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"NI BLANCA NI RADIANTE", UN TEXTO DE EDGARDO ARIEL EPHERRA

Edgardo Ariel Epherra es el corresponsal de El Escriba en Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina. En esta ocasión, nos envió un muy bello texto que sale de los márgenes de los habituales informes periodísticos, y que queremos compartir con los demás escribas. El e-mail de Edgardo es prolibro_edgardo@hotmail.com.

NI BLANCA NI RADIANTE

Podría iniciar este módico apunte hablando de la relación del escritor con la página en blanco, pero todo acabaría en una desconsiderada recurrencia.  Además de ser bastante obvio a estas alturas, el problema de la página en blanco no me despierta especiales inquietudes. A lo sumo puede aplicarse a la hoja virgen aquello de Fernando Pessoa: no es nada, y aparte de eso, tiene en sí todos los sueños del mundo.

Como escritor, el primer vínculo -estimulante, provocativo, angustioso- que me seduce estudiar, es con una hoja que está ardiendo de frases recién inauguradas. En esta relación me juego la vida de mis textos: al encararme con cada primer borrador, al dialogar con esa página recién escrita, puedo imaginarme hablándole más o menos así:

Y pensar que hasta hace poco eras tan virgen como es posible en estos días: una página en blanco capaz de la frase perfecta, del párrafo ideal, del escrito irreprochable.

Y sentir que hasta no hace mucho hubieses podido abrigar el trazo fino con que comienza a dibujarse un paisaje irreal de tan verdadero, la escena cumbre de la mejor historia, el verso más profundo, una idea definitivamente luminosa.

Y ver que ya no sos más inocente, que tu piel blanca tiene las manchas, los olores y la textura de la vida, y muestra el mapa de un destino para que yo lo cumpla o no.

Y escuchar tu silencio tembloroso, comprobarte ahí, tal vez incorregible, suspendida en una vacilación de presagio, despeinada en tachones, como una novia ya no tan blanca ni radiante, rascándote la oreja del asombro, chasqueando la lengua de las dudas, tragando la saliva del deseo -como quien quiere la cosa-, y temblando aún por esta celebración tensa, inclaudicable, con que te penetré y me hiciste tuyo.

Y saber, luego de haberte recorrido a fondo, que ahora yo también soy menos virgen (pero con cada página todo recomienza); asumir que nuestros caminos irán separándose, que me abandonarás por el primero que te ponga los ojos encima, y yo te dejaré por otra que tenga más misterio y menos arrugas.

Y agradecer que me hayas dado margen para que te dedique unos fervores sin vuelta, y ahora alumbres este torpe montoncito de frases que se parece un poco a mí.