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"Literatura y ajedrez":

Cuento elegido por El Escriba

 

Abandono integral

de Ángel Larena Tamaturgo, Barcelona, España.

 

Después de querer ser alegre y terminar siendo alcohólico, Tristán Torres confió ciegamente en lo que, cada vez que él manifestaba que le gustaría ser ajedrecista de élite, los demás decían con frases y adjetivos propicios a su deseo: «Lo tienes fácil porque eres tesonero». «Tu tenacidad acabará consiguiéndolo». «Te llevará a esa meta tu perseverancia». «Será sencillo para tu constancia». En ningún momento se paró a pensar en que nadie le decía que lo lograría por ser inteligente, talentoso, talentudo, sutil o agudo.

Llegado al convencimiento de que podría llegar a ser un campeón, Tristán Torres se compró libros de biografías, aperturas, defensas y estrategias varias para tras la teoría acometer la práctica con garantías. Fue pensado y hecho: no esperó a llegar a casa sino que de pie y en el autobús se adentró en el galimatías. Es decir, en el lenguaje ajedrecístico que su mente más bien corta, antes de llegar a la primera parada, denominó lioso y difícil. Sin embargo, no era fácil desmoralizar a un tenaz al que las tenazas podrían tener por ídolo.

Fueron tres años los que necesitó Tristán Torres para no asimilar lo leído y acabar con el cerebro ajedrezado. Pero como él no sabía que no había digerido lo estudiado, llegado el momento se dijo: «Ahora a buscar contrincantes».

En el párrafo anterior se ha faltado a la verdad; de la decena de libros, Tristán Torres entendió tres cosas: que el ruso Karpov se proclamó campeón del mundo en 1975 porque el estadounidense Fischer no aceptó entrar en competición, que infinidad de veces alguno de los jugadores abandona, y que la partida es tablas por “ahogado” cuando el jugador al que le toca mover pieza no puede hacer ninguna jugada legal sin estar su rey en jaque.

Tristán Torres era tonto pero no tanto; en seguida se dio cuenta de que el porcentaje a su favor respecto a los dos primeros tercios de lo que entendió, era alto. Entre los que renunciasen a la competición y los que abandonasen compitiendo, según sus cálculos podría estar el cincuenta por ciento o más de su futuro. Ajedrecísticamente hablando, por supuesto, puesto que su ilusión puesta estaba en su —pronto no supuesta— puesta en escena en el mundo de las sesenta y cuatro casillas, las treinta y dos piezas, y las dos sillas. Naturalmente pasó por alto el que la renuncia de Robert Fischer a defender su título fue inhabitual, y el que la mayoría de los abandonos jugando son debidos al hecho de tener perdida la partida.

El último tercio de lo que comprendió, era el arma con que Tristán Torres pensaba hacer abandonar a los que no lo hiciesen tras algún mal movimiento. Lo tenía todo previsto. Ahogaría voluntariamente a su rey y, si le sobraba alguna pieza, la sacrificaría y asunto acabado: «No creo que ninguno aguante. Estoy seguro de que al darse cuenta de mi burlona estrategia cuando ya no haya remedio, antes de ahogar al rey contrario para contrarrestar mi último jaque a pecho descubierto, abandonarán la partida tratando de no ser considerados tontos».

El primer contrincante de Tristán Torres fue su esposa. Confirmada su opinión que la calificaba como tonta hecha de encargo, no necesitó aplicar lo aprendido en los libros para conseguir las tablas; al décimo movimiento la descalificó por tramposa tras darle jaque y declararlo. Le dijo que no era obligatorio y guardó enfadado las piezas en la caja. De nada sirvió el que ella le dijese que no ser obligatorio no significaba que no se pudiese declarar; siguió llevando el agua a su molino: «Desde luego, Fermina... Qué sabrás tú siendo tonta de remate».

Antes de querer infundirle a su ánimo alegría y acabar alcoholizado, Tristán Torres quiso pertenecer a la intelectualidad y lo consiguió. Eso sí, con una letra más, con una a de plus: al poco tiempo pasó a formar parte de la “inteleactualidad”. A partir de ahí empezó a ser tenido en cuenta por el grupo de tertulianos que en la barra del bar debatían lo acontecido en los televisores de sus hogares, y lo que acontecía en la tele que en alto y frente a ellos nunca vieron apagada. Todo hay que decirlo, para ser admitido en la tertulia, Tristán Torres contó con la valiosísima y secreta colaboración de su mujer, quien tuvo la suerte de ser nombrada asesora oculta: «Mina, eres tan culta y tan inteligente, que no les hablaré de ti a esa gente no vaya a ser que se den cuenta que en sus casas también tienen una mina».

