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El juego parecía nuevo,
recuerdo el brillo de la madera y como refulgían las bisagras cromadas
del tablero. Mi tío se había aparecido
en casa con la caja y me dijo que tenía un regalo para mí, era un
ajedrez “Staunton”. Dijo
también que ya no lo usaba;
alguna vez yo lo había visto jugar con un hombre que siempre estaba con
él en su despacho y al que en mi casa llamaban “el socio”. Jugué con aquellos caballos
antes de aprender a jugar, los
paraba frente a frente sobre la mesa o armaba una
fila india, intercalando los colores,
los hacía galopar o simplemente los observaba ahí paraditos; tenían
el lomo alto y cuadrado. Mi
padre me enseñó los
movimientos de las piezas; yo no
era tan chico, tendría diez u
once años.
El mismo tío que algunos años antes del regalo supo esconder su fácil ayuda cuando mi papá se quedó
sin trabajo. Se escondió hasta que a mi padre no le quedó más
que ir a buscarlo. Que
lo disculpara, que quizá tuviera algún puestito en la fábrica, o quizá
alguno de sus conocidos le pudiera dar una mano,
que hasta tanto si le podía prestar unos pesos, que ya no podíamos
más. “Vamos a ver, vos sabés cuñado que apenas puedo mantener los
operarios, me matan con los impuestos, voy a ver si te puede conectar
con alguien, aunque vos sabés que de la política estoy alejado”. Cuánto necesitas, tanto; acordaron por un cuarto
de esa suma.
Lo que voy a relatar, lo que ya estoy contando, son ciertos capítulos
de una intensa y trunca relación con el ajedrez.
Fui un adolescente apocado, compadecido de mí mismo y dócil al
desprecio de los demás.
Merecedor de nada, lo mejor
era entonces no incomodar a los otros. Esconderse de casi todo, siempre
solo. Regular alumno, mal con las chicas. La familia sí estaba, pero eso
es insuficiente para un adolescente. Así que algunas soledades, algunas
incapacidades me llevaron en algún momento
a creer en un destino de escritor.
Destino que no pasó de algunos poemitas algo sensibleros (así los había
calificado la coordinadora de un taller literario). Como aquel que
justamente titulé “Adolescencia”, uno de cuyos versos decía “Mi
buena madre no se convirtió en mujer”. Años después en una de las
sesiones de terapia, al hablarle de ese verso, mi psicoanalista, me dijo
que le encontraba un claro contenido incestuoso. Creo que me asustó, yo
me decía que simplemente, con las precariedades de mis armas poéticas,
había querido dar cuenta de que en mi vida la omnipresencia bondadosa de
mi madre era el único e
insuficiente ejemplar del género femenino.
Pero resultó que ganaba al ajedrez.
En la quinta o sexta partida ya derrotaba a mi padre, y cuando algunos
meses después un primo (también vencido) me llevó a un círculo de
ajedrez, les disputaba partidas a jugadores de mayor experiencia; no era
un juego que me permitiera
sueños de gran maestro ni mucho menos, pero me alcanzaba
conque dijeran como tantas veces oí, “ojo que el chico juega
bien”. La biblioteca del círculo
me permitió los primeros estudios serios del juego, aquellos índices
enumeraban: claves de la apertura, ejercicios de combinación,
cómo hallar la maniobra ganadora en el medio juego, finales de
peones, etc., etc. Aunque yo prefería el desafío que me había enseñado
un jugador del círculo: reproducir en el tablero alguna partida de los
libros, ir tapando con una
hoja en blanco la notación y cada cuatro o cinco jugadas tratar de
acertar el movimiento correcto. Descorrer el papel era un asunto grave, si
acertaba era una dicha pero me reprochaba con dureza cada equivocación;
no se qué me impedía ver
que era absurdo pretender ver cada movida como los maestros que
verdaderamente habían jugado esa partida. Pero al fin y al cabo el
ajedrez pasó a ser mi mundo.
Cuando algunos años después leí la obra de Sábato,
vislumbré ese atributo cabal, definitivo que yo había encontrado en
aquel mundo. El cuenta, en alguno de sus ensayos,
cómo entre los nubarrones de su adolescencia atormentada halló el
incorruptible paraíso de las matemáticas. Aprecié entonces la plenitud
que me obsequiaban ese
acabado salto del caballo dando mate
al rey ya encerrado en su rincón, la
torre allanando su columna, la
apropiada diagonal del alfil.
