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Hacía
mucho tiempo que aspiraba a llegar a segunda categoría. Me había
preparado con intensidad y creí llegado
el momento de demostrar que la conjunción de teoría y práctica podían
dar como resultado figurar entre los primeros puestos en aquel torneo. No
era fácil. Varios de los
participantes nos encontrábamos a diario en la Casa del Ajedrez y durante
horas compartíamos nuestra pasión. De acuerdo al resultado de las
mismas: cafés, cigarrillos y hasta algún sándwich, eran los premios
habituales por tres o cuatro horas de intensa lucha.
Como
buen ajedrecista
me gustaba jugar
con los
de mi nivel
y a través del tiempo
un grupo de seis o siete habíamos construido un grupo competitivo en
donde esta manifestación de la agresividad por medio de los trebejos nos
había unido en forma misteriosa. Los de categorías menores no se nos
acercaban por razones obvias, sus recursos teóricos les daban un bajo
handicap y a pesar de la ventaja otorgada en el reloj, el mejorar su juego
les infligía ciertos gastos monetarios y alguno que otro desmoronamiento
del ego. Los de primera por su parte, se encerraban en
intrincados estudios, soñando con la oportunidad de ascender a
alguna norma de Maestro, título que les daría la posibilidad de viajar y
vivir penosamente del ajedrez. A veces, en alguna partida se nos acercaban
y hacían fácil lo difícil, explicando en forma sencilla los secretos de
la teoría.
Conocía
a mis posibles rivales y mi umbral de expectativas se había elevado al
observar que en la lista de inscriptos no figuraban ni Prometeo, ni el
“Turquito” Abraham (jugadores muy parejos que ya militaban en segunda)
Una alegría secreta se apoderó de mí. Guiado por mi vanidad me sentía
ubicado en un sitial de preferencia entre los posibles candidatos, la no
participación de estos jugadores y el apellido desconocido de los otros
me colmaba de confianza.
El
sorteo me dio como rival en la
primera partida a “Lopecito”. Jugué con blancas y el punto logrado
fue la primera satisfacción. Correcto jugador pero acostumbrado a
“pimponear” jugó demasiado apresurado y en pocas jugadas estaba a mi
merced. Hicimos un pequeño análisis y examinamos las diferentes
posibilidades de haber jugado otras variantes y satisfecha la curiosidad
recibí el saludo de mi contrincante. Luego me dediqué a observar las
otras mesas donde se jugaban el resto de las partidas. Allí lo vi.
Decir
que no había reparado en él, es faltar a la verdad, en realidad no lo
tenía en cuenta. No sumaba más
de nueve o diez años y su físico esmirriado apenas sobresalía sobre el
tablero, aferraba su cabeza con ambas manos y la concentración parecía
absoluta. Por simpatía me acerqué a observar su partida y me quedé
atrapado en ella.
El
“Loco” Acevedo no tenía nada que hacer, a pesar de su veteranía, el
“Ruso chico” o
“Rusito” (así se lo llamaría a Pablito en adelante) había destruido
su flanco Dama y amenazaba en forma impecable a un Rey desvalido que no
encontraba salida. Su madre, una señora entrada en años, obesa, de piel
colorada y cabellos rubios lo observaba desde la puerta de entrada y entre
jugada y jugada él levantaba la vista para calmarla. Terminada la partida
una pequeña sonrisa pareció ser el premio esperado por ambos. Acevedo me
miró con ojos de no comprender y esa misma mirada la fui encontrando en
los sucesivos rivales del “Rusito”.
A
un promedio de tres fechas por semana el torneo fue pasando rápido y
luego de siete partidas compartíamos la punta con cinco puntos y medio,
el “Vasco” Inzua Paz, el “Rusito”
Jorge Palermo y yo. Atrás venía el resto de la jauría. Debido al
liderazgo, por reglamento nuestras mesas habían quedado separadas del
resto y Pablo por su edad (y también por su juego) se había ganado la
simpatía del público que lo rodeaba en cada una de sus partidas.
En
la anteúltima fecha a él le tocó con el “Vasco” Inzua y yo jugué
con Palermo, experimentado jugador del club. Un poco por la tenue
resistencia que me opuso y otro por conocer su juego, le llevaba ventaja
de material. Fue entonces cuando un murmullo de admiración me sacó de la
partida. Al levantar la mirada lo vi al “Vasco” Inzua que movía
la cabeza resignado Pablo estrechaba la mano de éste y a la vez
cruzaba una sonrisa con su madre que permanecía inmóvil al otro lado de
la puerta, como de costumbre. Perdí concentración y Palermo sacó
provecho emparejando el juego. Luego de unos movimientos acordamos
suspender para el día siguiente.
Después
de un breve análisis y aparentando una calma que no sentía me aproxime
al tablero donde se exhibía la partida de la mesa uno. Me ganó el
asombro al ver la limpieza de su juego y lo impecable del final.
Obviamente Inzua había sido sorprendido por una técnica excelente.
Aquella
noche, preocupado, revisé todas sus partidas que había anotado junto a
las de otros posibles rivales. Sus resultados no eran obra de la
casualidad. Al adentrarme en su juego
noté lo intensivo de sus estudios y su claridad de conceptos.
De madrugada y embargado de un cierto temor, pude concentrarme en
la partida suspendida con Palermo, encontrando
una pequeña fisura en su defensa.
Aquella
tarde rasguñé el punto, gracias al respeto de mi rival, que en ningún
momento arriesgó una movida ganadora y luego de sesenta jugadas inclinó
su Rey ante lo cercano de la derrota. Analizamos el juego y llegamos a la
conclusión de que ambos podríamos haber ganado. Lo habíamos hecho
horrible. Sabiendo que el “Rusito” estudiaría esa partida me
retiré con una fea sensación de fracaso.
Angustiado
por anteriores naufragios, aquel enfrentamiento con el pibe comenzó a
molestarme. Había apostado a ganador y en mi inconsciente sentía que no
lo lograría. Siempre había sido así, no tenía porque cambiar ahora.
Pero con un pibe...
El
viernes fue la fecha que los organizadores programaron para la final y
hasta el tiempo me pareció exiguo. Por sorteo me tocaron las piezas
negras, las blancas le otorgaban una pequeña ventaja en la apertura. Había
analizado sus partidas y tenía la certeza que era un experto en la Ruiz López,
era obvio que emplearía
aquella línea. Retiré de la biblioteca todo el material que pudiera
ayudarme y durante días desaparecí del club enfrascado en la l.iteratura
de antiguas partidas.
La
noche del jueves, obsesionado repasé variante tras variante y me dormí
de madrugada al lado de la computadora. En sueños me vi sentado frente a
él, perdiendo una y otra vez, malogrado, enfermo de ganas de ganar,
mientras el “Rusito” refutando
mis defensas, se encargaba de mostrarme una y otra vez, el camino de la
derrota.
No
concurrí a la final. Luego del tiempo establecido, caída la aguja del
reloj y de acuerdo al reglamento, la partida se dio por
concluida. Pude imaginar su alegría cuando los encargados del
torneo felicitaron a su incuestionable ganador y también imaginé el
cruce de sonrisas con su madre. Intenté recordar el rostro de la mía
pero me dio vergüenza y preferí no hacerlo. Esa fue mi última partida y
jamás volví por el club.
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del concurso "Literatura y ajedrez"
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