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| Textos seleccionados EL OFICIO DE EDITAR (Y ALGUNAS PISTAS PARA LOS AUTORES), SEGÚN MARIO MUCHNIK Mario
Muchnik, nacido en Buenos Aires en 1931, es tal vez el último de los viejos (y
buenos) editores que siguen en la lucha por la calidad, antes que por el
billete. Muchnik, que también fue físico, músico y fotógrafo, desarrolló la
mayor parte de su carrera como editor en España, donde vivió y sufrió mil y
una aventuras y desventuras. Muchas de ellas se relatan en dos maravillosos
libros autobiográficos: Lo peor no son los autores, del Taller de
Mario Muchnik, Madrid, 1999; y Banco de pruebas, del Taller de Mario
Muchnik, Madrid, 2000. De más está decir que recomendamos con fervor ambas
obras, memorias de un grande del mundo editorial. Del
libro Lo peor son los autores, queremos compartir unos párrafos que
revelan parte del método editorial de Mario Muchnik, herencia de su padre, el
también editor Jacobo Muchnik. El siguiente texto puede ser de mucha utilidad
para los amigos escribas, que encontrarán pistas (y también un método) para
poner a prueba a sus propias obras. En próximos boletines insistiremos con
más textos de Mario Muchnik.
"Cada
editor, según su línea editorial, recibe un número variable de manuscritos.
Algunos reciben cientos por mes, otros decenas y otros alguno que otro. Yo he
recibido, a lo largo de los años, un promedio de tres o cuatro manuscritos por
semana, no más. Y cuando digo "manuscritos" me refiero a manuscritos
no solicitados, de esos que llegan por correo o por mensajero, habitualmente
acompañados por una carta del autor con la que éste pretende ganarse la buena
voluntad del editor como lector. Craso error, desde luego, porque estas cartas,
llenas de elogios al editor, quedaban en mi caso sin leer hasta una vez tomada
una decisión con respecto a la obra.
Mi método siempre fue el mismo. Solía abrir el manuscrito en su primera página
y leer en voz alta las primeras líneas. Luego iba a la última página y leía,
siempre en voz alta, las últimas líneas. Finalmente abría al azar
aproximadamente en la mitad, y leía unas líneas. Si este muestreo no provocaba
mi hilaridad o mi indignación -algo muy habitual, hilaridad o indignación
regocijadamente compartidas por mi secretaria-, volvía a la primera página y
la leía entera. Luego a la última. Luego a la mitad del libro.
El manuscrito que lograba superar este somero, arbitrario y seguramente injusto
procedimiento, era apartado y mi secretaria me lo mandaba a casa por mensajero,
junto con los otros cinco o seis que habían logrado despertar un interés de la
misma índole.
En mi casa, por las tardes, el procedimiento era exactamente el mismo pero el
muestreo ya no era el de un total de tres páginas sino el de cinco o seis del
principio, cinco o seis del final y cinco o seis del medio. Tal vez uno o dos
manuscritos sobrevivieran a esta criba. Éstos, apartados, eran mi lectura de
los siguientes días. Los demás volvían a la oficina y de ahí a sus autores.
La lectura de los manuscritos así seleccionados comenzaba, ahora con un lápiz
en la mano, después de una pausa para un café y una serie de meditaciones
acerca de la gramática, la sintaxis, las vocaciones equivocadas y el sentido de
la vida en general. Y los peligros de escribir y los, aún mayores, de editar.
¿Cuáles eran mis criterios? En primer lugar que el autor supiera escribir. Hay
muchos autores cultos que no saben escribir. Y no me refiero únicamente a ese oído
musical imprescindible para que la prosa "cante", como puede cantar a
veces la poesía. Me refiero sencillamente al saber usar los verbos, saber
conjugar; al saber deletrear y acentuar las palabras; al tener una noción de la
función de los puntos y las comas; en una palabra, al haber aprendido alguna
vez lo que se enseña en las escuelas primarias. Es sorprendente hasta qué
punto escritores de ley presentan manuscritos que, juzgados sólo por reglas
gramaticales, serían rechazados por maestros de instrucción básica.
En segundo lugar, el contenido de la primera página. Siempre dije: una novela
debe comenzar en la página 1. Es igualmente sorprendente la cantidad de autores
que se sienten en la obligación de explicar la novela antes de entrar de lleno
en ella. Y aunque en una novela como José y sus hermanos Thomas Mann
inflija al lector unas cien páginas de filosofía antes de poner en marcha la
acción, no perdamos la perspectiva y el sentido de la medida: Thomas Mann, como
Lev Tolstói, era capaz de transformar cien páginas de filosofía en novela
mediante el arte consumado de su prosa. Otros autores no lo son." |