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DOS ESCRIBAS HACEN SU APORTE
Habitualmente, los escribas nos hacen llegar pequeños o grandes textos para compartir, propios o de otros autores. En esta oportunidad, compartiremos dos de estos escritos, que nos fueron remitidos por dos amigas de Buenos Aires y de México.

En primer lugar, veamos este texto de Alejo Carpentier, que nos envió Virginia Avedaño, de Ciudad de Buenos Aires:

     "El centenario de Madame Bovary ha venido a reactualizar, en cierto modo, la figura de ese escritor singular que fue Gustavo Flaubert. Escritos singulares, si pensamos que nunca autor alguno fue menos favorecido por el propio temperamento. La creación le costaba un trabajo increíble. Las frases no acudían a su pluma. Terminar una página era, para él, una tarea de forzado. Adelantaba lentamente en sus libros, renqueando, sufriendo, protestando, como si cumpliera con una intolerable obligación impuesta por otro. No poseía imaginación verbal. Tenía que rehacerlo todo, tachando, quitando, enderezando párrafos cojos. Y aun cuando daba un manuscrito por terminado, Máximo Du Camp, su íntimo amigo, cazaba en ellos gazapos imperdonables; verdaderas perlas, como cierta 'excursión marítima' puesta en la segunda página de La educación sentimental, para calificar... un viaje por el Sena. O aquello de 'Sonó lentamente el toque de la una', visto más adelante, en la misma novela, que hacía exclamar al corrector, escandalizado: '¿Es que les tomas el pelo a tus lectores? ¿Cómo quieres tú que una sola campanada suene lentamente?...'"

De El adjetivo y sus arrugas, de Alejo Carpentier, Buenos Aires, Editorial Galerna, 1980.

En segundo término, compartamos este texto de Alfonso Reyes, enviado por Alma Delia Fuentes, de México D.F.:

Recientemente, estudiando algunas notas sobre la obra de Alfonso Reyes (escritor y erudito mexicano, 1889-1959), me topé con la presentación de "Monterrey", hoja literaria que Reyes fundó, escribió y distribuyó como un correo literario de sus impresiones, apreciaciones e intereses, mientras era embajador de México en Brasil.

Transcribo el siguiente párrafo, que me pareció muy iluminador y vigente, aún 73 años después de haber sido escrito.

     "La revista literaria y el periódico literario son ya dos estratos inconfundibles, dos niveles intencionalmente distintos. El periódico no sólo se distingue por su extensión sino por la intención: la revista procura ser una breve antología de obras literarias en verso y en prosa, en tanto que el periódico ofrece su principal interés (aunque todavía deje el sitio de honor a la parte antológica) en las noticias sobre escritores o libros, en el rumor de abejero artístico, en el aroma de  vida literaria que trae entre sus páginas. Es un tono menos poético y un tono más práctico que la revista. Va dejando de ser la diminuta biblioteca de páginas escogidas,  y es, cada vez más, estuche de instrumentos y gaceta de avisos para el trabajador literario. Si acepta aún fragmentos de libros o verdaderos artículos, tienen que ser cortos, por la escasez del espacio de que dispone; si aborda la crítica, procura las conclusiones rápidas y las fórmulas epigramáticas.  Todavía se resiente de la forma y el espíritu de la revista –que, al cabo, ha sido su matriz, y no deja aún de ser su modelo. Pero ya, entre la revista y el periódico, hay la diferencia que media entre el dibujo sombreado y con relieves de claroscuro, y el dibujo de simple línea o contorno. Mucho más sentimental, la revista; mucho más intelectual –en tendencia, al menos-, el periódico. Más pintura, en aquélla; pero en éste, más geometría. Allá, todo un cuadro. Acá, un esquema."

    "Acaso esta atomización del producto literario sustituye a lo que en otro tiempos era el salón o a lo que era también el trato epistolar; a lo que más tarde ha sido el café. La tertulia, la conversación literaria, van pasando de la viva voz a la palabra estampada...ese tono medio de voz que correspondía a la carta literaria, pocos se atreven a derramarlo en sus libros, y no siempre los que lo hacen son bien entendidos."

Propósito Monterrey. Correo Literario de Alfonso Reyes 1, junio de 1930

Desde ya, un millón de gracias a Virginia y a Alma. Y, por supuesto, invitamos a todos los demás escribas a enviarnos los textos que quieran compartir.