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"Cuentos de guerra":

Cuento elegido por El Escriba

 

El bocadillo

de Carlos Enrique Blanco, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

Parado en la esquina. Estupefacto. Duro. No podía moverme. No sabía hacia dónde ir. Los autos en la calle. La gente a mi lado. Diarios bajo el brazo. Cigarrillos en los bolsillos. Dinero en el pantalón.

Tanto dolor. Tanta pena. Tantas ganas de gritar.

Estaba ante un café. Entré, me senté en una mesa, desplegué los diarios, las hojas impresas bajadas de Internet, mi desánimo.

Vi las fotos. Las miré de nuevo. Otra vez. De nuevo otra vez.

"...error..." decían las palabras escritas.

"...todos miembros de la misma familia..." estaba impreso.

"...el misil aliado impactó..." leí.

"...15 de una misma familia muertos... único sobreviviente...".

Pensé en mi auto, estacionado en la calle. Pensé que si toda aquella muerte era para que yo pudiera tener gasolina más barata, pues que vendo el auto y nunca más uso otra cosa que no sea mi bicicleta. Pensé en un monstruo con nombre de Pato de Disney, contento porque todo salía como él y Su Sonrisa planeaban. Pensé en alguien que hacía las cosas aunque hasta el mismo pensara que no estaba bien.

El hombre en la foto. El único que se había salvado. Llorando. Gritando. Sostenido por unos soldados. Los ataúdes. Un niño vestido con una remera ensangrentada muerto en una de esas cajas baratas de madera.

- ¿Qué se va a servir el señor? - preguntó el mozo.

Pensé en barras y estrellas y en desiertos y balas Y en niños estallando y soldados orgullosos y cuentas bancarias creciendo y mujeres llorando y autos con familias enteras muriendo y ancianos mirando el cielo esperando más bombas caer sobre sus cabezas.

- Ejem... el señor ¿qué se va a servir?. - Ah, disculpe - murmuré. - Un café por favor. El mozo estaba parado mirando las tapas de los diarios.- Si pudiera ir al Palacio y agarrarlo de la solapa y decirle a la cara que no lo voté para... -. Se contuvo. - Entiendo - comenté. Asintió y se fue a buscar el café.

El que sobrevivió. Traté de imaginar su dolor, de hacerlo carne en mi.

Recordé la muerte de mi padre, 10 años atrás. La tristeza de mi prima cuando la llamé para contarle de mi padre. Mi madre al teléfono lejos de casa en otra provincia escuchándome llorar. El abrazo de mi hermano cuando abrió la puerta y le conté. Le sumé la muerte de mi abuela más querida, 12 años antes, la abuela que me preparaba la merienda y las comidas más ricas.

Nada.

Agregué la partida de mi otro hermano al exilio, antes que yo viniera a vivirme aquí. La muerte de la hija menor de mi primo. Cuando mi madre perdió su trabajo. El accidente donde mi tío se quedó con sólo una pierna. La estúpida muerte de mi perra cuando se tragó la pelota con la que siempre jugaba.

Nada de nada.

Mi primera separación. Mi segunda separación. El adiós en Ezeiza, sabiendo que no volvería durante mucho, mucho tiempo. Seguí sumando dolores.

No había posibilidades de llegar ni de cerca a lo que estaría sintiendo aquel hombre en una ciudad desconocida en un país que jamás conocí ni conoceré ni visitaré ni han visitado quienes ahora decidieron hacerlo polvo, polvo y sólo polvo en nombre de la libertad marca oro negro, en medio de un desierto que está en todas las noticias porque un grupo de águilas, halcones, buitres de todas las calañas quieren todo para sí porque con lo que tienen, bueno, pues parece que no les alcanza. Jamás podría siquiera acercarme a sentir lo que aquel hombre de túnica raída y turbante sucio sintió en aquel instante, el único que quedó con vida porque salió de la casa para hacer una compra en medio de los tiros y los misiles y los aviones y los disparos y los bazookas y los soldados. Pensé en Dios, sentado en la Casa Blanca. En el Espíritu Santo sonriendo en Londres. En Cristo, levantándose de la mesa sin comer el postre, disgustado con su padre, enojado con todos.

- Eh, ¿y yo?. La vocecita sonaba al lado de mi oído. Me di vuelta y ahí estaba el Pequeño Duende de Bigotes Adolf. - ¿Perdón? -. - Digo... Si Dios está en la Casa Blanca y el Espíritu Santo en Londres, pues esto es Madrid y yo debo ser Cristo, ¿verdad? -.- Bueno - contesté aún perplejo. - Si tu eres Cristo, Pequeña Sanguijuela, espero que te dejen crucificado mucho más que lo que estuvo el verdadero, que los clavos estén oxidados, que llueva sin piedad lluvia radioactiva y que nadie termine tu pesar atravesándote con una lanza. Me miró en silencio, estudiándome. Intentó abrir la boca.- Ni lo pienses amigo. Qué digo amigo... -. Le mostré las fotos. - Ah, si, los daños colaterales - comentó despectivo.

- Su café señor - dijo el mozo.- Gracias - respondí esperando que él también hubiera visto al Enano Fascista. Pero no hubo suerte. Al menos eso creí yo. Los ojos del mozo estaban desorbitados. Miramos alrededor pero nadie más nos había descubierto. Parado sobre mi hombro, el Monstruo Contra Todos sonreía y hacía la V de la victoria, tan desubicado estaba el Perro Lamebotas.           

- Hijoputa - dijo entre dientes el mozo-. - Bueno hombre, que lo hago por tu bien - refutó Bigotito. - Hijoputa - repitió el mozo.

            En la bandeja traía un dulce. - Me pregunto... - murmuré.

            - ¿Oye, que vais a hacer? - se agitó el Duende de la Guerra Que Nadie Pidió. El mozo me alcanzó el dulce con una cuchara.

            - ¿Me permite...? - pidió cortésmente.

            - Claro - le dije mientras agarraba al Bigote Más Estúpido.

            - Eh, dejadme... - exclamó moviendo sus pequeños pies en el aire.

            El mozo tomó la cuchara y untó al Pequeño Monstruo.

            - No, no - gritaba con su voz aguda.

            - Que tenga buen provecho - me dijo el mozo. De un mordiscón le arranqué la mitad de la cabeza hasta la cintura. Lo mastiqué lentamente, saboreándolo, paladeando cada mordida, cada movimiento de mi mandíbula.

            - Mmmm...Sabroso...Crocante...Un poco raro el gusto, ¿sabe? - le comenté la mozo. - Pero hombre - dije - Sírvase la otra mitad por favor. El mozo le puso dulce a las piernas y se la echó en la boca.

- Ah...Verdad...Sabroso...Quién diría que éste hijoputa tendría tan rico... -. Sonreímos. - Le dejo éste. Invitación de la casa - comentó y me dejó otro café.

            Volví mi vista a las fotos. Suspiré. Si me encontrara con él, ¡qué podría hacer, decirle, contarle, escucharlo, consolarlo, abrazarlo? No podría hacer mucho. O tal vez si. Me golpeé el pecho y lancé un eructo tremendo, largo, profundo, cavernoso. Unos cuantos comensales se dieron la vuelta para dirigirme una mirada de desaprobación. Al otro lado del salón el mozo sonrió. De repente sentí que algo subía desde mi garganta, abriéndose paso hacia mi boca. Asco. Repugnancia. Estaba a punto de vomitar. Alcancé a escupirlo dentro de la taza.

            Miré una vez. Miré de nuevo. Miré otra vez más. Unos bigotes pequeños, negros, finitos flotaban para siempre en el café que nunca tomaría.

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