promover democracia y mercados libres para la humanidad.

Según Art., la guerra ha sido siempre un negocio necesario. Pero, las patrióticas tropas impondrían la paz mediante la fuerza para el beneficio de todos Art. enfatizó que él mismo, iba cada año a proveer de servicios médicos a los indigentes de Perú. Razón por la cual estudiaba Español tan industriosa y acuciosamente. Afortunadamente para Art., ya se habían llevado los cubiertos de la mesa; además, en un corto poema ya yo había descuartizado con un cuchillo a uno de mis ex maridos.

La mano de Art. descasaba pesada sobre mi pierna. No, no, no quería escuchar el "friki" truco: "disculpa me pasé de tragos". Una vela en su envase delimitaba el campo de acción en la mesa; la cera derretida que chirriaba, podía ser letal como un bombazo de uranio y resultó muy provocadora cuando Art. me apretó un poco y me pidió que le prometiera que no me mudaría de este pueblo. .

El fantasma había desaparecido. Probablemente se espantó cuando se dio cuenta que Art. era santo. Si, les juro que Art. es un Santo. En el restaurante vi la patente e irrefutable demostración de que Arthur Richarson es una verdadera encarnación de la Providencia... Porque mientras hablaba sobre su próximo trabajo voluntario en Centro América, descendió una brillante aureola que lo iluminó todo. Era una aureola biológica con virus benignos, se movía como un aro dejado por el humo de un cigarrillo. El círculo gaseoso bajaba lentamente sobre su cabeza, luego anillaba la cara y siguió descendiendo hacia su cuello, hasta ahorcarlo completamente.

Un ataque de frivolidad siempre es una buena táctica de camuflaje, debía desesperadamente retocarme el maquillaje. Le pedí disculpas al cadáver por interrumpir el proceso de su beatificación y me encaminé en busca de un espejo. Al pasar cerca del bar vi al fantasma tomándose un Martini. Con un gesto obsceno, el muy descarado, me enseñaba las aceitunas dentro de un par de copas ya vacías. Lo ignoré , seguí la señal que me conducía a mi cometido, finalizando el pasillo, al lado de la entrada al baño, se había plantado otra majestuosa puerta, la cual estaba coronada con un rojo letrero en el cual podía leer la palabra Exit.

 

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