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Nada marca más que una historia de amor. En eso, estamos todos de
acuerdo.
Ahora bien, cuando se trata de llevar esa historia de amor al papel, en
forma de narración, por supuesto las variantes son infinitas. Y he aquí
un gran peligro, en la que una buena cantidad de los cuentos
participantes de nuestro concurso ha caído: suponer que una historia de
amor que nos fascina puede hechizar a los lectores porque sí. O que es
el autor quien vive este romance, y no sus personajes.
El resultado, mal que nos pese, no resulta tan impactante como el haber
vivido esa historia. Es que la traslación de la propia experiencia al
papel requiere de unos cuantos elementos. Y uno principal consiste en,
paradójicamente, dejar enfriar la pasión para poder llevarla al papel
de un modo convincente.
El escritor italiano Umberto Eco relata así el modo en que escribió una
tórrida escena en su novela El Nombre de la Rosa:
"Quisiera poner un ejemplo de cómo contar es pensar con los
dedos. Es evidente que toda la escena de la relación sexual en la
cocina está construida con citas de textos religiosos, desde el Cantar
de los Cantares hasta San Bernardo y Jean de Fecamp o Santa
Hildegarde von Bingen. (...) De hecho, tenía decenas y decenas de
fichas con todos los textos, y a veces páginas de libros, y fotocopias,
muchísimas, muchas más de las que luego utilicé. Pero la escena la
escribí de una tirada (lo único que hice después fue pulirla, como
pasarle una mano de barniz para disimular mejor las suturas). Así,
pues, escribía rodeado de los textos, que yacían en desorden, y la
mirada se iba posando en uno o en otro; copiaba un trozo y en seguida lo
enlazaba con el siguiente. Es el capítulo que, en la primera versión,
escribí más aprisa que cualquier otro. Después comprendí que estaba
tratando de seguir con los dedos el ritmo de la escena, de modo que no
podía detenerme para escoger la cita justa. La cita que insertaba en
cada caso era justa en función del ritmo con que la insertaba;
desechaba con la mirada las que hubiesen detenido el ritmo de los dedos.
No puedo decir que la narración del episodio haya durado lo mismo que
éste (aunque hay actos bastante prolongados), pero traté de abreviar
lo más posible la diferencia entre el tiempo del acto y el tiempo de la
escritura. No en el sentido de Barthes, sino en el del dactilógrafo: me
refiero a la escritura como actividad material, física. Y me refiero a
los ritmos del cuerpo, no a las emociones. La emoción, ya filtrada, había
estado antes, en la decisión de asimilar el éxtasis místico al éxtasis
erótico, en el momento en que leí y escogí los textos que utilizaría.
Después, nada de emoción: de hacer el amor se ocupaba Adso (el
personaje de la novela), no yo, yo sólo debía traducir su emoción
en un juego de ojos y dedos, como si hubiese decidido contar una
historia de amor tocando el tambor."
Recibimos y publicaremos todos los aportes que quieran hacer a este tema
central.
Agradecemos
una vez más la participación de todos los escribas y ya mismo
anunciamos a los ganadores:
* El ganador del Concurso es:
* Comentarios a todos los demás cuentos.
* Los otros cinco textos seleccionados son:
“El abrigo azul”, de Héctor Gorla, Ciudad
de Buenos Aires, Argentina.
"Algo de verdad y de presagio", de
Gastón Virkel, Miami, Estados Unidos.
"Los días con... Los días sin...",
de Aníbal Chico Ruiz, Ciudad de Santa Fe, Argentina.
"Cosas de uno", de Jorge Miceli,
Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
"La olla", de Daniela Roitstein,
Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
PARTICIPA
DE NUESTRO NUEVO TALLER-CONCURSO "CUENTOS DE GUERRA", HASTA
EL 31 DE MAYO DE 2003.
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