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"Literatura y ajedrez":

Cuento elegido por El Escriba

 

Una partida muy especial

de María Cristina Mantella, Garín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

José era un hombre muy particular. ¿Chapado a la antigua?, podría ser, pero él no dejaba de ver en las nuevas tecnologías más que artefactos que arruinaban la mente, que no dejaban pensar.

Sus hijos ya eran grandes y modernos, y ninguno de sus conocidos hacían caso a sus consejos; si bien creían que algo de cierto tenían sus palabras, no iban a renunciar al televisor ni a la computadora. De modo que el viejo sentía que el fin de la intelectualidad se acrecentaba cada vez más, mas no podía salvar a nadie.

José vivía solo, y se sentía solo. Mantenía una relación fluida con sus dos hijos (él los visitaba a menudo o viceversa), pero le faltaba alguien a su lado con quien compartir sus días, alguien a quien brindarle amor o con quien conversar. La soledad lo invadió desde que falleció su esposa, y a pesar de que en ese entonces era un hombre joven, no pudo recuperarse de tal hecho y no consiguió formar otra pareja. Cuando se jubiló, se sintió más solo aún, y la tristeza lo cubría por completo.

Pero algo le dio un nuevo giro a su vida. El nacimiento de su nieto Mariano llenó sus días de compañía, alegrías y actividades también, porque al finalizar la licencia de trabajo de su hija Mariela, él se ofreció (o más bien exigió) cuidar a su nieto hasta que los padres terminaran con sus quehaceres.

José cuidó todos los días a Mariano desde que era un bebé, y se creó un vínculo tan especial entre ellos, que ahora que el chico estaba crecido, iba al colegio y no tenía que cuidarlo más, eso no fue causa de separación, ya que todos los días después de clases, Mariano iba a la casa de su abuelo a pasarlo con él.

Desde un principio, José le inculcó a Mariano una buena cultura, basada en lecturas, programas radiales, y visitas a diferentes eventos adecuados a su edad. Por supuesto, no olvidaba el ocio, por lo que jugaban variados juegos de mesa: ludo, damas, barajas, y en especial ajedrez. Quiso brindarle lo que a él le parecía mejor, “alejado de la tecnología”. Así lo había hecho su abuelo con su padre, su padre con él, y él con sus hijos y ahora con su nieto.

Si había algo que le fascinaba a estos dos, era el legendario juego de ingenio de ajedrez. José tenía un fino tablero de pino que al costado contenía los espacios para guardar las piezas, y al cerrarse doblándose a la mitad, éste se hacía un pequeño estuche, el cual podía ser llevado con comodidad y facilidad a cualquier lugar. Era así como Mariano y José se iban desde Palermo viejo hasta la Plaza Libertador Gral. San Martín, a sentarse en los asientos de piedra bajo los árboles a merendar y jugar un rato. Hubo ocasiones en que se encontraron con otros jugadores, intercambiaron partidas, y Mariano pudo vencer a algunos contrincantes, aplicando las habilidades adquiridas al jugar con su abuelo. Mas a éste nunca pudo ganarle, y eso creaba una obsesión en Mariano, de querer jugar hasta el cansancio con él, esperando el dichoso día en que pudiera derrotarlo.

Un día Mariano invitó a sus amigos del colegio a tomar la merienda en casa de su abuelo, quien al ver que eran las cinco de la tarde, empezó a preparar la chocolatada y los platos con galletitas. Dispuso todo en el comedor cuando sintió el sonar del timbre: ya había llegado su nieto con sus amigos.

Los chicos lo pasaron bien, hablaron del colegio, hicieron bromas, y luego se fueron un rato a la sala de estar. Cuando José entró, vio que todos estaban concentrados en un niño que tenía algo. Miró con cara de interrogación, y cuando Mariano lo vio le dijo:

-Mirá abuelo, a Cristian le regalaron un Game boy pocket.

José frunció el entrecejo y se quedó observando la situación desde lejos. No podía entender cómo los chicos pasaron más de una hora turnándose ese artefacto, encerrados en el departamento, en vez de salir al aire libre o hacer algo más sano que estar mirado continuamente esa mini pantalla y volviéndose locos por el puntaje. Pero no dijo nada, y los días transcurrieron con normalidad.

Después de un día de no verlo, porque Mariano había ido al cumpleaños de uno de sus amigos, éste fue a contarle todas las novedades a su abuelo.

- ¿Y dónde fue el cumpleaños?- preguntó José.

- En un ciber abuelo, y no sabés qué bueno que estaba, teníamos una máquina cada uno y jugamos en red. Yo también quiero hacer mi cumple en un ciber.

- ¿Y estuvo buena la torta?

