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Parado en la esquina. Estupefacto. Duro. No
podía moverme. No sabía hacia dónde ir. Los autos en la calle. La gente
a mi lado. Diarios bajo el brazo. Cigarrillos en los bolsillos. Dinero en
el pantalón.
Tanto dolor. Tanta pena. Tantas ganas de
gritar.
Estaba ante un café. Entré, me senté en una
mesa, desplegué los diarios, las hojas impresas bajadas de Internet, mi
desánimo.
Vi las fotos. Las miré de nuevo. Otra vez. De
nuevo otra vez.
"...error..." decían las palabras
escritas.
"...todos miembros de la misma
familia..." estaba impreso.
"...el misil aliado impactó..." leí.
"...15 de una misma familia muertos... único
sobreviviente...".
Pensé en mi auto, estacionado en la calle.
Pensé que si toda aquella muerte era para que yo pudiera tener gasolina más
barata, pues que vendo el auto y nunca más uso otra cosa que no sea mi
bicicleta. Pensé en un monstruo con nombre de Pato de Disney, contento
porque todo salía como él y Su Sonrisa planeaban. Pensé en alguien que
hacía las cosas aunque hasta el mismo pensara que no estaba bien.
El hombre en la foto. El único que se había
salvado. Llorando. Gritando. Sostenido por unos soldados. Los ataúdes. Un
niño vestido con una remera ensangrentada muerto en una de esas cajas
baratas de madera.
- ¿Qué se va a servir el señor? - preguntó
el mozo.
Pensé en barras y estrellas y en desiertos y
balas Y en niños estallando y soldados orgullosos y cuentas bancarias
creciendo y mujeres llorando y autos con familias enteras muriendo y
ancianos mirando el cielo esperando más bombas caer sobre sus cabezas.
- Ejem... el señor ¿qué se va a servir?. -
Ah, disculpe - murmuré. - Un café por favor. El mozo estaba parado
mirando las tapas de los diarios.- Si pudiera ir al Palacio y agarrarlo de
la solapa y decirle a la cara que no lo voté para... -. Se contuvo. -
Entiendo - comenté. Asintió y se fue a buscar el café.
El que sobrevivió. Traté de imaginar su
dolor, de hacerlo carne en mi.
Recordé la muerte de mi padre, 10 años atrás.
La tristeza de mi prima cuando la llamé para contarle de mi padre. Mi
madre al teléfono lejos de casa en otra provincia escuchándome llorar.
El abrazo de mi hermano cuando abrió la puerta y le conté. Le sumé la
muerte de mi abuela más querida, 12 años antes, la abuela que me
preparaba la merienda y las comidas más ricas.
Nada.
Agregué la partida de mi otro hermano al
exilio, antes que yo viniera a vivirme aquí. La muerte de la hija menor
de mi primo. Cuando mi madre perdió su trabajo. El accidente donde mi tío
se quedó con sólo una pierna. La estúpida muerte de mi perra cuando se
tragó la pelota con la que siempre jugaba.
Nada de nada.
Mi primera separación. Mi segunda separación.
El adiós en Ezeiza, sabiendo que no volvería durante mucho, mucho
tiempo. Seguí sumando dolores.
No había posibilidades de llegar
ni de cerca a lo que estaría sintiendo aquel hombre en una ciudad
desconocida en un país que jamás conocí ni conoceré ni visitaré ni
han visitado quienes ahora decidieron hacerlo polvo, polvo y sólo polvo
en nombre de la libertad marca oro negro, en medio de un desierto que está
en todas las noticias porque un grupo de águilas, halcones, buitres de
todas las calañas quieren todo para sí porque con lo que tienen, bueno,
pues parece que no les alcanza. Jamás podría siquiera acercarme a sentir
lo que aquel hombre de túnica raída y turbante sucio sintió en aquel
instante, el único que quedó con vida porque salió de la casa para
hacer una compra en medio de los tiros y los misiles y los aviones y los
disparos y los bazookas y los soldados. Pensé en Dios, sentado en la Casa
Blanca. En el Espíritu Santo sonriendo en Londres. En Cristo, levantándose
de la mesa sin comer el postre, disgustado con su padre, enojado con
todos.
