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"Cuentos de guerra"

Cuento elegido por El Escriba:

Las dos orillas

de Alberto Fernández, Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires.

 

Después del desastre de Taco Ralo supe que la revolución había fracasado. Aún así, seguíamos luchando. Ya no por la causa sino por nuestras vidas. Al menos eso pensaba.

Esa mañana, apenas se despejó la niebla, salimos en “misión de reconocimiento”, así lo llamábamos. La orden era aniquilar todo lo que se moviera en el monte. Hay que terminar con esa lacra que contamina nuestra sociedad, nos decían.

No teníamos apoyo del pueblo. Tal vez nunca lo tuvimos. ¿Para quién luchábamos entonces? De todos modos, todo eso había quedado atrás.

Avanzábamos con rumbo norte, en grupos pequeños para no ser detectados. El plan del comandante era reorganizar luego nuestras fuerzas. ¿Qué fuerzas? Hambrientos, andrajosos, desmoralizados... Fusiles viejos contra helicópteros y ametralladoras. Los matorrales eran nuestros únicos aliados.

Desde el aire el monte es monótono como un mar. Buscábamos en cada rincón, investigábamos cada posible señal, pero esos desgraciados eran astutos y supieron adaptarse al medio. Podían vivir en el monte sin provisiones, camuflarse en el paisaje y moverse solapadamente sin dejar rastro. Ya nos estábamos cansando de esa búsqueda inútil cuando me pareció ver algo que se ocultaba tras una roca. Le pedí al piloto que diera un giro para sorprenderlos por el otro flanco y preparé la ametralladora.

Nos vieron. Sentí que nos vieron. No podíamos hacer nada más que ocultarnos. Estaban demasiado lejos para dispararles. Además, de haberlo hecho, hubiéramos confirmado nuestra posición. Nos quedamos inmóviles contra la roca esperando que todo pase rápido.

Allí estaban, frente a nosotros. Eran dos guerrilleros, no cabía duda. Volamos directo hacia ellos y empecé a disparar.

Cuando escuché el helicóptero detrás nuestro supe que estábamos perdidos. Me di vuelta y apunté al piloto. Sólo pude hacer un disparo antes de caer en medio del estruendo y la sangre.

La cabina se tiñó de rojo y el helicóptero perdió el control. Estábamos volando muy bajo y no pude hacer nada. En segundos nos precipitamos a tierra.

Mi compañero había sido acribillado. Yo tenía una pierna lastimada por fragmentos de roca. Aparentemente no tenía heridas profundas.

El helicóptero había caído en una zona de vegetación espesa que amortiguó el impacto. Era posible que hubiera sobrevivientes. Tenía que actuar más rápido que ellos.

Cuando recuperé el conocimiento lo vi apuntándome con su fusil. Mi cuerpo se puso tenso y me preparé para morir.

Vi terror en su rostro ensangrentado y una súplica en sus ojos. No pude disparar. Bajé el fusil y le pedí que saliera del habitáculo.

En un principio creí ser su prisionero. Le entregué mi arma y la rechazó. Me dijo que la necesitaría porque ahora estaba abajo. Recordé la orden de aniquilar todo lo que se moviera en el monte y entendí a que se refería.

Ahora los dos éramos desertores. Me ofreció ir a un poblado cercano donde tenía amigos. Decidí confiar en él. No tenía alternativas. Caminamos juntos hacia el este, bajando la montaña.

Llegamos al llano y cruzamos los cañaverales durante la noche. Antes de amanecer estábamos a salvo. Permanecimos escondidos durante meses. Cuando estuvimos recuperados y nos sentimos seguros tomamos cada uno su rumbo.

Ahora que pasaron los años y la pesadilla terminó, de tanto en tanto nos volvemos a encontrar. Hablamos de lo que tenemos en común y a veces recordamos aquellos tiempos dolorosos en que nos hicieron creer que éramos enemigos.

 

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