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LEM Y EL OFICIO DE ESCRIBIR (O NO)
Stanislav
Lem (Polonia, 1921) es el escritor no anglosajón que más ha contribuido a la
ciencia ficción moderna. Autor de clásicos como Solaris (1961), El invencible
(1964) y Vacío perfecto (1971), a comienzos de 2002 el diario O Folha de Sao
Paulo lo entrevistó con motivo de la nueva versión de Solaris. A continuación
compartiremos algunos fragmentos de esta muy interesante charla, en la que Lem
se refiere al oficio de la escritura, el estado del mundo y de la ciencia, y los
motivos para escribir o no. La versión completa de esta entrevista puede leerse
en el sitio www.revistacuasar.com.ar.
Yo no me inclino por ninguna interpretación de mis libros: dejo que los
lectores hagan esa tarea. Y nunca me siento a mi escritorio con un plan
completo de un libro entero. El último capítulo de Solaris lo escribí
tras una pausa de un año. Tuve que dejar de lado el libro, no sabía qué
hacer con mi héroe. Hoy ni siquiera puedo recordar por qué fui
incapaz de terminarlo durante tanto tiempo... Sólo recuerdo que la primera
parte la escribí de un tirón, con fluidez y facilidad, mientras la segunda
la terminé mucho más tarde, en un día feliz.
En 1989 dejé de escribir ficción. Fue por muchos factores; aunque tenía
muchas ideas para nuevos proyectos, llegué a la conclusión de que no valía
la pena usarlas a causa de la nueva situación del mundo. La misma
transformación en verdad de algunos de mis conceptos (por ejemplo, la
conversión de la categoría fantasmagórica en realidad) paradójicamente
terminó siendo un obstáculo en la más indulgente ciencia ficción. Esta era
una típica situación de aprendiz de brujo: los demonios ya estaban sueltos.
Ahora yo estoy mejor y más consciente del hecho de que no sé nada. Ni
siquiera soy capaz de familiarizarme con las nuevas teorías científicas. A
veces tengo la impresión de que las universidades crecieron a un promedio
mayor que el universo mismo mientras los profesores se multiplicaban incluso más;
cada dos años cada uno de ellos tiene que publicar un nuevo libro (obviamente
describiendo una teoría nueva). Las ideas malas no son algo poco común en
las ciencias, pero ¿quién leerá todos estos libros? ¿Quién separará lo
insensato de lo que es valioso? ¿Quién dispondrá todo en una perspectiva
correcta? Puede haber algo genuino allá afuera, pero yo no soy capaz de
reconocerlo. Ya no creo que yo —incluso si intentara gritar con mi voz más
potente— pueda cambiar algo. Este crecimiento exponencial no se detiene.
Seguirá desarrollándose en su propia dirección, nos guste o no, como un
torbellino, un tornado que no puede detener ningún hombre. Entonces, ¿qué
importa si mis libros fueron traducidos a cuarenta idiomas y se imprimieron 27
millones de ejemplares? Se desvanecen puesto que chorros de libros nuevos están
fluyendo desde todas partes, arrasando con todo lo que se escribió antes. Hoy
un libro en una librería ni siquiera está el tiempo suficiente para juntar
polvo. Es verdad que ahora vivimos más tiempo, pero la vida de todo lo que
nos rodea es mucho más corta. Es triste, pero no podemos detener este
proceso. El mundo a nuestro alrededor está muriendo tan rápidamente que no
se puede llegar a usar nada.
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