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Después
de querer ser alegre y terminar siendo alcohólico, Tristán Torres confió
ciegamente en lo que, cada vez que él manifestaba que le gustaría ser
ajedrecista de élite, los demás decían con frases y adjetivos propicios
a su deseo: «Lo tienes fácil porque eres tesonero». «Tu tenacidad
acabará consiguiéndolo». «Te llevará a esa meta tu perseverancia».
«Será sencillo para tu constancia». En ningún momento se paró a
pensar en que nadie le decía que lo lograría por ser inteligente,
talentoso, talentudo, sutil o agudo.
Llegado
al convencimiento de que podría llegar a ser un campeón, Tristán Torres
se compró libros de biografías, aperturas, defensas y estrategias varias
para tras la teoría acometer la práctica con garantías. Fue pensado y
hecho: no esperó a llegar a casa sino que de pie y en el autobús se
adentró en el galimatías. Es decir, en el lenguaje ajedrecístico que su
mente más bien corta, antes de llegar a la primera parada, denominó
lioso y difícil. Sin embargo, no era fácil desmoralizar a un tenaz al
que las tenazas podrían tener por ídolo.
Fueron
tres años los que necesitó Tristán Torres para no asimilar lo leído y
acabar con el cerebro ajedrezado. Pero como él no sabía que no había
digerido lo estudiado, llegado el momento se dijo: «Ahora a buscar
contrincantes».
En
el párrafo anterior se ha faltado a la verdad; de la decena de libros,
Tristán Torres entendió tres cosas: que el ruso Karpov se proclamó
campeón del mundo en 1975 porque el estadounidense Fischer no aceptó
entrar en competición, que infinidad de veces alguno de los jugadores
abandona, y que la partida es tablas por “ahogado” cuando el jugador
al que le toca mover pieza no puede hacer ninguna jugada legal sin estar
su rey en jaque.
Tristán
Torres era tonto pero no tanto; en seguida se dio cuenta de que el
porcentaje a su favor respecto a los dos primeros tercios de lo que
entendió, era alto. Entre los que renunciasen a la competición y los que
abandonasen compitiendo, según sus cálculos podría estar el cincuenta
por ciento o más de su futuro. Ajedrecísticamente hablando, por
supuesto, puesto que su ilusión puesta estaba en su —pronto no
supuesta— puesta en escena en el mundo de las sesenta y cuatro casillas,
las treinta y dos piezas, y las dos sillas. Naturalmente pasó por alto el
que la renuncia de Robert Fischer a defender su título fue inhabitual, y
el que la mayoría de los abandonos jugando son debidos al hecho de tener
perdida la partida.
El
último tercio de lo que comprendió, era el arma con que Tristán Torres
pensaba hacer abandonar a los que no lo hiciesen tras algún mal
movimiento. Lo tenía todo previsto. Ahogaría voluntariamente a su rey y,
si le sobraba alguna pieza, la sacrificaría y asunto acabado: «No creo
que ninguno aguante. Estoy seguro de que al darse cuenta de mi burlona
estrategia cuando ya no haya remedio, antes de ahogar al rey contrario
para contrarrestar mi último jaque a pecho descubierto, abandonarán la
partida tratando de no ser considerados tontos».
El
primer contrincante de Tristán Torres fue su esposa. Confirmada su opinión
que la calificaba como tonta hecha de encargo, no necesitó aplicar lo
aprendido en los libros para conseguir las tablas; al décimo movimiento
la descalificó por tramposa tras darle jaque y declararlo. Le dijo que no
era obligatorio y guardó enfadado las piezas en la caja. De nada sirvió
el que ella le dijese que no ser obligatorio no significaba que no se
pudiese declarar; siguió llevando el agua a su molino: «Desde luego,
Fermina... Qué sabrás tú siendo tonta de remate».
Antes
de querer infundirle a su ánimo alegría y acabar alcoholizado, Tristán
Torres quiso pertenecer a la intelectualidad y lo consiguió. Eso sí, con
una letra más, con una a de plus: al poco tiempo pasó a formar parte de
la “inteleactualidad”. A partir de ahí empezó a ser tenido en cuenta
por el grupo de tertulianos que en la barra del bar debatían lo
acontecido en los televisores de sus hogares, y lo que acontecía en la
tele que en alto y frente a ellos nunca vieron apagada. Todo hay que
decirlo, para ser admitido en la tertulia, Tristán Torres contó con la
valiosísima y secreta colaboración de su mujer, quien tuvo la suerte de
ser nombrada asesora oculta: «Mina, eres tan culta y tan inteligente, que
no les hablaré de ti a esa gente no vaya a ser que se den cuenta que en
sus casas también tienen una mina».
