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"Literatura y ajedrez":

Cuento elegido por El Escriba

 

Un error

de Marcelo Luis Bianchi, Boulogne, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

 

       El juego parecía nuevo, recuerdo el brillo de la madera y como refulgían las bisagras cromadas del tablero. Mi tío se había  aparecido en casa con la caja y me dijo que tenía un regalo para mí, era un ajedrez “Staunton”.  Dijo también  que ya no lo usaba; alguna vez yo lo había visto jugar con un hombre que siempre estaba con él en su despacho y al que en mi casa llamaban “el socio”.  Jugué con aquellos  caballos antes de aprender a jugar,  los  paraba frente a frente sobre la mesa o armaba una  fila india, intercalando los colores,  los hacía galopar o simplemente los observaba ahí paraditos; tenían el  lomo alto y cuadrado. Mi padre  me enseñó los movimientos de las piezas; yo  no era tan chico, tendría diez  u once años.

   El mismo tío que algunos años antes del regalo  supo esconder su fácil ayuda cuando mi papá se quedó  sin trabajo. Se escondió hasta que a mi padre no le quedó más que ir a buscarlo.   Que lo disculpara, que quizá tuviera algún puestito en la fábrica, o quizá  alguno de sus conocidos le pudiera dar una mano,  que hasta tanto si le podía prestar unos pesos, que ya no podíamos más. “Vamos a ver, vos sabés cuñado que apenas puedo mantener los operarios,  me matan con los impuestos, voy a ver si te puede conectar con alguien, aunque vos sabés que de la política estoy  alejado”. Cuánto necesitas, tanto; acordaron por un cuarto de esa suma.                            

  Lo que voy a relatar, lo que ya estoy contando, son ciertos capítulos de una intensa y trunca relación con el ajedrez.

  Fui un adolescente apocado, compadecido de mí mismo y dócil al desprecio de  los demás. Merecedor de  nada, lo mejor era entonces no incomodar a los otros. Esconderse de casi todo, siempre solo. Regular alumno, mal con las chicas. La familia sí estaba, pero eso es insuficiente para un adolescente. Así que algunas soledades, algunas incapacidades me   llevaron en algún momento  a creer en un destino de  escritor. Destino que no pasó de algunos poemitas algo sensibleros (así los había calificado la coordinadora de un taller literario). Como aquel que justamente titulé “Adolescencia”, uno de cuyos versos decía “Mi buena madre no se convirtió en mujer”. Años después en una de las sesiones de terapia, al hablarle de ese verso, mi psicoanalista, me dijo que le encontraba un claro contenido incestuoso. Creo que me asustó, yo me decía que simplemente, con las precariedades de mis armas poéticas, había querido dar cuenta de que en mi vida la omnipresencia bondadosa de mi madre era el  único e insuficiente ejemplar del género femenino.

   Pero resultó que ganaba al  ajedrez. En la quinta o sexta partida ya derrotaba a mi padre, y cuando algunos meses después un primo (también vencido) me llevó a un círculo de ajedrez, les disputaba partidas a jugadores de mayor experiencia; no era un juego que me  permitiera  sueños de gran maestro ni mucho menos, pero me alcanzaba  conque dijeran como tantas veces oí, “ojo que el chico juega bien”.  La biblioteca del círculo me permitió los primeros estudios serios del juego, aquellos índices enumeraban: claves de la apertura, ejercicios de combinación,  cómo hallar la maniobra ganadora en el medio juego, finales de peones, etc., etc. Aunque yo prefería el desafío que me había enseñado un jugador del círculo: reproducir en el tablero alguna partida de los libros,  ir tapando con una hoja en blanco la notación y cada cuatro o cinco jugadas tratar de acertar el movimiento correcto. Descorrer el papel era un asunto grave, si acertaba era una dicha pero me reprochaba con dureza cada equivocación; no se  qué me impedía ver que era absurdo pretender ver cada movida como los maestros que verdaderamente habían jugado esa partida. Pero al fin y al cabo el ajedrez pasó a ser  mi mundo.     

 Cuando algunos años después leí la obra de Sábato, vislumbré ese atributo cabal, definitivo que yo había encontrado en aquel mundo. El cuenta, en alguno de sus ensayos,  cómo entre los nubarrones de su adolescencia atormentada halló el incorruptible paraíso de las matemáticas. Aprecié entonces la plenitud que me obsequiaban   ese acabado salto  del caballo dando  mate al rey ya encerrado en su rincón,  la torre allanando su columna,  la apropiada  diagonal del alfil.  Pero sobretodo, el ajedrez  vino a llenar mi orgullo vacío, entendí de victorias y conocí –al fin- la derrota de los otros.

