|
José
era un hombre muy particular. ¿Chapado a la antigua?, podría ser, pero
él no dejaba de ver en las nuevas tecnologías más que artefactos que
arruinaban la mente, que no dejaban pensar.
Sus
hijos ya eran grandes y modernos, y ninguno de sus conocidos hacían caso
a sus consejos; si bien creían que algo de cierto tenían sus palabras,
no iban a renunciar al televisor ni a la computadora. De modo que el viejo
sentía que el fin de la intelectualidad se acrecentaba cada vez más, mas
no podía salvar a nadie.
José
vivía solo, y se sentía solo. Mantenía una relación fluida con sus dos
hijos (él los visitaba a menudo o viceversa), pero le faltaba alguien a
su lado con quien compartir sus días, alguien a quien brindarle amor o
con quien conversar. La soledad lo invadió desde que falleció su esposa,
y a pesar de que en ese entonces era un hombre joven, no pudo recuperarse
de tal hecho y no consiguió formar otra pareja. Cuando se jubiló, se
sintió más solo aún, y la tristeza lo cubría por completo.
Pero
algo le dio un nuevo giro a su vida. El nacimiento de su nieto Mariano
llenó sus días de compañía, alegrías y actividades también, porque
al finalizar la licencia de trabajo de su hija Mariela, él se ofreció (o
más bien exigió) cuidar a su nieto hasta que los
padres terminaran con sus quehaceres.
José
cuidó todos los días a Mariano desde que era un bebé, y se creó un vínculo
tan especial entre ellos, que ahora que el chico estaba crecido, iba al
colegio y no tenía que cuidarlo más, eso no fue causa de separación, ya
que todos los días después de clases, Mariano iba a la casa de su abuelo
a pasarlo con él.
Desde
un principio, José le inculcó a Mariano una buena cultura, basada en
lecturas, programas radiales, y visitas a diferentes eventos adecuados a
su edad. Por supuesto, no olvidaba el ocio, por lo que jugaban variados
juegos de mesa: ludo, damas, barajas, y en especial ajedrez. Quiso
brindarle lo que a él le parecía mejor, “alejado de la tecnología”.
Así lo había hecho su abuelo con su padre, su padre con él, y él con
sus hijos y ahora con su nieto.
Si
había algo que le fascinaba a estos dos, era el legendario juego de
ingenio de ajedrez. José tenía un fino tablero de pino que al costado
contenía los espacios para guardar las piezas, y al cerrarse doblándose
a la mitad, éste se hacía un pequeño estuche, el cual podía ser
llevado con comodidad y facilidad a cualquier lugar. Era así como Mariano
y José se iban desde Palermo viejo hasta la Plaza Libertador Gral. San
Martín, a sentarse en los asientos de piedra bajo los árboles a merendar
y jugar un rato. Hubo ocasiones en que se encontraron con otros jugadores,
intercambiaron partidas, y Mariano pudo vencer a algunos contrincantes,
aplicando las habilidades adquiridas al jugar con su abuelo. Mas a éste
nunca pudo ganarle, y eso creaba una obsesión en Mariano, de querer jugar
hasta el cansancio con él, esperando el dichoso día en que pudiera
derrotarlo.
Un
día Mariano invitó a sus amigos del colegio a tomar la merienda en casa
de su abuelo, quien al ver que eran las cinco de la tarde, empezó a
preparar la chocolatada y los platos con galletitas. Dispuso todo en el
comedor cuando sintió el sonar del timbre: ya había llegado su nieto con
sus amigos.
Los
chicos lo pasaron bien, hablaron del colegio, hicieron bromas, y luego se
fueron un rato a la sala de estar. Cuando José entró, vio que todos
estaban concentrados en un niño que tenía algo. Miró con cara de
interrogación, y cuando Mariano lo vio le dijo:
-Mirá
abuelo, a Cristian le regalaron un Game boy pocket.
José
frunció el entrecejo y se quedó observando la situación desde lejos. No
podía entender cómo los chicos pasaron más de una hora turnándose ese
artefacto, encerrados en el departamento, en vez de salir al aire libre o
hacer algo más sano que estar mirado continuamente esa mini pantalla y
volviéndose locos por el puntaje. Pero no dijo nada, y los días
transcurrieron con normalidad.
Después
de un día de no verlo, porque Mariano había ido al cumpleaños de uno de
sus amigos, éste fue a contarle todas las novedades a su abuelo.
-
¿Y dónde fue el cumpleaños?- preguntó José.
-
En un ciber abuelo, y no sabés qué bueno que estaba, teníamos una máquina
cada uno y jugamos en red. Yo también quiero hacer mi cumple en un ciber.
-
¿Y estuvo buena la torta?
-
Sí, pero más que nada estuvimos con las máquinas. Le cantamos el feliz
cumpleaños y comimos la torta mientras jugábamos.