El segundo rival de Tristán Torres fue su joven auxiliar de reparto de muebles, tras prometerle que le enseñaría a jugar después de echar una partida. Fue descalificado al primer movimiento. El infeliz, sacado de su error por la explicación de que el tablero de ajedrez ni era redondo ni se le lanzaban dardos, tras comenzar la partida con las piezas negras, con la boca abierta oyó: «No quiero saber nada con tramposos. Y no digas que no lo sabías; de todos es sabido que lo blanco va primero en el orden alfabético, en el número de letras, en las frases hechas: “Blanco y negro”, “No distinguir lo blanco de lo negro”, etc, y en el ajedrez. Después de esto, como no te enseñe a jugar tu padre...» Tras el sermón, Tristán Torres recogió las piezas y, ante la burlona mirada de su esposa, echó a su ayudante a la calle.

Creyéndose que lo era y mucho, Tristán Torres no se propuso nunca ser capaz, sagaz o perspicaz. Si se lo hubiese propuesto no hubiera acabado como acabó. Incluso no habiéndolo conseguido, tal hubiese querido decir que conocía sus limitaciones, que algo inteligente sí que era. Mas como no fue así, como detectaba a un tonto a distancia pero no quería distanciarse de sí mismo por miedo a detectar que lo era él también, Tristán Torres acabó como era de esperar.

Para tercer competidor, Tristán Torres creyó oportuno subir el listón y elegir a alguien que al menos conociese las reglas del juego. Tras las dos descalificaciones precedentes, no estaba dispuesto a seguir perdiendo el tiempo. Su carrera hacia los grandes torneos no podía ser frenada por ignorantes que ni a la Oca sabían jugar. Fue por ello que eligió a Luis Penacho, experto en concursos televisivos en la tertulia de la cervecería, y dominador como nadie de dados y barajas. Además, confiaba en la consecución de lo que fuese. Con decir que con los naipes hacía castillos, quedaba dicho todo.

Luis Penacho confiando en conseguir la victoria, y Tristán Torres pensando en sacrificar el resto de las piezas necesarias para ahogar voluntariamente a su rey con el fin de que su adversario, al darse cuenta tarde de su ridiculizante táctica, antes de materializar el forzado ahogo capturando la última pieza ofrecida en sacrificio a su monarca, abandonase intentando no quedar como tonto por hacer tablas pudiendo haber ganado, se sentaron ante el tablero. Fermina dijo: «Ahí te quedas, imbécil».

Triste para no perder la costumbre, y sin importarle un pito que su esposa le anunciase que lo abandonaba, Tristán Torres, tras adjudicarse por las buenas las piezas blancas comenzó la partida. Con enorme esfuerzo mental, fue maniobrando para conseguir el objetivo propuesto. Disimular no fue necesario; la tristeza de su semblante, en absoluto dejaba entrever la maniobra. Fueron treinta y cuatro jugadas las que necesitó para que se cumpliese su propósito: movió la reina —la única pieza que podía mover— y la situó al lado del rey contrario dándole jaque. A partir de aquí, con mirada que pretendiendo ser burlona pasó de triste a tristona, Tristán Torres se dedicó a esperar el enrojecimiento por vergüenza de la cara de Luis Penacho y su abandono.

Tras unos segundos en los que el corazón de Tristán Torres galopó a lomos del gozo, Luis Penacho dejó claro que de enrojecer y abandonar, nada de nada: movió un caballo y mató la dama de su contrincante dando a la vez jaque mate la torre que entró en acción sobre el rey rival tras el salto del corcel.  Fue entonces cuando llegó la rojez pero a la tez de Tristán Torres. El abandono tardó algo más en llegar...

Evidentemente, el jaque a la descubierta era una de las muchísimas cosas que Tristán Torres no llegó a entender en los libros. Prueba de ello es que la media docena de partidas que jugó con los seis restantes miembros de la tertulia del bar, las perdió de la misma forma, variando únicamente la pieza que se apartaba para que otra diese mate. Por mejor decir, las cinco, puesto que la sexta, la que entre desafiante, chulo y altivo jugó Tristán Torres con una mano en el bolsillo, a pesar de que estaba finalizada cuando su monarca quedó “ahogado”, no se dio cuenta de que había logrado el final previsto y, empeñado en sacrificar su adelantado peón, hizo un último esfuerzo mental —estaba escarmentado— y vio que no lo podía mover porque dejaría a su rey al descubierto. Le dio una rabia...

Empecinado en el sacrificio sin entrar en peculiaridades, las neuronas de Tristán Torres no dieron para comprender la particularidad, para entender que se daba el desenlace apetecido. Por eso abandonó antes de que Luis Penacho dijese: «La partida es tablas». Se le adelantó diciendo: «¡Qué vergüenza!», se puso colorado, sacó la mano del bolsillo, se taponó la boca y apretó el gatillo.

 

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