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Después
del desastre de Taco Ralo supe que la revolución había fracasado. Aún
así, seguíamos luchando. Ya no por la causa sino por nuestras vidas. Al
menos eso pensaba.
Esa mañana, apenas se
despejó la niebla, salimos en “misión de reconocimiento”, así lo
llamábamos. La orden era aniquilar todo lo que se moviera en el monte.
Hay que terminar con esa lacra que contamina nuestra sociedad, nos decían.
No
teníamos apoyo del pueblo. Tal vez nunca lo tuvimos. ¿Para quién luchábamos
entonces? De todos modos, todo eso había quedado atrás.
Avanzábamos
con rumbo norte, en grupos pequeños para no ser detectados. El plan del
comandante era reorganizar luego nuestras fuerzas. ¿Qué fuerzas?
Hambrientos, andrajosos, desmoralizados... Fusiles viejos contra helicópteros
y ametralladoras. Los matorrales eran nuestros únicos aliados.
Desde
el aire el monte es monótono como un mar. Buscábamos en cada rincón,
investigábamos cada posible señal, pero esos desgraciados eran astutos y
supieron adaptarse al medio. Podían vivir en el monte sin provisiones,
camuflarse en el paisaje y moverse solapadamente sin dejar rastro. Ya nos
estábamos cansando de esa búsqueda inútil cuando me pareció ver algo
que se ocultaba tras una roca. Le pedí al piloto que diera un giro para
sorprenderlos por el otro flanco y preparé la ametralladora.
Nos
vieron. Sentí que nos vieron. No podíamos hacer nada más que
ocultarnos. Estaban demasiado lejos para dispararles. Además, de haberlo
hecho, hubiéramos confirmado nuestra posición. Nos quedamos inmóviles
contra la roca esperando que todo pase rápido.
Allí
estaban, frente a nosotros. Eran dos guerrilleros, no cabía duda. Volamos
directo hacia ellos y empecé a disparar.
Cuando
escuché el helicóptero detrás nuestro supe que estábamos perdidos. Me
di vuelta y apunté al piloto. Sólo pude hacer un disparo antes de caer
en medio del estruendo y la sangre.
La
cabina se tiñó de rojo y el helicóptero perdió el control. Estábamos
volando muy bajo y no pude hacer nada. En segundos nos precipitamos a
tierra.
Mi
compañero había sido acribillado. Yo tenía una pierna lastimada por
fragmentos de roca. Aparentemente no tenía heridas profundas.
El
helicóptero había caído en una zona de vegetación espesa que amortiguó
el impacto. Era posible que hubiera sobrevivientes. Tenía que actuar más
rápido que ellos.
Cuando
recuperé el conocimiento lo vi apuntándome con su fusil. Mi cuerpo se
puso tenso y me preparé para morir.
Vi
terror en su rostro ensangrentado y una súplica en sus ojos. No pude
disparar. Bajé el fusil y le pedí que saliera del habitáculo.
En
un principio creí ser su prisionero. Le entregué mi arma y la rechazó.
Me dijo que la necesitaría porque ahora estaba abajo. Recordé la orden
de aniquilar todo lo que se moviera en el monte y entendí a que se refería.
Ahora
los dos éramos desertores. Me ofreció ir a un poblado cercano donde tenía
amigos. Decidí confiar en él. No tenía alternativas. Caminamos juntos
hacia el este, bajando la montaña.
Llegamos
al llano y cruzamos los cañaverales durante la noche. Antes de amanecer
estábamos a salvo. Permanecimos escondidos durante meses. Cuando
estuvimos recuperados y nos sentimos seguros tomamos cada uno su rumbo.
Ahora
que pasaron los años y la pesadilla terminó, de tanto en tanto nos
volvemos a encontrar. Hablamos de lo que tenemos en común y a veces
recordamos aquellos tiempos dolorosos en que nos hicieron creer que éramos
enemigos.
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del concurso "Cuentos de guerra"
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