Pero sobretodo, el ajedrez vino
a llenar mi orgullo vacío, entendí de victorias y conocí –al fin- la
derrota de los otros.
Mi nombre, incluso, conoció la gráfica.
Fueron mis letras de molde, aunque sólo se tratara de la revista
que publicaba el centro de estudiantes de la escuela secundaria. Aquella
presencia pública de mi nombre fue para mí, en aquel tiempo un
certificado de existencia y para mis padres –creía- un orgullo: “mi
hijo salió en la revista del colegio”. Una tarde se me había acercado
un miembro del centro y me dijo que en la sección deportes iban a
publicar un reportaje a los integrantes del equipo de ajedrez que
intervendría en el intercolegial. Fueron cuatro cinco preguntas, pero fue
especial una respuesta, ¿quién te regaló tu primer tablero?, sin
premeditarlo contesté: “mis padres. Y mi papá me enseño a jugar”.
Mi padre se levantaba a las cinco para ir a trabajar, los días que yo iba
al círculo solía volver a las doce, doce y media de la noche; esos días
no lo veía. Una vez me dejó una notita sobre mesa de la cocina, al lado
del plato de comida que mi mamá me dejaba preparado: “dejame dicho cómo
te fue”, y así se hizo costumbre, entonces yo le daba la primera alegría
o el primer lamento de lo que sería su largo día de trabajo. En casa yo
no había dicho nada de lo del reportaje. El día que me entregaron la
revista, junto a la planilla de la partida dejé el ejemplar doblado en la
página de la entrevista. Del día siguiente recuerdo a mi mamá muy
contenta, pero fue más el abrazo que me dio mi padre al volver del
trabajo, aunque ni ese día ni nunca me hizo algún comentario sobre la
mentira del regalo. Quizá no se dio cuenta.
De lo que yo no podía darme cuenta entonces, era de que pronto
ya no estudiaría variantes, ya
no escucharía el clic del reloj, ya
no estrecharía manos rivales
vencidas o vencedoras (las menos), de que
tendría muchas horas libres, toda una vida libre. Pero así iba a
ser.
Me empecé a ir el del ajedrez después de mi último torneo escolar. Había compartido el primer
puesto con un alumno del otro quinto año. Para el intercolegial se
acordó que yo jugara en el segundo tablero. Finalizada la sexta ronda
–anteúltima- llegamos con posibilidades de un segundo puesto si sumábamos
buen puntaje en la última. Perdieron los tableros uno y cuatro, el tres
hizo tablas y yo perdí feo, muy feo; quedamos quintos.
Apenas terminó el acto de entrega de premios, me las arreglé para
separarme enseguida de mis compañeros y enfilar rápido a la parada del
colectivo. Recuerdo que una vez solo, saqué del bolsillo de la camisa la
planilla de la última partida y apreté fuerte con el pulgar la jugada 22
Ce5, apreté hasta estrujar la hoja, hasta el escalofrío. Y el tipo además
me había cargado “che ojo no te vas a colgar el rey”, me dijo cuando
ya salía del club, y yo que no pude más que sonreír. Cómo pudo ser, me
había tomado mi tiempo como siempre, pensé y repensé, pero hubo un
segundo en el que yo no estuve y alguien
apoyó el caballo en e5. Ese caballo estaba “clavado” por un
alfil, ni bien solté la pieza
vi que se levantaban
las cejas de mi rival, que su rostro se relajaba
y vi su alfil tomando
mi dama. Creo que tuve
ganas de gritar, pero ya nada podía porque
fue como si durante esa breve recorrida del alfil
un tiempo
hubiese muerto para mí. No pude tolerar tamaño error. Había un
capítulo del Tratado de Grau sobre errores
graves registrados en partidas magistrales; iluso, frecuenté esas páginas
buscando alivio, obnubilado otra vez al punto de pretender equiparar mi
yerro al de un Lasker o de un Capablanca. Seguramente corresponde a la
psicología explicar aquella devoción mía por el error, yo no lo sé; sí
supe entonces, por irracional que parezca,
que no había retorno posible.
Ya no me interesa el ajedrez. De vez en cuando, si estoy aburrido
reproduzco alguna partida de las que se salen en los diarios. Tal vez
porque ya no lo desee, encuentro muchas buenas jugadas, entonces tengo
alegrías a destiempo, alegrías
que nacen tarde, que nacen nunca.
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del concurso "Literatura y ajedrez"
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