  Mi nombre, incluso, conoció la gráfica.  Fueron mis letras de molde, aunque sólo se tratara de la revista que publicaba el centro de estudiantes de la escuela secundaria. Aquella presencia pública de mi nombre fue para mí, en aquel tiempo un certificado de existencia y para mis padres –creía- un orgullo: “mi hijo salió en la revista del colegio”. Una tarde se me había acercado un miembro del centro y me dijo que en la sección deportes iban a publicar un reportaje a los integrantes del equipo de ajedrez que intervendría en el intercolegial. Fueron cuatro cinco preguntas, pero fue especial una respuesta, ¿quién te regaló tu primer tablero?, sin premeditarlo contesté: “mis padres. Y mi papá me enseño a jugar”. Mi padre se levantaba a las cinco para ir a trabajar, los días que yo iba al círculo solía volver a las doce, doce y media de la noche; esos días no lo veía. Una vez me dejó una notita sobre mesa de la cocina, al lado del plato de comida que mi mamá me dejaba preparado: “dejame dicho cómo te fue”, y así se hizo costumbre, entonces yo le daba la primera alegría o el primer lamento de lo que sería su largo día de trabajo. En casa yo no había dicho nada de lo del reportaje. El día que me entregaron la revista, junto a la planilla de la partida dejé el ejemplar doblado en la página de la entrevista. Del día siguiente recuerdo a mi mamá muy contenta, pero fue más el abrazo que me dio mi padre al volver del trabajo, aunque ni ese día ni nunca me hizo algún comentario sobre la mentira del regalo. Quizá no se dio cuenta.

    De lo que yo no podía darme cuenta entonces, era de que pronto  ya no estudiaría variantes,  ya no escucharía el clic del reloj,  ya no estrecharía manos  rivales vencidas o vencedoras (las menos), de que  tendría muchas horas libres, toda una vida libre. Pero así iba a ser.

  Me empecé a ir el del ajedrez después de  mi último torneo escolar. Había compartido el primer  puesto con un alumno del otro quinto año. Para el intercolegial se acordó que yo jugara en el segundo tablero. Finalizada la sexta ronda –anteúltima- llegamos con posibilidades de un segundo puesto si sumábamos buen puntaje en la última. Perdieron los tableros uno y cuatro, el tres hizo tablas y yo perdí feo, muy feo; quedamos quintos.  Apenas terminó el acto de entrega de premios, me las arreglé para separarme enseguida de mis compañeros y enfilar rápido a la parada del colectivo. Recuerdo que una vez solo, saqué del bolsillo de la camisa la planilla de la última partida y apreté fuerte con el pulgar la jugada 22 Ce5, apreté hasta estrujar la hoja, hasta el escalofrío. Y el tipo además me había cargado “che ojo no te vas a colgar el rey”, me dijo cuando ya salía del club, y yo que no pude más que sonreír. Cómo pudo ser, me había tomado mi tiempo como siempre, pensé y repensé, pero hubo un segundo en el que yo no estuve y alguien  apoyó el caballo en e5. Ese caballo estaba “clavado” por un alfil, ni bien solté la   pieza   vi que se  levantaban las cejas de mi rival, que su rostro se relajaba  y vi  su alfil tomando mi dama.  Creo que tuve  ganas de gritar, pero ya nada podía porque  fue como si durante esa breve recorrida del alfil  un  tiempo  hubiese muerto para mí. No pude tolerar tamaño error. Había un capítulo del Tratado de Grau sobre  errores graves registrados en partidas magistrales; iluso, frecuenté esas páginas buscando alivio, obnubilado otra vez al punto de pretender equiparar mi yerro al de un Lasker o de un Capablanca. Seguramente corresponde a la psicología explicar aquella devoción mía por el error, yo no lo sé; sí supe entonces, por irracional que parezca,  que no había retorno posible.

    Ya no me interesa el ajedrez. De vez en cuando, si estoy aburrido reproduzco alguna partida de las que se salen en los diarios. Tal vez porque ya no lo desee, encuentro muchas buenas jugadas, entonces tengo alegrías  a destiempo, alegrías que nacen tarde, que nacen nunca.   

 

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