El
segundo rival de Tristán Torres fue su joven auxiliar de reparto de
muebles, tras prometerle que le enseñaría a jugar después de echar una
partida. Fue descalificado al primer movimiento. El infeliz, sacado de su
error por la explicación de que el tablero de ajedrez ni era redondo ni
se le lanzaban dardos, tras comenzar la partida con las piezas negras, con
la boca abierta oyó: «No quiero saber nada con tramposos. Y no digas que
no lo sabías; de todos es sabido que lo blanco va primero en el orden
alfabético, en el número de letras, en las frases hechas: “Blanco y
negro”, “No distinguir lo blanco de lo negro”, etc, y en el ajedrez.
Después de esto, como no te enseñe a jugar tu padre...» Tras el sermón,
Tristán Torres recogió las piezas y, ante la burlona mirada de su
esposa, echó a su ayudante a la calle.
Creyéndose
que lo era y mucho, Tristán Torres no se propuso nunca ser capaz, sagaz o
perspicaz. Si se lo hubiese propuesto no hubiera acabado como acabó.
Incluso no habiéndolo conseguido, tal hubiese querido decir que conocía
sus limitaciones, que algo inteligente sí que era. Mas como no fue así,
como detectaba a un tonto a distancia pero no quería distanciarse de sí
mismo por miedo a detectar que lo era él también, Tristán Torres acabó
como era de esperar.
Para
tercer competidor, Tristán Torres creyó oportuno subir el listón y
elegir a alguien que al menos conociese las reglas del juego. Tras las dos
descalificaciones precedentes, no estaba dispuesto a seguir perdiendo el
tiempo. Su carrera hacia los grandes torneos no podía ser frenada por
ignorantes que ni a la Oca sabían jugar. Fue por ello que eligió a Luis
Penacho, experto en concursos televisivos en la tertulia de la cervecería,
y dominador como nadie de dados y barajas. Además, confiaba en la
consecución de lo que fuese. Con decir que con los naipes hacía
castillos, quedaba dicho todo.
Luis
Penacho confiando en conseguir la victoria, y Tristán Torres pensando en
sacrificar el resto de las piezas necesarias para ahogar voluntariamente a
su rey con el fin de que su adversario, al darse cuenta tarde de su
ridiculizante táctica, antes de materializar el forzado ahogo capturando
la última pieza ofrecida en sacrificio a su monarca, abandonase
intentando no quedar como tonto por hacer tablas pudiendo haber ganado, se
sentaron ante el tablero. Fermina dijo: «Ahí te quedas, imbécil».
Triste
para no perder la costumbre, y sin importarle un pito que su esposa le
anunciase que lo abandonaba, Tristán Torres, tras adjudicarse por las
buenas las piezas blancas comenzó la partida. Con enorme esfuerzo mental,
fue maniobrando para conseguir el objetivo propuesto. Disimular no fue
necesario; la tristeza de su semblante, en absoluto dejaba entrever la
maniobra. Fueron treinta y cuatro jugadas las que necesitó para que se
cumpliese su propósito: movió la reina —la única pieza que podía
mover— y la situó al lado del rey contrario dándole jaque. A partir de
aquí, con mirada que pretendiendo ser burlona pasó de triste a tristona,
Tristán Torres se dedicó a esperar el enrojecimiento por vergüenza de
la cara de Luis Penacho y su abandono.
Tras
unos segundos en los que el corazón de Tristán Torres galopó a lomos
del gozo, Luis Penacho dejó claro que de enrojecer y abandonar, nada de
nada: movió un caballo y mató la dama de su contrincante dando a la vez
jaque mate la torre que entró en acción sobre el rey rival tras el salto
del corcel. Fue entonces
cuando llegó la rojez pero a la tez de Tristán Torres. El abandono tardó
algo más en llegar...
Evidentemente,
el jaque a la descubierta era una de las muchísimas cosas que Tristán
Torres no llegó a entender en los libros. Prueba de ello es que la media
docena de partidas que jugó con los seis restantes miembros de la
tertulia del bar, las perdió de la misma forma, variando únicamente la
pieza que se apartaba para que otra diese mate. Por mejor decir, las
cinco, puesto que la sexta, la que entre desafiante, chulo y altivo jugó
Tristán Torres con una mano en el bolsillo, a pesar de que estaba
finalizada cuando su monarca quedó “ahogado”, no se dio cuenta de que
había logrado el final previsto y, empeñado en sacrificar su adelantado
peón, hizo un último esfuerzo mental —estaba escarmentado— y vio que
no lo podía mover porque dejaría a su rey al descubierto. Le dio una
rabia...
Empecinado
en el sacrificio sin entrar en peculiaridades, las neuronas de Tristán
Torres no dieron para comprender la particularidad, para entender que se
daba el desenlace apetecido. Por eso abandonó antes de que Luis Penacho
dijese: «La partida es tablas». Se le adelantó diciendo: «¡Qué vergüenza!»,
se puso colorado, sacó la mano del bolsillo, se taponó la boca y apretó
el gatillo.
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del concurso "Literatura y ajedrez"
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