- Eh, ¿y yo?. La vocecita sonaba al lado de
mi oído. Me di vuelta y ahí estaba el Pequeño Duende de Bigotes Adolf.
- ¿Perdón? -. - Digo... Si Dios está en la Casa Blanca y el Espíritu
Santo en Londres, pues esto es Madrid y yo debo ser Cristo, ¿verdad? -.-
Bueno - contesté aún perplejo. - Si tu eres Cristo, Pequeña
Sanguijuela, espero que te dejen crucificado mucho más que lo que estuvo
el verdadero, que los clavos estén oxidados, que llueva sin piedad lluvia
radioactiva y que nadie termine tu pesar atravesándote con una lanza. Me
miró en silencio, estudiándome. Intentó abrir la boca.- Ni lo pienses
amigo. Qué digo amigo... -. Le mostré las fotos. - Ah, si, los daños
colaterales - comentó despectivo.
- Su café señor - dijo el mozo.- Gracias -
respondí esperando que él también hubiera visto al Enano Fascista. Pero
no hubo suerte. Al menos eso creí yo. Los ojos del mozo estaban
desorbitados. Miramos alrededor pero nadie más nos había descubierto.
Parado sobre mi hombro, el Monstruo Contra Todos sonreía y hacía la V de
la victoria, tan desubicado estaba el Perro Lamebotas.
- Hijoputa - dijo entre dientes el mozo-. -
Bueno hombre, que lo hago por tu bien - refutó Bigotito. - Hijoputa -
repitió el mozo.
En la bandeja traía un dulce. - Me pregunto... - murmuré.
- ¿Oye, que vais a hacer? - se agitó el Duende de la Guerra Que
Nadie Pidió. El mozo me alcanzó el dulce con una cuchara.
- ¿Me permite...? - pidió cortésmente.
- Claro - le dije mientras agarraba al Bigote Más Estúpido.
- Eh, dejadme... - exclamó moviendo sus pequeños pies en el aire.
El mozo tomó la cuchara y untó al Pequeño Monstruo.
- No, no - gritaba con su voz aguda.
- Que tenga buen provecho - me dijo el mozo. De un mordiscón le
arranqué la mitad de la cabeza hasta la cintura. Lo mastiqué lentamente,
saboreándolo, paladeando cada mordida, cada movimiento de mi mandíbula.
- Mmmm...Sabroso...Crocante...Un poco raro el gusto, ¿sabe? - le
comenté la mozo. - Pero hombre - dije - Sírvase la otra mitad por favor.
El mozo le puso dulce a las piernas y se la echó en la boca.
- Ah...Verdad...Sabroso...Quién diría que éste
hijoputa tendría tan rico... -. Sonreímos. - Le dejo éste. Invitación
de la casa - comentó y me dejó otro café.
Volví mi vista a las fotos. Suspiré. Si me encontrara con él, ¡qué
podría hacer, decirle, contarle, escucharlo, consolarlo, abrazarlo? No
podría hacer mucho. O tal vez si. Me golpeé el pecho y lancé un eructo
tremendo, largo, profundo, cavernoso. Unos cuantos comensales se dieron la
vuelta para dirigirme una mirada de desaprobación. Al otro lado del salón
el mozo sonrió. De repente sentí que algo subía desde mi garganta, abriéndose
paso hacia mi boca. Asco. Repugnancia. Estaba a punto de vomitar. Alcancé
a escupirlo dentro de la taza.
Miré una vez. Miré de nuevo. Miré otra vez más. Unos bigotes
pequeños, negros, finitos flotaban para siempre en el café que nunca
tomaría.
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del concurso "Cuentos de guerra"
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