Poco
a poco las visitas fueron disminuyendo, las partidas de ajedrez en la
plaza contadas. Mariano ahora había descubierto cómo jugar ajedrez en
Internet mientras chateaba a la vez, y tratar de vencer a las personas del
chat le resultaba más entretenido que tratar de vencer a su abuelo, cosa
que ya daba por descartada. José notó este cambio, que no hizo más que
confirmar sus teorías. Pero esta vez no se trataba de fulano de tal, del
hijo del vecino; se trataba de su único nieto, de modo que algo tenía
que hacer al respecto, con algo tenía que capturar su atención.
Intentó
hacer más interesantes sus salidas, lo llevó a funciones estupendas como
las del Colón para chicos entre otras, pero si bien a Mariano esto le
gustaba muchísimo, no dejaba lo otro tampoco. José se dio cuenta que
tendría que mostrarle algo que lo fascinara por completo, algo que no
pudiera dejar de ver y ocupara todo su tiempo. Inmediatamente, aquello se
le vino a la mente... pero se arrepintió al instante, en qué estaba
pensando: tantos años de religioso cuidado, de narrar la misma historia
desde la generación de su abuelo hasta crear el debido respeto que ello
merecía, el debido temor, el estar guardado en aquel cofre bajo llave por
más de un centenario... ¿acaso no le había enseñado algo?
Definitivamente, el caso no era tan extremo.
La
última ida de Mariano al ciber fue la gota que colmó el vaso, era tanto
el odio que le tenía y el perjuicio que veía José en ello, que no lo
pudo soportar más y reconsideró su idea. El objeto era una reliquia
realmente, pero la historia que guardaba no era más que para conservarlo
en perfecto estado. José con sus setenta años, no podía seguir creyendo
en semejante patraña.
Ese
día José esperó a Mariano con algo muy especial para mostrarle. Fue a
su cuarto y sacó del fondo del ropero el cofre, que se encontraba tapado
de cajas y mantas. Cuando lo abrió, experimentó una cierta magia, y
contempló anonado un instante el ajedrez de cristal. Pero se sintió
triste, le vino un mal recuerdo a la mente: una vez cuando era niño,
esperó a que su padre se durmiera y fue a abrir el cofre para ver el
juego, su padre lo descubrió y lo zarandeó, y le gritó que nunca más
abriera ese cofre de nuevo. En sus pensamientos, José era ahora un niño
de siete años, sentado en el extremo de una de las paredes de su habitación,
llorando con la cabeza escondida entre las piernas. El recuerdo lo ofuscó,
pero siguió adelante. Tomó un alfil y se preguntó una vez más si sería
cierto que... Lo miró de arriba abajo, y abandonó sus pensamientos, pues
de todos modos ya no pensaba retroceder.
José
llevó el cofre a la sala de estar, y acomodó con extremo cuidado el
tablero y las piezas de cristal en la meza ratona. Era realmente hermoso,
algo sobrenatural para quedarse contemplándolo. Y así lo hizo, esperando
la llegada de Mariano, mientras el corazón le latía conmocionado al ver
una vez más lo que vio en tan pocas ocasiones. ¿Y si por algún
accidente se rompiera una pieza? ¿Tendría que hacer esto realmente?
El
timbre sonó, José tenía un semblante algo serio. Abrió la puerta,
saludó a su nieto, y le dijo que dejara sus cosas en el recibidor y
pasaron a la sala de estar. Allí estaba el juego, brillando con
intensidad e irradiando asombro y sortilegio. Mariano enmudeció, nadie
dijo nada, y fueron a la mesa a colocarse frente a frente. Se miraron para
iniciar la partida, y lo hicieron luego de que José dijera con cierto
temblor en la voz, que por favor tratara a las piezas con sumo cuidado,
que no se vaya a caer ninguna, por amor a Dios...
Y
a Dios fue a quien invocaron cuando una pieza empezó a temblar por sí
sola y se cayó; al ser tan frágil se rompió en el acto, y en ese
preciso instante aparecieron mil sombras que inundaron la habitación. Las
piezas restantes siguieron a la primera y no se sabe si el estruendo lo
creó la ruptura de todas las piezas a la vez, o de lo maligno que salía
de ellas. Sonidos nunca concebidos dieron lugar, y José y Mariano fueron
arrastrados por una fuerza invencible hasta caer sobre los cristales
rotos, los cuales fueron pegándose en sus cuerpos hasta cristalizarlos.
Mariano se dividió en dieciséis piezas blancas y José en dieciséis
negras, y sus almas se desparramaron en reyes, reinas, alfiles, caballos,
torres y peones. Las piezas se elevaron en el aire, se guardaron en el
cofre, se encerraron bajo llave y se depositaron en el ropero de José
bajo cajas y mantas, a la espera de un nuevo juego.
Volver a la página
del concurso "Literatura y ajedrez"
|