- Sí, pero más que nada estuvimos con las máquinas. Le cantamos el feliz cumpleaños y comimos la torta mientras jugábamos.

Poco a poco las visitas fueron disminuyendo, las partidas de ajedrez en la plaza contadas. Mariano ahora había descubierto cómo jugar ajedrez en Internet mientras chateaba a la vez, y tratar de vencer a las personas del chat le resultaba más entretenido que tratar de vencer a su abuelo, cosa que ya daba por descartada. José notó este cambio, que no hizo más que confirmar sus teorías. Pero esta vez no se trataba de fulano de tal, del hijo del vecino; se trataba de su único nieto, de modo que algo tenía que hacer al respecto, con algo tenía que capturar su atención.

Intentó hacer más interesantes sus salidas, lo llevó a funciones estupendas como las del Colón para chicos entre otras, pero si bien a Mariano esto le gustaba muchísimo, no dejaba lo otro tampoco. José se dio cuenta que tendría que mostrarle algo que lo fascinara por completo, algo que no pudiera dejar de ver y ocupara todo su tiempo. Inmediatamente, aquello se le vino a la mente... pero se arrepintió al instante, en qué estaba pensando: tantos años de religioso cuidado, de narrar la misma historia desde la generación de su abuelo hasta crear el debido respeto que ello merecía, el debido temor, el estar guardado en aquel cofre bajo llave por más de un centenario... ¿acaso no le había enseñado algo? Definitivamente, el caso no era tan extremo.

La última ida de Mariano al ciber fue la gota que colmó el vaso, era tanto el odio que le tenía y el perjuicio que veía José en ello, que no lo pudo soportar más y reconsideró su idea. El objeto era una reliquia realmente, pero la historia que guardaba no era más que para conservarlo en perfecto estado. José con sus setenta años, no podía seguir creyendo en semejante patraña.

Ese día José esperó a Mariano con algo muy especial para mostrarle. Fue a su cuarto y sacó del fondo del ropero el cofre, que se encontraba tapado de cajas y mantas. Cuando lo abrió, experimentó una cierta magia, y contempló anonado un instante el ajedrez de cristal. Pero se sintió triste, le vino un mal recuerdo a la mente: una vez cuando era niño, esperó a que su padre se durmiera y fue a abrir el cofre para ver el juego, su padre lo descubrió y lo zarandeó, y le gritó que nunca más abriera ese cofre de nuevo. En sus pensamientos, José era ahora un niño de siete años, sentado en el extremo de una de las paredes de su habitación, llorando con la cabeza escondida entre las piernas. El recuerdo lo ofuscó, pero siguió adelante. Tomó un alfil y se preguntó una vez más si sería cierto que... Lo miró de arriba abajo, y abandonó sus pensamientos, pues de todos modos ya no pensaba retroceder.

José llevó el cofre a la sala de estar, y acomodó con extremo cuidado el tablero y las piezas de cristal en la meza ratona. Era realmente hermoso, algo sobrenatural para quedarse contemplándolo. Y así lo hizo, esperando la llegada de Mariano, mientras el corazón le latía conmocionado al ver una vez más lo que vio en tan pocas ocasiones. ¿Y si por algún accidente se rompiera una pieza? ¿Tendría que hacer esto realmente?

El timbre sonó, José tenía un semblante algo serio. Abrió la puerta, saludó a su nieto, y le dijo que dejara sus cosas en el recibidor y pasaron a la sala de estar. Allí estaba el juego, brillando con intensidad e irradiando asombro y sortilegio. Mariano enmudeció, nadie dijo nada, y fueron a la mesa a colocarse frente a frente. Se miraron para iniciar la partida, y lo hicieron luego de que José dijera con cierto temblor en la voz, que por favor tratara a las piezas con sumo cuidado, que no se vaya a caer ninguna, por amor a Dios...

Y a Dios fue a quien invocaron cuando una pieza empezó a temblar por sí sola y se cayó; al ser tan frágil se rompió en el acto, y en ese preciso instante aparecieron mil sombras que inundaron la habitación. Las piezas restantes siguieron a la primera y no se sabe si el estruendo lo creó la ruptura de todas las piezas a la vez, o de lo maligno que salía de ellas. Sonidos nunca concebidos dieron lugar, y José y Mariano fueron arrastrados por una fuerza invencible hasta caer sobre los cristales rotos, los cuales fueron pegándose en sus cuerpos hasta cristalizarlos. Mariano se dividió en dieciséis piezas blancas y José en dieciséis negras, y sus almas se desparramaron en reyes, reinas, alfiles, caballos, torres y peones. Las piezas se elevaron en el aire, se guardaron en el cofre, se encerraron bajo llave y se depositaron en el ropero de José bajo cajas y mantas, a la espera de un nuevo juego.  

 

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